viernes, 25 de diciembre de 2015

Lo peor es el silencio


(Thérèse on a Bench Seat, 1939. Balthus)

Había intentado decírselo muchas veces. Sobre todo, en los días largos del invierno cuando, al extinguirse su voz al otro lado del teléfono, ella sentía que el mundo acababa. También en los amaneceres del verano, recién levantada, todavía entre brumas. Entonces se acomodaba en su lugar favorito de la casa y comenzaba a escribir una carta que se presumía larga, pero que quedaba en nada. No era capaz de contarle la verdad. Eso le producía una zozobra inevitable. Se sentía presa. El silencio no era su modo de vida, no era su lugar, ni su acomodo y por eso quería liberarse de esa sensación de que ocultaba algo. A él no. A él no quería ocultarle nada más que lo necesario. Nada más que las sombras del pasado. Nada más que el miedo a que todo terminara. Nada más que la preocupación por las cosas cotidianas que ensombrecían su relación. En lugar de eso, cultivaba un gran secreto. Y todos los días se decía a sí misma que ese sería el momento en que despejaría la niebla de sus palabras, en que comenzaría de nuevo, más libre y más segura. 

Nunca lo hacía. En su lugar, soñaba. Abría la puerta al lenguaje de los sueños y las fantasías se aposentaban de los instantes y llegaban a su noche y a sus despertares. Los amaneceres parecían estar envueltos en una suave presencia, como si él se acabara de levantar de la cama, como si la noche hubiera estado compartida. En esos sueños no cabían la soledad ni el desamparo. Por eso ella los cultivaba conscientemente. No quería sufrir. No quería callar. Pero lo hacía. Simplemente porque tenía miedo a perderlo. A perder lo poco que tenía. Casi nada. Nada en realidad. Así ella se contorsionaba todas las horas de la vida como si estuviera jugando al escondite, en un juego sin reglas inventadas, en unos silencios que la dejaban inerme y que quería romper sin conseguirlo. Aquello era solamente una anécdota para él, un libro antiguo con páginas gastadas y ninguna palabra conseguiría que el libro se convirtiera en una novela negra, en un ensayo o en un libro de recetas de cocina. Cosas útiles, en lugar de sentimientos que estorbaban, que ya no tenían sitio ni hueco alguno en una vida programada al milímetro. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario dentro del respeto y la corrección.