domingo, 28 de febrero de 2016

"París era ayer" de Janet Flanner


(Portada del libro, editado por Alba) 

La vida de la periodista Janet Flanner fue apasionante. Nacida en Indianápolis, en 1892, fue una de las mujeres que se declaró abiertamente bisexual y que, tras casarse, tuvo relaciones largas y profundas con dos mujeres. Solita Solano, con la que estuvo cincuenta años de forma intermitente y Natalia Murray, con quien acabó sus días. 

Su vida personal era el trasunto de la profesional: activa y sin que hubiera tema o situación que ella no pudiera abordar, aun siendo una mujer. Fue la corresponsal del New Yorker en París desde 1925 a 1975 y formó parte del círculo de estadounidenses que constituyen la llamada Generación Perdida, expatriados, descontentos y llenos de escepticismo por todo y por todos. Ella conectó a estos americanos (Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, e.e. cummings, Hart Crane,  Gertrude Stein, Djuna Barnes entre otros) con los artistas de las últimas vanguardias, tanto pictóricas como literarias, Picasso, Braque, Matisse, Gide o Cocteau. 

Este libro recoge las crónicas escritas para su periódico en el período comprendido entre 1925 y 1939. Leerlas supone entrar en situación, conocer de primera mano el ambiente de una ciudad cosmopolita, la más cosmopolita del mundo entonces, en el período de entreguerras. Ahí se solapaban ambientes y personajes que, de otro modo, nunca hubieran coincidido. Los años veinte, con su carga de pesimismo y de frivolidad a la vez, la eclosión del nazismo y su influencia en el pensamiento occidental y los prolegómenos de la segunda guerra mundial, son el telón de fondo del libro. La ciudad de París, la protagonista. 


(Solita Solano y Djuna Barnes en París) 


Janet Flanner, que escribe con el pseudónimo de Genet, murió en Nueva York en 1978. En ella, la crónica periodística se convierte en literatura, formando así una obra mezcla de documento, de opinión, de información y de creación literaria. Eran tiempos en los que el periodismo era una de las principales canteras de escritores, que se curtían en los medios antes de pasar a ser novelistas o dramaturgos. Y, por su parte, los medios de comunicación los acogían y constituían el primer paso, el del aprendizaje, el lugar en el que se forjaban los estilos y se aprendían los tiempos, los trucos y las formas narrativas. También el guión de cine era una cantera válida para esto que decimos. Eran momentos en los que toda la escritura formaba un todo casi indisoluble y los oficios se movían de uno a otro lado con solvencia y fluidez. Eran otros tiempos. 

sábado, 27 de febrero de 2016

La nieve ardía


(Saul Leiter. Fotografía)

Él llegó con un aire entre arrogante y tímido. Era la hora incierta del mediodía, cuando el tiempo se detuvo en su rostro. Tenía una expresión callada y unos ojos certeros que se posaron sobre todas las cosas y no se detuvieron en ninguna de ellas. En esas horas, vivió su cercanía como un milagro. Esta allí, por fin, ya se veía, no como algo intangible, sino como una verdad entera, sin ausencia, únicamente él, allí estaba, por fin, ya se veía. 

Ni siquiera recuerda sus palabras, no las oyó. No tenía asiento nada más que para sentir el latido de aviso. Estaba allí, no era una quimera, ni una mentira, ni un sueño. Sus manos se movían, su cuerpo se movía, sus ojos se movían. Todo él era verdad, entonces y ella no pudo sino saludarle entero con la dicha de ser y de estar a su lado. 

Él llegó envuelto en grises. Los colores de la indefinición. Era un hombre elegante, con aire reposado y antiguo. Un hombre de los que ya no quedan. De los que entienden que amar es compromiso y que querer es sentirse prisionero de algo o quizá de todo. Por eso se marchó con la misma simpleza con la que, al mediodía, asomó por allí, en cuerpo y alma, presente, entonces sí, era él, por fin ya se veía.

Toda la nieve ardía, si hubiera habido nieve. Si la nieve hubiera hecho acto de presencia en medio de un sol acuciante, entonces se hubiera derretido al compás de las lágrimas de ella. Pero, aún así, él no se enteraría. Nunca se enteraría de nada. Nunca sabría los nombres de sus besos, nunca la abrazaría, nunca estaría tan cerca como para oler su pelo y confundiría siempre su perfume. Entonces ella tendría que recurrir a un viejo sistema, tan antiguo como el mundo. Lo amaría en silencio. Así.


Después de todo

Ella no soportaba este tipo de situaciones: tienes una relación con alguien, hay unas pautas, una línea de actuación. Y, de pronto, sin saber por qué, inopinadamente, se rompe, se termina. Se cambian las reglas del juego sin que haya motivo o, al menos, sin que nadie se los explique. En esos momentos no sabe cómo actuar, ni cómo recomponer su pensamiento. Se siente desmadejada, desconocida para sí misma, auténticamente perdida. Qué hace o qué dice. Esa es la cuestión. Y es algo que le ha ocurrido ya algunas veces. Pero nunca se acostumbra. 

Por eso la gran pregunta siempre es ¿por qué? Es una pregunta reiterada, que le viene a la cabeza a menudo pero que no puede hacer en voz alta. Si lo hiciera, la persona en cuestión lo negaría todo. Como si se tratara de un interrogatorio policial. Como si esa negación fuera absolutamente imprescindible. Diría siempre que no, que no pasa nada, que las cosas siguen igual, que no ha cambiado su forma de pensar o de sentir. 

Ella no tiene datos para saber si miente pero sí para entender que, después de todo, ya nada es lo mismo. Nunca volverán los tiempos en los que las cosas eran de otra forma. De una forma que resulta ridículo contar, porque parece cosa de adolescentes. Quién reclamará a nadie por dejar de pensar en ti, por dejar de contarte sus cosas, por dejar de confiar en tu palabra....Así ocurrió algunas veces y todavía las recuerda. Pocas veces, desde luego, pero existieron. Lo que no sabe es por qué. Sigue sin conocer el significado de ese cambio. Después de todo, ya no puede preguntárselo a algunas personas. Y, a las que podría, lo ha hecho tan infructuosamente que no ha servido de nada. Una negación bastaría. No. Pero ella no puede creerlo. Y hay un horizonte dudoso: cuántos cambios más se producirán. Cuántas palabras menos, cuántas miradas menos, cuánto menos. No se puede confiar en nada ni en nadie cuando el universo es tan cambiante. Cuando el paso de las horas es indeciso y cuando no sabes a qué atenerte, salvo que no puedes esperar, ni debes esperar, ni esperas. 

(Fotografía: Saul Leiter) 

viernes, 26 de febrero de 2016

Nada, en realidad


(Fotografía: Saul Leiter)

Michel Faber escribe "El libro de las cosas nunca vistas" y le hacen una entrevista para preguntarle por qué, por qué lo escribió y qué sentido tiene ese libro. No es un libro normal para él. Lo escribió a razón de seis líneas por día. Su mujer, Eva, estaba muy enferma. Cáncer. Murió. Terminó la novela porque le hizo a ella una promesa. Y escribía cada día esas seis líneas porque le hizo a ella esa promesa. Ahora Faber escribe poesía. Porque se lo debe a si mismo. 

Soy como esa mujer que avanza entre la lluvia acompañada de su perrito. Yo nunca tendría un perrito. No me gustan las mascotas. Pero parece que el perrito es el que la lleva, el que hace que la mujer avance. El perrito puede ser cualquier cosa. Un hijo, una ilusión, la vida. Algo que empuja a la mujer, que se mueve entre la lluvia, con los pies mojados y un paraguas que puede cerrarse en cualquier momento. También podría dejar de llover pero eso es más difícil. Como esa mujer, como Faber, debo escribir de las cosas que me duelen. Y hacerlo aquí es lo mismo que en otro sitio cualquiera. Al fin, poca gente lee libros, nadie leería un diario y, si alguien se asoma aquí, quizá podría encontrar algo reconocible, algo que le hiciera pensar en sí mismo. 

También mi marido, como la esposa de Faber, murió de cáncer. Esta es una enfermedad terrible. Te mata antes de morirte. Te condena. Cuando el médico te dice, como en nuestro caso, que la operación no ha servido de nada, que no ha podido extirpar el tumor porque estaba en el mediastino y había peligro de muerte, entiendes que se ha dictado sentencia y que estás en el corredor de la muerte. Un condenado y alguien que, a su lado, asiste a la ejecución sin poder mirar hacia otro lado. Así fue el caso. El médico me miró con lástima. Sudaba. La operación había sido larga y dura. Una enorme cicatriz junto al esternón lo certificaba. La UCI  y el frío del despertar. Pero, lo peor de todo, sin duda, fue esa afirmación terrible: no hay solución. No se ha podido extirpar el tumor. Se queda ahí. El tumor se quedó ahí a la espera de que la radio o la quimio lo devoraran. No sé lo que él pensó. Pero recuerdo lo que yo pensé. Esto no tiene remedio. Adiós. Se ha terminado todo. No hay nada más que esto. 

En esa convicción vives los días. No sabes cómo los vives. No hablas nunca del tema principal, no te despides. Cada día es un sufrimiento diferente. Un día lloras. Otro día vas al médico. Otro miras en Internet a ver si encuentras algo. Otra recibes la visita de unos amigos y disimulas. Nunca te despides, nunca hablas directamente de lo que sientes. Estas en otra galaxia mientras el cáncer avanza imparable. 


jueves, 25 de febrero de 2016

En silencio



(Impression: soleil levant. Claude Monet. Manifiesto fundador del Impresionismo)


Viene y me cuenta cosas
que no sé descifrar
historias que contienen enigmas
juegos de palabras incomprensibles
que encierran promesas
que se abren y agitan sin motivo.

Me dice que ha visto el arcoiris
sobre llanuras de mar inmenso
que la otra cara de la luna no existe
que hay una serpiente blanca
enredada en el manzano.

Me dice que hay noches
en las cumbres de viejas montañas
con sonidos a cantos de sirenas
con llantos de niños abandonados. 

Y que ha encontrado un pequeño rincón
donde poder amarnos en silencio

miércoles, 24 de febrero de 2016

Edna Ferber, enérgica escritura



Edna Ferber aparece en un rincón de Internet, en uno de esos merodeos en los que me sumerjo por las tardes buscando libros, escritores o, simplemente, dando una vuelta por ahí. Aparece porque la editorial Nórdica ha publicado uno de sus libros y alguien lo ha reseñado. Esas editoriales que traducen los libros de los autores más poco conocidos en España y que te los ponen en bandeja realizan una labor encomiable. Siempre hablo de ellas con agradecimiento. Ahora ha sido Nórdica

Edna Ferber, 1887-1968, es estadounidense y fue escritora de libros y de obras de teatro. Sobre todo, una persona llena de fuerza, de convicciones, de deseos de cambiar el mundo. El ámbito de la pequeña y mediana burguesía es el telón de fondo de sus obras y es también una gran amante de los enormes espacios vírgenes de los Estados Unidos. Cuando sitúa sus obras en Oklahoma, en Texas o en Alaska, no solamente recrea los lugares sino las contradicciones de la sociedad, siempre presentes en sus libros. 

Hay quien considera a Ferber una encendida feminista porque presenta unos personajes femeninos alejados de los clichés, mujeres fuertes, que superan los problemas a base de esfuerzo, inteligencia e ingenio. La tenacidad de las mujeres, incluso cuando se ven abandonadas por sus maridos o llenas de problemas, es algo que reluce intensamente en las obras que Ferber escribió. Dos ejemplos de ello son Selina Peake, una madre que lucha por su hijo en So Big, Premio Pulitzer en 1924, o Magnolia Hawks, cantante de éxito en un barco de vapor en Show Boat, de 1926, alguien que tiene que defenderse de los males que acechan a una mujer sola. 

Hay también hombres en los relatos, obras de teatro o novelas que escribe. Pero ellos aparecen desdibujados, escasos de brillo, con poca fortaleza y características negativas. En cambio ellas están llenas de iniciativa, libertad, confianza en sí mismas, espíritu de lucha. Lo que debería ser si ello fuera posible. 

La euforia de la gente feliz


(New York. Robert Neffson. Hiperrealismo)

Siempre me he preguntado si era verdad o impostura. Si esa euforia bulliciosa de la gente en vísperas de puentes o vacaciones es cierta o si solo tienen miedo de no parecer felices. Ser infeliz es algo que nadie quiere reconocer. Salvo los nostálgicos del romanticismo más oscuro, salvo los diletantes sin remedio, algunos artistas de la soledad o ciertos sesentayochistas prepotentes. Todos los demás huimos de la infelicidad. Reconocerla nos hace más infelices. 

La gente hace planes para cada día y cada hora. Ningún fin de semana con varios planes para elegir. Ningún puente sin viaje. Ningunas vacaciones sin paraísos exóticos, vacunas, maletas y hoteles con todo incluido. Los pocos que se atreven a afirmar con timidez "no tengo planes" serán mirados como seres extraños, proscritos de una vida en sociedad que te impone la diversión por decreto. Hay que divertirse como sea, emborracharse si se puede y transgredir el horario. Acostarse tarde los sábados, levantarse a mediodía los domingos y tener resaca. 

Todo lo demás es estar fuera de este mapa construido a base de tour operators y agencias de viajes del alma. La soledad no tiene buena prensa. La quietud, tampoco. Quedarse en casa es anatema. Y yo voy a esconder debajo del sofá todos los libros que hablan de amores que no corren sino que esperan con paciencia que florezca el almendro. 



martes, 23 de febrero de 2016

Eres la oscuridad




(‘Q Train’ – Nigel Van Wick)


Si desparramo amor, tú no lo notas
Impasible el sonido de un corazón en llamas
Te pierdes en la noche de los silencios claros
De la firmeza oculta de un tiempo que no existe. 

Si te recuerdo, amor, tú no lo sabes
No entiendes el sentido de mi fatal bagaje
No me oyes, no me miras, no estoy, no notas nada,
Eres la oscuridad, la noche aciaga y lenta.

Amor, si un día te busco, inexorablemente
Tendrás que abrir la puerta o cerrarla de golpe
Tendrás que acariciarme o despedirme entera
Tendrás que amarme, amor, o moriré, sin duda. 


A la flor del almendro


Cada año el rito se cumple sin pereza. Aunque la climatología sea inclemente, aunque las lluvias no lleguen, incluso cuando el calor rompe el ciclo de la vida vegetal, los almendros florecen y las flores blancas incipientes se tornan rosadas, en un movimiento esplendoroso que te causa sorpresa, aunque ya lo sepas.

Había almendros en el patio de aquel colegio y los niños correteaban debajo de ellos y soplaban las pequeñas ramas que caían, convirtiéndolas en extrañas cometas vivientes. Los almendros llenaban el camino que conducía a ese paraíso de la infancia que visitabas a veces, produciendo una impresión distinta al resto de los árboles que allí había. Eran almendros extraños, fuera de lugar y, por eso mismo, imposibles de dejarlos a un lado.

En Japón, Keiko y Natsumi sueñan con que, florecidos, van a convertir en realidad sus sueños, los que han tejido al amparo de la lona azul del parque de los pobres en el caso de Keiko y junto a la cocina de su vieja casa de Nagasaki, en el de Natsumi. 

Todos los almendros acaban floreciendo y hay veces en las que ese florecer parece anunciar la muerte y no la vida. Solo el milagro del amor, mil veces más potente que el renacer de las hojas rosadas; solo el milagro de las palabras dulces, un millón de veces más poderosas que la fuerza de la tierra, hacen posible que la vida venza a la muerte, al menos mientras estás aquí. Por eso, no esperes solo que el almendro florezca, sino que la primavera entre también en tu corazón. Ese es el verdadero milagro. 

lunes, 22 de febrero de 2016

"Ya no siento el corazón"


(Circe. John William Waterhouse. 1849-1917)

"En el corazón tenía/ la espina de una pasión/ logré arráncamela un día/ ya no siento el corazón"

Lo escribió Antonio Machado y cuando ella lo leía, desde niña, siempre se imaginaba la escena. El rostro sombrío, callado, oscuro, del poeta, subiendo despacio una calle empinada. Solo. Totalmente solo. Los versos de Machado tenían que ver con la ausencia que causa la muerte pero ella tuvo ocasión de saber que no solamente la muerte trae la pérdida. Que, a veces, se pierde incluso lo que no se ha tenido. Ese vacío que sucede al amor, ese desamor que se convierte en un hueco que llena tu cuerpo hasta extremos que nunca hubieras creído...

Así, durante mucho tiempo, una luz especial la iluminó. Era una ráfaga de alegría a veces. En otras ocasiones, un vendaval de lágrimas. También, un movimiento telúrico hacia el abismo. Hubo horas en las que fue consuelo, llama viva y despertar alado. En las noches, una sonrisa cerraba sus ojos tras la noticia ansiada. El dolor estuvo presente al tiempo que la dicha. 

Cuando el paso del tiempo, la decepción, la nada, la desaparición de las horas felices, la huida de la complicidad y la confianza, trocó en un recipiente desnudo de noticias su habitual charla salpicada de risas cristalinas...entonces supo que, algún día, alguna vez, sin que ella misma pudiera evitarlo, todo eso terminaría como el último verso. El último verso que le dedicaría. El certificado del fin de todo el amor del mundo. De toda la pasión que la había poseído con solo imaginarlo. Así es. Todo llega. Ya no siento el corazón. 

domingo, 21 de febrero de 2016

"Nunca fluyó en calma el curso del amor"

(Rob Efferan. Hiperrealismo) 

Había cuatro mujeres y era una tarde plácida. Los sentidos alerta esperando el amor. Una pasión lejana para alguna de ellas. Una pérdida para las otras dos. El descubrir del ansia para la más afortunada. “Le quiero tanto, dice, me gusta tanto, que creo que voy a morirme cada vez que me acerco al portal de su casa, toco el timbre y aparece sonriente y me toma en sus brazos”. “Le quiero tanto, sigue, que cuando no lo veo, aunque sean diez minutos, aunque sea un solo instante, siento que todavía puedo perderlo, incluso que se va de mi lado y yo noto el vacío, aunque sea un solo instante”. “Le quiero tanto, explica, que cuando hago el amor siento que me redimo de ese pasado triste que todas conocéis, siento que soy la única, que soy la verdadera, que estamos solos en el hoy y el futuro”. 

Así brillan sus ojos. Certifico. Mueve las manos como si fueran alas, como si las palomas se posaran en ella. Mueve los ojos y sonríe con una mirada cómplice que no va hacia nosotras. Que se vuelve hacia él, se halle donde se halle. Es la vida, pensamos las demás. Es la vida que avanza aunque ahora nosotras no sepamos de ese juego. Es la vida y ella la posee, la ha descubierto entera, se oculta, se aparece y de pronto emerge como ahora en todo lo que hace y lo que vive. 

Había cuatro mujeres y la tarde. Una sola viviendo una pasión. Las otras, expectantes. No es posible que al cabo de las horas no llegue hasta nosotras un halo de esperanza que siembre nuestros cuerpos de la ternura firme que guardamos intacta. 

(Título: De "El sueño de una noche de verano". William Shakespeare)

sábado, 20 de febrero de 2016

La invasión de los imbéciles


Yo soy una de esas personas imbéciles que hablo en las redes. Umberto Eco (1932-2016) era un hombre muy crítico con las redes sociales. Mucha gente lo es. Pero no son Umberto Eco, ni tienen el eco de Umberto Eco. De manera que esta voz ha resonado con mucha más fuerza y generado un movimiento anti-redes que está iniciándose pero que tendrá cada vez más adeptos. Es como el movimiento luddita que iba contra las máquinas. Como los libros de D. H. Lawrence, clamando por la supremacía de los instintos en un mundo mercantilizado y mecanizado. 

Eco también se planteó el problema de la escuela en relación con la enseñanza del uso de Internet. Sabiendo que es un proceso imparable, se interrogó acerca de las formas y maneras en las que la institución escolar puede acometer no solamente la alfabetización digital, sino el libro de estilo de Internet, la fórmula para distinguir lo verdadero de lo falso y sobre todo, lo cualitativamente bueno y lo malo. Esa distinción requiere un aprendizaje tan a fondo que no sabemos si llegaríamos a caer en el adoctrinamiento. 

Los que abogan por la Web 2.0 o por la 3.0., los defensores de las Tecnologías del Empoderamiento y la Participación (TEP), hablan del conocimiento colectivo, del intercambio de información en una sociedad libre y, sobre todo, de la democratización de los medios, sobre todo de Internet. Pero Umberto Eco avisó de los peligros de la inexistencia del control de calidad y de la entronización de la imbecilidad. La invasión de los necios parece imparable. Falta por ver qué tipo de necios somos cada uno de nosotros. Y de qué forma estamos contribuyendo a esa invasión. 

Umberto Eco, semiólogo, filósofo, escritor, acaba de fallecer en su casa de Milán. Tenía 84 años. Había nacido en Alessandria, un pueblo del norte de Italia y estudiado en Turín, de cuya universidad llegó a ser profesor, al igual que de la de Florencia y Bolonia, en la que fue catedrático de Semiótica. Si no hubiera sido novelista y no hubiera escrito "El nombre de la rosa" (1980) el público no lo conocería. Después de eso publicó otros libros de ficción: "El péndulo de Foucault", "La isla del día de antes", "Bandolino", "La misteriosa llama de la reina Loana". "El cementerio de Praga" y su última novela, de 2015, "Número cero". Son obras culturalistas, a medio camino entre la novela histórica, la faction y el ensayo. 

Su trayectoria profesional fue ampliamente reconocida. En el año 2000 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y en 2010, entre sus doctorados honoris causa, muchísimos, sumó el de la Universidad de Sevilla. 

En 1986 Jean-Jacques Annaud convirtió en película "El nombre de la rosa", con Sean Connery como protagonista. Fue su definitiva conversión en un personaje conocido de los grandes públicos y no solo de los expertos. 

viernes, 19 de febrero de 2016

"El descapotable rojo y otras historias" de Louise Erdrich


El mundo de las mujeres, las diferencias sociales y culturales entre blancos e indios, las costumbres de la tribu ojibwe de la que desciende, lo bueno y lo peor del ser humano, son los temas que desgrana en sus libros Louise Erdrich (1954), de quien la editorial Siruela lleva publicados ya media docena de libros. Uno de ellos "Plaga de palomas" está reseñado en este blog. 

Ahora se publica esta serie de relatos, vertidos al castellano desde el inglés por su traductora de siempre, Susana de la Higuera Glynne-Jones. Erdrich es una maestra del relato. Ha escrito importantes novelas y libros infantiles pero es en el texto corto donde encuentra su mayor y mejor forma de expresión. Ella misma lo reconoce cuando dice que los relatos permanecen en ocasiones en los cuadernos o en el ordenador y salen a la luz de manera inesperada, sin marcharse, aposentados allí a la espera de que se conviertan en algo más o conserven su escasa longitud. 

La maestría de Erdrich ha sido ya suficientemente reconocida en Estados Unidos. El último de los premios obtenidos fue el National Book Award de 2012, por su novela "The round house", "La casa redonda", también publicada por Siruela. Su aguda observación de la realidad, de la que no escatima los aspectos más duros, se conjugan con un puro lirismo, con una prosa ajustada, bella y con una estructura narrativa que no tiene errores ni huecos. Además, es imposible no destacar su denuncia de las injusticias sociales que suceden en torno a la vida de las reservas indias, en especial de las mujeres. Ese tono reivindicativo no merma su capacidad de transmitir literatura, ni su belleza formal. Más bien, le da un sustento de apego a la vida cotidiana que añade verosimilitud y franqueza a su escritura. 

No


(Liechtenstein)

Ella siempre negaba. Siempre decía "no". Podía ser el título de una canción. La mujer que siempre decía no. No te quiero. No me gustas. No me importas. No espero nada de ti. No te entiendo. No sueño contigo. No te espero cada día. No aguardo tu voz tras el teléfono. No despierto con tu nombre en mis labios. No rememoro tu risa cuando estás lejos. No te echo de menos. No te ansío. No te deseo. No imagino tu cuerpo junto al mío. No hablo sola como si me escucharas. No escribo por ti. No escribo de ti. No escribo porque existes. No eres mi inspiración. No eres toda mi vida. No te llevo siempre en lo hondo. No lloro a veces de nostalgia. No siento tu ausencia. No me gusta verte. No corro como si tuviera alas a tu encuentro. No eres el motivo por el que sonrío a solas. No te amo. 

jueves, 18 de febrero de 2016

"La costurera" de Rosalie Ham

Solo lleva un par de meses en las librerías españolas. Es la primera novela de Rosalie Ham y de ella se ha hecho una película protagonizada por Kate Winslet. El tema de la costura da mucho de sí en la literatura y en el cine. No me extraña. Representa un mundo fantástico, lleno de posibilidades, de texturas.

En España tuvo muchísimo éxito el libro de María Dueñas "El tiempo entre costuras", del que se hizo una preciosa y ajustada serie del mismo nombre con el protagonismo de una intérprete ideal, Adriana Ugarte. En esta novela el trasfondo histórico tenía un peso importante, mientras que en la novela de Ham es la vida personal, los errores del pasado y el peso de la herencia familiar, lo que supone el reto que la protagonista aborda con su regreso.

En el caso de "La costurera", la historia se centra en una joven que, tras pasar un tiempo en Europa, regresa al pequeño pueblo australiano en el que se crió. Dungatar es un sitio en el que todos los ecos del pasado resuenan con fuerza y donde resulta difícil empezar de cero, incluso siendo una reputada modista que ha cosido para clientas importantes de toda Europa. Tilly entenderá pronto que esa fama no le sirve de nada a la hora de enfrentarse a los fantasmas de su pasado y del pasado de su familia.

Se trata, en suma, de la oposición entre modernidad y tradición. La pujanza del cambio, representada en los cortes, las formas, los diseños, los colores y los tejidos, contra lo ancestral, contra lo que se ha considerado que debe ser permanente y sin cambios. La inmutabilidad del pasado, que no puede cambiar y que condiciona grandemente el futuro.

Esta es la primera novela de la australiana Rosalie Ham, nacida en 1955. The Dressmaker constituyó un éxito en su publicación original y ahora Lumen la ha publicado en castellano, dando a conocer a una escritora de la que no se tenían noticias entre los lectores de nuestro país. La narrativa femenina ha debido estar muy abandonada porque continuamente estamos conociendo a nuevas autoras que se traducen y que representan una estimable literatura, centrada en la vida cotidiana, en personajes sencillos y en aspectos emotivos y sentimentales. El desprecio al que se ha sometido y se somete todavía la literatura que parece estar hecha para mujeres y por mujeres, ha sido seguramente el detonante de esta absurda situación. Demasiado olvido.

La novela presenta a Tilly Dunnage, una talentosa muchacha que, tras muchos años de trabajo como modista en exclusivas casas de moda de París, regresa a su casa en la pequeña localidad de Dungatar para corregir los errores del pasado. A su vuelta empezará una historia de amor con Teddy McSwiney, papel que en la película interpreta Liam Hemsworth.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Dime cuánto le quieres...


Te has sentado indecisa al hueco de la tarde. Hace frío. Los visillos se mueven imperceptiblemente. De vez en cuando entra por la ventana un halo de este norte que azota la ciudad. Casi anochece. Es la hora de los miedos y del silencio extremo. Me has hablado. Me cuentas con palabras que casi desconozco lo hermoso que resulta volver a enamorarse. Me lo dices y ríes. Tienes la risa fresca de quien piensa en los besos. De quien perdió los besos y está a punto de ver cómo amanecen. Me dices que le quieres hasta el fondo. Que quieres lo que es y lo que te imaginas. Que lo encontraste sin querer buscarlo y que ahora su mirada es la balsa que recoge tu cuerpo, cansado de luchar contracorriente. Me dices que le quieres y hasta dónde, qué harías por él, cómo lo acunas sin poder evitarlo. Me dices que le quieres y te entiendo. Cómo dejar de hacerlo si yo siento lo mismo aunque me calle. 

Editores y escritores: "Genius" de Michael Grandage.


Cuando el cine y la literatura se unen para dar lugar a un producto puede pasar cualquier cosa. Y de entrada nadie diría que la figura de un editor puede hacer surgir el entusiasmo que todo protagonista debe causar en el público. Si el editor es Max Perkins y el escritor es Thomas Wolfe, la cosa puede empezar a variar. Pero, si el editor es Colin Firth y el escritor Jude Law, entonces todo se puede transformar en una verdadera alegría para el cuerpo y los sentidos. 

Me confieso colinfirthiana desde que este hombre altísimo y con mirada inteligente bordó el papel de Fitzwilliam Darcy en "Orgullo y Prejuicio" versión de la BBC de 1995. Nunca ha habido ni lo habrá un actor que se convierta en un personaje austeniano más verosímil. Tanto es así que miles de admiradoras lo siguen identificando con Darcy, el hombre enamorado de Elizabeth Bennet que todas hubiéramos querido conocer. Ves a Firth y te crees que estás viendo a Darcy. Pero, aún más, lees a Austen y observas el rostro elegante, el porte irónico y la sonrisa especial de Colin Firth. Misterios de la trasmutación literaria-cinéfilica. 


El tipo hizo la serie de la BBC cuando tenía treinta y cinco años, pero su presencia de ahora no desmerece la de entonces, es más, la mejora. Desprende un aroma tan varonil, un aire tan sensual, a pesar de su estilo académico y aún profesoral...En el papel de Max Perkins es un hombre contenido, serio, callado y que cree en sus autores a pesar de las corrientes literarias en boga. El tipo de editor que todos los que escriben querrían/querríamos tener. Alguien que antepone los intereses del escritor por encima de los valores materiales, léase dinero, para qué andarse con rodeos. Así, el histrionismo de Wolfe se compensa con la sensatez de Perkins y entre ambos surge una simbiosis que preocupa incluso a sus cónyuges, como no podía ser menos. Cierta envidia y ciertos celos cruzan el aire. Las mujeres nos sentimos excluidas siempre que los hombres andan a la par por la vida. 

Estreno en la Berlinale: "Genius" de Michael Grandage. Colin Firth, Jude Law, Guy Pierce, Laura Linney, Nicole Kindman. 

martes, 16 de febrero de 2016

Nadie, al otro lado

(E. Hopper)

Como si alguien hubiera levantado de improviso una tapia imposible delante de su ventana, las horas transcurrieron ese día a falta del aire fresco que mueve lentamente los visillos sin posarse. La vida cotidiana continuó sin cambios. Una cosa y la otra, engarzadas en las horas que pasan sin pararse, pero también sin la vivacidad de siempre. Las manos intentando encontrar el camino transitado de las palabras, ese espacio conocido en el que sabía moverse mejor que en cualquier otro. Pero no llegó el milagro. Letras, sílabas, consonantes y vocales parecían tener pereza para hallarse. No supo el motivo. La única realidad era que, al otro lado de la vida, allá en el horizonte, ya no había nadie. Nadie, al otro lado. 

lunes, 15 de febrero de 2016

"Cartas a Milena" de Frank Kafka


Conocer a los escritores, a los artistas en general, por su epistolario es un ejercicio fantástico. Descubres, en la vida cotidiana, en la expresión de los sentimientos, en su desempeño diario, un arsenal de cosas que el arte oculta, que la literatura enmascara. El escritor no escribe de su vida, aunque escriba su vida, aunque escribir sea la forma en la que esa vida se engarza en el mundo. Pero las cartas conservan el milagro de la autenticidad y aunque siempre se desliza la reserva cuando salimos de nosotros mismos, a modo de prevención inevitable, leer cartas es un modo de penetrar en la esencia de los otros. Produce, por eso, cierto pudor. Has cruzado una puerta que, quizá, el autor de la carta no pensaba entreabrir. Incluso en el aso de los escritores, tan prestos a asomarse a cualquier ventana. 

Estas "Cartas a Milena" de Kafka que ha publicado en una nueva edición más completa y ordenada la editorial Alianza, recogen la correspondencia del escritor con una joven traductora de algunos de sus relatos. Una mujer sensible, inteligente, atractiva y llena de problemas. Una mujer que lo conocía bien, precisamente porque lo había traducido. Esas cartas comienzan hablando de la obra de Kafka, siguen comentando otros libros que a ambos les ha interesado, prosiguen arreglando el mundo y terminan conectando dos almas gemelas, o, al menos, impregnadas del mismo espíritu. 

El libro contiene las cartas de Kafka a Milena, algunas restauradas y recuperadas por Carmen Gauger, además de ocho cartas de Milena a Max Brod, hablando precisamente de su relación con Kafka. Las cartas se datan entre 1920 y 1922.

domingo, 14 de febrero de 2016

Ni flores


A veces eran lirios azules de tallo largo. Otras, margaritas amarillas, casi silvestres, de un color dorado próximo al albero, duraderas, humildes. También hubo rosas de todos los tonos. Rosas rojas, rosadas, amarillas, blancas, rosas de todos los olores. En ocasiones, aparecían jacintos, tulipanes, gardenias, incluso orquídeas una vez. Una mañana trajeron un enorme cesto de flores silvestres con frutas de la estación y toda la casa se llenó de un suave batir de polen que se movía de una habitación a otra. Hubo azahares, pensamientos, campánulas.... Las fresias inundaron un año la terraza, formando una especie de cúpula improvisada y roja. 

Las flores traían siempre la misma frase en la tarjeta. Invariablemente la misma frase aparecía un año y otro año. Todos los años la misma entonación, la misma idea. Y, con ella, una única palabra. "Siempre". Llegaban a horas diferentes, no era cuestión de haberlas encargado, sino de buscarlas casi en el último momento, dependiendo del transcurso de la vida, del estado de ánimo. 

Las últimas flores que aparecieron en un día como este se conservan en una foto que resiste el paso del tiempo. Su olor, su color, su tacto, desaparecieron, como él desapareció aunque aún vive. Hoy no ha sonado la palabra "Siempre". Ni han llegado flores. 


sábado, 13 de febrero de 2016

No me cuentes si te vas


Si acaso alguna noche, cuando estés lejos de mí, decides ir en busca del amor
no me lo cuentes
no me cuentes si te vas a la caza de algo que yo no tengo
no me digas si en las noches hallaste esplendor o decepción
no me expliques tus dudas ante la belleza de las mujeres o ante su estupidez
no me lo cuentes. 

Si acaso alguna noche, después de enviarme una sonrisa en forma de dinosaurio alado,
decides salir al mundo en pos de un abrazo que no es el mío
no me lo cuentes
no me cuentes si la noche fue fructífera, si te decepcionó,
no me digas si alguien te miró de un modo especial
no me expliques tu desazón ni tu desesperanza ante la gente extraña
no me lo cuentes.

Deja que el silencio se aposente entre nosotros cuando no haya besos que compartir. 

viernes, 12 de febrero de 2016

"El hermano del famoso Jack" de Barbara Trapido



En 1982 se publicó, por primera vez "El hermano del famoso Jack", la primera novela de Barbara Trapido. La protagonista es una chica llamada Katherine (el nombre más usual en todas las protagonistas de todos los libros y películas del mundo occidental desde el principio de los tiempos). Katherine es elegante y moderna y entra en contacto con una familia muy especial, los Goldman. Jacob Goldman es su profesor de filosofía y Jane es su esposa. Tienen dos hijos ya mayores, Jonathan y Roger y otros dos más pequeños. Además, Jane está embarazada de gemelos. Hay otro personaje más, un amigo de todos llamado John Millet, una especie de hombre para todo, introductor de amistades y cultísimo especialista. 

Las referencias literarias son constantes en la novela. Eso me cautivó, después de su portada con Katherine descalzada y su curioso título. D. H. Lawrence desfila por las páginas como un hombre que no sabía escribir de sexo y "Emma" es la novela favorita de Katherine. A su edad, esa debería haber sido mi novela favorita, si no hubiera estado imbuida en el crimen y los bajos fondos de las novelas negras y de la novela policíaca. Descubrí a Jane Austen cuando ya tendría que haber perdido la virginidad. 

La madre de Katherine es una persona especial. Sus opiniones también lo son. Bastarían para bajar la autoestima de cualquiera. Las chicas no han de ser especialmente inteligentes, piensa. Mejor que sean guapas. Porque la belleza es lo que puede salvarlas de cualquier cosa, incluso de los chicos malos, como Roger. Pero él no será el único hombre en la vida de Katherine y el libro para mostrando los cambios en su personalidad, en su físico y en sus afectos, a lo largo de los años. 

"El hermano del famoso Jack" es una novela de iniciación, un género que estaba un poco abandonado en los años ochenta del siglo XX y que consiguió revitalizar. Sus diálogos llenos de agilidad, frescura, ligereza y modernidad, su sentido del humor, su rapidez de reacción, sus personajes plenos de sinceridad, no pueden ocultar algunos aspectos duros, trágicos, llenos de difíciles aristas como, por otra parte, sucede en la vida real. 

"El hermano del famoso Jack" de Barbara Trapido. Publicada por Libros del Asteroide. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez. 

Bárbara Trapido nació en 1941 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Desde 1963 reside en Londres. Ha escrito siete novelas, además de esta, la última de 2010 "Sexo y Stravinsky".

martes, 9 de febrero de 2016

Paréntesis de nieve


En ocasiones un acontecimiento agitaba sus emociones y las convertía en un carrusel de sentimientos que no se podían detener por mucho que lo intentara. En esas horas, la actividad se paraba, salvo la de pensar la forma de parar aquello. Se paraba el disfrute, la contemplación de la naturaleza, la charla sosegada y, sobre todo, la escritura. Los objetivos se desdibujaban, el tiempo quedaba en suspenso y todo se convertía en un paréntesis de nieve a la espera de que se deshelara. Nunca esos paréntesis fueron productivos. Solamente nadas y desolación. Una absurda respuesta a un estímulo aún más absurdo. Había decidido que esa sería la última vez que ocurriera. Pero no tenía seguridad de que podría cumplir esa promesa hecha a sí misma. Nieve sobre mojado. 


lunes, 8 de febrero de 2016

Tiempo de silencios


(Retrato. Salvador Dalí)

Fue una niña callada y una adolescente silenciosa. Una joven expectante. Una mujer en sueños. Un día, algunas de las cosas que había estado guardando se mostraron al exterior. Alguien las recibió y pudo conocerlas. Eso era una excepción en una vida en la que la ausencia de palabras para explicar quien era había sido la norma. Pero, como ocurre a veces, ese caudal de confidencias, de sensaciones inciertas, de hechos, de nombres y de ritos, no conmovió el corazón de nadie, no fue capaz de mostrarse en su verdadera esencia. 

Así que la antigua niña que escribía la historia en su diario, la joven que coleccionó poemas, la mujer que recibió imperturbable y sin lágrimas el azote de la muerte, volvió a recoger los restos de sus pequeñas cosas y las guardó como antaño, en un lugar inaccesible para todos. El silencio volvió y ahí está, se queda. Silencio sin palabras y sin escritos. Un largo silencio para proteger lo que tanto había costado construir. Una vida, quizá.


domingo, 7 de febrero de 2016

"Los Sioux" de Irene Handl

Siento una extraña inquietud cuando tropiezo con un libro como este, escrito por alguien de quien nunca he oído hablar. Trae buenas referencias, eso sí, por parte de gente a la que considero pero ¿me gustará? ¿se convertirá Irene Handl en una de esas autoras que me atrapen? ¿seguirá la senda que antes atravesaron Stella Gibbons, Penelope Fitzgerald, Eudora Welty y otras autoras que conocí gracias a esta editorial? ¿se convertirá, como Edna O´Brien, en una de mis autoras de culto? 


Todas estas incertidumbres me llenan en el momento en que conozco que Impedimenta ha rescatado del olvido a una autora que ha escrito, según Doris Lessing, una novela original a más no poder. Y bien escrita, dice. Rescato de la propia página web de la editorial la sinopsis de la obra. Aún no la he leído así que yo no puedo sino mostraros mi interés por hacerlo y contaros qué dicen de ella los que la conocieron en su día. Dice Impedimenta de "Los Sioux": 

Los Benoir componen una aristocrática y excéntrica familia que, debido a sus altas cotas de esnobismo y a su carácter entre original y amoral, se ve arrastrada hacia las situaciones más desconcertantes. Un nuevo miembro acaba de llegar a sus filas después de que la prepotente Marguerite «Mimí» Benoir, una belleza que cambia de marido como quien cambia de camisa, se haya casado con todo un caballero: Vincent Castleton, que aporta al matrimonio su flema inglesa y un toque cockney. Ella, a su vez, lleva consigo a George, un niño de nueve años fruto de un primer enlace con un primo suyo que falleció en un desgraciado accidente. Junto a una enorme fortuna, el pequeño ha heredado una terrible enfermedad y un soberbio carácter. La convivencia de todos estos peculiares personajes hará que salga a la luz lo más estrambótico de una ya de por sí extravagante estirpe.

La primera pregunta que me hago siempre cuando me hallo en situación como esta, ante el producto literario de alguien a quien desconozco por completo  es ¿quién es? ¿a qué dedica el tiempo libre?...Vamos a enterarnos entonces de algunas cosas de esta Irene Handl desconocida: 

Irene Handl nació en el distrito de Maida Vale, en Londres. A los treinta años, tras haber consagrado su vida a cuidar de su padre después de la temprana muerte de su madre, se matriculó en una escuela de arte dramático.
Debutó en los escenarios londinenses en 1937 y, a lo largo de su carrera, intervino en más de cien películas, interpretando papeles de reparto de carácter humorístico, como madres ligeramente excéntricas, porteras y criadas. Llegó a ser conocida en toda Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XX como una inimitable actriz de comedia y, al final de sus días, participó en varias series de televisión como For the Love of Ada o Mapp y Lucía. Además de su carrera en la gran pantalla, publicó dos novelas sobre una familia francesa de clase alta (el extremo opuesto a la mayoría de sus papeles), Los Sioux (1965) y The Gold Tip Pfizer (1966), que tuvieron un gran éxito. En cierto modo, su fama como actriz ha impedido que pasara a la posteridad como la excelente narradora que fue. Nunca llegó a casarse. Falleció en el distrito londinense de Kensington en 1987.

Irene Handl es, por tanto, una actriz, una actriz de éxito que escribió dos novelas, también de éxito pero que hasta ahora no habían llegado hasta nosotros. Algunas frases de esta biografía que Impedimenta ha colgado en su web son reveladoras: "En cierto modo, su fama como actriz ha impedido que pasara a la posteridad como la excelente narradora que fue". Esto me suena a Churchill. Veréis por qué lo digo. El Premio Nobel de Literatura de Winston Churchill, que le concedieron en 1953 por sus estudios históricos y sus libros en general, ha quedado ciertamente opacado por su prestigio político. ¿O no es así? Estamos en un mundo en el que debes dedicarte a una sola cosa y hacerla lo mejor posible pero si te sales del tiesto, entonces tendrás dificultades para que te reconozcan tu trabajo. En el Renacimiento no pasaba esto, me diréis. Claro que no. Podía ser uno un hombre de armas, de letras, de ciencias y llevar una vida sentimental muy agitada. Lo mismo que en el barroco. El hombre humanista que fue Leonardo hacía de todo. Pero también eran muy, muy, polifacéticos Cervantes y el Bardo, no me diréis que no. 

Volviendo a Handl, tendremos que leer el libro, ver si atina con nuestros gustos y empezar a conocer a alguien tan curioso e interesante. Vidas desconocidas para libros rescatados. 

"Los Sioux" de Irene Handl. Editorial Impedimenta. Traducción de Mariano Peyrou. 

sábado, 6 de febrero de 2016

"Oona and Salinger" de Frédéric Beigbeder



El francés Frédéric Beigbeder, es, como tantos hombres de nuestro tiempo y de épocas anteriores, alguien que se resiste a envejecer. Fue el "enfant terrible" de las letras francesas y ahora, a los cincuenta años, se ha casado con una mujer veinticinco años menor para perpetuar así el ansia de juventud. Como sabemos, caso inútil. La juventud no vuelve por mucho que las sábanas de seda te envuelvan junto a un cuerpo joven. Pero Beigbeder no esconde su debilidad y por eso hemos de aceptarla. Son cosas de hombres, podemos afirmar y no equivocarnos. 

Algo de ese deseo de permanencia en la edad más fresca de la vida se encuentra en su libro, una "faction", como él mismo la define, hechos reales contados a modo de ficción y realzados por aportaciones literarias que no se pueden probar ni para decir que son verdad ni para rechazarlos, dedicada a los amores juveniles entre una jovencita Oona O´Neill y un joven J. D. Salinger. Ambos personajes merecen ser rescatados de su imagen pública y convertidos en gente de carne y hueso que un día, allá por los años cuarenta, se enamoró y sufrió por amor.

El plano histórico se resuelve con el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial. Mientras Hitler va invadiendo Europa, en Estados Unidos todavía la efervescencia del recuerdo de los años felices de la recuperación suena en las músicas y los bailes. Allí está Oona, hija del dramaturgo Eugene O´Neill, quien, por cierto, pasó de ella totalmente y la abandonó a los dos años. Tampoco su madre, a tenor de las noticias, se ocupó de ella. La chica creció algo salvaje y muy libre, de manera que frecuentaba desde los quince años fiestas llenas de escritores alcohólicos y de jóvenes trepas. Beigbeder recrea en su libro ese ambiente y lo hace rellenando con su propia imaginación todo lo que el enorme esfuerzo de documentación que ha realizado no le permite aportar con veracidad. Es una invención sensata, podíamos decir. No sabemos si ocurrió así, pero podría haber ocurrido. En caso contrario, dice el escritor, nos llevaríamos una enorme decepción. 

El otro personaje es el de Salinger. Jerome David Salinger  (Nueva York, 1919 - Cornish, New Hampshire, 2010) había iniciado su carrera literaria en 1940, con la publicación en diversas revistas de su país de relatos y piezas teatrales. En 1942 se alistó en el ejército y participó en el desembarco de Normandía. Durante su época de combatiente comenzó a escribir "El guardián entre el centeno" (1951), la historia de un adolescente enfrentado a la hipocresía del mundo adulto. La obra obtuvo un éxito espectacular y fue rápidamente traducida a diversos idiomas. Parece ser que Salinger conoció a Oona poco antes de irse a la guerra, cuando él tenía veinte años y ella quince. Ambos se enamoraron locamente y tuvieron una correspondencia epistolar que no se ha publicado pero que, según Beigbeder, existió y él mismo compone en su libro. 


La primera y única novela de J. D. Salinger, El guardián entre el centeno (1951), contó con un unánime reconocimiento que en el más de medio siglo transcurrido desde su publicación la ha convertido en un auténtico clásico contemporáneo; su protagonista, Holden Caulfield, es a su vez una de las escasas figuras canónicas de la literatura actual.

En el estilo de las "novelas de aprendizaje" juveniles, la historia trata de un adolescente rebelde, precoz e inocente. Cree todavía en algunas verdades, pero sus experiencias contrastan con el exterior duro y sarcástico de la vida neoyorquina, lo que acaba conduciéndolo a la consulta del psiquiatra. Este tipo de novelas de adolescentes problemáticos e ingenuos surgió en un período de la historia de Estados Unidos en el que los narradores intentaron describir la impotencia de los seres humanos ante la nueva sociedad de masas, y la imposibilidad de mantener en esas circunstancias una sensibilidad individualizada.

En la tradición de las Aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, en El guardián entre el centeno (O El cazador oculto, como también se ha traducido), Holden Caulfield relata en primera persona su particular peripecia durante los dos días siguientes a su expulsión del colegio: su periplo por hoteles de mala muerte, sus encuentros con antiguos amigos, acompañado siempre por situaciones que lo ponen en aprietos. Holden, con su perpetua visera roja, da vueltas por las calles de Nueva York, abandonado por el mundo de adultos que lo rodea.


Los años transcurridos entre su graduación, a finales de los treinta y su aparición en la guerra, son años oscuros en la vida de Salinger, sobre los que nunca quiso contar nada. Es ahí donde coloca Beigbeder, con toda seguridad, su relación especial con Oona O´Neill, que quizá para nosotros hubiera pasado inadvertida como personaje, dentro del universo de las it girls de la época si no fuera porque se casó posteriormente con Charles Chaplin de quien tuvo ocho hijos y con el que vivió hasta la muerte del cineasta en 1977. 

El propio Beigbeder habla del tema de las cartas: Aunque la familia le había negado el acceso a las mismas “una vez publicado el libro, una hija de Chaplin y Oona me mostró algunas cartas y me impresionó ver que ese Salinger joven y enamorado mantenía un tono parecido al que yo inventé. Sufría lo peor que le puede pasar a un hombre: amar a una mujer y que esta le exprese indiferencia. Oona le dijo que era muy joven para casarse... y a los dos años lo hizo con Chaplin. Muy cruel, aunque ese matrimonio la hizo feliz”.

El carácter de Salinger debió ser difícil. Se cuenta que intentó suicidarse en 1945 y que el episodio de la guerra lo marcó profundamente. Por su parte, Oona se había negado a casarse con él porque se consideraba muy joven. Sin embargo, poco después conoció a Chaplin, que era treinta y seis años mayor que ella, y se casó, con apenas dieciocho. La decepción de Salinger fue profunda, según se relata en el libro, porque estaba verdaderamente enamorado de la chica, quien tenía un carácter verdaderamente especial y presenta una precocidad encantadora. 

Beigbeder es casi tan interesante como los personajes que retrata en este libro. De la mala vida nocturna que ha vivido durante años ha pasado a un período de estabilidad con su última boda y el nacimiento de su hijo. Él mismo dice que no sabe si será capaz de escribir siendo feliz. Esa es la gran diatriba que existe siempre cuando se habla de literatura y, por supuesto, de otras artes. La felicidad como gran inconveniente para la creación. 

La edición española del libro la ha realizado recientemente la editorial Salamandra. 

jueves, 4 de febrero de 2016

"Las fidelidades" de Diane Brasseur

Este es uno de esos libros que encuentro al azar recorriendo una librería. No había leído previamente ninguna recomendación. Nadie me había hablado de él. Es un libro anónimo que observé en una estantería de novedades y que me hizo pararme. El tema me atrajo. La portada también. 

Lo abrí por una página cualquiera: "Me dice que tiene miedo, me dice que la simple idea de que comparta la cama con otra mujer, aunque sólo sea once noches al mes, se le ha hecho insoportable, me dice que empieza a sentir rencor, y yo me siento con la espalda bien recta y saco pecho, como un hombre, y trato de responder: "Lo comprendo", porque lo comprendo, pero tengo la garganta atenazada y no me pasa el aire, ni la saliva, ni el humo del cigarrillo"

Presiento que el libro va a tratar de descifrar que sienten las mujeres cuando el hombre al que aman no es fiel. Olvidemos la palabra "infidelidad", dice la autora. Hablemos de la fidelidad, de qué significa en concreto, no con juicios morales o palabras grandes. Simplemente la fidelidad en pequeños detalles. O la ausencia de ella. Pensemos en el hombre que amas. En sus manos, por ejemplo. Sus manos te acarician. Las conoces muy bien. Manos suaves, ásperas, largas, anchas, da igual. Son unas manos que pasan sobre ti, te cubren, recorren tu más íntimo itinerario y te reconocen. Esas manos, en algún momento del tiempo, mientras tú estás leyendo un libro, trabajando o viendo una película, hacen los mismos gestos, el mismo recorrido, en otro cuerpo. Otra mujer ocupa tu lugar. Y tú lo sabes. Entonces escudriñas dentro de ti y quieres adivinar qué sientes. Quieres describir tu sensación al saber que ese hombre posa su mirada en otro rostro, que su risa se mezcla con la de una mujer desconocida, que está sentado junto a otra, quizá en el cine o en el teatro, o en un banco del parque. 

Esa es la ausencia de fidelidad para Diane Brasseur. Todos y cada uno de los pequeños detalles cotidianos de nuestra pequeña vida absurda, de nuestra existencia finita y escasa de placeres las más de las veces. Ese dolor del corazón que sea posa en el estómago con la ausencia tejida de sospecha, con la confirmación del doble juego, con la evidencia de que compartes al hombre que amas y que sus manos tienen un doble recorrido. No es fácil. Y surge la pregunta ¿puede amarse a dos personas a la vez? Pregunta eterna que aparece y reaparece. Y, tras la pregunta, una respuesta indecisa y una decisión. El hombre ha de decidir si permanece donde está, en la seguridad envolvente de su vida familiar, junto a la mujer de todas las horas y su hija o se marcha a un cafetín silencioso en el que una chica de bufanda azul espera la nada.

Este libro de Diane Brasseur sigue una estela ya iniciada en la que las mujeres hablan de lo que les concierne con su propia voz. La historia de la literatura está llena de acercamientos al amor, al desamor, la pasión, la infidelidad, el deseo, las emociones, todo con la voz de los hombres. Ahora las mujeres parecen haber decidido dejar oír su propia voz. Esta es una de ellas. No son voces unívocas, pero sí se plantean los problemas de siempre, los problemas que no tienen una solución porque dependen de las circunstancias y sobre todo de las personas. He aquí que estamos ante un eterno dilema. 

"Las fidelidades" de Diane Brasseur. Narrativa Salamandra. Traducción del francés de Mercedes Abad. 
Diane Brasseur nació en Suiza, se crió en Estrasburgo y estudió cine en París, donde vive en la actualidad y se dedica a la escritura de guiones cinematográficos. "Las fidelidades" su primera novela, tuvo una excelente acogida entre la crítica y el público franceses.

"La última modelo" de Franck Maubert

Son solamente 105 páginas. Un libro pequeñito, que resulta cálido y fácil de manejar. Su autor es Franck Maubert, nacido en 1955 y autor de varias novelas y libros consagrados a la pintura. Algunos de esos libros son "Le Paris de Lautrec" y "Maeght, la passion de l´art vivant". La portada interior de Acantilado, que es la editorial que ha sacado esta edición, nos avisa de que han publicado ya, en 2012, "El olor a sangre humana no se me quita de los ojos. Conversaciones con Francis Bacon". El mundo del arte visto desde dentro o, al menos, con otra mirada. Esa mirada que resulta imprescindible para no quedarse en la mera contemplación de la obra, en la biografía sucinta o en la descripción técnica de los cuadros. 

Este libro acerca a los públicos la figura de la amante de un artista particularmente distinto. Alberto Giacometti, de quien me quedé suspendida cuando lo estudiaba en la Facultad. El Giacometti de las figuras alargadas, expresionistas, cargadas de sueños incumplidos. El Giacometti genial. 

Nacido en Stampa, Suiza en 1901, fue a la vez escultor y pintor.   También su padre, Giovanni,  pintaba aunque era de adscripción impresionista. Giacometti estudió la Escuela de Artes y Oficios de Ginebra, antes de trasladarse a París para seguir los cursos de escultura de E. A. Bourdelle en la Academia de Grand Chaumière. En París conoció los ambientes de la vanguardia de forma muy directa. Allí estaban los cubistas, por un lado y los surrealistas, por otro. De este grupo formó parte algunos años, los que van de 1930 a 1935. 

Sin embargo, en un momento dado decidió seguir otros rumbos artísticos y, tras recalar en la figuración trazó una forma singular y característica de trabajar la figura humana. Es desde 1940 cuando crea las esculturas que resultan más conocidas de las que realizó. Esas figuras alargadas, de apariencia nerviosa, delgadísimas, ásperas, a tamaño natural, solas o en grupo, pero siempre únicas en su concepción. Giacometti representa el hombre solo, enfrentado a un aislamiento tanto mayor por cuanto se produce incluso cuando aparece en grupo. Para hacer sus figuras tanto en escultura como en pintura, utilizó modelos cercanos, su propia familia, sus amantes. 

La última de esas amantes fue Caroline, una joven prostituta, a la que Giacometti conoció en 1958. El interés del artista por esa joven lo arrebató absolutamente. Aunque mantuvo su relación con su esposa, no pudo evitar verse bajo el influjo de esta mujer de veinte años que él consideraba una diosa. Lo que hace Maubert en este libro es hablar desde el punto de vista de ella, de Caroline, que cuenta su experiencia, con todas las aristas posibles. 

En una de las fotografías en blanco y negro lleva un conjunto claro y un collar de piedras oscuras. Un moño alto le deja el cuello a la vista y le da un aspecto muy femenino. En otra fotografía lleva un abrigo de cuello con solapas que se abre desde los hombros. Cuando aparece de perfil, se puede ver la nariz ligeramente resignada, el arco de las cejas y, siempre, ese no sé qué de extravío en la mirada. Una raya de maquillaje no consigue disimularlo. Están el uno junto al otro. Alberto tiene la espalda curvada, su eterno aire de perro apaleado, la cara fruncida por las noches sin sueño. Tengo la impresión de estar oyéndolos. Hablan en voz baja, susurran, intercambian palabras tiernas. No sé si Alberto reía alguna vez...

"La última modelo" de Franck Maubert. Editorial Acantilado. Traducción de Juan Díaz de Atauri. 

martes, 2 de febrero de 2016

Olvidar la palabra


(Joseph Rodeare DeCamp. Escuela de Boston. 1858-1923)

Quise dejar a un lado la palabra, el eco cotidiano de sílabas y letras que siempre me acompaña aunque no sepa cómo. Quise olvidar el sonido de los versos escritos, de frases pronunciadas al teléfono. Quise olvidarte todo. Quise dejar de ser y de sentir, dejar de amarte, dejar de convertirte en un relato, dejar de ansiar que un mediodía de sol, al fondo de la calle, tu figura se alce entrevista, llena de plenitud, ya para siempre. 

He querido asomarme al interior y descubrir que siento esa tibia penumbra de los años perdidos, ese rumor incesante de olas que nunca se terminan de encontrar, esa noche callada de los sueños, inundados de cuerpos que se abrazan. He querido asomarme a la distancia que existe sin que pueda evitarlo, está, se vive, es ella, pero no tengo forma de descubrir su estado, su esencia, su por qué. 

Ahora sé que no puedo. Que tengo que llorarte amargamente si quiero conocer lo que es amor para luego perderte sin otra solución que un adiós sin despedida alguna. Ahora sé que te pierdo. Que nunca te he tenido y que te pierdo. Que nunca has conocido cuántas veces tu nombre se aparece en mis sueños para decirme "basta", no me llores, apaga ya el dolor y termina de escribir con los besos esa cálida luna de todos los inviernos, de todos los otoños, de toda soledad, prendida, entera. 


Soneto 29 de William Shakespeare


(La joven de la perla. Johannes Vermeer- 1665)

Cuando me son adversos la Fortuna y los hombres 
Lloro a solas mi triste condición de abandono
Y clamo al sordo cielo mis inútiles quejas
Y maldigo mi suerte viendo cuál es mi estado.

Quisiera ser un hombre más rico en esperanza, 
Hecho a su misma imagen, con sus mismos amigos,
Y envidio el arte en unos, la competencia en otros,
Y hoy apenas disfruto de lo que ayer quería;

Pero mientras medito, casi ya despreciándome,
Pienso en ti y mi congoja se convierte en un himno
(Al igual que la alondra se aleja de la tierra
Y alza su vuelo al alba) a las puertas del cielo;

Pues recordarte, amor, me aporta tal riqueza
Que ni por el de un rey cambiaría mi estado. 




When in disfrace with fortuna and men´s eyes,
I all alone beweep my outcast state, 
And trouble deaf heaven with my bootless cries
And look upon myself and curse my date,

Wishing me like to one more rich in hope,
Featured like him, like him with friends possess´d,
Desiring this man´s art and that man´s cope,
With what I most enjoy contented least;

Yet in these thoughts myself almost despising,
Haply I think on thee, and then my state,
Like to the lark at break of day arising
From sullen earth, rings hymns at heaven´s gate;

For thy sweet love remember´d such wealth brings
That then I escoran to change my state with kings.



Si has de amarme


(El mensajero del amor. Marie Spartali Stillman. 1844-1927)

Si has de amarme que sea solamente
por amor de mi amor. No digas nunca
que es por mi aspecto, mi sonrisa, el modo
de hablar o por un rasgo de carácter
que concuerda contigo o que aquel día
hizo que nos sintiéramos felices...

Porque, amor mío, todas estas cosas
pueden cambiar, y hasta el amor se muere.

No me quieras tampoco por las lágrimas
que compasivo enjugas en mi rostro...
¡ Porque puedo olvidarme de llorar
gracias a ti, y así perder tu amor¡ 

Por amor de mi amor quiero que me ames,
para que dure amor eternamente. 

(Elizabeth Barret Browning. 1806-1861)