lunes, 31 de diciembre de 2012

Escuela


La escuela tenía solamente cuatro aulas. Era, pues, una escuela muy pequeña, la escuela más pequeña que he conocido nunca. Las aulas estaban situadas dos a dos, unas orientadas al norte y otras al sur. En medio de ellas unos pequeños cuartitos indicaban los aseos. La escuela era tan pequeña que no tenía sala de reuniones, ni de reprografía, ni despachos, ni nada, nada salvo esas cuatro aulitas, enfrentadas entre sí, unas al norte y otras al sur. Era esa orientación la que las diferenciaba. Las aulas que daban al sur eran muy alegres, pues recibían la luz del sol de forma respetuosa y placentera, menos en los meses de calor y mucho más en los de invierno. La humedad se evaporaba como por arte de magia en sus paredes cuando recibían los clamorosos rayos y el aire del viento sur, lluvioso pero cálido. En cambio, las aulitas del norte eran sombrías, tenían siempre una pátina de oscuridad y tristeza, porque el sol pasaba de largo y sólo recibían el influjo de los vientos pesados del norte, los más fríos y racheados.
 La escuela estaba en medio de una plaza. Era una plaza rectangular y alta, a la que se accedía desde las calles circundantes subiendo unas escaleras que estaban en las esquinas. Las casas, de una sola planta, blancas, humildes e irregulares, rodeaban la escuela a todo lo largo del perímetro de la plaza. Ésta tenía un nombre poético: Plaza de la Soledad y así se llamaba también la escuela, que no tenía un nombre propio sino el de la plaza, porque era así como todos la conocían. Los niños decían “voy a la Soledad” y todos entendían allí que era uno de los niños que tenían su aula en la pequeña escuela. Eran niños pequeños porque sólo había tres niveles de primaria y estaban mezclados los niños y las niñas, cosa extraña y única en el pueblo, pero era así porque esta escuela era diferente.
 La escuela era de color blanco, un blanco de cal, con protuberancias y raspaduras, lleno de huecos que se habían rellenado de forma manual, con unos desconchones más grises y unos zócalos de ladrillo oscuro. Tenía unas ventanas anchas y alargadas, de madera casi negra y no disponía de personas. Por eso las maestras cosieron aquel año unas cortinas, rojas y blancas de cuadritos, muy parecidas a los babys que llevaban algunas de las niñas, con tela de retales que compramos en el Piojito. Las cortinas hicieron que las aulas parecieran casas y que la escuela semejara un pequeño hotel, casi un hogar, donde pasaban lentas las horas y donde siempre había un leve murmullo acompasado.
 En la escuela había tres maestras y un maestro. El maestro era un joven de treinta años, con el pelo oscuro y los ojos verdes, muy guapo y entusiasta. Las maestras eran casi unas niñas, todas recién terminadas, sin llegar siquiera a los veinte años. Una de ellas tenía el pelo muy negro y lacio; otra, una melena castaña y rizada; la tercera, por fin, tenía el pelo claro, casi rubio, ondulado y suave. La maestra del cabello castaño era gallega y mezclaba las palabras en los dos idiomas, trazando en la pizarra palabras que los niños no conocían al principio, aunque luego llegaron a entenderlas, palabras de su tierra natal, recuerdos nostálgicos de otros lugares más verdes, más lluviosos, de escenas de su infancia y de su familia. Quería volver a Galicia y suspiraba por estar en sus inviernos, protestando del sol y de la intensidad del calor de las mañanas del otoño en la escuela. Tenía las uñas muy largas y el rostro anguloso, con unos ojos claros y quietos que veían más allá del sinuoso marco de la carretera que llevaba a la plaza y a la escuela que había en ella.
 Otra de las maestras estaba a punto de casarse. Todas las tardes repasaba durante el pequeño recreo las cosas que aún le faltaban por comprar, los detalles del ajuar, del piso, comentando las pequeñas obras que hacía, el encargo del convite y de los vestidos de novia, las cartas que recibía de su prometido y las peleas familiares por mil y un conflictos que surgían todos los días en la preparación del matrimonio. Ese era su tema de conversación casi diario y las otras maestras la miraban en silencio sin entender casi nada de su preocupación y sus desvelos, pues ninguna de ellas veía que casarse formara parte de sus vidas en ese momento.
La tercera maestra era más joven que las otras y tenía más entusiasmo, más ilusión por enseñar. Sabía que eso era lo que quería hacer y preparaba cuidadosamente cada día los rincones, las fichas, los archivadores, los pupitres y lápices. Tenía un cuaderno en el que anotaba las cosas de cada día, un diario de clase de tapas duras y rojas en el que reflejaba el trabajo, las compras, los progresos, las ideas que se le ocurrían conforme iban pasando las horas. Eran días y días en la pequeña escuela pero nunca parecía ninguna igual a otra, todas tenían su secreto y en ellas siempre florecía algún niño, alguien que descubría, por fin, una pequeña esquina del saber.
 A la escuela llegaban, todos los años, la Navidad y el Carnaval. El mes de diciembre era la antesala de las dichas y todos preparaban con esmero las aulas para recibir la buena noticia. En la esquina se colocaba un nacimiento, hecho con figuritas de plastilina, de papel o de barro, que los propios niños traían y organizaban. Había también tiras de espumillón en los dinteles de las puertas y las ventanas; figuras recortadas colgadas de un hilo en las pizarras; adornos pintados en los cristales con unas plantillas que hacían las maestras con mucho cuidado. Los niños llevaban panderetas y zambombas y todos los días, al final de la jornada, ya en la tarde, se cantaban villancicos antes de que la escuela se quedara sola, muda y sombría. Los últimos días había funciones de teatro y los niños se vestían de pastores, de vírgenes y santos, recitaban poemas y hacían juegos y carreras en la plaza, en torno a la escuela, porque no había patio de recreo y la plaza era el reino de la escuela.
(Escritos propios: Catalina León Benítez)


domingo, 30 de diciembre de 2012

Escritura

Una sola palabra estremecida
Una sola palabra
Una tan sólo
Una palabra que no contenga nada del silencio
Que sea sencilla pero que amanezca
Una palabra para poder decir estoy
Soy yo, estoy aquí, después de tanto tiempo.
Una palabra que no muera antes de nacer
Que no se esconda en cualquier sitio
Que contemple la llegada del arcoiris
La marcha de la lluvia
El azote de los días en que el sol nos espera.
Una palabra solo
Es lo que quiero, es lo que pido,
Es lo que necesito.
(Poemas propios. Catalina León Benítez)


viernes, 28 de diciembre de 2012

El triunfo del color


Un sábado del mes de abril estuve en San Hermenegildo viendo la exposición  “El triunfo del color”. La sala tiene unos techos muy altos en forma de bóveda y está dividida en altísimos paneles azules, de un azul intenso, el azul del que hablaba Michaux en sus libros, el azul de la Costa Azul, que da título a la exposición. Por los espacios que delimitan los  paneles circula la gente en medio de un rito compartido, se detiene y observa, se para y comenta, se pone las gafas para mirar de cerca, se las quita para observar de lejos, se detiene, se aleja…
 Primero hay que pararse en Modigliani, un retrato de aquellos que hizo a Jeanne Hebuterne, con los ojos almendrados y torcidos, una boca pequeña, roja y sorprendida, unos inacabados fondos violeta. El rato que se pasa ante el retrato de Modigliani no puede calcularse, es una duración sin tiempo, infinita, hasta que los otros visitantes te insinúan que ya está bien, que todos tenemos el mismo derecho a mirar… Luego están las casas rojas de la Provenza, con techos rojos y puertas rojas, con suelos oblicuos y de formas extravagantes. Rojo, rojo y haces amarillos que se convierten en llamas… Junto a las casas hay unas figuritas pequeñas, estáticas a veces y, otras, andando o en raros movimientos…Algunas casas aparecen vistas desde arriba, alineados los tejados como si estuvieran expuestos al fuego, ardiendo bajo el sol del verano, un sol rojo, intensísimo, que desvía los ojos y la mirada hacia el suelo, de piedra, gris y verdoso, fresco y antiguo…

Andando nos podemos detener en las imposibles peras de Vlaminck, de un color aguado y mortecino pero que parecen tan vivas, tan reales, que resulta ilógico que el cuadro se titule, precisamente, “naturaleza muerta”. Junto a las peras hay un jarrón con anémonas y mimosas que recuerda a los cuadros de flores de Redon, flores entrelazadas, perdidos los tallos los unos en los otros, colocadas con descuido en unos jarrones chinos en los que sobresalen unas pequeñas imágenes de danzantes.
Todos los cuadros tienen ese aire común a la ruta entre París y la Provenza, después de pasar por las tierras llanas de La Camarga, donde viven caballos salvajes todavía y en las que se ven pequeños arroyos cruzados por puentes de madera rodeando los pueblos. En aquellos lugares estuve casi un año y puedo reconocer su olor y sus sonidos en cualquier parte. Todos estos artistas, perdidos en el tiempo y que parecen formar parte sólo de los libros que hemos estudiado, son, por el contrario, para mí, algo muy cercano, son gente de la familia, gente de la que conozco ya tantas cosas, a los que he seguido desde hace tanto tiempo…

 El fondo musical de la exposición, una desgarrada canción en francés que seguramente habla de desamor, es el mismo que hay en muchos cafetines de Marsella y en los restaurantes cercanos a la Universidad de Montpelier, en la que aquel chico mexicano, de Aguascalientes, a quien le gustaba tanto la tortilla de patatas y cuyo nombre de telenovela no recuerdo, estudiaba Enología lejos de su hacienda, de su papá y de sus hermanitos. Esa música es la única música que podíamos escuchar aquí, salvo quizá, cualquier cosa de Aute, “Un ramo de viento”, sobre todo.

He encontrado, además, las conocidas figuras de los vendimiadores, las suaves pendientes que están a ambos lados de las carreteras, rodeadas de árboles enormes que ensombrecen los caminos, con el rumor cercano de los sembrados de viñas y cereales; he visto los muros altos de las casas de campo en los que hay horadadas pequeñas hornacinas de piedra vieja, que no contienen figuras ni santos, sino sugestivos ramos de flores extrañas, las mismas que había en la finca del profesor Fesquet, que era del siglo XVII (la finca, no él) y en la que, en las tardes todavía calurosas del otoño, nos sentábamos en el patio, junto a una mesa verde de madera,  a tomar grandes trozos de helado de vainilla con unos finos canutillos de chocolate, porque el horario francés de las comidas se hace muy extraño y el hambre es un compañero perpetuo. A la finca del profesor Fesquet llegaban vendimiadores en Septiembre procedentes de España, cantando canciones de Manolo Escobar o de Perlita de Huelva desde los camiones en los que se dirigían a los campos. Cuando el grupo de lectores nos encontrábamos allí en las tardes de los sábados, porque la actividad del instituto se paraba, había siempre una sensación de tranquilidad, un aire diletante, propicio a la conversación a media voz, a los largos silencios, un aire que no parece propio que se repita en ningún otro sitio. El sol caía a plomo en los alrededores de la casa de piedra y todavía conservo una foto en la que estoy de pie, con un lazo en la cabeza, hecho con un pañuelo blanco con hilos dorados, mientras que el rayo de sol dibuja figuras en los pies del profesor Fesquet, que está allí, enjuto, serio y ceremonioso, con unas extrañas gafas de montura dorada, señalando algo a lo lejos.
 En un lugar privilegiado de la exposición están las marinas, cuadros de grandes marcos dorados en los que aparecen ya las  olas grises y azules de las playas del sur de Francia, los  paisajes elegantes y refinados de Jean-les-Pins, el lugar que vio el encuentro de Picasso con otros genios y también los veranos imaginarios de Hércules Poirot en las novelas de Agatha Christie. Siempre que Poirot vuelve en avión de la Costa Azul, se sucede un crimen. También es el lugar en el que Joan Fontaine, la muchacha sin nombre, conquistó el corazón de Olivier antes de volver a Manderley, donde esperaba la sombra de Rebeca.  La Costa Azul es el colmo de la elegancia y uno se imagina que Sarah Bernarht subirá a uno de esos coches hiperrealistas y cruzará las carreteras empinadas, paralelas a la costa, con un largo foulard de seda alrededor del cuello, un foulard peligroso que asemejará su destino al de la princesa Grace, años después.

 En uno de los lados de la entrada, aparece un cuadro de Manet, un majestuoso retrato de una mujer alta, esbelta, en tonos verdes y azules, sin rostro, con un vestido hecho a base de trozos, de manchas, de rayas,… Manet en estado puro. La mujer no nos mira, no tiene ojos ni expresión, sólo el aspecto elegante de quien ha sobrevivido al tiempo. Esa mujer está sola, no se dirige a nadie ni a lugar alguno, pero no parece importarle y no repara siquiera en el cúmulo de visitantes que se detiene frente a ella…

He tardado no sé cuánto tiempo en recorrer toda la sala, dividida de forma inteligente en pequeños cubículos separados por los altos paneles azules, siempre el azul, y me ha parecido encontrarme de nuevo en el sur de Francia, en aquellos años ya lejanos, comiendo los trozos de Quiche Lorraine que vendían por las calles en los puestos callejeros, o recorriendo en coche las carreteras llenas de árboles que conducían a la casa de mis amigos Pedro y Marie, con las mismas ventanas rojas y la chimenea azul oscuro de las pinturas de Utrillo. En el pequeño jardín de la casa comíamos, entre risas, las pequeñas bolitas de arroz oscuro que Pedro había aprendido a cocinar en Marruecos y los frijoles con tortitas que vio guisar a su madre, en México.
En un expositor acristalado hay unos pequeños cuadros de Renoir y de Pissarro. A mi lado una pareja comenta que esos son los más valiosos, y, por ello, están colocados tras un cristal de seguridad. Pero se equivocan: lo mejor de todo es ese Modigliani en el que la mujer nos mira con el rostro torcido, con un raído vestido negro coronado por un cuello pequeño y blanco; lo mejor son las peras oscuras y cansadas de Vlaminck; o las casas de rojos tejados; o la calle empinada que me recuerda a Uzés o a Arlès; o ese esplendoroso ramo de mimosas y anémonas, anémonas que no flotan en el estanque como en los cuadros prerrafaelistas, sino que se sumergen en el agua de un pequeño jarrón doméstico; o el fantástico Manet, la extraña mujer sin rostro que es también el cartel de la exposición.

Cuesta mucho salir de allí, porque el hechizo va a romperse en cuanto se traspase la puerta de entrada y no podrá reconstruirse luego, al repasar en casa las imágenes del catálogo, tan bien resuelto y escrito pero con esa frialdad de la imagen impresa, infinitamente más cuidada que la obra real, pero mucho más distante, mucho más perfecta, menos emocionante. Tampoco en el catálogo está todo: falta la música en francés, “danse tante que tu peut danser”,  el fondo de los altos paneles azules bajo las inmensas bóvedas decoradas, el rítmico movimiento de los visitantes, recorriendo cada uno de los rincones, encontrándose cada vez,  pero, sobre todo, faltan los cuadros, con colores menos vivos que los del catálogo, pero más reales y cercanos, tanto que, en la exposición, estuve a punto de tocar el Modigliani con las manos y me tuve que contener para no hacerlo.

 (25 de abril de 2004. Escritos propios. Catalina León Benítez) 

 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Nicolás Barreau: un rato de felicidad

He leído dos libros escritos por Nicolás Barreau: La sonrisa de las mujeres y Te encontraré en el fin del mundo. Son libros cortos, sencillos, directos. También amables, optimistas, alegres. Hablan de personas, de emociones y sentimientos, de restaurantes y cafés, comidas, colores, arte, vestidos. Están sabiamente traducidos, conservando expresiones en francés que le dan un toque trés chic. Me gustan. Llevan en la portada una especie de pegatina roja con la leyenda: Este libro te hará feliz o algo similar. Es de agradecer que el autor, un chico joven y guapo como se ve en la contraportada, se ocupe de escribir cosas tan agradables que da gusto sumergirse y que nos hacen olvidar la tristeza. He leído que una condición de la felicidad, tan efímera, es entregarse a algo que nos haga olvidarnos del mundo. Si esto es verdad, entonces los libros de Nicolás Barreau son un verdadero pasaporte a la felicidad. Lo de menos son, en este caso, las historias que cuenta. Lo mejor son sus personajes, ansiosos por encontrar algo más, y también sus ambientes, que te trasladan a esos pequeños lugares en los que te gustaría estar con la persona amada. Si la literatura tiene una función medicinal, estos libros son un tónico para tanto malestar como acumulamos dentro. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Carlos Cano: qué es lo que será que alumbra...

Hace ya doce años que se fue Carlos Cano. Una vez lo ví por la calle, sentado en un café cercano a los Jardines de Murillo. En otras ocasiones lo escuché cantar en directo: en el teatro Lope de Vega de Sevilla, acompañado de un coro de carnaval en el que estaban mi amigo Angelito y Alfonso Gil; en la plaza de la catedral de Cádiz, una noche de verano; en el teatro José María Pemán del parque Genovés de Cádiz, donde cantó sin micrófono porque se fue el sonido...
Compré muchísimos discos suyos, todos en vinilo, sumamente cuidados y con unas carpetas impecables y todas sus letras...Oí en la radio, en directo, su pregón del carnaval de Cádiz en 1988, al alimón con Antonio Burgos. Fue un pregón estupendo en el que música y palabra encontraron su sitio exacto, de la misma forma en que se equilibran en la gran fiesta de la ciudad, cuando las calles se llenan de disfraces y retrocede en el tiempo hasta los años de su mayor esplendor.
Carlos Cano hizo de la copla andaluza un género nuevo, respetado, moderno. En mi casa se han cantado esas coplas desde siempre y yo me aficioné a ellas y llegué a conocerlas a fondo, a pesar de que tenía que lidiar con la incomprensión de mis amigos que no entendían cómo me podía gustar ese tipo de música. Carlos Cano rescató muchas coplas, algunas muy conocidas y otras escondidas en las voces del pasado. A todas ellas les puso su peculiar acento, su personal forma de interpretarlas. Parecían distintas en su voz, parecían recién escritas y, a la vez, añejas. En ocasiones hay quien no distingue lo nuevo de lo viejo, lo que él escribió y lo que rescató. De esa manera su obra adquiere un tono de unidad, unas características comunes a pesar de corresponder a orígenes tan diversos.
Y luego están sus reivindicaciones, esas canciones emblemáticas que se cantaban por aquellos que, durante algunos años, creyeron en el sueño de Andalucía. Pero eso es solamente una parte de su legado musical porque, en realidad, su creencia en Andalucía era más cultural y artística que política. Seguramente la política acabó decepcionándolo, pero, en cambio, la cultura, la música, la lírica, la palabra cierta, las emociones, formaron parte de su equipaje hasta el final. Como poeta, como escritor de coplas, alcanzó raras cimas, verdaderas obras maestras de la ternura, ese sentimiento que él tanto reivindicaba. Partiendo de una estética popular impregnada de la vocación de lucha de aquellos años primeros, supo estilizar su arte, desnudarlo de artificios y hacerlo rodar por la difícil pendiente de la música que apunta directamente al corazón.
Su vida no fue larga. Terminó antes de tiempo. O quizá su tiempo tenía esa medida, esos años debían ser y no otros. El silencio de la oficialidad que le persiguió en vida sigue opacando sus logros. Quiénes de él se apropian como si fuera una bandera ocultan su mejor voz, la cristalina, sobria, especial voz que nos llega con música y con letra como si fuera un transparente surtidor de agua, agua de los surcos de piedra de la Alhambra, agua del malecón de La Habana, agua del río de Sevilla,  agua, salada claridad del mar de Cádiz.

martes, 25 de diciembre de 2012

Un ángel en la niebla

Dedicatoria: A ti, mamá, que ya no sabes que hoy es Navidad.

         La plaza amaneció cubierta de niebla. Esa niebla era la misma que acompañaba todas las fechas, todos los años. Así, las casas se abrían y, como fantasmas, iban apareciendo en los portales niños y niñas vestidos de hadas, de pastores, de reyes magos, de animalitos, de flores…No era el desfile de carnaval que todos esperaban con impaciencia, sino la mañana que iniciaba la dulce espera de los regalos, el día que marcaba el comienzo de las vacaciones de navidad.

         Todos los años igual. Los niños esperaban el milagro del sol que diera brillo a sus ropajes. Allí, una niña lleva una corona de reina y un vestido blanco, largo y azulado. En el otro rincón, aparece un pastor y, en el lado de más allá, San José desfila con su barba medio caída del trajín. Ella, la Virgen María, tiene los ojos muy abiertos y está cansada, no en vano debe fotografiarse, obligatoriamente, con todos los niños de la escuela. Ese será el recuerdo del día y adornará el aparador de las casas hasta la primavera.


         La plaza está blanca de gotitas de agua que no acaban de cuajar. No existe nieve. No es una plaza nevada de película, ni trepan por las ventanas los Santa Claus vigorosos, ni los trineos surcan el cielo, ni hay elfos. Es una plaza pequeña de un pequeño pueblo. La plaza de la pequeña escuela de los niños que llevan la letra G, la letra de los que no saben demasiado y tardan en aprender los números.

   Los maestros y los niños han colocado un portal en una esquina. Es un recodo del camino entre las aulas, un hueco pequeñito pero suficiente. El papel azul semeja un cielo de verano y las estrellas son incongruentes manchas plateadas en medio del día. También están las montañas, los ríos, un lago y el puente. Junto al río, las lavanderas estrujan con manos tibias la ropa inexistente y, muy cerca, los pastores se mezclan con toda clase de animales, todos los que los niños han traído sin pensar en raza, tamaño o color. Es un parque temático de Belén de Judea.




         Las aulas resplandecen. Allí se cantan, al caer la tarde, villancicos y campanilleros. Se tocan las panderetas de plástico, con cintas alegres de colores en sus anillas y se cimbrean zambombas y chinchines. La clase es un coro de niños que no irán nunca a la ópera, ni al concierto de Año Nuevo en Viena. Algunas letras se han inventado. El maestro tiene un especial sentido del humor y convierte a los alumnos en protagonistas del milagro. Así todos sienten que ellos también vivieron la asombrosa peripecia de los magos y que, aunque no saben lo que es el incienso o la mirra (y a pesar de que el oro les cae muy lejos) no está de más saberse aventureros, cruzar tierras y mares para llegar, al fin, al sitio donde el amor florece: un niño sin ropa, con los ojos abiertos.

         Y así las horas pasan sin que nadie repare en que quizá, años después, la inocencia derramada de ese día sea sólo un recuerdo. Pues el paso del tiempo llenará de pequeños y dolorosos cristales el transcurrir del día y asomará en la noche su cara más triste, cuando, ya mayores, esos niños recuerden los rostros de quiénes se fueron, de quiénes no cantarán ya villancicos, de quiénes colocaron, a escondidas y en silencio, una muñeca de trapo y un caballo de cartón junto a sus camas.

  (Escritos propios: Catalina León Benítez)

lunes, 24 de diciembre de 2012

La noche de Nochebuena

Después de la cena, todos los vecinos han salido a la calle, o casi todos. En casa de Manolita están abiertas las puertas, se han retirado los muebles del pequeño salón y alguien toca la pandereta sin descanso. Cante, cante y cante. Cante flamenco, villancicos, alegrías de Cádiz, trabalenguas... Todo el que pasa por la calle echa un vistazo, qué ambiente, vaya animación... Mi padre se disfraza con una bata vieja, se pone en la cabeza un pañuelo y se mete en la fiesta después de tomarse una copita de Fino Quinta. Mi madre se ríe, se ríe, con su bendita risa de siempre. Los niños corremos de un lado a otro, los adolescentes ya tienen vergüenza porque ese chico o chica que les gusta también da una vuelta por allí. Toda la calle hierve, la casa de Manolita, tan pequeña, es el centro de la calle, el centro de la fiesta. Es Nochebuena, ha nacido el Niño y en el cielo se alquilan balcones. Ese cielo en el que están ahora Manolita y mi padre. Y esa risa de mi madre que vuela en el olvido.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Poesía en tres palabras

Agua, tierra, fuego
 
Agua
 
Qué dulce te recuerdo en las sombras del agua
Mi mano temblorosa prisionera en tu cielo
Llueven gotas de besos prendidos en el aire
Relámpagos nocturnos de presencia lejana.
 
Qué mirada la tuya asomada a mis ojos
Qué dulzura final escondida en tu beso
Me retorna a los labios el sabor de tu boca
Se estremece mi cuerpo de encendida nostalgia
 
Qué tristeza perderte al final de la tarde
Alejarme sin vida del hueco de tu cuerpo
Me duermo en tu recuerdo cada noche que vivo
Y despierto pensando en sentirte hasta el fondo.
 
Tierra
 
Quiero romperme en ti como una llama
Descansar en tus manos mi escondido cansancio
Desenterrar mi cuerpo de las sombras
Vivir la primavera entre tus labios.
  
No me basta con ser
Quiero sentirme dentro.
Abrirme entre tu boca
Desatar de mis ojos la niebla que me cubre.
 
 Quiero volar al ritmo de tu paso
Escribirte conmigo en las estrellas.
Se me marcha la vida con tu ausencia
En todo se refleja tu mirada.
 
 Vencida en una lucha sin final, ni testigos,
Todo se me derrama en un caudal de llantos.
 
Quiero romperme en ti como la brisa
Anidar en tus ojos por completo.
Quiero sentirme cerca y en lo hondo
Vestida con el fuego de tus manos
 
Fuego
 
Mis ojos están muertos. Te esperaban
Y se han quedado solos con el miedo
Con el temblor de sentirte lejano
Vacíos ya de miradas y sueños.
 
Mis ojos se estremecen, sienten escalofríos
Espejos de agua negra los cubren por entero
Se ha borrado de ellos el fuego de la aurora
Los llenan soledades de perdida ternura.
 
Mis ojos se terminan, se ahogan en el silencio
Elevan la pupila al odio más oculto
Un ardor de pasiones los consume sin fuerzas
Acabada la noche que no quiso traerte.
 
Mis ojos no son ojos, son dos flores desnudas,
Dos vientos sin destino, dos lunas sin destellos.
Mis ojos, caudal enamorado
De mi cuerpo desierto.
 
(Poemas: Catalina León Benítez)
 


sábado, 22 de diciembre de 2012

Reinventando el flamenco


            Al final de la Guerra Civil, cuando se intenta normalizar la vida en España, Manolo Caracol había dicho: “en la estampa escenificada está el camino”. Ese camino alejaría al flamenco de las malas condiciones en que estaba cuando el artista tenía que subsistir a base de asistir a fiestas que duraban hasta las tantas y por las que te pagaban una miseria…o, a veces, ni eso. Mitificaron las fiestas quiénes no sabían lo que era quedarse dormido con el hombro apoyado en una mesa de madera pegajosa de vino. Los que no sabían que el cantaor o el guitarrista pasaban días y días metidos en el cuarto sin ver a sus hijos.  También había quién tenía “síndrome de Estocolmo” y hablaba de “señoritos buenos y señoritos malos”. Decidido: Manolo Caracol (no sólo él, pero sobre todo, él), tuvo claro que el teatro, el auditorio, la plaza de toros, la plaza del pueblo, tenía que seguir acogiendo al flamenco tras el paréntesis de la guerra, y aún más: que el flamenco podía tener argumento, que en el escenario podía haber una orquesta, un piano, unos bailarines y que la copla sería el complemento perfecto a la hora de llevarlo a los grandes públicos.
             En los años 40 el gusto del público estaba orientado al flamenco, la copla y la zarzuela. Precisamente, en estos años se escriben algunas zarzuelas nuevas y, desde luego, el flamenco y la copla estaban en su apogeo si entendemos por ello arrastrar a las masas. Pero, en los años 50, el panorama comenzó a cambiar. La música extranjera inició una lenta pero decidida entrada en nuestra vida cultural. La “apertura” que caracteriza a la dictadura franquista en estos años, no pudo dejarse de notar en los aspectos del ocio, el arte y la cultura. Así, los primeros que llegan, como no podía ser de otra forma, son los aires hispanoamericanos, las salsas, boleros y rancheras. Ahí están los nombres míticos de Jorge Negrete o de Antonio Machín.

            Más tarde, en esos mismos años 50, es la música italiana la que hará acto de presencia, a través de la radio, gran difusora de ecos musicales entonces (y ahora) y de la incipiente televisión en blanco y negro. El Festival de San Remo inspiró otros eventos del mismo corte, entre ellos, el Festival de Benidorm que, durante años, fue un acontecimiento musical de primer orden, en línea con el desarrollo urbanístico y turístico del Levante español.  Estamos en el boom de la música moderna, la que, desde entonces, atrae a los jóvenes, que se alejan de la copla, el flamenco y la zarzuela, también de los boleros y rancheras, para decantarse, definitivamente, por la misma oleada musical que el resto de los jóvenes europeos y americanos.
 Cuando llegan los 60 el ambiente está abonado para incorporarnos plenamente a las corrientes musicales europeas. La música anglosajona tomará el relevo a la italiana, y será la más efervescente y atractiva para una gran cantidad de público, joven sobre todo, pero no únicamente, que bailará, se enamorará y se declarará a su son. Llega el rock-and-roll.  En 1962 se producen tres eventos casi simultáneos que nos harán una clarísima radiografía de la situación: Antonio Mairena recibirá en Córdoba la III Llave de Oro del Cante; Manolo Caracol, que ha vuelto de su gira americana, comenzará a actuar en un Tablao de Madrid; en el Circo Price, escenario habitual en los años anteriores de espectáculos de copla y flamenco, tendrá lugar el primer Festival de Música Moderna de los que se celebrarán en España. Sintomático, clarificador, aclaratorio de la situación que se vivirá a partir de ahora.

Los Beatles están al fondo de todo, luego serán Los Rollings Stones. En nuestro país, la juventud vibra con el Dúo Dinámico, Los Pekenikes, Los Estudiantes, Micky y los Tonys, Los Sonor, Los Brincos, Los Bravos, Los Sírex, Los Mustang, Los Milos, Los Catinos, Los Canarios y Los Relámpagos, todos ellos constituyendo la primera avanzadilla de lo que será un fenómeno imparable: el triunfo de la música moderna, en detrimento de otras músicas. La música de masas ya no será, nunca más, el flamenco. Hay que aceptar las circunstancias y, en un afán  de supervivencia y de adaptación a los tiempos, florecerán los tablaos, no como lugares para turistas sino como templos del flamenco. Ahí estarán El Corral de la Morería (el más antiguo, de 1956, dos años antes del fenómeno “Dinámico” que es de 1958), Torres Bermejas (que será el que acoja a Caracol en 1962), La Gran Taberna Gitana, Zambra, El Duende, Los Canasteros o Caripén. 
 El fenómeno de las Peñas Flamencas y de los Festivales, está íntimamente asociado con toda esta revolución de gustos, costumbres y favor del público. Será un flamenco de interior, un flamenco de “sólo flamenco”, un cantaor sentado en una silla y un guitarrista acompañante. Un público minoritario y de entendidos, unos códigos por descifrar y la flamencología como elemento sustancial de interpretación de esos códigos.

 Mairena representa esta nueva estética, a pesar de que, por su edad y trayectoria, provenía de épocas anteriores (entre otros formatos, de los “ballets flamencos” en los que primeras figuras habían bailado con su cante). ¿Por qué resultó ser Mairena, un representante de la vieja escuela, el que señala otro camino a la estética, y, digámoslo también, a la ética flamenca? ¿Qué elementos tuvieron que concitarse para ello? Como en tantas otras cuestiones tienen que confluir la casualidad y la oportunidad. La figura máxima de este nuevo flamenco no tendría que ser un ídolo de masas, pues su público sería, a la vez, especializado y selecto. Poca cantidad, mucho pedigrí. La fórmula elegida fue una especia de vuelta a los orígenes, pero a unos orígenes muy escogidos.
       
              Flamenco sin aditamentos. Protagonismo del cante. Auge de la guitarra de acompañamiento, que origina el desarrollo del instrumento y su florecimiento como máximo representante de la música flamenca. ¿Cuánto hubo de voluntario en elegir este camino? ¿Cuánto supuso una imposición de los nuevos tiempos? Mairena, y quiénes con él promulgaron el nuevo flamenco, tuvieron el acierto de entender que los tiempos estaban cambiando y que la supervivencia del flamenco bien podía estar en un repliegue de las formas, en una estilización del fenómeno, en una simplificación en la estética y en el formato. Despojado de todo aditamento, quedó el cante. El cante que preconiza Mairena, incluso el presentado por él con sus cualidades cantoras extraordinarias, está por encima del artista que lo presente, se superpone al artista y se convierte en protagonista absoluto. Escasean las atribuciones personales y, cuando se usan, suponen una forma de asentar la autoridad de tal o cual artista del pasado, normalmente, desconocido.
Mairena entendió que las cosas debían cambiar y, por ello, ofreció una alternativa que hizo fortuna. Su búsqueda del cante en sí mismo era una airosa salida para competir con la música que venía de fuera, con la música moderna y anglosajona, en una competencia original: el flamenco se marchó a otros escenarios y dejó libre el camino para los otros. Lo hizo para sobrevivir. Y el empeño tuvo éxito. Gran parte de este éxito, que ha permitido que el flamenco haya sido capaz de continuar floreciendo y evolucionando, se lo debemos a Mairena, estoy segura. ¿Cómo saber hasta qué punto era consciente de lo que significaba su postura en esos momentos? Difícil, aunque la lectura de las entrevistas y opiniones que dejó escritas puede resultar clarificadora. Por ello es de suponer que Mairena había entendido que la pervivencia del flamenco estaba en un flamenco centrado en sí mismo, en una estética de lo esencial y en una ética de lo puro.

Caracol trazó un camino a principios de los años 40 y Mairena hizo lo propio veinte años después. Los dos son de la misma generación cronológica, pero tuvieron que jugar un papel distinto en la historia de la música. Ambos lo hicieron con dignidad y con valentía. Eficazmente, además. Y demostraron que el flamenco, como música que es, no podía resultar ajeno al devenir cultural de España, ni siquiera a su historia ni a su desarrollo vital.

(Escritos flamencos: Catalina León Benítez)
               

viernes, 21 de diciembre de 2012

Un ramito de ternura

La niña no quería dormirse. Luchaba una vez y otra contra el sueño. El sueño era silencioso y oscuro así que la niña prefería la claridad del día, las horas tiernas de la siesta, las mañanas resplandecientes, los ratos de sol y de charla…La niña esperaba la noche para no dormirse. Entonces inventaba una retahíla de canciones, de dichos y refranes, de oraciones antiguas aprendidas junto a la lumbre. La niña recitaba sus oraciones y hacía sus preguntas en medio de la oscuridad, cuando todos los ojos estaban cerrados, todas las puertas entornadas, todos los cuerpos cansados y dispuestos a aguardar la llegada de otro día.

 Entonces ella comenzaba su hilera de palabras repetidas:

 …buenas noches…

…hasta mañana si Dios…quiere

…que sueñes con los…angelitos

…ya estoy dormida

…y ya no hablo más

 Así, un día y otro, una noche y la siguiente, de manera que se abría el telón cuando los cuerpos iban a quedarse aletargados, esperando el nuevo día. La niña así, comenzaba su función interminable. Durante años, todos los habitantes de la casa oyeron sus preguntas, su oración y su final, siempre el mismo, aunque no llegara a cumplirse:
 
---y ya no hablo más

 A veces, en las horas de los juegos, la niña practicaba con las palabras. Esa dificultad para pronunciar la erre se convirtió en un juego. Las palabras se amontonaban y formaban canciones, cuentos, historias… en las que la erre era un estorbo, un salto en el vacío que había que superar. La erre llegó con el tiempo y la insistencia de la niña tuvo éxito. Tanta cabezonería no podía presagiar nada malo.

 La niña tenía una larga melena, dorada con el sol y más oscura cuando la lluvia acechaba los campos. Paseaba la melena por entre el jardín, en la huerta, entre la hierba y cerca de las verjas. Una melena ondulante que se transformaba y se anudaba en trenzas, en coletas, en lazos, en mil y una formas diferentes que la niña movía sin descanso, convirtiendo en un juego más esa forma de movimiento, en consonancia con los juegos, las risas y la charla de la niña: palabras, siempre las palabras, palabras en todas las cosas y momentos.

 
(Escritos propios: Catalina León Benítez)
 
 

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Calle Carraca

Si hubieras conocido mi calle de la infancia y la vieras ahora, no la reconocerías. Entonces tenía un pavimento de piedras planas, que obligaba a los coches a circular despacio y a los ciclistas a tener mucho cuidado para no saltar en el sillín. Era una calle ancha y muy larga, al menos así la veía yo. Tenía siempre el sol en lo alto y, desde las azoteas, se divisaban las salinas, las huertas. Pero no se veía el mar, que anduvo muchos años secuestrado, escondido, a pesar de ser una isla. Sin playas, sin paseos marítimos, sin el horizonte azul, sobrevivimos muchos años viendo únicamente el mar a uno y otro lado del istmo.  Mi calle, de las más populares de un pueblo con aires de ciudad bastante elitista, iba desde la plazoleta de las Vacas a la carretera que conducía, por un lado, a la estación del tren; por otro lado, a la Bazán y a Carlos III y, siguiendo a la derecha, a la salida del pueblo, a la Venta de Vargas, hacia el Puente Zuazo, al cruce de Tres Caminos desde el que se va a Chiclana o a Puerto Real.
La calle de entonces estaba llena de casas bajas, muchas de ellas en alquiler. Había algunos negocios: la tintorería Los Mil Colores, dos o tres tiendas de ultramarinos, un secadero de pieles, un par de güichis...La parte izquierda de la calle, entrando desde la carretera de la Estación, colindaba con otras edificaciones que formaban parte de la calle paralela, pero la parte derecha era un paraíso, en ella había muchas huertas y...un cine de verano. Sí, en la parte trasera de mi casa, tras la huerta pertinente, se elevaba la pantalla del cine y eso era motivo para pasar todas las noches de verano en la azotea, pertrechados con rebecas y mantas, bocadillos y  refrescos, viendo las películas, las dos, que ponían cada día. Es verdad que, en muchas ocasiones, acudíamos al cine, pero, cuando eso no ocurría, allí estaba servida en bandeja la gran pantalla del cine que llevaba el nombre de mi calle. Ya no existe. Como otros cines de verano, desapareció hace tiempo.
La calle estaba habitada por personajes curiosos, interesantes, imposibles de describir de un plumazo. En ella ocurrían los mayores dramas, se vivían adulterios, celos, engaños, nacimientos y muertes, hallazgos, cotilleos diversos y momentos imborrables de la vida de cada cual. Las mañanas contemplaban la fila de los niños que nos dirigíamos a la escuela, y, antes de eso, el reguero de adultos, hombres todos, dirigiéndose a su trabajo, los más, a pie; algunos, en bicicleta; muy pocos (mi padre, entre ellos), en coche.
Era una calle muy alegre. Por ella transitaban las mulillas cuando había toros en la plaza. También las comparsas del carnaval o los misioneros, una vez que vinieron a catequizarnos, sin saber que estábamos convertidos desde siempre. También se venían parejas que iban de paseo, chavales jóvenes que rondaban a las chicas, muchachas que acudían a la peluquería de María José o simplemente a echar un rato de conversación. Era una calle cálida, donde todo interesaba y, como diría Jane Austen, ningún acontecimiento era lo suficientemente anodino como para no dedicarle, al menos, una mañana entera de charla y disquisición.
Las puertas de las casas estaban siempre abiertas y las vecinas se colaban en unas y otras. También los niños, aunque éramos invisibles, pues los mayores iban a su aire y, afortunadamente, nos dejaban vivir sin molestarnos demasiado y sin pretender ocuparnos en actividades que no nos interesaban. Nosotros mismos buscábamos la forma de disfrutar, con la menor interferencia de los adultos posible.
Mi calle, maravilloso espacio de libertad que hoy ya no reconozco. Las pocas veces que he vuelto me he sentido desolada ante su presencia actual. Nuevos pisos, casas restauradas que han perdido ese encanto de la casita de pueblo. Mi propia casa es ahora la sede de una cofradía de Semana Santa. Nada es lo que era y muchos de sus habitantes se han marchado o han muerto. Lo peor de todo ese que es una calle sin salida. Al fondo, en la carretera que daba a la Estación, se levanta un muro de color verde que, supuestamente, sirve para que no llegue allí el ruido de la circunvalación que se levanta en esa zona y que ha dividido a la ciudad por allí en dos partes separadas e incomunicadas.
La moda del tranvía y la peatonalización ha quitado su encanto a la calle de paso tradicional y ha lanzado el tráfico hacia afuera, sacrificando mi calle y las que quedan al otro lado del indecente muro verde.
Lo diría cualquier fandango: Mi calle ya no es mi calle, que es una calle cualquiera, camino de cualquier parte...
 
 
(Escritos propios: Catalina León Benítez)


lunes, 17 de diciembre de 2012

Baeza


Todos los perros ladran al anochecer

Así que eso era todo: decir adiós sin más, sin otra explicación que el cansancio del tiempo. Nada de aquella chica rubia, nada de aquellos ojos verdes, nada de mi mirada triste, nada de mi cansancio, nada de mí...No tuviste piedad y tuve que marcharme, oírte era un imposible sufrimiento. Dejar atrás el mar, dejar la infancia, dejar la casa, dejar el corazón, dejarlo todo…

Ahora sé que mi cura no vino únicamente por las voces amigas o por la edad (tan sólo veinte años). Fue la quietud del campo, las luces de neón abandonadas, el suelo, tenso y tibio, el calor, las noches bañadas por un silencio fijo. Baeza me recibió como si yo misma fuera Machado, como si hubiera perdido a Leonor, como si tuviera que marcharme al exilio, como si mi madre preguntara entrando en la ciudad: "¿Llegaremos pronto a Sevilla?". Baeza abrió los brazos y entendió que llorara una semana entera, los siete días primeros de mi estancia, porque el amor se iba y yo no lo entendía.
Luego, vino la música, la música se expande en la ciudad sin que nadie detenga su sonido. Sale de la gran plaza, se adentra en Jabalquinto, sube a los miradores, vigila las iglesias...La música en Baeza se oye con otro ritmo, con otra circunstancia, tiene una partitura que nadie ha conocido. Pero nunca está sola, se mezcla con palabras. Palabras de poeta, lo recuerdo, en los muros anclados en el tiempo perdido de aquellas aulas que pisó Machado. Palabras de poeta, Luis García Montero y otros cuántos, místicos, vividores, nuevos realizadores de los sueños. Escribo sentimientos, conozco sentimientos, espero sentimientos…

Baeza lo entendió, supo que era el momento, supo que yo tenía que dejarte perdido en una de sus calles y regresar, al fin, limpia de tu recuerdo, únicamente dueña de mí misma, para ya nunca más sufrir de amores, sino gozar de amores, ni una mentira más. Baeza, el mes de Agosto, el corazón partido y calles viejas. Deambular silencioso, soledad, una búsqueda que nunca terminó y que empezó al perderte. Baeza, la ciudad de los perros, sinfonía de ladridos en el anochecer, mientras Machado cruza lento el patio de la casa perdida en una esquina, recordando a Leonor.
 


 
(Escritos propios: Catalina León Benítez)

domingo, 16 de diciembre de 2012

La tintorería

 
En medio de la calle, inopinadamente, se alzaba la tintorería. El paso del tiempo ha borrado de mi mente su imagen. Además, ahora nos cuesta entender su presencia contaminante dentro de una calle habitada. Porque no era una tintorería como las actuales, modernas, eficaces, pulcras, sin olores. No era un establecimiento con grandes máquinas y un cómodo mostrador, no era solamente un lugar para limpiar en seco o para planchar los trajes, de fiesta, de novia, de comunión o de madrina...La tintorería tenía como principal función la de teñir. Se teñían de azul marino las ropas de color estropeadas que había que reutilizar y darle nuevo lustre, se teñían de negro las ropas para el luto, se limpiaban al seco y se planchaban al vapor los trajes de militares y las túnicas para la Semana Santa...

La gran sala interior parecía un laboratorio y estaba llena de barreños y calderas colmadas de tinte, que despedían un olor intenso, fortísimo, que daba dolor de cabeza. En un almacén permanecían colgadas y cubiertas de fundas de plástico transparente todas las prendas que ya estaban terminadas, listas para ser recogidas por los clientes, después de bajarlas por medio de un gancho largo que servía para agarrar las perchas metálicas.

Desde la calle podía observarse el humo que desprendía la tintorería, espeso en ocasiones, molesto pero cotidiano. Junto al edificio, blanco, enorme, dando a una huerta, como todas las casas y construcciones de esa acera, en realidad, estaba la casa del dueño, amplía y bien puesta, con mayores comodidades que la mayoría de las viviendas de la calle. Allí vivía el dueño, viudo desde hacía años, con una hermana soltera, solterona decíamos, y con su hija, huérfana de madre desde chica, mimada, caprichosa, súper protegida, diferente a todas nosotras, las niñas de la calle.
 

La niña se llamaba Bienvenida, que es un nombre harto complicado para una niña que, seguramente, hubiera preferido llamarse Vicky o Maricarmen. La llamábamos Bienve, más exactamente, la Bienve.
Como eran gente de dinero, aunque en realidad vivían únicamente del negocio de la tintorería, la niña iba a un colegio de monjas y llevaba uniforme de pago. Sus juguetes estaban a la última moda y nadie más  en la calle los solía tener. Pero había algo que Bienve no podía adquirir con dinero y ese algo eran niños para jugar. No tenía hermanos y su tía andaba todo el tiempo invitando a las niñas de la calle para que jugaran con su sobrina y para que le hicieran compañía. El anzuelo eran esos súper juguetes que otros niños no tenían. Pero las cosas no salían demasiado bien, porque no eran relaciones de igual a igual, sino de cierto desequilibrio, el que se produce cuando hay tanta diferencia de crianza, de hábitos y de costumbres.

Las niñas de la calle no veían rentable ir a jugar a casa de la Bienve. Preferíamos el aire libre, la libertad de la calle, sin la vigilancia de esa tía que pensaba que era posible comprar los afectos o la compañía. Seguramente hubo niñas que acudieron allí a jugar con el reclamo de los juguetes de moda, pero nosotras, mis hermanas y yo, no necesitábamos nada fuera de nuestro mundo, de nuestra casa cuajada de niños y de juegos de imaginación: el juego de las películas, el de los nombres, el trincarro o el elástico. Y, buena era mi madre para dejar que, a la salida de los juegos en casa de la Bienve su tía nos registrara, como hacía con las niñas que recalaban allí para jugar. Estaría bueno...

Un día cualquiera la tintorería desapareció. Murió su dueño y la Bienve y su tía se marcharon a otra ciudad. No he vuelto a saber de ella. En el sitio en el que se asentaba la tintorería se construyeron pisos, una gran mole de pisos verdosos bastante feos, que ocultaban toda la vista de las huertas. Curiosamente, los pisos recibieron popularmente el nombre de la tintorería y todavía se conocen así: Los Mil Colores.



(Escritos propios: Catalina León Benítez)

sábado, 15 de diciembre de 2012

Valborg


Se llamaba Valborg y la encontraba, irremediablemente, cada día laborable de la semana, de seis a siete. De todas las amigas, una pandilla de chicas rubias, hermosas, educadas, sólo la recuerdo a ella; sólo recuerdo su nombre, su presencia nunca vista. El descuido de su traje y de sus manos sucias me atraía mucho más que cualquier virtud del resto de sus compañeras. Ese extraño mechón de pelo a medio peinar, sus feos zapatos desabotonados, el rabillo del ojo insistente y provocador… y su casa, su destartalada casa, llena de hermanos, de una madre displicente que preparaba el desayuno con un libro en las manos, de un padre siempre sumergido en la contemplación de las miles de posibilidades de enriquecimiento rápido que proporcionarían sus últimos e infalibles inventos.

 

            Todo lo que era y sentía Valborg me producía ternura y llegué a quererla a pesar de que nunca ví su rostro, de que sólo la imaginé en sueños, a pesar de que era un ejemplo de lo que no debíamos ser. Sin embargo, aún hoy, después de tantos años, su nombre vuelve a mí como si no se hubiera marchado nunca. En realidad, ella sigue ahí, donde la encontré, soy yo la que no he vuelto a acercarme a su lado. Y la imagino ahora como entonces y me imagino a mí, sentada delante de la Olivetti, inclinada sobre el libro de pastas rojas y hojas grisáceas, ásperas, con unos dibujitos muy raros, hechos a lápiz con trazos pequeños y mal acabados.

 
            A menudo, ese ensimismamiento, esa complicidad con ella, lo interrumpía Don Manuel, que llegaba de improviso y me tiraba de las orejas. Tenía que dejar de leer y aprovechar el tiempo, ponerme a escribir a máquina cosas que no entendía y que me daban risa: “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera…”, una y otra vez, sin faltas ni errores, sin pulsar demasiado fuerte, para que no se notaran por detrás del papel los puntos, para que quedara perfecto.

            ¡Y como traspasar al papel toda la imperfección de Valborg, su permanente metedura de pata, su extrañísimo punto de vista sobre las cosas ¡

             Ella no podía ser trasladada de lugar, no podía salirse del libro para habitar ese corto y perecedero universo del papel Galgo, el del perrito. Ese era el libro que yo quería leer y cuando lo hube leído mil veces, volvía sin remedio a las páginas donde Valborg aparecía en toda su plenitud, con el labio superior manchado de chocolate y un calcetín de cada color. Yo quería ser Valborg y eso era imposible.
 
(Escritos propios: Valborg de Catalina León)