miércoles, 8 de junio de 2016

La noticia ha llegado por teléfono...


El calor del mediodía se ha visto interrumpido por ese sonido hosco, que parece anunciar siempre algo inconveniente, salvo cuando, detrás del aparato, está la voz que deseas oír, esa que ya no suena nunca. 

Alguien, entre sollozos, un familiar cercano, te acerca la noticia y te lo cuenta a media voz, como si nos estuviera grabando el CNI y no hubiera de dejarse constancia de nada. Es una nota íntima, familiar, un susurro, un algo que a pocos importa, salvo a los que lo conocimos y a los que, durante algunos años, compartimos con él juegos, risas y charcos tras la lluvia. 

Agustín ha muerto, dicen las palabras. Agustín, tan joven y con tanta vitalidad, tan risueño, tan lleno de ese aire permanente de duda, tan supuestamente dado a la vida, Agustín, ha muerto, vuelven a repetir esta vez los ecos. Agustín, que tenía hijos y esposa y que disfrutaba del campo como del agua para beber y que era bastante arisco para los besos y algo tosco para expresar los amores y dificultoso para dejarse convencer. Agustín ha muerto y ha sido de pronto. 

De pronto significa que no tenía edad para morirse, que no estaba enfermo, que ha dejado todo a medio hacer, que no hay testamento ni reparto, que no ha elegido la frase de su lápida, que sus cajones han de ser desenvueltos por otras manos distintas a las suyas. Significa que no se ha despedido, que deja a su madre absurdamente extraña, porque no entiende una marcha temprana siendo su edad tan tardía...

Mi recuerdo ha volado a otros tiempos, días de quinceañeras en los que Agustín, que era mayor que yo algunos años, se montaba en su moto de pequeña cilindrada, dejaba el campo y su pueblo para aparecer en la ciudad prohibida, aquella en la que los militares hacían de su capa un sayo y en la que estaba mi casa, en la calle más larga y arraigada de todas las de entonces. Agustín aparcaba la moto en la puerta de atrás, para no ser vistos por las miradas indiscretas y depositaba en mi casapuerta, en mis brazos he de decirlo claro, una muñeca que había comprado con sus ahorros y que se unían a mi larga colección de barriguitas, nenucos, bebés queridos, pepones y negritas. La muñeca de Agustín podía ser una chica real por el tamaño que tenía y había viajado en su enorme caja en la parte de atrás de la moto. Vestía de rosa y ante. Tenía botas y el pelo ensortijado y casi rojo. Como el tuyo, me dijo, porque Agustín siempre me vio pelirroja, quizá porque pensaba que el carácter no era propio de una rubia dócil ni de una morena hogareña. 

En medio de la noticia, el rostro alegre de la muñeca me ha hecho sonreír y algo de lo que fue Agustín se trasladó a través de la tecnología y no murió, permanece impasible, pegado a mí, a nosotros. 

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