sábado, 24 de junio de 2017

Impaciente alegría


Se diría que es la juventud el momento caótico de la risa, el tiempo de los ojos entrecerrados a la espera del estallido. Pero entonces el hombre está perfectamente ocupado en sufrirse a sí mismo, en detestar a sus padres y en poner de manifiesto lo malo que le adorna. Así que los niños y los adolescentes viven en perpetua mutación de posturas, hoy me aguanto, hoy no me soporto, mañana quiero que desaparezcas de mi vista. Se habla entonces de la muerte como si fuera un agradable estado desde el que uno contempla la vida de los otros, incluso con un deje fantasmal pero positivo, lindo y revestido de un perfumen ensordecedor muy lejano del llanto. No dura demasiado el olor de la rosa porque, superados los quince, el tiempo se acelera y se va acercando inexorable al momento de la juventud inconclusa, al sitio en el que no sabes situarte porque lo que debía haber llegado no llegó y lo que viene, no se le espera. 

Se pasa uno la vida esperando que algo ocurra. El advenimiento de la felicidad siempre parece pronto a producirse. Pero llegan los treinta y entonces hay una cierta frescura que ha ido desapareciendo sin que lo percibas y las horas se alían para convertirse en segundos y los segundos son gotas frescas de la mejor lluvia. Tendrás que caminar muy deprisa, piensas, esto se agota. Más pronto que tarde llega la madurez y esta es antesala del final y el final, sin apelación, termina llegando. La risa que te acompañaba apenas cuando tus ojos infantiles miraban el mundo, ahora se hace franca, más que nada por la absurda manía de esperar lo que no existe y porque el teatro de la vida te hace cosquillas en cualquier parte de tu cuerpo. Tienes un cuerpo. Y lo sabes. 

Pagado el peaje de las uniones felices, deshechas las camas, abiertos de par en par los besos, entonces los hijos te recuerdan que fuiste, que tienes detrás de ti tanto bagaje como les queda a ellos y que si no reíste has perdido ya el tren y la estación está cerrada por reformas. Entrados en el tiempo de las horas más lentas, de las horas más plácidas, de las horas más turbias, se elevará ante el llanto una promesa, la de vivir la impaciente alegría de buscar motivos incluso en el silencio más rotundo. La risa tendrá el mayor espacio y cuando llega el mejor recibimiento. Porque al fin es todo lo que tienes. 

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