martes, 22 de junio de 2010

Memoria de un poeta


Esta imagen de Berthe Morisot, en la que aparece una madre mirando pensativa a su hijo que está en la cuna, servirá para ilustrar lo que quiero contaros acerca de un libro y del poeta al que se dedica. Se trata de Rafael Montesinos y de su biografía, escrita por Alberto Guallart y titulada "Rafael Montesinos. La memoria irreparable"

Como todos sabéis, Rafael Montesinos (1920-2005) es un poeta nacido en Sevilla cuya obra está considerada como la más vibrante y completa del panorama poético sevillano desde Luis Cernuda. Como Cernuda, también Montesinos vivió en el exilio, si no político, si impulsado por motivos ajenos a su voluntad, la ruina económica de su familia. Residente en Madrid desde los veinte años, Montesinos siempre se consideró un sevillano en el exterior, pero no al modo frívolo en que, a veces, nuestra tierra y su gente se presentan al mundo, sino de una manera exquisita, finísima y plagada de elegancia, como era él mismo.

Esta biografía no es de reciente edición, pues fue publicada por la Fundación José Manuel Lara en 2007, pero sí merece la pena leerse y disfrutarse. Alberto Guallart es un colega, un profesor de Instituto, que imparte clases de Filosofía al tiempo que realiza labores editoriales y literarias. En este libro se desprende una enorme simpatía y comprensión hacia el personaje, hacia su peripecia y su tiempo y, también, un conocimiento cierto del telón de fondo en el que se desarrollan su vida y su obra.

Conocí a Rafael Montesinos poco antes de morir, en un Congreso de Flamenco que se celebró en Sevilla. Él ofreció una conferencia y nos recitó algunos versos de los muchos, en forma de soleares, que dejó escritos y que han supuesto un acercamiento importante al mundo de la copla flamenca. Tenía Montesinos una gran querencia hacia el flamenco y a él me referí en mi libro sobre Manolo Caracol al contar que la Alameda, el sitio donde se desarrolla su paraíso vital, contemplaba a la vez el mundo de lo sórdido, el de lo artístico y el de la burguesía acomodada. La nostalgia de Sevilla que para él significaba la nostalgia de su propia infancia, ese paraíso al que todos queremos volver aunque sólo sea para sentir que quiénes se fueron aún nos miran, le llevó a escribir versos excepcionales.

Rafael Montesinos se sentía un extraño, un trasterrado, fuera de su universo inicial, incluso a pesar de que él mismo no lograba entender muchas cosas de esta tierra. Pero todos sabemos y mucho más los profesores que solemos dejar nuestro pueblo de origen por eso de los concursos de traslados, que la tierra es todo lo que uno tiene cuando ya no tiene nada. Que allí está la gente que te conoce como eres, que te ha visto de niño y que recuerda tus mejores años. La tierra, esas calles de la Alameda, esos sonidos del cante de Manuel Vallejo a través de su balcón abierto, todo ello es el fondo más seductor de los versos de Montesinos. Cómo no entenderlo, cómo no comprender que, lo que somos, está oculto en nuestra infancia y en nuestra gente. Y que lo único que en realidad tenemos no puede asirse porque se quedó atrás. Contigo.

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