miércoles, 16 de diciembre de 2015

"El último navío" de Antonio Luis Baena

Recibo de las manos de Violeta, su viuda, el libro póstumo de poemas del poeta de Arcos Antonio Luis Baena, de título "El último navío". Es un libro pequeñito, sencillo, breve, en el que condensa el autor sus sentimientos más hondos, con una especial incidencia en el tema de la muerte, el fin de los días, el crepúsculo de la existencia. En la poesía de Baena estos son temas cenitales, cuestiones latentes, pensamientos que vuelven una y otra vez a surgir.

Desde que tuve la suerte de conocerlo, allá por los años de mi vida universitaria, siempre he tenido noticia puntual de su obra. Sus libros de poesía han sido como testigos claros de su devenir, de su propia vida. Antonio Luis Baena es un poeta hondo, una clase de escritor de interiores que saca de sí mismo una experiencia vital y la transforma en literatura. En su pluma, las palabras son barro que se modelan a fuerza de corazón, a golpes de sentimiento. Pero sin exageraciones, ni exhibiciones vanas. De un modo contenido, sereno, casi premonitorio. 

Algunos acontecimientos de su vida lo marcaron profundamente. La muerte de su hijo, siendo niño, fue un mazazo, un puñal grabado de forma indeleble en su biografía, un antes y un después. A raíz de eso escribió versos memorables. Su vivencia de la vida fue tan intensa y larga como los años que vivió, a fuerza de voluntad y de lucha constante, como si cada segundo hubiera que ganárselo a pulso.

En su trayectoria profesional algunos hitos. En primer lugar, lo referente a su trabajo de maestro y de director por oposición, formando parte de esa generación de docentes que dieron a la escuela lo mejor de sí mismo. Posteriormente, se lanzó a conseguir una licenciatura en historia y luego un doctorado, con empeño, tesón y un animo envidiables. Fue entonces, en las clases de historia de tercero de carrera, donde coincidimos y nos entendimos a pesar de que que yo tenía veinte años y él treinta más. Salíamos de la universidad con algunos compañeros y nos tomábamos una cerveza con una tapita de jamón en uno de los locales de la calle Betis, junto al río, en la entrada misma de nuestro barrio de adopción, Triana.

Porque esa fue otra de nuestras coincidencias. Además de la historia, la literatura, la poesía y la enseñanza, ambos proveníamos de la provincia de Cádiz y elegimos Triana para vivir. Él recorría el barrio en sus continuas caminatas, las que le había prescrito el médico porque estaba mal del corazón y nos encontrábamos por el barrio, en cualquiera de sus calles y siempre era una alegría inmensa. A ambos se nos notaba la felicidad de encontrarnos. Cada Navidad una postal suya recordaba que éramos amigos. Por eso, cuando un año esa postal no llegó supe que su final había llegado.

Una página web contiene ahora toda su obra. Sus libros, sus poemas, su biografía. Se recoge su voz, que no puedo oír todavía sin estremecerme. Aparecen sus imágenes, desde aquellas más tempranas a las de su vejez, tan bien llevada, tan airosa y andarina. También están los ecos de la revista Alcaraván, de quien fue lúcido miembro. Y otros poetas amigos que han dejado su comentario o su imagen de la poesía y la persona de Antonio Luis. Por supuesto, no pueden faltar los ecos del flamenco, del que eran tan amante, en la hermosa acepción que esta palabra tiene en Cádiz, su provincia y la mía. Amante de sus letras y de sus ecos, de sus artistas y de su historia. En todo el recorrido que el flamenco tiene le profesa un amor tan confesable que forma parte a veces de sus ritos poéticos.

Añadiría al retrato de su piel de poeta, todo lo referente a su altura de hombre. Su bondad inmediata, la forma en que mezclaba con los jóvenes sus risas, la manera de aceptar la vida con una mirada tan plena de resignación, que no era solo llanto, sino también tristeza. Cuando nos reuníamos en los bares aledaños a la universidad, la Fábrica de Tabacos tan amada por todos los que en Historia encontramos acomodo y sueños, cuando cruzábamos a la par el puente para llegar al territorio insular de Triana y Los Remedios, su aire juvenil nos contagiaba y yo, que era su amiga, y que seguro que sufría de amor como hago siempre, hallaba en su persona un consuelo inaudito, una forma de estar más allá de las cosas cotidianas.

Lo recuerdo pleno de sentimientos, de sentido común y de emociones. Lo recuerdo y aquí dejo constancia. Le sobraba corazón y por eso lo virtió todo en palabras que gimen.

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