sábado, 24 de septiembre de 2016

"Me llamo Lucy Barton" de Elizabeth Strout

Lucy Barton está en la cama de un hospital. No se va a morir de esta dolencia pero durante meses tendrá que convivir con la enfermedad y el dolor. 

Su marido no irá a visitarla (salvo un día excepcional) porque no soporta los hospitales. Sus hijas son demasiado pequeñas para eso. 

Solamente su madre se sentará durante unos días al pie de la cama y será el momento entonces de revivir la infancia, la adolescencia y la suciedad que su vida de familia le sugiere a Lucy cuando la recuerda. Nada puede olvidarse, aunque lo intente. 

Este libro es un ajuste de cuentas con el pasado tanto como una forma de explicarse a sí misma. Habla de cómo escribir lo que una es y de cómo reconstruirlo en la mente, de forma que se aplaquen las penas antiguas y se entiendan las dudas. 

La gente que discurre por el libro no tiene apenas nada que contar salvo su propia historia: vida cotidiana que no reluce sino que atropella los sentidos. Oscuridad, miedo, pobreza, miseria, suciedad. Otra vez la palabra. 

La infancia de Lucy Barton no tiene colores alegres ni saltos en los charcos con botas de agua. Sus recuerdos son opacos y llenos de hojas secas que quiere desechar. Es un recuerdo que debe ser borrado y así ha sido durante mucho tiempo. Hasta que la madre se sienta en una silla junto a ella mientras los médicos, sobre todo uno, un buen médico, entra y sale de la habitación del hospital. 

Es, también, una historia de superación. Desde una situación de partida que hoy llamaríamos desfavorable (una mierda, absolutamente) Lucy es capaz de convertirse en una escritora de éxito, en una mujer cuyos libros ayudan a otros a ser felices y a entenderse. Pero antes tiene que llegar la huída y la huída comporta distancia, riesgo, olvido, desarraigo. Es el desarraigo el sentimiento que hace a Lucy ver las cosas con esa indiferencia aparente que desgarra el corazón sin que nadie lo advierta. Es el desarraigo lo que termina con su matrimonio y lo que la separa de las personas a las que dice querer, a las que quiere. Así Lucy Barton tendrá que renunciar a Lucy Barton para sobrevivir. 

Pero todos sabemos que hay lazos difíciles de desatar. No solamente lo escribió D. H. Lawrence muchos años antes de que Lucy Barton lo sintiera en carne propia, sino que lo tenemos grabado en la cabeza desde mucho tiempo atrás. Esos lazos reverberan en la oscuridad y te devuelven las imágenes que crees perdidas cuando ya todo parece que se ha escrito de nuevo. Y el acto de escribir, del que habla el libro aunque no lo parezca, es precisamente eso. El modo en que todo el pasado se acomoda en ti para aparecer sin aviso y sin tregua. 

El libro es, por lo tanto, una historia de reencuentros. Vuelves a tu infancia, a tus padres y hermanos, a pesar de que crees no quererlos, incluso odiarlos en ocasiones. Vuelves a tu vieja casa, a tu calle decrépita, a tu pueblo inhumano, el que no te dio celebridad sino angustia. Y vuelves para entender lo que ahora eres. Así descubres que este amigo de ahora, tu marido, tu segundo marido, tus hijas y tu amiga, no te verían del modo en que lo haces si esos años primeros no hubieran cultivado en ti ese deseo de que el tiempo no se convierta en un mero y silencioso pasar las horas y los días y los meses. Una palabra tuya bastará para guardar el tiempo en el estante de las cosas perpetuas. 


Me llamo Lucy Barton. Elizabeth Strout. Traducción de Flora Casas. Duomo Ediciones, Barcelona, 2016. 

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