viernes, 7 de julio de 2017

¿Por qué Dora Maar no pudo olvidar a Picasso?



(Dora Maar era una mujer atractiva, inteligente, sensual, talentosa. Autorretrato 1930)

En la víspera de las navidades de 2013 encontré un libro sobre Dora Maar. Los libros nos salen al paso, siempre lo digo. Este fue el primer libro en meses que fui capaz de leer. Antes de eso, el tiempo transcurrido entre agosto y diciembre, no había podido hacerlo. Vivir con el piloto automático produce esos efectos. La desaparición de la palabra, el asentamiento de una rutina imparable que solo sirve para una existencia superficial.

En mis estudios de Arte en la universidad ya había llegado hasta Dora Maar y conocía su relación con los movimientos culturales de principios del siglo XX, tan definitivos, tan extraños y cambiantes.  Ese momento de la historia es, para mí, especial, como si encontrara en él aspectos que me atraen sin remedio. Sin embargo, no había profundizado en su figura ni me había llamado excesivamente la atención. Ni siquiera me parecía que haber sido amante de Picasso fuera un pasaporte para el interés, porque de Picasso, en ese aspecto, se podía esperar cualquier cosa. No obstante, cuando rebusqué en la prensa las críticas que este libro había suscitado y, sobre todo, cuando leí las declaraciones de su autora, me pareció que el personaje ocultaba una enorme pulsión por descubrir.

Victoria Combalía (Barcelona, 1952), escritora, comisaria de arte, experta en arte contemporáneo, habló por teléfono durante horas con Dora Maar, fotógrafa y pintora, cuatro años antes de que esta muriera a edad avanzada. Sus conversaciones aportaron lo que faltaba a la historia y los documentos afianzaron la biografía, de forma que es no solo fiable sino apasionante. Toda la vida de Maar y no solo el picassismo, aunque es imposible dejar de lado el papel del genio en la vida de esta mujer. Y no precisamente en un aspecto positivo. Es verdad que en esta historia falta el punto de vista de Picasso, pero eso es algo que no tiene remedio. Y que puede compensarse con sus continuadas opiniones sobre las mujeres, de las que hablaba en un ofensivo plural y a las que clasificaba en función de las molestias que podían causarle. Era un hombre que no quería ser molestado.


(Estos eran Picasso y Dora Maar el año en que se conocieron. Están acompañados de Lee Miller. 1936)

Henriette Markovitch (1907-1997), verdadero nombre de la fotógrafa, había nacido en París, hija de Joseph Markovitch, un arquitecto croata, y de la francesa de Tours, Louise Julie Voisin. Su nombre familiar era Dora y el apellido que usaba, Maar, fue una elección suya. Dora hablaba muy bien castellano porque había residido con su familia cinco años en Buenos Aires y esto le había facilitado en un momento dado el contacto con el pintor. En 1936 conoce a Pablo Picasso en Mougins, en el mismo verano en que la guerra civil española estallaría. Lo que se cuenta de su encuentro en un café es francamente espeluznante, y quizá ya nos da alguna pista de la relación de sumisión y de masoquismo que se establecería entre ellos. Dora jugueteaba con una navaja que clavaba distraídamente en sus manos enguantadas. Esos guantes, con las huellas del filo del artilugio, los conservó Picasso toda su vida.

En las reuniones que se organizaban en Mougins había charlas, siestas y celos. Los visitantes estaban acostumbrados a las escenas que se organizaban cuando alguna mujer montaba en cólera por el comportamiento de Picasso. Estuvieron en ese tiempo formando parte del círculo Man Ray, André Breton, Paul Eduard y Lee Miller, con sus respectivas parejas, y también, por supuesto, Dora y Picasso, en esos primeros tiempos del enamoramiento en los que todo era maravilloso y el pintor estaba prendado de ella. Todavía no era "la mujer del llanto", la mujer destrozada, de corazón roto, que no logró asimilar el abandono. Ya había pasado a la historia Fernande y también Marie-Therese, aunque esta continuaba presente de algún modo en la vida de Picasso. En realidad, todas las mujeres de su vida siguieron siempre formando parte de su telón de fondo.

Así funcionaba Picasso. Se "enamoraba" de una mujer, la convertía en su musa, cambiaba de casa, de ambiente, de modo de vida, organizaba su existencia como si esa mujer le llevara al paraíso, y, de resultas de todo eso o quizá como principal objetivo, comenzaba a pintarla y a pintar convulsivamente, entrando en nuevas etapas pictóricas, con nuevas propuestas estilísticas y absorbiendo energía para reinventarse. Era un vampiro emocional con excepcionales dotes artísticas.


(Man Ray fotografió a Picasso y Dora Maar en 1937)

Según Picasso "todas las mujeres eran máquinas de sufrir". La frase bastaría para clasificarlo como misógino y pone sobre la mesa el peligro al que se enfrentaban las mujeres que se enamoraban de él. Cómo la naturaleza dispone que las mujeres se enganchen al tipo equivocado, por muy genio que sea, es algo que los psicólogos deberían estudiar. Dora Maar fue abandonada por Picasso cuando este conoció a Françoise Gilot aunque, conociendo el modo de vida del artista, lo más seguro es que las mujeres, las otras, estuvieran presentes en la relación desde el principio. Dora, por su parte, después de esto, no tuvo más amantes conocidos, a pesar de que cuando terminó su relación con Picasso tenía solo treinta y nueve años y viviría hasta los noventa. Como le ocurrió con todas las mujeres de su vida, Picasso consideraba que tenia derechos de propiedad sobre las abandonadas y las presentes, simultaneaba amantes, esposas y amigas, las engañaba a todas y, aunque una vez olvidadas ya no volvía a quererlas, establecía curiosos lazos con algunas, que impedían que se hicieran independientes de él, que las abocaban a la servidumbre emocional de por vida. 


(Retrato de Nush Eluard, realizado por Dora Maar en 1935)

Una de las cuestiones que le interesan a Combalía en esta biografía, que recoge toda la vida de la fotógrafa y no solamente su permanencia junto a Picasso o las secuelas que él deja en su espíritu,  es el papel que Dora Maar juega como artista, fotógrafa y pintora, y sobre la calidad de su obra, con o sin Picasso. No sabemos qué hubiera sucedido con su trayectoria sin el peso que el dolor tuvo sobre ella, tras el abandono de Picasso, su locura momentánea y su sufrimiento permanente. No sabemos qué habría pasado si Dora Maar se hubiera sacudido con ligereza ese recuerdo opresivo, pero está claro que conocer a Picasso no le aportó ni más intensidad, ni más belleza, ni más calidad en sus obras. Probablemente le cortó las alas con unas emociones estériles y nada creativas. Los genios nunca ofrecen nada, salvo la posibilidad de que sean adorados. Y la adoración es una de las cosas que menos producen, salvo para el ego del genio. O del autopretendido genio.


(Money and Morals. 1934. Fotografía de Dora Maar)

La formación artística de Dora Maar había comenzado en la Academie Lothe y continuado en la Escuela de Fotografía de París. Trabajó primero con el fotógrafo Harry Meerson y luego con Pierre Keffer, con el que hizo multitud de trabajos en el mundo de la moda, retratando, entre otras a Assia, la musa de los artistas de la época. Era una mujer muy inteligente, la única de las mujeres de Picasso que le plantó cara en este aspecto, que podía discutir con él de igual a igual y que, en el fondo, mantuvo siempre una guerra soterrada por no dejarse vencer. Aunque perdió.


(Assia, 1934. Dora Maar y Pierre Keffer)

Ella misma fue plasmada en numerosas fotografías por Man Ray, entre otros fotógrafos. Picasso la retrató en muchas ocasiones, sobre todo en cuadros dolientes, que expresaban lo que Dora Maar sufría ante sus desplantes, sus infidelidades y lo que define Victoria Combalía como "maltrato psicológico". También fue pintada por otras artistas de la época, dando cuenta así de su belleza, atractivo, personalidad, fuerza y fotogenia. Resulta muy difícil de entender, desde parámetros de normalidad, esa permanente ofrenda de su persona ante alguien que no lo merecía, esa huída de sus valores, de sus talentos, para convertirse en un apéndice sin valor. En ese sentido, resulta impagable su trabajo como fotógrafa de la ejecución del Guernica, algo que documentó paso a paso. Para corresponder a esto, quizá tendríamos que recordar que Picasso despreciaba la fotografía y despreciaba el trabajo fotográfico de Dora Maar, algo que a ella le afectó tanto que quiso dejarla de lado y dedicarse a la pintura. 


(Dora Maar. Intérieur Provençal. Brenda Chamberlain. Glynn Vivian Art Gallery) 

¿Por qué Dora Maar no pudo olvidar a Picasso? ¿Por qué conserva más de cien obras suyas y las tiene como en un altar? ¿Por qué renuncia al amor y a las relaciones con hombres desde que él la abandona? ¿Por qué tiene que buscar refugio en la religión para superar la situación? 

Quizá tendríamos, en este punto, que recordar a otras mujeres. Fernande Olivier, Eva Gouel, Olga Khokhlova, Marie-Therese Walter, Françoise Gilot, Jacqueline Roque. Todas ellas tienen dos cosas en común: fueron amantes o mujeres de Picasso. Y todas se quedaron prendidas de esta relación, terminando sus vidas de mala manera, algunas con el suicidio. Picasso seguía siempre un mismo guión. Se quedaba deslumbrado por algo que ellas tenían y que él necesitaba en casa momento. La belleza de Fernande. La dulzura de Eva. La fuerza y la determinación de Olga. La paz de Marie-Thérese. La juventud de Jacqueline. La inteligencia de Dora. Françoise dice ser la única mujer que no sucumbió, al menos del todo, a esa maldición de la entrega sin límite de tiempo. Y por eso habla de que lo abandonó, de que se protegió a si misma y a sus hijos, porque no quería ser fagocitada, no quería ser una subalterna en un mundo regido por las normas del propio Picasso. Sobre Jacqueline se afirma que, antes de ser humillada por Picasso, como lo habían sido las otras, prefirió humillarse ella misma, pero la elevada edad del artista, su declive sexual, lograron que, al final, ella se convirtiera en su dueña, trastocando los papeles e impidiendo que sus allegados fueran a visitarlo, ni siquiera cuando murió. 


Algunos psiquiatras y psicólogos que han estudiado la personalidad de Picasso afirman que padecía un trastorno narcisista de la personalidad, que le llevaba a ser incapaz de entregarse así como a necesitar absorber toda la energía, la luz y la vida de las personas que lo querían. Destruía lo que tocaba para que su obra se reinventara, sin que ello le supusiera remordimiento, porque él mismo era su interés más preciado. En el transcurso de su vida, mujeres sobre todo, e hijos indirectamente, fueron víctimas de esta forma de ser que se ha puesto de manifiesto en múltiples estudios y entrevistas realizadas a allegados. En esto puede hallarse la explicación del caso de Dora Maar. Su vulnerabilidad emocional encontró el caldo de cultivo en Picasso, manipulador, controlador y castrador de cualquier libertad en las mujeres con las que trataba, dándose así un caso de dependencia emocional que luego se repitió y antes de ella también existió con las otras mujeres de Picasso

Dora Maar. Victoria Combalía. Editorial Circe. 2013. 

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