jueves, 3 de marzo de 2016

La Provenza y unas violetas


Si algún día fuera posible que tú y yo recorriéramos el mundo la primera parada sería Uzés, el pueblo de la Provenza en el que viví horas de esas que se guardan en un arca secreta de la memoria. El olor a violetas cruzaba sus calles y los campos de lavanda las rodeaban imprecisos. En las horas tórridas de la primavera, todo se convertía en una sinfonía de lilas imposibles de apartar de la imaginación. El pueblo se estiraba como si fuera un viejo animal ronroneante que buscara el amparo de alguien que le pusiera suavemente la mano sobre el lomo. 

Toda la Provenza se convirtió en el escenario de una de mis mejores películas. El título: Chica de veinte años a punto de conocer el amor. Los actores fueron cambiando, pero los sentimientos se mantienen en la distancia. Los pintores impresionistas me esperaban en cada esquina y no hubo ninguno que no pusiera su punto diferencial en el guiso. Todos ellos tenían algo que ofrecer. En las calles de Avignon entreví un pasado lejano de esplendores, después convertidos en un sencillo tiovivo al que los niños se asomaban con avaricia. En la cercana Arlés, la casa de Van Gogh tenía echadas las persianas y una semioscuridad casi siniestra me convertía en una figura de atrezzo en ese decorado de la vida que el pintor no supo completar con tino. 

También en Montpellier había historias. Ese chico mexicano que me miraba con ganas de morderme. Un mordisco amoroso, hecho con el ansia de quien es joven y lo sabe. De quien es hermoso y lo presiente. Allí, en Nîmes, las paredes de los edificios romanos se levantaban sin pedir permiso y te convertían en una minúscula porción de todo ese conglomerado gris tomado por el sol de media tarde. El profesor Fesquet abatía con desgana las cucharillas de plata sobre el recipiente helado en el que se posaba una espesa bola de vainilla cuajada de canela. 

Las carreteras de la Provenza se desgajan en árboles y macizos de flores que anticipan el aire único de la Costa Azul. El mar Mediterráneo no tiene ese color verdoso de mi Atlántico, sino que es azul, como el cielo de Michaux al que aludo tantas veces. Los caminos provenzales tienen un destino ya trazado y el visitante entiende que es el mar y que no se ha escrito siquiera su nombre pero existe. 

Si algún día tú y yo, por un milagro de la vida, recorriéramos el mundo, en estas soledades encontraríamos un hueco para guardar nuestro silencio y las voces se aposentarían en un espacio sideral sin nada más que besos. Los besos, que tendrían sabor a fresa ácida, serían rojos y el fondo de los ojos de un violeta oscuro, inveterado, un color que ahora, todavía, no se ha dibujado entre nosotros. 

Las noches de fantasmas tienen escrito siempre el mismo itinerario. Has de saber, no obstante, que si alguna vez vuelvo, ha de ser contigo. 

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