lunes, 20 de octubre de 2014

Jane Austen y Virginia Woolf

Adeline Virginia Stephen, Virginia Woolf para la literatura (Londres, 1882-1941), en su famoso ensayo "Una habitación propia" describe la escritura de Jane Austen como "una obra para personas mayores, escrita por una mujer, que escribe como una mujer y no como un hombre". Esta aseveración podría ser tomada de manera negativa, pero no es el caso. En el ensayo citado, Woolf reivindica por primera vez la necesidad de que la mujer muestre su independencia intelectual por medio de la literatura, como una forma de expresión del talento que había tenido que sufrir inconvenientes varios. Desde los casos en los que la mujer no firmaba con su hombre, hasta aquellos en los que la firma que aparecía era la del marido. La afirmación de la mujer no es tanto cosa de gritería feminista sin aquilatar, sino de ir consiguiendo subir escalones cuya dificultad es manifiesta. 



Esta vindicación de la obra de Austen favoreció el que la crítica la considerara algo serio, mucho más que unas novelas surgidas al calor de la inspiración femenina coyuntural, sentimental y llena de detallitos intrascendentes. De "mujerismos" al uso, como diría un dilecto amigo, pleno de misoginia e inmadurez masculina. Curiosamente, el público había decidido, con anterioridad a la crítica, que en las obras de Austen había verdadera calidad, pero esto es algo a lo que estamos acostumbrados. El paso del tiempo y el veredicto de los lectores son el verdadero marchamo que califica a una obra, no la crítica ni los premios ni el fervor inmediato. 

Lo que destaca Woolf de la obra de Jane Austen es, sobre todo, aquello que la hace original y diferente a las novelas de su época, aquello que trasciende el romanticismo y entra de lleno en una forma de narrar personal e inteligente. La ironía, la comicidad, la descripción de la psicología de los personajes, el muestrario de ambientes...todo ello constituye el pasaporte cierto a una consideración de su obra como solamente tienen los verdaderos talentos. En las novelas de Austen no hay prolijas descripciones de paisajes, ni de espacios, muebles, edificios o, incluso, de los personajes. No es necesario. Una breve y profunda pincelada pone a cada cosa en su sitio, define a cada cual. Tampoco hay disquisiciones morales, ni conclusiones llenas de enseñanzas, sino simple y llanamente, sentido común. Es una mujer de su tiempo que lo observa desde el tamiz de la construcción crítica. Una mujer que conoce de primera mano aquello que narra, pero que no convierte sus frustraciones personales en una pesada carga para el lector, ni sus vivencias en un pozo de nostalgia que entristezca el relato. Más bien, lo aligera y lo suaviza de modo que vamos flotando por entre sus páginas, aspirando un suave aroma que, sin embargo, penetra en nuestro interior y pasa a formar parte de nuestro almacén de historias bien contadas. 



La obra de Virginia Woolf es más corta que la de Austen y, además, desde el principio se reconoció a sí misma y fue reconocida como una escritora. "La señora Dalloway" de 1925, "Al faro" de 1927, "Orlando"de 1928 y "Las olas" de 1931, son historias en las que se advierte un tiempo narrativo propio y distinto, un uso de los espacios y de la cronología plagados de perspectivas nuevas y una expresión personal de lo que significa el universo femenino, que, al fin y al cabo, construye. En el ensayo que hemos citado al principio "Una habitación propia" de 1932, habla de las escritoras y traza un dibujo implacable de los inconvenientes que la mujer literata ha padecido siempre, simbolizando en esa "habitación propia", ese lugar para escribir sin las interferencias del mundo exterior, la máxima aspiración para quien tiene en la literatura una tarea que realizar. 

Jane Austen no tuvo nunca una habitación propia. Lo más que consiguió, en la última etapa de su vida, fue escribir en el salón de la casa y que nadie la molestara durante sus horas de escritura. Pero, para ello, hubo que transitar un larguísimo camino. Un camino que se inició en 1775 cuando vino al mundo en una familia culta pero de pobres recursos económicos, de ocho hijos, de los que ella fue la séptima. Una familia perteneciente a la baja aristocracia rural, lo que se llamaba la "gentry". Su paso por dos internados no fue demasiado exitoso pero da a entender la preocupación cultural que tenía su familia. Su educación en casa estuvo basada en la consulta y lectura de la biblioteca familiar, que ella devoraba y que podía manejar a su antojo, con permiso de su padre, advertido muy pronto de su gran inteligencia. Esa inteligencia, ese dominio temprano de la escritura, de la observación de los personajes y ambientes, esa forma de ver la vida a través de la palabra, se puso de manifiesto en seguida, pues entre 1787 y 1793 escribió varias obras juveniles que se conservaban en tres cuadernos, publicadas luego en el siglo XX. Son "La historia de Inglaterra", "Amor y amista", "El castillo Lesley", "Catherine o el cenador". Sus ocupaciones eran, además, las propias de las jóvenes de su edad y sus aficiones más entusiastas eran bailar y charlar con las amigas a las que visitaban con frecuencia. La visita era el momento social más extendido y el baile la máxima aspiración de cualquier muchacha. Ambas costumbres se aprecian de forma clara en sus novelas. 


Jane Austen tuvo un amor de juventud muy apasionado, un joven irlandés que estudiaba Leyes. El joven correspondía a su amor, pero se impuso el cerebro de las familias y,dado que no había medios económicos para subsistir por parte de ninguno de los dos, el chico se marchó y no hubo más. Se llamaba Tom Lefroy. Sabemos también que tuvo una proposición matrimonial. por parte de Harris Biggs-Wither, hermano de unas amigas. Aunque, en un primer momento, la aceptó, luego lo pensó bien y le dijo que no. Era un buen partido pero, al parecer, un hombre poco dotado intelectualmente, lo que es probable que fuera un completo impedimento para ella.

Las tres primeras novelas de Austen las escribió en este orden: "Sentido y sensibilidad", llamada en su origen "Elinor y Marianne"; "Orgullo y prejuicio", de título inicial "Primeras impresiones" y "La abadía de Northanger", a la que primero llamó "Susan". Ninguna de las tres novelas fue aceptada en sus intentos de publicación. De esa forma, con tres novelas acabadas, la familia se mudó a Bath, en 1799 y allí, al cambiar de ambiente y de lugar de residencia, la pluma de Austen se paró, se durmió por un tiempo, y durante seis años no pudo escribir nada. Eso ocurre algunas veces, las palabras, como pájaros en nido ajeno, se marchan y vuelven de improviso.

Cuando el padre de Austen murió, su madre y las dos hijas, ella y su hermana Cassandra, quedaron desasistidas económicamente, como solía ocurrir a muchas familias en la rama femenina y como ella misma cuenta en sus libros. Estas dificultades las hicieron andar de un lado para otro, en casa de parientes diversos hasta que, por fin, en el año 1809 se asentaron en Chawton Cottage las tres mujeres, más una amiga, Martha Lloyd. Podemos decir que este es el hogar definitivo de Jane Austen.

Por fin, en 1811, recuperado el ritmo de la escritura en esta casa, logró publicar "Sentido y sensibilidad", aunque los gastos corrieron a su cargo. Tampoco aparecía su nombre en la novela, que estaba firmada como "Una dama". Dos años después, en 1813, se publica "Orgullo y prejuicio" y la firma decía "Por la autora de Sentido y sensibilidad". El resto de novelas se fueron publicando en los siguientes años. En 1814 "Mansfield Park", en 1815 "Emma". La primera novela que publicó con su nombre fue a título póstumo, "Persuasión", en 1817 y, también en este año, "La abadía de Northanger". La novela "Sanditon" quedó inacabada el día de su muerte, el 18 de julio de 1817.


Aparte de la vindicación que hace Virginia Woolf de la obra de Jane Austen, hablando de ella en términos desconocidos hasta entonces, me interesa destacar la diferencia tan abrumadora que existe entre ambas escritoras, tanto en su postura como tales, como en algunos aspectos que son esclarecedores. El hecho de que Jane Austen no firmara las obras con su nombre no era un capricho, sino una imposición de la época. Esta limitación, por supuesto, no existió para Woolf y quizá por ello mismo estaba tan sensibilizada con la situación de las mujeres escritoras. 

La escritura, la literatura, para las mujeres, yo diría también que todas las manifestaciones artísticas, han sido tomadas, hasta no hace demasiado tiempo, como hobbies, como ocupaciones añadidas a su papel de madre, esposa, ama de casa. Esto no es una exageración y puede observarse con detalle hasta entrado el siglo XX. Casos en los que los maridos firman los manuscritos, artistas que se convierten en musas de su amante o marido y dejan de lado su obra. En no pocas ocasiones son las mismas mujeres las que se autolimitan, pero esto quizá no haya que achacárselo a ellas, sino a una situación que estaba preestablecida y que tenía pocas salidas. 


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