domingo, 31 de enero de 2016

Paisaje de almendros con Ronda al fondo


La primera vez que visité Ronda tenía dieciséis años y estuve allí quince días en unas colonias escolares. En el tiempo de descubrir la vida conocí el pálpito de la ciudad y la recorrí una y mil veces por caminos que no se han olvidado, a pesar del tiempo transcurrido. Desde Santa Teresa, bajando por una calle de piedra llena de casas solariegas con escudos, el camino se abría en dos direcciones: una, la derecha a la zozobra silenciosa de la Ronda antigua, con pequeñas plazas recoletas, iglesias de enormes portalones oscuros, torres calladas y rincones llenos de arriates y plantas aromáticas. La otra, a la izquierda, al bullicio comercial, a la zona turística y plena de luz de la plaza de toros, del parque y de los restaurantes de postín. Siempre supe cuál de las dos era la dirección que mis pasos iban a tomar siempre y, si me conocéis un poco, estoy segura de que también vosotros la habréis adivinado. 

El tiempo no pasa en vano. Descubres un día ante el espejo que los años han arañado tu piel. Que eres lo que eras pero de otra manera. Incluso no eres capaz de recordarte, de traer delante de ti la vivacidad y la sorpresa de los años primeros. En esos momentos de los dieciséis, Ronda se entreabría con la ilusión de la mirada primeriza, con un eco cálido y a veces sudoroso, con mil esplendores que yo no había saboreado y con huellas que nunca han dejado de tener su sitio en mi biografía. Ahora, ya lo supondréis, Ronda es otra cosa. Siendo la misma se muestra de manera distinta. Porque ella ha cambiado con el paso del tiempo, con los soles, los días y los turistas que la invaden y porque mi mirada ha dejado de tener la brillantez de esos amaneceres. 

Sin embargo, estos días, he comprobado que el silencio sigue estando en el mismo lugar de entonces. Que las plazas vacías están donde las dejé. Que el espacio rectangular y romántico hacia el que se asomaba mi ventana es el mismo, conservando ese aire antiguo y reposado que, sin yo saber, eché de menos en tantas ocasiones. Esos lugares de la margen derecha son el paisaje de entonces y el de ahora. Porque no es ahí donde las modas han impuesto su feroz dictadura y porque allí se mantiene un acuerdo tácito de dejar que las horas transcurran lentas a pesar de todo. 

Pero las piedras que contemplaron mis ojos tienen otra luz nueva. Una luz que está matizada por dolores que antes no existían, por ausencias, por sentimientos nuevos. Tú, que estuviste aquí, conmigo, recorriendo estas calles, estás en no sé qué espacio oscuro o claro, quién lo sabe. Y yo, ya no me recuerdo como era entonces. 

jueves, 28 de enero de 2016

Las palabras escritas


(John William Waterhouse. Simbolismo)

La música suena en esta mañana que anuncia una calidez que ahora no queremos. Se despereza el día. Esta canción, esta voz, estos sonidos, me acompañan desde hace unos meses y me hacen llorar casi siempre. Pero las lágrimas no son lo peor. Lo peor es el silencio. Ese silencio que te impide escribir lo que sientes, que te impide hablar lo que deseas. Eso es lo que más cuesta. 

Junto a la música hay una pila de libros, de esos que ordenas de vez en cuando y que no quieres que se separen de ti. En ellos, tanta poesía como es posible. Llega un momento en que es la poesía la única voz que quieres oír. Un momento en que todo es poesía, todo se escribe en versos, o con ritmo. Recitaba poesía en los años en que mi casa era un jardín, antes de que desapareciera todo atisbo de flores. Recitaba poesía en el colegio y levantaba las manos al aire, como si quiera apresar ese tiempo, el tiempo de las rosas, cuando todavía no habían perdido su olor. Qué tendrá la poesía que me devuelve siempre a unos años mejores…

Al lado, ordenadas y limpias, las películas. Las cajas negras de las películas de Bogart y Rock Hudson. Las cintas de colores con las series de la BBC de Jane Austen. Las películas clásicas. Las de cine negro. Las de acción. Las películas de casinos, venganzas y muertes. Las de amores. El cine. Esas horas que gasto en contemplarlas una y otra vez, los hombres sin piedad con sus diálogos o los rostros de aquellos que amé, todos actores de una pieza. Aún recuerdo como una pesadilla esa vez en la que no querían dejarme ver “Esplendor en la hierba”, esa película tan triste que conduce al vacío. El cine. No sería la misma sin esa sensación de cosquilleo cuando vas a ver una película que te seduce. 

Y, por fin, junto a todo, las libretas, los cuadernos, la escritura, las palabras. Todo lo que escribo se encuentra en hojas llenas de caracteres azules, a veces rojos y hasta verdes. Escribir siempre, a cada paso, convertir en palabras lo que siento. Convertirme a mí misma en palabras que lleven un latido. El de sentir que cada cosa tiene su nombre exacto. El de nombrar a cada paso lo que vivo. El de pensar que, sin palabras, hay un hondo vacío que nada llenaría. Salvo, quizá, el amor, esa ambición que se escapa sin que pueda hacer nada por evitarlo. 

"Una dama extraviada" de Willa Cather

Si no fuera por su condición de escritora, quizá la propia Willa Cather podría haber sido considerada "una dama extraviada". Equivocada, fuera del paradigma de mujer de su época, una outsider social, una rareza. 

Fue el arte, el talento literario, el que la convirtió en una persona de vocación definida y de oficio exacto. Alguien que, a través de sus nouvelles, sus cuentos, su poesía y su obra en general, llegaría a entenderse a sí misma y a trasladarnos su propia explicación del mundo. Podemos conocer su época y los pensamientos de los hombres y mujeres que entonces la habitaban a través de sus libros. Eso es un gran hallazgo y una enorme suerte. 

Willa Carter nació en 1875 en Back Creek Valley (Winchester-Virginia). Desde muy pequeña vivió con sus padres en un rancho de Nebraska y esto la puso en contacto con la naturaleza, con el paisaje de los hombres y mujeres del campo de una forma definitiva. Esas vivencias las trasladó a sus libros en los que habitan personajes sencillos que hablan sencillamente aunque sus sentimientos y emociones tienen la misma grandeza que en cualquier otra parte del mundo. La pérdida de valores de la vida urbana, los cambios sociales, la degradación de las relaciones humanas, todo ello está presente en su obra de modo determinante. Es esa su principal preocupación, guardar, preservar, un contacto íntimo y esencial del hombre con las vivencias más profundas, desde un respeto que pedía para sí y que otorgaba a los demás. 

Su trayectoria profesional comenzó como periodista, crítica literaria, reseñista y, tras un corto paréntesis como profesora de lenguas clásicas, se oriento definitivamente a la literatura, tanto de novelas, cuentos y poesía. Sus doce novelas presentan un estilo desnudo, que sugiere más que detallar. No le interesan las enumeraciones sino la sobriedad del interior. Se confesaba admiradora de Whitman, de Mark Twain, de Nathaniel Hawthorne, de Henry James y de la escritora lesbiana con la que tuvo una buena amistad Sarah Orne Jewett. 

Willa Carter escribe en sus libros sobre el conflicto "entre lo nuevo y lo antiguo, la ciudad y el campo, el artista y la sociedad, el ideal y la realidad, el deseo y el autocontrol" según explica con precisión su biógrafa Phyllis C. Robinson en "The Life of Villa Carter" de 1983. Es, en suma, una narrativa hecha de silencios y de ambigüedad, quizá la misma que presidía su vida. Una vida llena de mujeres. Una de ellas, Isabelle McClung, de quien la escritora dijo "A menudo, la gente escribe sus libros para una sola persona, y para mí, Isabelle era esa persona". Willa Carter reivindica la libertad de sentir y la privacidad de sus sentimientos o de su orientación sexual, con la que se ha especulado durante años. Por eso destruyó toda su correspondencia personal y ordenó a la mujer que vivió con ella durante cuarenta años, Edith Lewis, que hiciera lo mismo con todo aquello que quedara a su muerte. 

La editorial Alba, además de "La dama extraviada", ha publicado sus libros más significativos. Por ejemplo, "Mi Antonia", novela por la que consiguió el Premio Pulitzer; "Pioneros"; "Lucy Gayheart";"Mi enemigo mortal"; "Para mayores de cuarenta" o "Los libros de cuento". 

Una dama extraviada apareció en 1923 y, dos años después, su autora recibió una carta de Francis Scott Fitzgerald, que acababa de publicar El gran Gatsby y estaba preocupado por ciertas similitudes entre ambas novelas que podían alimentar la sospecha de «un caso de plagio». Willa Cather le respondió que no veía motivos para sentirse plagiada, y Scott Fitzgerald respiró aliviado; aunque lo cierto es que Una dama extraviada era la obra que tenía en la cabeza mientras escribía su novela, y la causa directa de ciertos cambios en el proceso de su composición. Pero ¿qué podía tener que ver el mundo del glamour y el dinero que pintaba Scott Fitgerald con el Oeste heroico, aun en sus últimos reflejos, de Willa Cather? Quizá esta historia de fascinación sostenida y sueños traicionados, vista por un joven que se abre a la vida, nos dé la respuesta. Marianne Forrester, esposa de un pionero del ferrocarril, anfitriona de la única casa elegante de la triste población de Sweet Water, siempre alegre en la riqueza y siempre resistente en la penuria, pasa de ser una gran señora a una mujer señalada por todas las habladurías. Un joven que la adora acaba despreciándola, y sobre su relación construye la autora un espléndido ejercicio sobre los entresijos de toda idealización. (Reseña de la editorial Alba) 

De reciente aparición será, en este 2016, "La casa del profesor" cuyo argumento guarda muchas similitudes con "Una dama extraviada" por cuanto los dos hablan de la pérdida de valores de la sociedad americana y su sustitución por valores espurios que no tenían nada que ver con la tradición ni con la esencia real de los pueblos. 

La lectura de Willa Carter en cualquier de sus libros se me antoja imprescindible para conocer una forma de vida que ya no existe pero que conserva el hálito sentimental y emocional que le era propia y que no ha desaparecido sepultada en los rascacielos de hormigón. Su estilo tajante, sencillo, sobrio y directo no puede ocultar la sensibilidad y el conocimiento de las realidades que traza. Sus personajes son de una pieza, gente que entronca con la forma de ser más genuina de un país construido a base de esfuerzos y que nunca terminaremos de explicarnos del todo. 

Alguna literatura se ha derramado, además, sobre la condición sexual de Carter, su posible lesbianismo y sus inclinaciones a las mujeres. Al respecto se ha dicho que, si existió esa tendencia, nunca tuvo un carácter de atracción física sino más bien de admiración intelectual y de afinidad. Se sentía mucho más cercana a los pensamientos y modos de ser femeninos y con sus amigas logró encontrar la certidumbre ante las dudas que su propia existencia le planteaba. Escudriñar más allá parece innecesario cuando lo que importa en un escritor es siempre su obra.

domingo, 24 de enero de 2016

"Apropiación indebida" de Lena Andersson

Lena Andersson es escritora, periodista y una analista política de primera categoría en su país, Suecia. También es una mujer. Y ha escrito un libro "sobre el amor", no un libro "de amor". La diferencia debería ser obvia. No es una novela romántica, sino una novela en la que alguien se enamora, alguien se deja querer y alguien sufre. Adivinen quién sufre, podríamos preguntar a estas alturas del post. 

Ester Nilsson tiene 31 años y es una poeta y ensayista de escaso renombre, aunque dotada de una gran inteligencia y futuro. Sus puntos de vista son originales, nada gregarios y tiene una cualidad que todo el mundo reconoce: la palabra. El arte de la conversación es el que ella domina, este es su territorio, el espacio en el que se encuentra más a gusto. Es una persona analítica, que sopesa los pros y los contras con sentido crítico, una persona muy informada, muy preocupada por el mundo y su devenir. Una mujer joven, que hace deporte, corre el maratón y tiene una relación estable con un joven de su edad, Per, con el que convive en la casa de este. 

Hugo Rask es un artista plástico conceptual, bastante mayor que Ester y que vive en una casa-estudio. Es un hombre con fama y con una corte de adoradores-aduladores permanente que lo sigue allá donde va. Su nombre está en los libros de texto. Vive solo, aunque mantiene relaciones esporádicas con mujeres de una forma discreta y un affaire desde hace años con una profesora que vive a kilómetros de distancia y a quien ve cada quince días, con una rutina acordada y sistemática. Hugo Rask es un ególatra a quien le gusta que hablen de él, a quien no le molesta el murmullo inane de la adulación sin límites y a quien le gustan las mujeres. Hugo Rask no se enamora, no se ha enamorado nunca, salvo, quizá, de él mismo. 

Alguien propone a Ester Nilsson que imparta una conferencia sobre Hugo Rask. Así entra ella en el universo de él. Lo hace desde un punto de vista intelectual. Tiene que conocerlo para poder hablar sobre su obra y su pensamiento. Una larga entrevista por encargo de una prestigiosa revista de culto seguirá a esa conferencia y ambas sumarán lo suficiente como para que entre los dos se inicie una relación basada en él. Él es el objeto de conversación. Él es el admirado. Él es el importante. A Hugo Rask le maravilla que alguien lo conozca tan bien y hable tan acertadamente de él. Y a Ester Nilsson....Ester Nilsson se enamora sin más. Una relación asimétrica ¿es una relación? Por supuesto, Ester, casi de inmediato, abandonará a su novio y se irá a vivir sola. Por supuesto, Hugo Rask no cambiará un ápice de su vida ni de sus viajes quincenales. Aquí se inicia todo. 

Lena Andersson ha confesado que, al escribir su libro ha utilizado su propia experiencia personal, que Ester es su alter ego. Tampoco hacía falta que lo dijera, es obvio. Es imposible escribir esto sin haber estado muy de cerca de un proceso de enamoramiento, que no es único, pero que tiene connotaciones que hoy diríamos "tóxicas". Si te enamoras de una persona tóxica, el amor es tóxico. Y el problema está en que las personas tóxicas son gente encantadora. Buena gente tóxica, diríamos. Incluso puede que ellos no lo sepan o que, si lo saben, se acepten con una deliciosa naturalidad.

Los personajes del libro son reconocibles en la vida real. Existen y tienen nombres distintos cada vez. La mujer enamorada, que admira más allá de lo que merece al hombre y que se llega a obsesionar con ese sentimiento. El hombre que se deja querer, que no dice sí, pero que tampoco dice no, que juega con los elementos del tablero en un ajedrez en el que siempre lleva las de ganar, precisamente porque no arriesga, porque no pone sentimientos en la jugada. El novio abandonado debido a una relación sensata pero sin pasión. La madre, que acogerá fugazmente a Ester. El coro de amigas, tan importante en la vida femenina. El coro de amigas que irá pasando de una opinión a otra, confundiendo, intentando ayudar, comprendiendo y, por último, marchándose. Porque el coro de amigas termina harto de la obsesión de Ester Nilsson y dejará de oírla y de expresarle su opinión. Ester Nilsson no tiene a nadie que la salve, quizá únicamente ella misma. Y ver con claridad. Abandonar la ceguera que cubre los ojos de los enamorados y que no les hace apreciar con exactitud lo que pasa. O que les impide juzgar los hechos, prefiriendo quedarse en supuestos detalles, quizá señales, que no lo son en realidad. 

Ester Nilsson comete el error de todos los enamorados. Ve indicios de amor donde no los hay. Mejor dicho, están los indicios pero no responden al amor, sino al juego de un hombre que no sufre porque su forma de relacionarse es esta. Hugo Rask va derramando a su paso toda clase de detalles que no tendrían importancia si se mantuvieran en su justo término: cosas de un hombre que desea ser querido y admirado a toda costa. Es el amor el que introduce el elemento distorsionador. Si ella lo hubiese amado menos....Ester Nilsson lo sabe: Ellos lo adoran, dice, pero yo lo amo. Y en nada se parece una cosa y otra. Ella ve la persona, afirma, no al artista. Lo quiere a él, incluso con sus defectos. Pero ¿de verdad se da cuenta Ester del gran defecto, de esa imposibilidad absoluta de entrega, de generosidad amatoria que lo define a él? 

Durante un año entero ella disfrutará de una relación especial, se acostará con él tres o cuatro veces y luego, cuando llegue la indiferencia del otro, se preguntará atónita por qué las cosas han cambiado, se dolerá de su abandono, intentará saber, querrá preguntar, indagará sobre sí misma por ver si es ella la equivocada y comenzará la dolorosa labor de demolición de la figura del amado porque sabe que tiene los pies de barro y eso es lo que ella necesita para olvidarlo. Para intentarlo, al menos. Por último, será consciente con sus propios ojos de la verdadera personalidad de él y de que la ha sustituido en tiempo récord por alguien que, tarde o temprano, también será sustituida. Da igual una mujer, dan igual todas las mujeres.

En el final de todo, Ester buscará el asidero de la palabra. Al menos, explícame qué pasa, dime la verdad, sé sincero por una vez, dime que no me has amado, dime por qué me has abandonado. Ester no encontrará nada de eso. Hugo Rask no tiene nada que decir. Ni siquiera supone que exista alguna obligación por su parte en ello. 

...Ella debía saber mejor que nadie que el que abandona no siente dolor, el que abandona no necesita hablar porque para él no hay nada que hablar. El que abandona ha terminado. Ahí radica el gran dolor. Es la persona abandonada la que siente la necesidad de hablar sin parar en un intento de hacer ver al otro su error, de demostrarle que, si aprehendiera la verdadera naturaleza de las cosas, su elección sería distinta y la amaría a ella. Las palabras no pretenden-como sostiene el que quiere hablar-aclarar las cosas, sino convencer y persuadir. 
Hablar no sirve de nada. No se dan respuestas sinceras, por respeto y consideración. Abandonamos y nos abandonan y no hay nada que discutir, pues, alejada la voluntad, no se pueden pedir responsabilidades. Aquello que se hace por misericordia vale poco si el otro abriga la esperanza de que se haga por amor....

Esperanza es la palabra clave. Así lo afirma Andersson. Con mayúsculas. Es lo que impide ver con claridad que los hechos definen los sentimientos. Ester tenía que haber entendido que, si él no estaba a su lado, es que no estaba. Agarrarse a la Esperanza cierra las puertas del olvido. La Esperanza puede estar en pequeños detalles que no significan nada para uno y todo para otra. A él no le importa esparcir Esperanza, ni siquiera se da cuenta, porque no ama y no sufre. A ella, la Esperanza la condena al sufrimiento. Desechar toda Esperanza, esa es la cuestión final.  Decir no a las ilusiones equívocas, a las expectativas, a la destilación lenta de esas gotas de supuesta felicidad que él parece ir dejando a su paso, algunas veces.

Y la salvación comienza cuando ella, oyendo las opiniones políticas de Hugo Rask descubre que tienen poca base, poco fundamento. Cuando ve que la sustituta es una joven sin criterio y mucho menos valiosa que ella misma. Cuando intuye en él la cobardía de no tener nada que decir.  Cuando lo observa desde atrás, desde la otra mirada, una mirada que ve a un pobre hombre solo, amarrado a la adulación y que no sabe escuchar ni sabe sentir. Cuando comprende, al fin, que ese no es, probablemente, el hombre con el que quiere pasar toda su vida.


sábado, 23 de enero de 2016

La palabra nos hace


(Mujer escribiendo. Johannes Vermeer) 

La frase no es mía, sino de Sánchez-Ferlosio. Pero podría aceptarla tal y como está. Queda dicho ya de otras maneras, con otras expresiones, incluso con historias enteras que cuentan el milagro de expresar lo que sientes, lo que ves, lo que vives, lo que sabes, lo que nunca se hará realidad o se ha perdido. De todas las herramientas que tiene el ser humano, de todo el utillaje que lo distingue de los animales, de las plantas o de los seres inanimados, es la palabra el más preciado, el que más eficaz resulta, el que requiere mayor cuidado, mejor condición. Surge en los sencillos momentos de la comunicación, cuando la vida fluye, para situar exactamente el sitio en el que estás. Surge en las tristezas, como bálsamo y como condimento imprescindible para abrir otra puerta, cerrada ya la anterior por inútil. Surge en los espasmos de la felicidad que quieres controlar a fuerza de besos. Surge en los adioses, en las explicaciones imposibles, en los trucos de magia de la convivencia. 

Es la palabra, sí. Y, si te fijas, puedes mentir con los ojos, enhebrar falsas sonrisas, mover las manos con gesto inadecuado, engañar con el cuerpo, ocultar con la expresión, parecer omnipotente cuando eres un niño desvalido. Pero la palabra te va a delatar. Ella reina por sí misma y todo lo que se hace en su nombre permanece. Aún después de apagado el amor, flotan en el aire las palabras "te quiero". 

"París no se acaba nunca" de Enrique Vila-Matas

Hay un cine dentro del cine y una literatura dentro de la literatura. También hay una mitología dentro de la pintura y un sinfín de artificios emocionales y plásticos para que las artes aparezcan ante nosotros desmenuzadas, convertidas en briznas que puedan olerse. Los amantes de la literatura se entienden entre sí con códigos particulares, al igual que lo hacen los amantes del cine. En una ocasión tuve una amiga con la que compartía esa cinefilia extrema que forma parte de mi naturaleza. Ella y yo generamos un modo de comunicación único, diferente y sin interferencias ajenas. Sabíamos siempre de lo que hablábamos con solo una palabra, una frase o un gesto. Las personas que existían a nuestro alrededor tenían un correlato en el cine y las frases de nuestras películas favoritas salpicaban siempre nuestras conversaciones. Dejamos de vernos y la amistad desapareció porque, contra lo que algunos opinan, si uno no se ve, no se encuentra y no se habla, los sentimientos van enmudeciendo. Pero conservo el recuerdo cálido de esos laberintos lingüísticos en los que las imágenes de la fábrica de los sueños eran los protagonistas y nos salvaban del atroz aburrimiento de esos días.

Viene todo esto a cuento del último libro de Enrique Vila-Matas que ha publicado Anagrama en su colección Narrativas hispánicas. No hablo ya de cinefilia sino de amor a la literatura en lo que en sí misma es, en lo que encierra. También me ocurre con algunas personas. Claves de libros o de autores, un poema que recitamos a medias, un texto que compartimos, el culto a un escritor...

La propia editorial nos desmenuza el sentido del libro: Una revisión irónica de los días de aprendizaje literario del narrador en el París de los años setenta. Fundiendo magistralmente autobiografía, ficción y ensayo, nos va contando la aventura en la que se adentró cuando redactó su primer libro en una buhardilla de París cuya atípica casera era nada menos que Marguerite Duras. Y también se nos cuenta cómo el narrador quiso imitar literalmente la vida del joven Hemingway tal como éste relata en París era una fiesta. Después del resonante éxito de El mal de Montano, el autor consigue en esta nueva novela una armoniosa y logradísima síntesis de las muchas facetas de su singular narrativa.

Y nos presenta, con detalle, la figura de su autor: Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es uno de los más destacados escritores europeos del momento y está traducido a 29 idiomas. De su extensa obra, Anagrama ha publicado un libro de ensayos literarios, El viajero más lento, y los siguientes títulos de narrativa: Impostura, Historia abreviada de la literatura portátil, Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Recuerdos inventados, Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical (Premio Rómulo Gallegos 2001), Bartleby y compañía (Premio Ciudad de Barcelona, Prix du Meilleur Livre Étranger, Prix Fernando Aguirre-Libralire), El mal de Montano (Premio Herralde, Premio Nacional de la Crítica, Prix Médicis étranger 2003, Premio Internazionale Ennio Flaiano), París no se acaba nunca, Doctor Pasavento (Premio Fundación Lara 2006, Premio de la Real Academia Española 2006) y Exploradores del abismo.

Seguramente a todas aquellas personas que tienen en la literatura un referente, una forma de sostener su vida de múltiples formas, les va a interesar este libro, esta búsqueda interna de claves para explicar la fascinación que sentimos ante la palabra escrita. Literatura dentro de la literatura, autoanálisis, ficción entremezclada con ideas y sentimientos, ironía y ternura a partes iguales, observación atinada de una realidad que se convierte en invención a poco que lo pienses...todo ello fluye en la obra como si, en realidad, todos fuéramos testigos de lo que ocurre cuando unos escritores se cruzan en la ciudad que eligió ser, desde hace años, el centro de la utopía y de la búsqueda de la felicidad.

jueves, 21 de enero de 2016

Shakespeare y una tarde de lluvia


En las tardes de lluvia, la poesía. La plaza aparece cubierta de esa liviana luz de las farolas, a punto de llover, si ya no lo está haciendo. Sin ruido. En el son silencioso que surge de improviso. Una lluvia callada que no quiere asustarnos. Su presencia es el único movimiento que esta tarde parece existir en torno a sus jardines. Todo el mundo observa, detrás de las ventanas, el transcurrir del día, cómo el crepúsculo está tejiendo ya su sombra y cómo la luz se marcha sin decirnos su último secreto. 

En tardes como estas, la poesía. Los sonetos de Shakespeare. "Embelleces la noche, la iluminas". Y luego de leerlo te aseguras de que aquello no huya, no se quede en el aire, no se evapore, como esta niebla tibia que se deshace en copos de rocío, sin que haya amanecido todavía. El verso se construye y se transforma y aparece la estrofa entre tus manos, sin que puedas evitar su latido: 

Embelleces la noche, la iluminas
trazas airoso tu compás ausente
los destellos del aire son la dicha
eres el fondo claro que perece. 

En las tardes, te noto más presente. Como si la distancia sideral que nos separa se convirtiera en un pequeño salto en el espacio, en el tiempo. Siento que me comprendes, que estás al otro lado y que nunca te has ido. Siento que sigues siendo lo que eres: una razón entre tantos vacíos. Y el Bardo continúa: "El sol brilla gozoso por mirarte". Esto es una esperanza, es un total deseo. Una moneda al aire para que esta neblina lluviosa que me cubre, desaparezca un día y se convierta en claridad alada. La tuya, la que eres. Y así sigue:  

El sol brilla gozoso por mirarte
te encuentro presto siempre a la alegría
los surcos de las horas no son nada
no pesan, no trasminan, no se sienten. 

La tarde se hace amor irremediablemente. A ti conduce. En ti termina y encuentra su sentido. No hay más que amor en los versos que escribo y los elevo para que surjan flores. Esa mirada trágica a las cosas se deshace en las manos y así puedo entender que, a pesar de que el otoño no florezca y el invierno traiga rosas marchitas, tú estás al otro lado de un fugaz horizonte. Y por eso: "En mis versos tu amor vivirá joven". 

En mis versos tu amor vivirá joven
no terminará nunca este deseo
así en ti cada abrazo se culmina
y el corazón en ascua por ti arde. 


Shakespeare y yo te escribimos en verso, porque sin que el amor nos atraviese, nada somos ahora, ni seremos. 

(En negrita, lo que escribió W. S. )

miércoles, 20 de enero de 2016

"El último magnate" de Francis Scott Fitzgerald





"El último magnate" es el canto del cisne de Francis Scott Fitzgerald. Comenzó a escribirlo en septiembre de 1939 y lo hizo como una manera de sentirse vivo después de una serie de desgracias familiares, personales y económicas que lo habían estado zarandeando durante los últimos tiempos. No hubo suerte, sin embargo. Fitzgerald murió en 1940 y la novela quedó sin terminar. Una obra inacabada es un cajón de objetos desordenados que, inesperadamente, quedan a merced de alguien que no es su dueño. En este caso los objetos se recompusieron de alguna forma usando las anotaciones que el escritor había dejado preparadas. Edmund Wilson, que se ocupó de editarla al año siguiente de la muerte de Fitzgerald, la subtituló así "Una novela inacabada". La edición que ahora releo es, precisamente, la que reproduce con fidelidad esta versión publicada en 1941 por Charles Scribner´s y que la editorial Burguesa, en su colección Narradores de Hoy, sacó a la luz en 1981. 

Resulta de gran interés el prólogo de Edmund Wilson, pues detalla exactamente hasta dónde llegó el escritor con el texto y cómo la novela que se edita es un borrador, cuyas notas se incluyen en la edición pero que no fue cribado porque se lo impidió su muerte repentina. El texto conserva todo lo que el artista pensaba decir, pero no ha sido revisado ni retocado. No obstante, se lee con fluidez y se aprecia la calidad literaria de Fitzgerald, su estilo y su madurez creativa y personal. En "El último magnate" como dice Wilson, lo que importan no son las fastuosas celebraciones, las fiestas, las juergas y el brillo de los años de derroche que sus personajes viven, sino el mundo de los negocios desde dentro y, sobre todo, la vida en los estudios cinematográficos. 

Porque es una novela sobre el cine, sobre la industria del cine, observada de cerca, radiografiada, completamente desmenuzada y llena de detalles que se presentan con la agudeza de ingenio del autor y también con inteligencia y con rapidez de reflejos. El protagonista es un tipo excepcional, un omnipotente productor pletórico de energía, con sus propias ideas que pretende llevar a cabo y con un amor por el cine desmesurado, como deberían tener todos los que manejan dinero en esta industria. La figura del productor está basada en la de Irving Thalberg, a quien Fitzgerald había conocido en Hollywood y que había muerto en 1936. 

Lo interesante del personaje es su ambigüedad. Como sucede con todos los personajes de Fitzgerald es un tipo incalificable, que tiene tantas aristas como momentos en su vida, como actuaciones y como ideas. Al principio es un chico pandillero, que vive en el Bronx y pertenece a una familia judía. Su triunfo será convertirse en un gigantesco empresario, que hace y deshace en la industria del cine. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y su propia personalidad terminarán sepultándolo en una nube de problemas amorosos, profesionales y económicos. La combinación de la exploración psicológica del personaje principal y de la descripción social del Hollywood de la época surte efecto y así es posible ver cómo en medio de los oropeles del triunfo crecen y se manifiestan los desamores, los fracasos, las envidias, los celos y las venganzas. Negro y blanco al mismo tiempo. 

El libro fue llevado al cine en 1976. Con la dirección de Elia Kazan y sobre un guión de Harold Pinter, el reparto fue espectacular: Robert De Niro, Jack Nicholson, Robert Mitchum, Jeanne Moreau, Dana Andrews, Tony Curtis, Anjelica Huston, Ray Milland, Seymour Cassel, John Carradine, Theresa Russell, Ingrid Boultin, Donald Pleasence. Fue la última película de Elia Kazan, otro gigante del mejor cine de todos los tiempos.

martes, 19 de enero de 2016

"Doble fuga de amor y muerte" de Jean Legrand

La prueba más evidente del desconocimiento que tenemos en España de la vida y la obra de Jean Legrand es que su reseña en la Wikipedia solamente puede consultarse en francés. A mí me parece un autor maldito, uno de esos escritores que andan siempre en el filo de la navaja. Editan de milagro, se autoeditan y no entran nunca en los circuitos comerciales, porque su estilo no es compatible con los grandes públicos. No son comerciales, en suma. Son gente rara, que escribe cosas raras. Así que hay que saludar con una alegría agradecida esta publicación de la editorial Periférica, porque nos trae una nouvelle, solo cincuenta y siete páginas, que no debería pasar desapercibida. Quizá abramos así la puerta al conocimiento de un escritor que, de otro modo, seguiría estando en la semiclandestinidad. 

Jean Legrand nació en Montpellier, en el año de 1910. Montpellier es una ciudad fastuosa. La conocí hace años y conserva para mí el encanto de lo que se asocia a tu biografía en los mejores momentos de ella. En 1929 se marcha a París, el centro entonces de un movimiento cultural muy destacado. Los escritores, pintores, artistas de todo signo andaban por París y tenían entre manos toda clase de cosas por hacer. 1929 es un año convulso por muchos motivos y en Francia tenían ya la premonición de que la tranquilidad de la que se disfrutaba no iba a durar demasiado. Así fue, como sabemos. Como cuentan las escasas noticias que tenemos sobre él, Legrand amaba el surrealismo, el jazz, a Nietzsche y a Proust. Nada del otro mundo, por otra parte. Sus gustos coincidían con la gauche divine del momento. Él mismo estaba muy cercano en sus postulados políticos a la extrema izquierda. Los oficios que desempeñó en París están todos relacionados con la literatura, librero, impresor, y, desde luego, no obvió formar su propio movimiento literario, muy pequeño eso sí, que bautizó como "sensorialismo". No podía ser de otro modo en alguien que tenía, entre sus principales amigos, a Henri Michaux, para quien el cielo era "azul, azul, azul y raso".

La Editorial Periférica reseña el contenido de este libro: Con el telón de fondo de una  guerra apenas evocada, un hombre y una mujer, dos jóvenes, se conocen una  mañana. Los amantes se instalan lejos de la ciudad, en el campo, donde todo recuerda  al Paraíso. Su amor, hecho tanto de exceso como de angustia, de contemplación  como de éxtasis, es el contrapunto a la tragedia histórica y la única fuerza  subversiva en medio de la violencia. Los dos cuerpos son conscientes de su  vulnerabilidad, pero también de su poder tanto redentor como creador. 
Inédita hasta ser recuperada en  Francia hace tres años, esta novela corta de Legrand cuenta en nuestra edición  con un anexo de gran interés: un pequeño artículo publicado en 1942 (titulado  «Nacimiento del amor») que arroja una luz muy especial sobre Doble fuga de amor y muerte: sensualidad  y asombro. 
A pesar de su brevedad, este  volumen está lleno, sin embargo, de exigencia y de placer para el lector.  Creemos que son doblemente esenciales estas páginas, testamento de un autor  mítico que aún estaba por descubrir en nuestra lengua.

Legrand no fue nunca un escritor al uso. En la mayoría de las ocasiones tuvo muchas dificultades para poder publicar. Si lo hizo, por ejemplo, en Gallimard, fue por recomendación de algún amigo. En sus últimos tiempos todavía se hizo más patente su imagen de escritor maldito, oscuro y sin concesiones. Sus tres últimos libros tienen un marcado carácter autobiográfico y en ellos se puede constatar que no quiso renunciar a sus postulados para buscar mayor notoriedad o más facilidades para publicar o vender libros. En Francia es un escritor de culto, pero en España es la primera vez que se puede leer su obra. La traducción es de Manuel Arranz.

Volvemos a la Editorial para recuperar la pequeña biografía que del autor aparece: Jean Legrand  nació en 1910 en Montpellier y en 1929 llegó a París. Amaba el Surrealismo  (aunque nunca fue surrealista) y el jazz, a Nietzsche y a Proust. Estudió junto  a un impresor en Nantes, para luego convertirse en impresor él mismo; fue  editor y creador de un minúsculo movimiento literario: el Sensorialismo. Amigo  de Claude Cahun y de René Crevel, publicó algunos de los textos de Georges  Bataille y Benjamin Péret y trató de cerca a Henri Michaux, a Jean Paulhan y a  Raymond Queneau. En la segunda mitad de los años cuarenta se dio a conocer como  escritor con una trilogía compuesta por: Journal de Jacques, Jacques ou L’homme possible y Aurette y Jacques, pero al poco dejó de  publicar. En los años cincuenta se retiró a la región donde había nacido, a las  inmediaciones de Montpellier. Murió en París en 1982, convertido en un escritor  tan secreto como mítico.

"El asesinato de Rogelio Ackroyd" de Agatha Christie

He contado varias veces cómo empecé a leer a Agatha Christie. Tendría unos diez o doce años y una vecina de mi calle  decidió hacer limpieza en su casa y sacó a la calle un enorme cajón de madera lleno de libros. Así que ahí me tenéis, sentada en el suelo, en la acera de esa calle, rebuscando entre los libros y hallando maravillas. Una de esas maravillas fue una novela de Christie, que resultó coincidir con la primera que publicó, "El misterioso caso de Styles". La leí y me enamoré. Y, desde ese momento, todas las novelas cayeron una tras otra. Y luego su autobiografía. Y sus "Cuadernos". Y todo lo que sobre ella se ha escrito. Agathistas de primera, es lo que somos en mi familia. 

Conozco a personas que desprecian esta literatura. La consideran banal, pobre de recursos, manida, falta de categoría. Incluso son gente versada y amante de la novela negra y aun de la policíaca.

Pero no logran entrar en el universo Christie, no logran darse cuenta de cómo sus claves son especiales, distintas y llenas de pequeños detalles que, todos juntos, forman un mosaico esencial para su conocimiento y para su disfrute. Disfrutar. He aquí la palabra. Las obras de A. C. se disfrutan desde el comienzo al final. Pueden leerse cuantas veces queramos porque la lectura repetida no condiciona el placer. Porque el desenlace es, en la mayoría de las ocasiones, lo de menos. Lo de más es esa tela de araña que se teje en torno a los personajes y a los hechos, una tela de araña que se va rasgando de parte a parte para dar paso a la realidad. Es cuestión de mirada. Depende de cómo se mire, así el resultado va a aparecer de una u otra forma.

La lectura de estos libros es un acto doméstico, estamos ante crímenes domésticos, cometidos por buena gente, por gente intachable y en entornos cotidianos, llenos de lugares agradables, salas de estar, salones de recibir, bibliotecas y dormitorios en casas de campo, lo menos tétrico que pueda darse, nada de sustos ni de fantasmas, todo de buen metal, para entendernos. Mi conocimiento del modus vivendi de la campiña inglesa desde principios del siglo XIX hasta mediados del siglo XX ha estado ocupado, sin duda, por lo que he aprendido de dos escritoras, Jane Austen y Agatha Christie. Y, como suele ocurrir cuando la literatura se integra tanto en tu forma de pensar, tengo en mi cabeza los espacios vitales de ambas, las frases, la forma de encarar la realidad, sus anécdotas, lo que fueron, lo que escribieron. 

"El asesinato de Rogelio Ackroyd" es para mí, ya os lo digo, la mejor novela de A. C.. Añado. La mejor novela policíaca que yo haya leído nunca. Podemos empezar a discutir desde este mismo instante, pero, antes de eso, permitidme que os cuente por qué lo considero así. Y para eso hay que entrar en su argumento y en su intrahistoria, en ese tejido sutil que la envuelve. Si no has leído el libro y quieres leerlo, cuidado, porque hay spoilers en esta narración, de otra forma no podría comentarla. 

En King´s Abbott, pueblecito inglés del tipo sencillo en el que hay una o dos familias importantes, un cierto número de tiendas, una estafeta de correos (fundamental para A. C. ), un médico y algunos militares retirados, ha aparecido asesinado un notable del lugar, el Sr. Roger Ackroyd. Es el mismo entorno que Jane Austen utiliza en sus novelas. La gentry, la baja nobleza. No la burguesía emprendedora (rarísima de observar), no los núcleos urbanos (Londres aparece escasamente) no la clase baja (los criados son solamente parte del bosquejo humano). La gentry en estado puro. Los buenos modales, las herencias, las visitas, la música, los jardines tan cuidados, la gente venida a menos, son los protagonistas. A ellos se salen sumar, eso sí, personajes excéntricos, escritores, actores, gente del teatro, excéntricos, ya digo.

Ackroyd no es el único muerto en circunstancias extrañas, como recuerda atinadamente Caroline Sheppard, la hermana del médico. También se ha registrado con anterioridad la muerte por suicidio de la señora Ferrars, y, antes de eso, la de su propio marido, en circunstancias extrañas. Caroline Sheppard siempre ha pensado que fue asesinado por su propia mujer. Aunque son cosas de solteronas aburridas que siempre piensan mal. El famoso detective belga (ojo, no francés, como él mismo se encarga de repetir) Hercules Poirot, está retirado y descansando en este pequeño pueblo, dedicado al cultivo de calabazas y es, a la sazón, vecino de los Sheppard. No resulta raro que termine viéndose envuelto en la investigación de este caso, en realidad de varios casos encadenados. Porque antes de su muerte el Sr. Ackroyd recibió una carta y en esa carta se contaba la espeluznante tragedia de la mujer que amaba, que no es otra que la señora Ferrars, confesándole que estaba siendo objeto de chantaje por parte de un desaprensivo que sabía a ciencia cierta que ella, en efecto, había terminado con la vida de su marido. En la carta, también le contaba que pensaba quitarse la vida. 

Es el doctor Sheppard, probo ciudadano de intachable conducta, quien relata la historia y lo hace en tiempo pasado, es decir, cuando todo se ha resuelto ya. Lo cuenta todo, sin omitir nada. Todos los detalles aparecen diáfanos en la narración y de ella se desprende una verdad muy sencilla: la persona que chantajeaba a la señora Ferrars, por tanto responsable de su suicidio, es la misma que ha asesinado a Ackroyd. Las aficiones detectivescas del médico le llevan a colaborar activamente en la investigación. Él recorre el camino de las pesquisas de Poirot al mismo tiempo que el detective. Sin embargo, ninguno de los dos es totalmente sincero. Poirot oculta a Sheppard gran parte de sus conclusiones y Sheppard oculta a Poirot algunos hechos relevantes. 

El desenlace (ojo al spoiler) no puede ser más dramáticamente inteligente. Y lo descubre Poirot haciendo uso de sus células grises y por medio de una sencilla observación del tiempo en el que transcurren los acontecimientos. Es el tiempo, una diferencia escasa de apenas diez minutos, lo que dará la clave al detective para descubrir que la persona que se oculta detrás de estos acontecimientos trágicos no es otro que....el mismísimo Sheppard, el hombre que está ayudándole a descubrir qué ha pasado. 

Es la primera vez que yo sepa, y la única, que se utiliza el recurso literario de que el mismo asesino actúe a modo de voz en off, de narrador, acerca de los hechos. Si relees el libro una vez que conoces el desenlace observas que la elipsis narrativa está ahí, que puedes verla y entenderla, pero que se te escapa. No hay engaño, solamente una magistral forma de explicar las cosas. De igual forma que la violencia se oculta en las películas, aquí se tapa sin que pueda apreciarse qué hizo el doctor en los diez minutos cruciales que generan el secreto de los hechos. Qué hizo, dónde y por qué. Fantástico. 

Una vez que has leído la novela por primera vez y conoces lo que ocurre, el resto de sus lecturas te sirve para ir confirmando cómo A. C. crea su red de datos y, honradamente, sin engañarte, transita contigo el mismo camino que los personajes. Esa es una de sus virtudes. La no ocultación. Se muestran los hechos, se muestran los caracteres y se muestran las razones. Lo que ocurre es que luego hay que realizar un ejercicio de interpretación de los mismos que no siempre pueden llevarse a cabo. Así que, entonces, entra en juego la inteligencia y el ingenio. De todo lo que allí se ha expuesto solamente hay algunos elementos fundamentales, el resto es maquinaria obsoleta, juego de magias, algo que hay que despreciar porque confunde. 

La frase final de Poirot al descubrir al asesino: "Usted, doctor Sheppard" es espectacular y cierra un clímax absoluto. En las novelas de A. C. es costumbre que un auditorio en el que se encuentran los asesinos, oigo con detalle las explicaciones de Poirot acerca de su propia investigación. En este caso, extraordinariamente, el auditorio está formado por una sola persona, el doctor, responsable y asesino a la vez. Y esto es así porque, en un rasgo de humanidad y de simpatía por las personas, Poirot quiere preservar a la inocente Caroline, la hermana del médico, de conocer el crimen de su querido hermano. Así que dará la opción a Sheppard de tomar una decisión que lo salve del oprobio de ser considerado un asesino. Ya imaginamos cuál es esa solución. 

Genial el libro. Genial la forma en la que se cuentan los hechos. Geniales los retratos de los personajes y esos pequeños guiños a la forma de ser de Poirot que tanto tiene que ver con el descubrimiento de la verdad. Su forma de ordenar los objetos, su control del tiempo, su pensamiento cuadriculado pero no tanto...todo se convierte en una eficaz herramienta al servicio del suspense, pero de un suspense cotidiano, amable, diferente, humanizado. Un suspense made in Christie.

lunes, 18 de enero de 2016

"El señor Norris cambia de tren" de Christopher Isherwood

"En 1931, a bordo de un tren con destino a Berlín, William Bradshaw conoce a Arthur Norris, un británico de aspecto cómico e intrigante con el cual entabla una amistad que le llevará a descubrir su ambigua personalidad. El señor Norris dirige un turbio negocio de importación y exportación en Berlín; vive atemorizado por sus acreedores y su secretario Schmidt y sometido a su amante, la prostituta Anni; y se define, según la ocasión, como militante comunista, orador político, espía o agente doble. "

Es así, de esta sencilla forma, como la editorial Acantilado, que ha publicado el libro, nos presenta esta historia que firma el mismo autor de "Regreso a Berlín", esa novela autobiográfica que reseñamos en su momento en este blog. Durante la República de Weimar, la propia peripecia vital del autor, le llevó a escribir ambos libros. Toda la sordidez del nazismo, el estado de ambigüedad de la población alemana, las ocultaciones y los problemas diarios, todo eso se recoge de una forma limpia, adecuada, directa. 

Isherwood es como Alicia al otro lado del espejo. Nos enseña una realidad oculta, una realidad que está camuflada por las grandes obras literarias, las cifras asombrosas o la política internacional. Se adentra en la vida cotidiana, en los personajes de diferente calaña, en la otra parte de la sociedad que no figura en los titulares de los periódicos pero que existen. Por eso estos libros son tan necesarios. Porque nos muestran lo que, de otra forma, se habría perdido para siempre. Y en estas cuestiones mejor no perderse nada. Por si acaso. 

Christopher Isherwood (Cheshire, 1904 –Santa Mónica, 1986) se fue a vivir a Berlín en el año 1929, dejando su tierra natal, Gran Bretaña. En Berlín fue un testigo privilegiado de cómo el partido nazi llegó al poder. Esa observación se trasladó a la literatura y para ello usó tanto el testimonio, como la ironía, el humor, el sarcasmo y el documento. Se fue de Alemania en el año 1933 y entonces se dedicó a recorrer China, siguiendo su naturaleza casi vagabunda, y, en todo caso, viajera, como todos los ingleses que lo son de verdad. Amante de los jardines y de los trenes de largo recorrido, diría la propia Agatha Christie, otra impenitente viajera. Después de ese merodeo oriental se instaló en los Estados Unidos en la compañía del también escritor W. H. Auden. Su obra más conocida es "Adiós a Berlín". El cine se interesó por ella y por su contenido, de manera que la llevó al cine. "Cabaret" un musical ya clásico de 1972, es su versión más conocida y aplaudida.

Como en tantas ocasiones, aplaudo el esfuerzo de las editoriales como Acantilado, que lejos de llevarse llevar por la corriente de los autores ampliamente reconocidos o consagrados, o por el marketing de los premios, nos traen escritores como este, cuyas obra es tan merecedora de leerse que, si no se publicaran, nos perderíamos algo bueno, bueno de verdad.


domingo, 17 de enero de 2016

Inquietamente viva


Recuerdas las horas lentas del verano y conservas en tu retina el juego de luces del sol sobre el agua. Las tardes consumidas en charlas indecisas. Los susurros a la hora de la siesta. La búsqueda del placer en tus pies desnudos, buceando entre las arenas convertidas en ritos. A veces eran conchas. Las guardabas en un cubo pequeño, azul y con un asa transparente. Eran de todas clases y colores, todas olían a mar. Las conchas se escondían en el suelo y querían escaparse de tus manos. Pero no se podía huir de la constancia de una niña que quiere llevarse el mar a casa. Su sonido, su voz, todas las cosas que, cada día, cada tarde, lo convierte en un pasajero único del tránsito de la vida. 

Recuerdas las palabras que añadías a esa libreta que cada vez usabas. Libretas de colores con pastas de colores y hojas blancas. Un texto, una canción, un poema, hasta un nombre. Una vez escribiste el nombre del amor y todas las páginas saludaron con gracia ese invento. Era la primera palabra de un tiempo nuevo, por descubrir y por disfrutar. También por sufrir, aunque entonces no lo sabías. Eras la niña que se anticipa a todo, la impaciente, la soñadora, la distinta, la niña de los ojos semicerrados por la línea abrupta del sol poniente que todo lo inundaba de violeta. Ese color violeta de los sueños. 

Recuerdas los encuentros, los juegos de media tarde, en el escalón de mármol de tu casa, en la puerta que a la calle se abría. Las idas y venidas. Los secretos. Historias viejas que se convirtieron en las nuevas historias que contabas. Escuchabas con atención a esas mujeres que se reunían silenciosas en torno al café y que solamente  hablaban para sí, con un lenguaje único, con palabras cursivas. Las palabras prohibidas que adornan los secretos más oscuros. Esas palabras que quedaban grabadas en tu piel y tu mente y que luego llenaban tus cuadernos como si fueran aves, posadas en un erial de piedras corroídas por la humedad del aire. 

Recuerdas las personas. Esa gente que hubo y que ya se aposenta en un momento extraño, que no vives ni sientes ahora mismo y que se marchó sin que tuvieras tiempo de añorarlo. Gente con un pasado. Mujeres de tristezas aventadas por miedos y desamores ciertos. Niños que lloraban al atardecer y que querían abrazar a sus madres. Hombres huidizos, invisibles, lejanos, fuera de todo aquello que constituía tu horizonte. Toda la gente que escribió sus historias en una infancia plagada de cuentos y de caricias inventadas. Te sueño, no te tengo, no estoy, no soy, no eres, no estás. Así termina. 

Un día, recientemente, alguien pone nombre a tu bullicio, a tu búsqueda incesante de explicaciones. Inquietamente viva. De tan inteligente, inquietamente viva. Y sola, desde luego. Inquietamente sola.

Adverbios que no sobran porque se escriben sin pedir permiso. 

"Los papeles de Aspern" de Henry James

Henry James (Nueva York, 1843- Londres, 1916) es un escritor difícil. Aunque a lo largo de su trayectoria literaria su estilo varía y pasa de ser muy disgresivo, con amplísimas descripciones y oraciones largas a otro más concreto y conversacional, no se puede negar que no es una lectura fácil, sino que requiere cierto esfuerzo intelectual. Él mismo es un escritor que intelectualizaba mucho sus obras, la mayoría de las cuales van más allá de lo que narra y poseen elementos que las relacionan con teorías sociales, políticas y, sobre todo, con aspectos psicológicos e, incluso, psicoanalíticos. A James le interesaba grandemente el estudio de los personajes. Si hubiera sido pintor, los retratos constituirían su mayor universo. Retratos por dentro y por fuera. Retratos de facciones, pero, sobre todo, de sentimientos, emociones e ideas. Ese estudio tan pormenorizado tiene por fuerza que ralentizar la acción y convertirla en lenta y detallada. 

Resulta curiosa la circunstancia de que, al llevarse algunas de sus obras al cine, las distintas formas de hacerlo han condicionado en gran medida a los lectores o futuros lectores. Si ves "Las bostonianas" versión James Ivory, te haces a la idea de un escritor pausado, reiterativo y algo plasta. Pero si te acercas a él por medio de William Wyler en "La Heredera", extraída de su novela "Washington Square" entonces tomas conciencia de su vitalidad, de la fuerza interior de los personajes, de las luchas interiores que los sustentan y, sobre todo, de la ambigüedad, que es uno de sus signos más característicos en cuanto al tratamiento de las emociones se refiere. Otro de esos signos es la forma en la que se acerca a la sexualidad. En "Washington Square" la protagonista, que en la pantalla encarna acertadamente Olivia de Havilland, tiene una gran necesidad de sacar a la luz sus instintos de mujer que tiene ocultos en lo más profundo de su interior. Nunca antes ni después se representó con mayor acierto el drama de una solterona. El tema del sexo le acarreó muchas críticas porque aparece en distintas obras y porque lo hace de una forma inusual para su tiempo. 

La literatura de James tiene siempre dos polos opuestos que luchan entre sí. Lo convencional y lo novedoso. Lo antiguo y lo nuevo. Lo bueno y lo malo. Lo real y lo irreal. En la conocida "Otra vuelta de tuerca" el mundo de lo fantasmagórico se opone a la vida cotidiana. En "Retrato de una dama" la diferencia está en la vida anterior de la protagonista y la que le sucede cuando se convierte en una persona rica. De esa forma, una dicotomía constante inunda sus escritos y los intelectualiza al extremo. En cierto sentido, esa necesidad de que estén sujetos por una teoría previa, incluso filosófica, lo acerca a D. H. Lawrence, que mantiene una pugna constante entre el instinto y el maquinismo, como entes absolutamente disociados. 

Quizá haya que entender su obra a la luz de su biografía personal, detallada al máximo en la obra de Leon Edel, su biógrafo. James padecía una disfemia discreta pero que le obligó a superarse para poder entablar relaciones sociales en los medios en los que se movía. También fue un expatriado en Europa, pues dejó su tierra natal y terminó nacionalizándose inglés. Es un escritor trasatlántico, que pone en contacto ambos territorios angloparlantes de forma que su mismo periplo lo siguen otros norteamericanos que incluso pueden ser considerados sus discípulos, como la magnífica Edith Wharton, que lo superó en ocasiones. El contraste entre dos mundos, es pues, su mejor esencia. 

Henry James trabajó como crítico literario y como crítico de arte. En el primer caso escribió un libro imprescindible "El arte de la novela" en el que defendía la libertad de creación frente a los corsés que determinaban los distintos aspectos y caminos de la narrativa. Abrió así un espacio de creatividad que surtió efectos en otros escritores de forma inmediata. Por otra parte, defendió la pintura entonces muy infravalorada de su paisano John Singer Sargent, a quien hay que recordarlo como el autor de uno de los cuadros más visualizados y utilizados en el tema de la ilustración para el flamenco. Mi libro "El flamenco en Cádiz" lleva un fragmento de una de sus obras en la portada. La otra condición interesante de James es su carácter de escritor epistolar. Más de diez mil cartas están catalogadas y presentan un maravilloso mosaico de ideas, pensamientos, opiniones y discusiones, entre él mismo y otros personajes de gran enjundia, como, en el caso de los escritores, R. L. Stevenson y el misterioso Joseph Conrad. 

Esta edición de "Los papeles de Aspern" que ha sacado a la luz Alba Minus, puede sin duda acercar a los nuevos lectores a un autor complejo. Su argumento es sencillo y lo tomamos tal y como la editorial Alba lo ha incluido en su página web: Un joven crítico y editor fascinado con la obra del difunto poeta Jeffrey Aspern se entera de que Juliana Bordereau, una de sus musas, vive aún, anciana y aislada, en un palazzo veneciano. Convencido de que conserva cartas y material inédito del poeta, se acerca a ella camuflando sus intenciones y consigue que lo acepte como inquilino. El joven se introduce entonces en un mundo agónico y fantasmagórico, volcado exclusivamente en el recuerdo, que la orgullosa anciana habita con la única compañía de una sobrina suya, una mujer ya madura que no parece haber conocido otra cosa que la reclusión y el legado de un esplendor desaparecido: «Vivimos en un silencio aterrador –dice–. No sé cómo pasan los días. No tenemos vida.» La presencia del joven trae un poco de «vida» a su relegada existencia, aunque el descubrimiento de que las razones de éste no son desinteresadas ni inocentes dé un turbio e inesperado vuelco a la situación. La idolatración del pasado y la necesidad de protegerlo envuelven a los personajes en una trama maestra de ambigüedades y bajezas, en la que el romanticismo y el materialismo se funden en una relación misteriosamente dialéctica. 

La obra fue escrita en 1888. Seguramente sea la nouvelle más conocida y admirada de James, junto con " Otra vuelta de tuerca". Decididamente, leer sus novelas cortas suele resultar más sencillo y asequible que aquellas otras de mayor tamaño, puede que por su propia estructura narrativa compleja o por su lenguaje elaborado y lleno de disquisiciones. 

Indispensable, no obstante, para conocer la novela moderna, la lectura de Henry James. Y para disfrutar sin duda de la creación de unos ambientes únicos, en los que él se mueve con elegancia y con soltura, a la par que de unos personajes trazados con la mano firme de quien parecía conocer tanto de la vida y de sus gentes. 

viernes, 15 de enero de 2016

"Villa Vitoria" de D. E. Stevenson

D. E. Stevenson es Dorothy Emily Stevenson (Edimburgo, 1892- Dumfriesshire, 1973). Si te suena el apellido es con razón. Resulta ser la hija de un primo de Robert Louis Stevenson, que no necesita presentación y que está en nuestras estanterías desde que éramos adolescentes. Esta Dorothy es un personaje tan interesante como lo son los de sus novelas, sobre todo los femeninos. Si repasas un poco su peripecia biográfica puedes entenderla y entender qué escribe y por qué lo hace. Su padre era un ingeniero que diseñaba faros, es más, toda su familia era diseñadora de faros. La educó una institutriz y cuando la niña manifestó que quería ir a la universidad, el diseñador de faros que era su padre, se negó terminantemente, en su familia ninguna mujer había poseído nunca un título académico y así debía seguir siendo. Así que su carrera se redujo a casarse con un capitán y, por supuesto, a escribir muchas y divertidas novelas. 

D. E. (también podemos llamarla así) luce una artística artimaña en su obra literaria: mueve los personajes de un libro a otro. El que es secundario allá, se transforma en protagonista en otro lado. Y al revés. Es como si sus personajes fueran reales o, al menos, actores que se dedicaran a hacer representaciones o, en un tono más moderno, a filmar películas, unas veces a modo de cameos, otra de extras y otras de actores con frases. Curioso. Divertido. Estimulante. Esos personajes fundamentales son siempre femeninos, pues ella quiso contribuir, de alguna forma, a darle luz a las mujeres ya que en sí misma había sufrido la oscuridad de no poder guiar su propio destino. Así están la señorita Buncle, Celia, Anna, Sarah Morris, Debbie, Tonia, Charlotte Fairlie, Freda,Margaret, la señorita Martineau y Katherine. 

La primera novela que publicó fue Peter West, en 1923 y desde ese momento hasta 1970, tres años antes de morir, se van sucediendo títulos y títulos, pues fue una autora prolífica, con una vis cómica considerable y una envidiable capacidad de observación. Seguramente el que mayor éxito le proporcionó fue El libro de la señorita Buncle, de 1934, que tuvo dos continuaciones. Estos libros de la saga Buncle le proporcionaron millones de lectores en Gran Bretaña y en Estados Unidos, convirtiéndola en una autora muy conocida, respetada y admirada. Por desgracia, la gran mayoría de esos libros no se han publicado en España, donde solo contamos con algunos que han ido apareciendo en la Editorial Alba, en su colección Rara Avis. Este que mencionamos ahora, Villa Vitoria, de 1949, es uno de ellos. 

Ashbridge es un pequeño pueblo cercano a Wandlebury, el pueblo de la señorita Buncle. En las afueras de Ashbridge está una casa construida por un militar, con el grado de capitán, que la mandó construir después de participar en la guerra para expulsar a José Bonaparte de España. Ya sabemos que se trata de nuestra guerra de la Independencia, así que el nombre de la casa es español y alude a la ciudad de Vitoria. Es una bonita casa, con un jardín lleno de flores alegres y brillantes, setos perfumados, aire romántico y suaves brisas que la rodean y hacen que tenga un clima apacible. Un sitio idílico para que pasen cosas positivas. Allí vive una viuda, madre de tres hijos, llamada Caroline Dering. El señor Dering, por desgracia, no solamente ha fallecido sino que ha dejado un malísimo recuerdo entre la gente. Solo se recuerda de él su pesimismo fatalista y molesto y su antipatía de carácter, lo que es un mal legado, desde luego. La acción transcurre en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con lo que las heridas aún no han cicatrizado, ni las físicas, ni las morales. La vida es muy difícil. Racionamiento, seres atormentados que no se acostumbran a los tiempos de paz, pasados trágicos que se ocultan, necesidad de agudizar el ingenio para sobrevivir...

Uno de esos seres llenos de secretos es el señor Shepperton, que llega al pueblo y se instala a vivir en su posada, llevando consigo todo lo que los seres humanos movemos con nosotros, su vida anterior, sus pesadillas, su sufrimiento, sus errores y sus deseos frustrados. Ambos personajes, Caroline y el señor Shepperton, se entienden bien desde el principio, lo que es una buena cosa en tiempos turbulentos. Una viuda y un ser atormentado pueden llegar a establecer una bonita relación de ayuda mutua y complicidad...Pero la cosa no es tan sencilla. No lo es si la viuda tiene una hermana, célebre actriz de teatro, llamada Harriet, que tiene la virtud de enredarlo todo y a la que le da por llegar al pueblo en el momento justo,es decir, en el tiempo más inopinado e incongruente. He aquí que el tranquilo devenir de la trama se complica y la placidez del campo y de su existencia llena de pequeños detalles placenteros se trastornan de un modo singular. Así es la vida, en realidad, da lo mismo el entorno, porque son los seres humanos los que mueven sus hilos. 

jueves, 14 de enero de 2016

"La solterona" de Edith Wharton

La personalidad de Edith Wharton (1862-1937), su estilo luminoso, lleno de detalles pero sin resultar prolijo ni cansado, llenan esta nouvelle de un aire peculiar, inconfundible. En el conjunto de sus obras es un acercamiento más a la clase alta neoyorkina, que tan bien conoció y de la que acabó desconfiando y huyendo. 

Estamos en 1850, en ese Nueva York que tiene varias caras. La mejor de ellas, la que brilla, es la de las grandes familias hegemónicas, que se casan entre ellos en una endogamia que quiere perpetuar su poder y que consigue, sobre todo, acentuar su diletantismo y su falta de vigor. Los Lovell y los Ralston son los amos de la ópera, de los bailes, de los salones y tertulias. El personaje más influyente de los Ralston es Delia, que ve con muy buenos ojos la boda que va a celebrarse entre Charlotte Lovell y Joe Ralston. Ese es el inicio de la trama. Una boda siempre es una buena noticia así que resulta poco conveniente (ay, las conveniencias, ese gran velo de ocultación que aquí tiene especial importancia) que la novia acuda a Delia, desmadejada, llorosa y preocupada a contarle un gran secreto. Un secreto que puede poner en solfa toda esa vida de lujo y ostentación que ambas familias llevan desde siempre. La irrupción de Charlotte en casa de Delia cambiará el curso de la narración y, por consiguiente, el destino de todos. Un secreto horroroso no puede traer nada bueno y, desde entonces, ambas mujeres estarán unidas por un lazo difícil de desatar y que no presagia nada positivo. 

Así, a modo de narración policíaca, pero haciendo sobre todo énfasis en lo que los personajes sienten y viven, en su modo de percibirse y de comportarse, la novelista nos acerca a su gran preocupación humana y literaria: el status de la mujer en la sociedad de su tiempo. Qué opciones tenían las mujeres que decidían seguir un camino no trillado, casarse con alguien poco conveniente (otra vez la palabra), o  divorciarse. Podemos recorrer lo terrible que resulta para la condesa Olenska, la bella Ellen, en "La edad de la inocencia" esa vuelta a Nueva York después de haber sido repudiada o abandonada por el conde que la desposó sin quererla demasiado. Qué tribal consideramos la actuación de los jefes de los clanes familiares para evitar que ese despropósito estropee la recién estrenada vida conyugal del joven Newland Archer y de su angelical novia, May. Cómo la hipocresía da paso al disimulo y este a la jactancia y esta a una contenida violencia espiritual que incluye no soportarse e invitarse gustosamente a tomar un té con pastas del mejor establecimiento de la ciudad. 

Las mujeres de la época habían abandonado el corsé, pero otro más potente, más poderoso y lleno de artificio, se posaba en sus vidas sin que fuera posible evitarlo. Y a Edith Wharton le preocupaba. La historia de su vida es apasionante. Había nacido en Nueva York, en una familia de clase alta que le proporcionó una esmerada educación. Su matrimonio con Teddy R. Wharton le trajo multitud de sinsabores, vergüenza y problemas psicológicos. Directamente él era un infiel público y toda la ciudad conocía sus andanzas con sus amiguitas. Ella no soportaba la situación y se divorció en 1913.

La salvación de su situación personal y literaria fue instalarse en Europa. Desde Francia observaba con enorme distancia lo que ocurría en su Nueva York natal y fue capaz de construir así una obra literaria de envergadura, admirada por escritores de distinto estilo que observaron en ella a la narradora eficaz, a la observadora detallista y a una mujer con personalidad propia. En su refugio europeo tuvo relaciones con hombres y mujeres y formó parte de la élite intelectual. En 1921 obtuvo el Premio Pulitzer de novela con "La Edad de la Inocencia" su obra más conocida, publicada un año antes. Es una novela magnífica, llena de la suntuosidad expresiva de la autora. Esta que os comento ahora "La solterona" no la desmerece en estilo ni en belleza. Y tiene el encanto de lo pequeño, de lo sencillo, de lo que está al alcance de la mano. 

miércoles, 13 de enero de 2016

"Verano y amor" de William Trevor


Si es un día de sol invernal y rebuscas en cualquier librería  siempre puedes hallar algo. Es un ejercicio magnífico. Sales de trabajar y decides que hoy vas a husmear e el alma de cualquier escritor desconocido. Estás de buen humor, porque el sol brilla y porque hay claridad y la gente pasea por la calle como si no tuviera nada mejor que hacer.

Recorrer despacio los pasillos, ver las estanterías, ajustarte las gafas para leer los lomos. Los ritos de la búsqueda. Una búsqueda que, a veces, tiene resultados y otras veces no los tiene. Una búsqueda interior. Te llama una portada, un título, un autor, una corazonada, un sentimiento, una intuición. No sabes descifrarlo. Quizá preguntes al dependiente o al librero si hay suerte y la persona que te atiende se merece este nombre. En todo caso, recorrer librerías es una forma de encontrar motivos para disfrutar. Me gusta hacerlo sola, porque, al fin y al cabo, los libros van a ser tu mejor compañía. Y nunca estás sola si tus manos acarician los libros. O, mejor, siempre estás sola. Y aquí también. 

Como este libro que tengo entre las manos, leído en una tarde: "Verano y amor". Surgido de improviso en una esquina de un estante color nogal, en una librería que no suelo frecuentar pero que me llamó cuando, al pasar, vi en su escaparate algunas de esas bonitas libretas que me gusta coleccionar. Ya ves, no conocía al autor. Eso me gusta. me encanta encontrar gente desconocida, autores que nunca en mi vida haya leído, escritores diferentes, nuevos y que yo misma descubro. Sin premios, ni publicidad, ni siquiera el boca a boca. Un amor a primera vista que, en ocasiones se confirma y en otros casos se pierde en la nada, como un romance de verano. William Trevor ha sido un delicioso hallazgo. He sabido de él que nació en 1928 y vive todavía en su casa de Devon, en Inglaterra, el condado que tantas veces aparece en los libros del XIX que me gusta leer. 

Trevor es un gran escritor, un excelente escritor, de palabra luminosa y sobria a la vez. El libro  transcurre en una pequeña población de Irlanda y el retrato de los paisajes, de los olores y sabores, de las tareas en las granjas y en las casas, es tan exacto a lo que una imagina que sería la vida en los pequeños pueblos de Irlanda en los años centrales del siglo pasado, que, desde las primeras páginas tienes ya en la retina todo ese tiempo de los años cincuenta que el autor recrea impecablemente. Son los años de su juventud, esos que siempre permanecen anclados en nosotros y que, por lo mismo, vuelven una y otra vez en forma de escritura, si es que eres un escritor como Trevor. ¿Qué tienen los escritores irlandeses que saben trasladar de una forma tan cierta, tan clara y fidedigna, esos entornos que nos conmueven tanto? El relato de Trevor es coherente con la propia historia de Irlanda, con su pasado vinculado al catolicismo, con la forma peculiar en la que usan el idioma, con su carácter humorístico y, a la vez, sentimental. 

La novela se desarrolla en Rathmoye, un pequeño pueblo irlandés. Los personajes ejercen oficios diversos: son campesinos, comerciantes, amas de casa, jóvenes y ancianos: una solterona que sueña con que le sea perdonado, por fin, un pecado de juventud; un granjero que se considera culpable de las muertes de su esposa e hija, que, en realidad, han ocurrido por un fatal accidente. Hay también un curioso bibliotecario, anclado en el pasado y ocupando una casa abandonada. Está Florian, que gasta desilusiones y juventud. Está también una huérfana, Ellie, casada con el granjero viudo. 

En las primeras páginas, Trevor nos muestra pequeños retazos de sus vidas aparentemente individuales y aisladas; luego, con enorme destreza, va entrelazándolos gradualmente hasta formar un complejo y exquisito tapiz en el que cada parte, cada vida, depende y modifica a las otras. La novela es corta, apenas excede las doscientas páginas, pero al terminar de leerla no podemos dejar de sentir que hemos formado parte de una historia genial, con raíces antiguas y que perduran en nuestros días.  

"Verano y amor" es sobre todo la historia de Florian y de Ellie. Florian ha decidido marcharse de Irlanda después de la muerte de sus padres quienes, artistas ellos mismos, siempre supusieron que su hijo también lo sería. La ambición de sus padres condujo a Florian a una sucesión de frustraciones, y sólo la huida a un país desconocido (Noruega, tierra inmensamente extranjera para un irlandés) parecería ofrecerle la posibilidad de una vida lograda. Pero poco antes de partir, Florian se encuentra con Ellie. Casada, paciente, desamorada, Ellie piensa que la suya es la vida a la cual está destinada, hasta que conoce a Florian. Entonces se dicen unas pocas palabras, se suceden unos pocos encuentros, y al final del verano, Florian se va. Eso es todo. Podría decirse que nada sucede en esta breve novela, o casi nada, salvo el nacimiento y el obligatorio fin de una pasión amorosa. Sin embargo, eso basta para que, contada en la magistral voz de Trevor, "Verano y amor "sea una de las más perfectas historias de amor de nuestro tiempo.

Allí, en el libro, están la rubia y joven Ellie; el granjero Dillahan, cuyo sufrimiento es paralelo a su voluntad de superación; el fotógrafo Florian, que ha encontrado precisamente en la captación de imágenes con su Leika la única forma de afirmarse en un mundo donde apenas tiene sitio. Allí está la atormentada señorita Connulty, que no tiene ni nombre. Allí están la estafeta de correos, la iglesia, la pensión, el bazar, la granja, todos los lugares que comparten espacio en el pueblo de Rathmoye con el cine extrañamente incendiado.

La edición que he leído es de 2011 y de la editorial Salamandra, traducida por Victoria Malet. Pero podrás ver en la Red, si tienes curiosidad, que ha sido traducida a varios idiomas y tiene diversas ediciones. La escritura de William Trevor es un descubrimiento. Merece la pena ahondar en él, sumergirse en este verano anticipado, en este verano extemporáneo, ahora que el invierno nos azota y no solamente con un clima adverso, sino, quizá también, con una tristeza que excede los límites geográficos de las tardes y las noches más oscuras. 

Rojo, azul, amarillo, violeta

(Vasili Kandinsky)

Si desparramo amor, tú no lo notas
Impasible al sonido de un corazón en llamas
Te pierdes en la noche de los silencios claros
De la firmeza oculta de tiempos que no existen.

Si te recuerdo, amor, tú no lo sabes
No entiendes el sentido de mi fatal bagaje
No me oyes, no me miras, no estoy, no notas nada,
Eres la oscuridad, la noche oscura y lenta.

Amor, si un día te busco, inexorablemente
Tendrás que abrir la puerta o abatirla de golpe
Tendrás que acariciarme o despedirme entera
Tendrás que amarme, amor, o moriré, sin duda. 

lunes, 11 de enero de 2016

Austen enmudece


El Parque del Prior en Bath ofrece una imagen singular con ese único cisne que pasea majestuoso su belleza (los cisnes son bellos mientras que los patos son feos) por el agua verde y sinuosa del lago. Así debió sentirse Jane Austen cuando, a los veinticinco años, su familia abandonó la tranquilidad hogareña de Stanton para marcharse a la ciudad-balneario, un centro turístico lleno de ambiente, de bailes, de chicas casaderas y de hombres deseosos de enamorarse o, al menos, de aparentarlo. 

A esa edad había escrito tres libros, ninguno de los cuales se publicó hasta bastantes años después. Sin embargo, era un bagaje importante para una muchacha de esa edad. No tenía editor, pero su familia la apoyaba y existían esperanzas de que algún día todo eso cambiara y "Orgullo y Prejuicio", "Sentido y Sensibilidad" y "La abadía de Northanger" se convirtieran en objeto de lectura de miles de personas. Para eso habían sido escritas, porque Austen tenía una conciencia clara de que era escritora y de que los escritores escriben para ser leídos. 

Podía pensarse, pues, que, mientras estos libros veían la luz, ella seguiría escribiendo. Pero he aquí que, de pronto, Jane Austen se quedó muda. Su escritura se silenció. Y así estuvo diez años. Hasta 1809, cuando contaba con treinta y cinco, no volvió a retomar el hábito de escribir. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió? No es el único caso en la literatura de un período de silencio, pero sí lo es tan prolongado y, sobre todo, con una escritora inédita. Agatha Christie, por ejemplo, desapareció durante tres semanas el 3 de diciembre de 1926, cuando ya había publicado algunas de sus mejores obras (en concreto, la que para mí es, sin duda, la mejor "El asesinato de Rogelio Ackroyd). La escritora había dejado su coche abandonado cerca de un lago en Newland´s Córner, en Surrey. Apareció en el spa del Hotel Hydropathic, alegando tener amnesia cuando fue a recogerla su marido, el coronel Archie Christie, quien, por cierto, en esa época ya tenía un romance con su secretaria Nancy, por la que abandonó a la escritora. 


El caso de Jane Austen es muy distinto. No desaparece, ni busca publicidad, ni genera una investigación policial. No. Sigue su vida con la normalidad que siempre la había caracterizado. ¿Se cansó de escribir sin que sus obras se publicaran? ¿Se agotaron los temas? ¿Hubo algún acontecimiento personal o familiar que influyera en ella? La única cuestión a destacar es que ella solía trabajar en determinadas condiciones que desaparecieron al cumplir los veinticinco años y ello porque la familia se mudó a Bath. Fue una decisión sorprendente debida exclusivamente a los padres, que consideraron importante para ellos modificar su entorno y vivir una vida más animada, ahora que sus hijos eran todos mayores. 

La pérdida de la casa familiar, que quedó en manos de uno de sus hermanos, fue para ella dolorosa y traumática. Puedo entenderla perfectamente. Algo así sucedió en mi vida cuando yo contaba menos años que ella y sé de sobra que la casa para Jane era su casa de Stanton y que ninguna otra cosa podía sustituirla. Escribir fuera de contexto es harto difícil y, no solamente eso, sino que la sensación de extrañeza de estar en otro lugar (sobre todo en uno de carácter tan frívolo como Bath) y, sobre todo, la pérdida de su paraíso de la infancia y de la adolescencia, son golpes duros que una persona sensible acusa sin dudarlo. 


Los señores Austen habían decidido deshacerse de la mayor parte de sus enseres y recuerdos con este traslado. Pusieron a la venta los cuadros, los decorados teatrales que usaban los niños, los adornos, los regalos, los armarios incluso y, para aumentar el dolor de Jane, la biblioteca del padre, más de quinientos volúmenes que habían sido el alimento espiritual de la niña. Todo esto lo relata Jane Austen en las cartas que escribe en esta época y lo hace con la vivacidad y la ligereza que acostumbraba a usar en sus misivas, además de ese ingenio especial que hacía el suyo un punto de vista único sobre las cosas. Pero la tristeza latía en su interior, como suponerse puede. Las cartas que escribió en Bath mostraban un estado per-depresivo. La ciudad no le gustó, ni le gustó el estilo de la gente, ni los bailes públicos, ni el modo de vida. Además, sabía que era un sitio al que las muchachas acudían en busca de marido y eso le producía una extraña sensación de estar situada en un escaparate, expuesta a las miradas ajenas, esperando que alguien se decidiera a elegirla. Nada de eso concordaba con su forma de entender el amor ni las relaciones entre los hombres y las mujeres. 

Era la tercera vez que era arrojada de su casa. La primera, siendo un bebé, para ser criada por una mujer del pueblo. La segunda, a los siete años. La tercera, este cambio de residencia, inopinado y que se realizó sin consulta previa. Así Jane Austen se convirtió en una niña callada, aunque con sentido del humor; que no se sentía bien en presencia de extraños y que desarrolló, por el contrario y para compensar, unas enormes dotes de observación de lo que ocurría alrededor y una capacidad de introspección absoluta. Sobre todo, además, una imaginación desbordante, única. Imaginaba relatos e historias y los contaba a su familia. Esto lo hacía desde niña. Y luego, cuando se ponía a escribir, ese momento de crear los personajes y las tramas la hacía inmensamente feliz. Por eso suponemos que estos diez años de silencio lo fueron también de sufrimiento, ausencia, dolor y depresión. 





Los dos errores de Elizabeth



"Orgullo y Prejuicio" es la historia de un error. O mejor, de dos errores. Dos errores de juicio que la protagonista, Elizabeth Bennet, de cuya inteligencia y sentido moral no tenemos dudas, comete llevada por los prejuicios que la escasa atención que le dispensa el señor Darcy le han creado. El orgullo mueve a Darcy y los prejuicios a Elizabeth. Ambas cuestiones favorecen al tercero en cuestión, George Wickham, que durante un buen trecho de la obra saltará sobre piedras incendiadas sin quemarse, aprovechando la coyuntura emocional de los dos anteriores. 

Probablemente sea esta la novela en la que más hombres agradables, jóvenes, guapos y fuertes aparecen: el señor Darcy, el prototipo del héroe austeniano, alto y extremadamente guapo, rico (como han de ser los jóvenes, dicen las chicas Bennet), pero, ay, orgulloso y poco condescendiente. El señor Bingley, agradable, de buen carácter, complaciente y divertido. Wickham, tan atractivo con su uniforme militar, con su agradable compañía y sus conversaciones animadas. Incluso el coronel Fitzwilliam, el primo de Darcy, es un hombre educado y con cierto atractivo. La contrapartida es, ya lo saben los que han leído el libro, el señor Collins, primo del señor Bennet, clérigo, ridículo, pagado de sí mismo y con tan escasos dones que repugna literalmente a Lizzie. Y que la hace dudar de la salud mental de Charlotte Lucas, su amiga íntima, cuando esta decide aceptar la proposición de matrimonio de Collins (decidido, como se ve, desde el principio, a casarse, ya que así se lo ha recomendado su benefactora, la omnipresente Lady Catherine). Si contamos esta boda, son cuatro las que aparecen en la novela. 

Volvamos a los errores. En la disputa entre Darcy y Wickham, Elizabeth decide creer a este último. La versión de Wickham de que Darcy no respetó la última voluntad de su padre y negó al soldado el beneficio eclesiástico que le había prometido antes de morir, convierte a Darcy en un hombre sin honor y al otro en una víctima. Ambos  errores de apreciación de dos personalidades tan distintas resultan incomprensibles porque Austen dota a su heroína de cuatro cualidades admirables: vitalidad, inteligencia, seguridad en sí misma y capacidad para reflexionar. Es una mujer fuerte, que sabe protegerse, que utiliza el humor tanto para defenderse como para atacar, pero que, aunque se queda en el filo de la navaja, no cruza la línea roja de las normas sociales. La inteligencia de Elizabeth es la cualidad que a Darcy le impresiona más, diríamos que es lo que hace que se enamore de ella cuando percibe "la inteligencia fuera de lo común que denota la hermosa expresión de sus ojos oscuros". Ya sabemos que Austen no suele hacer descripciones del aspecto físico (ni de prácticamente nada) sino que simplemente resalta una cualidad. En este caso, eso se cumple al milímetro. 


Por otro lado, hay un elemento en el trasfondo de la novela que puede haber contribuido a esos errores que citamos. Ese elemento es la inadecuación social, uno de los temas centrales de la obra de Austen. La madre de Elizabeth, por ejemplo, es vulgar, estúpida y de conducta lamentable y así la juzga desde el principio del señor Darcy. Esto es un obstáculo casi insuperable para lograr que la chica tenga una buena boda. Así se lo comenta él mismo cuando se le declara. Le dice que lo hace a pesar de tener la madre que tiene. La señora Bennet no es una mujer mayor y anticuada. Al contrario, es una cuarentona, cuarentañera diríamos ahora, que simpatiza con los gustos frívolos de Lidia, que ve absurdo perder el tiempo leyendo como hace Mary, y a la que le encantan los casacas rojas. Es, como se ha dicho, la primera madre moderna de la literatura. Su idea de los noviazgos y matrimonios tiene que ver absolutamente con el interés y con la necesidad de cazar a un marido rico. Así se asevera en la famosísima primera frase "Es una verdad universalmente reconocida que al hombre soltero, poseedor de una gran futura, le hace falta una esposa". Lo que resulta verdaderamente curioso es que, al final, se salga con la suya, es decir, case, en lo que dura la novela, nada menos que a tres de las cinco hijas y a dos de ellas en condiciones muy ventajosas. 

¿Por qué Elizabeth cree a Wickham en lugar de a Darcy? ¿Por qué lo hace cuando esa creencia incluso la arrastra a rechazar al mejor partido que pudiera haber imaginado? Mi opinión es que, sencillamente, Darcy no había mostrado por ella el menor interés en ese primer baile de iniciación y que Elizabeth, a pesar de que se lo había tomado a broma, nunca se lo perdonó. O no se lo perdonó hasta que la fuerza de los acontecimientos hicieron que cambiara de idea. Tanto influye en ese cambio el conocimiento de que Wickham ya no se interesa por ella y persigue a una "muchacha pecosa y que no vale nada", pero con una buena renta, como la observación inequívoca de que Darcy sí tiene interés por ella.


Es verdad que este comportamiento de la muchacha hace que pensemos que no era, precisamente, una mujer interesada en lo económico. Pero eso ya lo sabíamos. Porque hubo una conversación entre ella y su hermana Jane, la mayor de todas y la más bella, en la que ambas se confiesan deseosas de casarse por amor. Pero mientras Jane sueña con ello y lo cree posible, la ironía de Elizabeth y su carácter escéptico la llevan a rechazar de plano esa posibilidad. Tendrá que conformarse con ser la amable tía solterona de los hijos de Jane, dice. Exactamente como ocurrió con Austen. 

De todas las heroínas de Austen es Elizabeth la más espléndida, la mejor conseguida, la que inmediatamente te hace ponerte de su lado. Porque sus cualidades no están respaldadas, como en el caso de Emma, por una fortuna cuantiosa. Elizabeth es, además, la segunda hija, ni siquiera es la que lleva el apelativo de "señorita Bennet". Es Lizzie simplemente. Tampoco es una belleza como su hermana, pero su rara inteligencia la hace brillar. El hecho de que sea una mujer inteligente el centro de la trama dice mucho de Austen y de la superación de los modelos románticos anteriores. Por eso, entre otras cosas, "Orgullo y Prejuicio" es una novela moderna y por eso Lizzie Bennet es una protagonista con rasgos de modernidad. Esa complicidad con su padre, por ejemplo, a pesar de que tiene claro que su falta de carácter y su mala elección de esposa ha sido el detonante de la sucesión de despropósitos de su familia.  Esa comprensión enojosa de los defectos de su madre (que la llevará a decir algo así como "por muchas satisfacciones que tengamos no podremos compensar este sufrimiento"). Ese enfrentamiento genial con la tía de Darcy, la súper estirada y aristócrata Lady Catherine de Bourgh, personaje antipático pero que juega un papel esencial como catalizador de la situación al presentarse en casa de los Bennet pretendiendo que ella le promete que nunca se casará con su sobrino. Esa negativa a casarse con el señor Collins, a pesar de que ello le supondría conservar Longbourn a la muerte de su padre. Todos estos elementos hacen de ella una mujer dueña de su destino. Lo que no es poca cosa, por cualquier lado que se mire.