sábado, 15 de mayo de 2010

Un caballero escocés





Una curiosa asociación de ideas a partir del estreno de la película de Ridley Scott "Robin Hood", protagonizada por Russell Crowe ("Gladiator" y "Una mente maravillosa") y Cate Blanchet ("Elizabeth"), me ha hecho recalar en un escritor que recomiendo absolutamente para nuestros alumnos. Mi recomendación se basa en que comencé a leerlo con once o doce años y sigue siendo asombrosamente actual. Es Sir Walter Scott, un hombre con una biografía apasionante, que intentaré resumir porque merece la pena conocer su peripecia vital y cómo su obra ha tenido una enorme influencia en la Literatura, mucha más de la que podamos suponer. Para acercaros su biografía uso la referencia que aparece en la web "El poder de la palabra", pues me parece la más completa y acertada:

Novelista, poeta, historiador y biógrafo escocés, cuyo trabajo como traductor, editor y crítico, junto con sus novelas y poemas, hicieron de él una de las más prominentes figuras del romanticismo inglés. Nació el 15 de agosto de 1771 en Edimburgo. Trabajó como abogado y, más adelante, como secretario judicial, actividad que le dejaba mucho tiempo libre para escribir. La actividad literaria de Scott se vio favorecida por su amplio conocimiento de las leyendas y las baladas medievales. Sus traducciones de romances góticos alemanes, en 1796, le crearon una cierta reputación como traductor, que aumentó cuando publicó su edición de las baladas Juglaría de la frontera escocesa, entre 1802 y 1803. Su primer poema extenso, El canto del último juglar (1805), obtuvo un notable éxito, y después de él escribió una serie de poemas narrativos románticos, de la que forman parte Marmion (1808), La dama del lago (1810), Rokeby (1813) y El señor de las islas (1815). En 1813 fue propuesto como poeta laureado de Inglaterra, pero rechazó el ofrecimiento, y recomendó a Robert Southey para que recibiera ese honor. Aparte de las traducciones de poetas extranjeros, realizó también ediciones de poetas ingleses, como la de los escritos de John Dryden, en 1808, y en 1814 las del autor satírico Jonathan Swift. Dado que su fama como poeta fue decayendo, en gran parte debido al genio de Lord Byron, Scott comenzó a dedicarse más de lleno a la novela. Waverley (1814) abrió una nueva etapa de triunfos literarios para su autor, pues obtuvo un inmediato reconocimiento por parte de la crítica y el público. A ella le siguieron más de veinte novelas históricas escritas durante un breve periodo de tiempo, entre las cuales se cuentan Guy Mannering (1815), El viejo Mortalidad (1816), El corazón de Midlothian (1818), Rob Roy (1818), La novia de Lamermoor (1819), Ivanhoe (1820), Kenilworth (1821), Quentin Durward (1823) y La muchacha de Perth (1828). Su éxito se basaba en su indiscutible talento como narrador, su dominio del diálogo, su aguda observación de la sociedad y sus vivos retratos de gitanos, bandoleros y titiriteros. Según la crítica, Scott poseía un rico estilo literario que combinaba vigor, belleza lírica y claridad en las descripciones. Además de establecer los cánones de la novela histórica, el autor escocés contribuyó a la narrativa breve, fundamentalmente a través de dos historias, La viuda montañesa y Los dos arreadores. Aunque las publicó de forma anónima, su autoría quedó muy clara para sus contemporáneos. Obtuvo grandes beneficios por la venta de sus obras, beneficios que empleó en construir una enorme propiedad en Escocia, bautizada Abbotsford, de la cual en 1820 fue nombrado barón. Asociado a la firma de impresores de James Ballantyne y a la editorial de Archibald Constable, que sucumbieron a la crisis económica de 1826, rechazó ampararse en el fácil recurso de declararse en bancarrota, y estuvo pagando durante el resto de su vida una deuda de más de 120.000 libras esterlinas. En 1827 completó el poema épico Vida de Napoleón Bonaparte. Continuó escribiendo hasta que una serie de ataques acabó con su vida, el 21 de septiembre de 1832. Todas sus deudas quedaron saldadas, a través de la venta de los derechos de autor de sus obras, en el año 1847. Scott es el primero de los novelistas históricos de importancia dentro de la literatura europea. En sus retratos de Escocia, Inglaterra y Europa continental, desde la época medieval hasta el siglo XVIII, mostró un agudo conocimiento de las fuerzas de la política y de la tradición, y de su influencia en los individuos. Aunque construyó sus tramas con cierta precipitación, y algunos de sus personajes resultan algo artificiales, sus obras no han perdido validez, por su irresistible atmósfera, su dignidad épica y su comprensión de la naturaleza humana. Entre los muchos escritores que captaron el estudio de Scott acerca de la relación entre las tendencias sociales y el carácter de los individuos, se encuentran el estadounidense James Fenimore Cooper, el francés Honoré de Balzac, y los ingleses Charles Dickens y William Makepeace Thackeray. Sus obras promovieron, en Gran Bretaña, un amplio interés por las tradiciones de Escocia, y en el resto de occidente el culto a los valores y la historia medieval, que caracterizó al romanticismo. Numerosos compositores pusieron música a sus textos, entre ellos Donizzetti, que escribió la ópera Lucia di Lamermoor basándose en su novela, y Schubert. Para la literatura en lengua española, la obra y la figura de Walter Scott tuvo una enorme transcendencia. De su mano entró el romanticismo tanto en España como en América Latina. El hecho de que a partir de 1808 se dieran cita en Londres un gran número de escritores, literatos y políticos, tanto españoles como hispanoamericanos, liberales en el exilio o "patriotas" en busca de apoyo para su independencia, que tradujeron y publicaron las obras de W. Scott, facilitó su difusión en Hispanoamérica y el éxito que el romanticismo alcanzó en el mundo de habla hispana. Entre 1829 y 1832 puede decirse que casi toda su obra se había traducido, muestra del interés que despertaba no sólo en los escritores sino en el público que solicitaba sus libros. Entre los muchos escritores que recibieron su influencia pueden destacarse los españoles José de Espronceda, Larra, la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, el venezolano José Antonio Echevarría y el ecuatoriano José Joaquín Olmedo.

Leyendo cómo fue su vida no deja de atraernos su figura caballeresca, pues su conducta estuvo siempre marcada por los principios que había representado en sus obras: honor, lealtad, dignidad, fortaleza, honradez. Palabras que deberían seguir teniendo significado en nuestros días y que, por desgracia, a veces parece que han desaparecido de la faz de la tierra. Sir Walter Scott escribió una novela que tiene un lazo de unión con mi propia dedicación a la lectura y la escritura. Se trata de "Ivanhoe", en la que, precisamente, aparece la figura legendaria del arquero de Sherwood, Robin Hood, llamado también Robin de Locksley. Este libro, en una edición de pastas duras y coloreadas, me lo entregó el alcalde de San Fernando, mi pueblo (más bien, mi ciudad), con ocasión de la celebración del Día del Libro, momento en que a los alumnos destacados de los centros educativos se les hacía entrega de un ejemplar de un libro. La cosa no tendría mayor relevancia si no fuera porque, al año siguiente, en la misma ceremonia, estando otra vez entre los alumnos más destacados, me entregaron de nuevo un libro como regalo: el libro tenía las pastas rojas y era muy grueso, con páginas finitas, como si fuera una Biblia. Su título (conocido por mí y que despertó las risas de mis hermanos): "Ivanhoe" de Sir Walter Scott. De esta forma, parece que este libro tiene que ver conmigo más de lo que pueda suponerse.

La figura de Robin Hood está envuelta en leyendas y en suposiciones, porque no se trata de un personaje histórico y aparece en baladas y en historias que se han sucedido en la literatura oral y escrita del Reino Unido. Como contrapunto de su figura está la del rey Juan Sin Tierra de quien estos relatos nos presenta un perfil espantoso, pues arrebató el trono a su hermano Ricardo (Corazón de León) mientras éste batallaba en la III Cruzada junto a Felipe II Augusto de Francia y Federico Barbarroja de Alemania. La contraposición entre los hombres de honor, como podían ser Corazón de León y Robin Hood y la malvada superchería de Juan Sin Tierra, sirven para poner de manifiesto todo lo malo y lo bueno de la naturaleza humana y ha sido, desde hace años un leit-motiv repetido en películas y en obras de diverso formato.

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