sábado, 28 de noviembre de 2015

La confidencia

Anne y Juliette tienen pocas ocasiones de verse. Viven en lugares muy distantes pero su relación no parece resentirse por ello. Se conocen desde niñas y se entienden. Ambas saben que la vida es muy difícil, sobre todo para Juliette, la más joven, que a pesar de lucir esplendorosa con su nueva capelina roja de lana fría, siente un ardor inconfesable, una urgencia que nada puede paliar, una necesidad casi vital. Ha cometido un error. Lo ha confesado a Dave, su esposo y él no ha entendido, como era de esperar, que su mujer se haya sentido atraída por otro hombre. Es un horror, ha dicho, moviendo las manos nervioso y enfadado. Un horror que puede ser brutal para toda la familia. Dave ha pensado en su propia madre, tan estricta, que le advirtió antes de casarse sobre la forma de ser "soñadora e impredecible" de Juliette. Le pidió que no se casara con ella, le dijo mil veces que no era mujer para un hombre honrado y trabajador como él, cuyas únicas esperanzas estaban en mantener las tierras de su padre tan pujantes como en vida de éste. Dave ha pensado en sus amigos, con los que se reúne de vez en cuando, gente sin maldad pero sin cultura ni sensibilidad, que lo considerarían un infeliz si supieran que su mujer ha tenido algo con otro hombre. Ha odiado de inmediato al señor Thomson, el clérigo que ha engañado a su mujer con palabras bonitas y frases sacadas de los libros de sermones. Su mujer es una crédula e inocente chica que no ha salido al mundo y que se ha visto precipitada por la dulzura de la voz y los ademanes casi femeninos de Thomson. Maldita sea. Tanto visitar la iglesia para esto. 

Anne, que lleva algunos años felizmente casada con un hombre sencillo pero tierno, Bruce, escucha a su amiga con preocupación. Sabe de su temperamento soñador, de su imaginación, de su mundo paralelo. Pero no conoce al pastor y teme por ella. Porque cualquier hombre avezado puede hacer sufrir a quien está enamorada del amor. Sin embargo, observa en Juliette una seguridad nueva, una especie de luz diferente, como si hubiera sido tocada con la varita mágica de un hada. Juliette entorna los ojos cuando habla, porque la la luz del sol poniente molesta la claridad de sus pupilas, pero no tenía un gesto abatido ni asustado. Está firmemente convencida de lo que dice y su corazón parece haber logrado una meta. Sentir todo lo que ella atisbaba que existía en el difícil universo de las emociones amorosas.

(Ilustración: "Waverly Oaks" de Winslow Homer, 1864)

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