martes, 27 de febrero de 2018

Ese hombre


(Fotografía: Vivian Maier) 

Tenía una sincera elegancia, heredada de su padre, que convertía en lujo lo sencillo; en discreción el gesto y en interesante la palabra. Se movía de una forma única, porque, al igual que Gary Cooper, siempre estuvo solo ante el peligro. El pelo conservó siempre su color oscuro, su fino movimiento que lo asemejaba a un cantante de jazz. Y las manos, con esa habilidad para lo amplio y lo complejo, fueron su santo y seña, el mayor recuerdo, la esencia, en realidad.

Soñaba con andar a su paso por la calle, plagada de piedras que resultaban molestas y había que saltar con cuidado de no caerse. Soñaba con recorrer la distancia que separaba la casa del garaje y con encontrarlo a la puerta del colegio, apoyado en el coche y con el aire de bienvenida que abría el sendero de la gloria. Más veces lo atisbó en la estación, esperando. Cuando el tren llegaba y se paraba, él se movía y levantaba la mano, sutil, tranquilo, aunque solo en apariencia. Los días que ella dormía en casa respiraba, aunque el descanso no se escribió para él.

Nunca le preguntó las cosas que hoy quisiera haber conocido. Nunca le contó las confidencias que hoy escuchan quienes no saben entenderlas. Nunca prestó demasiada atención a sus historias antiguas. Por eso, cuando murió, no solo se marchó su presencia, también su huella, su paso, su latido, su antaño y su futuro. Alguien debería advertirnos de que la infancia, con su descomunal ignorancia de las cosas; y la adolescencia, con su absurda introspección, nunca deberían ignorar que la verdadera orfandad es la de los recuerdos imposibles.

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