miércoles, 30 de junio de 2010

Ese horizonte tan azul



A partir de hoy, 30 de junio, este blog se toma un descanso. Sus lectores están ya de vacaciones y es momento de que recarguemos las pilas para el próximo septiembre. Si algún día aparece algo nuevo en el blog, será porque la necesidad de contar cosas es más fuerte que el descanso. Así que, como los niños y las mujeres de Sorolla, vamos a mirar al horizonte más azul, el que nos ha acompañado desde siempre y a pensar en toda esa gente que nos quiere y nos entiende. Vamos a olvidarnos de lo malo y a buscar, en las horas largas y lentas del verano, el bálsamo perfecto para que ese tiempo se quede en nuestra retina cuando llegue el otoño. Días de playa, de sol, de paseos y de charlas. Días de terraza y caminatas. Días de visitas, de familias y amigos. Días de música. Apodaca, Real, Ancha, Carraca, nombres de calles y plazas. Sonidos antiguos. Gente con nombre y apellido que siempre sonríe cuando nos ve. Vecinos y caras del pasado que tienen todos algo que decir y preguntar. Noches de cena junto a los esteros. La risa de los niños. Mi ahijado, David. Jugar a los personajes, comentar películas, atiborrarse de palomitas en el cine. Recorrer tiendas. Escribir. Ir a casa de Manolita. Esperar a Lale, que viene de visita. Acudir a una fiesta en casa de Mari. Charlar en la piscina. Impaciente soledad de los libros abiertos que queremos acabar en un suspiro. Libros por todas partes, en la maleta, en la cómoda, en la mesilla, libros en la cocina. Escribir. Veros. Estar con vosotros con todo el tiempo por delante.

martes, 29 de junio de 2010

Escribo mi soledad

A la memoria de Luis Caballero

Cuando Lorca despidió a Sánchez Mejías con esa elegía insuperable (tardará mucho tiempo en nacer/ si es que nace/ un andaluz tan claro/ tan rico de aventura), nos dejó escritas las palabras que mejor pueden expresar el sentimiento de pérdida por la gente irrepetible, la gente que no solamente vive una vida para sí mismo, sino que irradia a los demás tantas cosas que su misma existencia nos da calor. Por eso ahora no tengo que inventarme versos, pues ya están escritos, pues ya se escribieron, para Ignacio, para ti, Luis.

No nos lo habían dicho, pero la soledad era esto. Ver cómo se marchan todos aquellos que te han conocido de niño, ver cómo cambian y desaparecen los paisajes que viviste, en los que jugaste y sentiste. No te haces mayor, te quedas solo. La soledad es la ausencia, el vacío, el frío hueco que dejan las presencias que nos alumbraron. Ver cómo te conviertes en huérfano. La orfandad es la soledad más grande de todas. Y saber que tus maestros ya no están. Esas personas que conoces a lo largo de la vida, y cuya luz te ilumina más que nada. Eso era Luis Caballero para mí. Además de un amigo, mucho más que un amigo: un maestro, en el sentido antiguo , en el sentido de los que, con su palabra y su pensamiento, han contribuido a moldear lo que eres. Los que habéis conocido a Luis Caballero sabéis cuánto era su caudal flamenco. Y cuánta su lealtad: hizo más por el mairenismo que todos los mairenistas juntos. Pero no es ese magisterio el que más le agradezco, sino ése otro, el de la vida. Porque Luis Caballero no era un profesional del cante, ni un profesional de la escritura: su profesión era la vida. Vida intensa, plena, completa, hasta casi (y este casi es la triste niebla de la desmemoria que a todos nos acecha) el final.

En noventa y un años puede pasar de todo, y a él le pasó lo peor y también lo mejor. Luis era uno de los escasos supervivientes de ese tiempo que España no quería haber presenciado, que los españoles no querríamos haber vivido, pero que, sin embargo, no podemos olvidar. Nos cuesta tanto olvidar. Era también la prueba de que es posible vivir sin resentimiento, sin ajustes de cuentas, sin resquemores. Vivía en plenitud desde siempre, incluso cuando no tenía libertad. Y nos enseñó que el hombre puede estar bajo un yugo, puede ser pobre y miserable, pero que no puede dejarse arrebatar la dignidad.

Aprendí de él muchas cosas. Tardes enteras de charlas, conversaciones telefónicas interminables, cartas… Aprendí, por ejemplo, el valor del saber, de la instrucción. Porque él, que no había tenido la educación que su inteligencia y su afán se hubieran merecido, tuvo que construirse su pensamiento a golpe de palabra, a golpe de intuición, y, por eso mismo, siempre admiró lo que la cultura ofrece al hombre: la única patria que no tiene fronteras. Era un autodidacta que amaba a los maestros que nunca había tenido. Por eso, aunque su conversación estaba siempre salpicada de anécdotas, de miles de historias que le habían sucedido a él o a otros (esos “otros“ de su particular galería de personajes, muchos de ellos gaditanos, porque amaba a Cádiz con pasión entrañable), su naturaleza reflexiva le obligaba a trascender la anécdota y a llegar hasta el fondo de las cosas. Por eso, sus opiniones no eran tales, sino maravillosas lecciones ocasionales que surgían y se convertían en documentos dignos de atesorar.

Esto es la soledad. Sientes que, detrás del teléfono, al otro lado del papel de cartas, no hay nadie que pueda entender tus palabras. Sientes que no podrán volver a repetirse las horas lentas de la charla y el cante susurrado. Luis fue un lorquiano (cuando nadie lo era) que creía en la fuerza de la sangre y que defendía su pasado sin herir los sentimientos del presente. Había encontrado dos refugios contra el vacío, el dolor, la muerte, el destierro: el cante y la palabra. Ambos, cante y palabra, a veces se fundían y a veces se abrían como un enorme abanico que se desplegara en los momentos más oscuros o en las horas más gloriosas. El cante y la palabra lo salvaron de tanto que él lo agradeció siempre porque era profundamente agradecido. Y además lo despojó del rencor: cuando hablaba de sus tiempos en la cárcel, después de la guerra, nunca recordaba la maldad de sus carceleros, sino la belleza generosa y amable de las muchachas que lanzaban hogazas de pan al patio de la prisión. Por eso…

Escribo que estoy más sola. Y recuerdo una brisa/triste por los olivos.


(ABC de Sevilla, 29 de junio de 2010. Catalina León Benítez)

domingo, 27 de junio de 2010

No estás solo


Palomas

En la plaza queda solamente un charco. Un único charco, redondo, profundo, en el centro de la plaza, rodeado de jardines y de cacharritos para que jueguen los niños. En ese charco están hoy las palomas, cinco o seis, oscuras y leves, formando un corro que se asoma al agua. Las palomas están bebiendo el agua de la lluvia que la plaza conserva porque un error de construcción hace que este charco sobreviva a los cielos secos.
Las palomas no saben que las miro. Andan a su aire, nunca mejor dicho, vuelan, se esconden, se arrastran, se posan… Estas palomas son las mismas que corretean los niños tímidos en los recreos de los colegios. Hay colegios en los que las palomas tienen presencia todo el año y, cuando los niños salen al recreo, siempre hay alguno, un niño tímido y solo, que las corretea, que las persigue, que las espanta jugando. Ese niño juega con las palomas y así no puede decirse que esté del todo solo. Una vez un niño jugaba en el recreo con las palomas, un día tras otro, durante años. Los maestros no habían reparado en que los recreos del niño solamente tenían sentido con esas palomas que trotaban como ponys delante de él.
El niño estaba solo, año tras año, en todos los recreos, de todos los colegios, de todo el mundo. Pero ahí están las palomas, que remedian la soledad y convierten en juego el perseguirlas por el patio. Aunque los maestros, que estaban tomando un cafelito, no reparen en eso.
Otro niño le dijo un día, con una sintaxis dudosa, al niño tímido:-tú correteas a las palomas en el recreo ¿verdad?
Y el niño le contestó simplemente (por eso era un niño tímido, porque usaba los monosílabos casi siempre): -Sí.
Así que no apartéis las palomas de los colegios ni de las plazas. Ellas tienen una importante función. Hacen que los niños que juegan solos, que no tienen amigos, los niños tímidos, tengan una, veinte, mil, compañeras de juegos. Las palomas entienden que esos niños no quieren perseguirlas, ni hacerles daño, entienden muy bien que se trata solamente de eso: de un juego nada más.

Ese niño que juega con las palomas puedes ser tú, puede ser tu hijo, podemos ser cualquiera de nosotros. Recuerda cuántas veces has mirado hacia arriba o hacia delante, porque no había nada ni nadie a quién mirar. Recuerda cuántas veces se ha encogido tu corazón al verte solo, al ver que la soledad existe y que te acecha. Piensa en cuántos niños están en los recreos, sentados en una esquina invisible, paseando sin tener con quien hablar; cuántos en las aulas, en una esquina, sin amigos...

Por eso las palomas cumplen su función en los colegios y los niños que las corretean son afortunados. Imaginan que las palomas son todas las cosas y así esos niños serán felices...incluso cuando ninguna persona mayor repare en ellos.

sábado, 26 de junio de 2010

De arte


Se escucha un cante

Gregorio era un niño ambulante, el hijo de unos temporeros que iban de un lado para otro, una especie de gente del circo, pero peor, porque en el circo la gente parece muy contenta, van en grupo y tienen profesores que alternan con los payasos y los trapecistas. Esto era otra cosa. Sus padres eran buena gente y trataban de que Gregorio aprendiera cosas, las más importantes, leer, escribir y las cuentas, para que no le engañaran. Pero era muy difícil. Porque Gregorio acudía a recoger la fresa, a la vendimia, a la recolección del algodón, a la recogida de la aceituna, a la quema del ramón, en fin, Gregorio sabía más de geografía y de cultivos que siete maestros juntos.

Así que, un día de septiembre, Gregorio llegó, con catorce años, al colegio de los pinitos. Y lo metieron en una clase de octavo de EGB, que ya ni existe eso. Ésta era una clase bastante peculiar. Los niños estaban aprendiendo muchas cosas y, entre ellas, estudiaban el flamenco. Aunque pueda parecer algo normal si la escuela estaba en Andalucía, ay, no es así. Porque los niños andaluces no aprendían flamenco en la escuela, ni entonces ni ahora. Solamente algunos maestros y algunas maestras habían decidido que era una pena perderse eso tan bonito, pues los niños tenían derecho a saber de soleares, de fandangos, de tangos y seguiriyas.

En la escuela de Gregorio, el colegio donde se plantaron los pinos, el flamenco era cosa diaria y de andar por casa. Los niños hacían repiqueteo con las manos en cualquier sitio, escuchaban músicas, bailaban en el recreo y también tenían, colocadas en un gran mural de corcho, muchas fotos de artistas, que ellos les enviaban con dedicatorias amables y caligrafía irregular. Qué bonito era tocar las palmas en los intermedios de las clases, cuando los niños se cansaban de sumar y entonces decíamos: a ver, un poquito de compás…esas palmitas...

A Gregorio el flamenco le ha salvado. No tuvo tiempo de sentirse fuera de lugar, de considerarse un fracasado frente a aquellos otros niños, tan brillantes y listos, que sabían tantas cosas… No fue nunca el último de la clase, ni el rezagado, ni el extraño. Porque Gregorio traía consigo una rara cualidad, algo que despertaba la admiración de los otros. Esa cualidad la aprendió de su padre y por eso únicamente Gregorio tuvo ocasión de admirarlo y de dejar de pensar qué mala suerte tengo, siempre de un lado a otro, sin amigos…

Gregorio hace como nadie la salía de los cantes. Le decimos: A ver Gregorio, arráncate por tangos… y Gregorio mete los ayes donde corresponde y entona de maravilla, ante el asombro de todos, hasta de los otros maestros, los que no quieren saber nada de esto y piensan que todo es una locura. A Gregorio las niñas, cuando canta, le ponen carita de admiración y ya no es el chico desgarbado, canijo, con granos y las manos llenas de callos de recoger garbanzos negros en el campo. Es un artista.

Eterna seducción


Como la mayoría de vosotros he leído Ana Karenina muchas veces y siempre, al acabar de leerla, tengo la impresión de que algo se me escapa. Alguien se me escapa. Lo mismo me ocurre cuando leo otros libros, a Edith Warton, a Lawrence, a Clarín, a Jane Austen...

Creo que esta mañana de sábado he entendido qué es aquello que aparece en el fondo del libro, en el mosaico de personajes que lo conforman, y que se escapa de las manos, se evapora su esencia, se convierte en el gran desconocido: es el hombre. Los hombres de cada uno de estos libros, los hombres de "ellas", los causantes de todo, las víctimas quizá, son muy parecidos. Una vez vi una serie de televisión sobre Ana Karenina y allí estaba él, mucho mejor representado que en cualquier adaptación o película. Por desgracia, no recuerdo su nombre, ni quién era. Solamente sé que él sí era el Conde Bronsky, que desencadena la pasión, el torrente que conducirá a Karenina al caos. Es el "teniente francés" de esa película de Meryl Streep; el guardabosques de Connie Chaterley; el señor Birkin de "Orgullo y Prejuicio". Es el cura de La Regenta y el señor Archer de "La Edad de la Inocencia".

Mucho se ha hablado y escrito sobre los personajes de mujer que pueblan nuestros libros, nuestras obras de arte, pero hoy he reparado en la esencia oculta de los personajes masculinos, de los grandes personajes masculinos que se ven conducidos, irremediablemente, por azares del destino o de las propias mujeres, a un precipicio de pasión que solamente termina destruyéndolos. Todos ellos tienen el mismo aire de predestinación, de inocencia, de ajena insistencia en el peligro. Parecen todos deudores de este Conde Bronsky que, en "Ana Karenina", sucumbirá a los inexplicables resultados nefastos de la pasión amorosa. Lo que Nèmirovsky (nuestra Irène) llamaría "el ardor de la sangre". Desconocidos, forman parte de libros que ya son, a su vez, parte de nuestras vidas, y aparecen al fondo, indecisos y sin atreverse a abrir la puerta. Pero su misma presencia ausente desencadena el torrente por el que van conduciéndose las mujeres sin que puedan evitar caer al fondo. Extraña seducción que, desde el principio de los siglos, se escribe con nombres tan diferentes y que termina por ser, cuando aparece en carne y hueso, un oficial de húsares, con ojos soñadores y sonrisa de asombro.

He aquí una galería de libros para leer o releer este verano y para reencontrarse con "el eterno masculino"

viernes, 25 de junio de 2010

Cosas del Far West


El milagro de los pinos

El patio de recreo era enorme, gigantesco. Estaba cercado de una valla de alambre, provisional, que dejaba ver el campo alrededor y las casas que ya empezaban a construirse y que, andando el tiempo, lo rodearían completamente. En el patio no había sombra, el sol caía de plano, únicamente aliviado en la zona del porche, estrecha y alargada. Por eso, los niños decidieron que había que plantar árboles, pues ese barrizal les resultaba poco atractivo para jugar, incluso no eran capaces de recorrerlo entero ni mucho menos llegar hasta el final, a la zona en la que quedaban todavía restos de la obra de construcción, ladrillos rotos y piedras sueltas. Fueron los niños los que dijeron a los maestros que ese patio sin árboles les parecía muy triste y además no les dejaba pasear ni jugar a gusto, pues el sol era muy molesto durante muchos meses del año.

Así que, de acuerdo con algunos maestros, buscaron en un vivero cercano unas bolsitas con pinitos para plantar. Todo se preparó a conciencia. Se buscaron muchas bolsitas que pagaron los padres de su propio bolsillo, pues sus hijos les habían contagiado el entusiasmo. El día dispuesto para la plantación resultó que llovía, porque era uno de esos otoños extraños en que la climatología y la geografía son la misma cosa, así que hubo que aplazarlo, con la consiguiente desilusión de todos y el disgusto del director, que tenía guardados los pinitos en un cuarto al lado de la sala de profesores y oía las quejas de algunos por el sitio que ocupaban las bolsitas. En el segundo intento hubo suerte.

Amaneció un día espléndido de sol y, desde muy temprano, todos, o casi todos, porque siempre hay alguien que se pregunta ¿y esto para qué sirve? ¿No es mejor que yo siga haciendo mis cuentas de multiplicar como todos los días?, casi todos, digo, se dispusieron a convertir el patio en otra cosa. En realidad, no podemos llamarlo patio, más bien, campo cercado, recreo salvaje o algo parecido. Un día hasta salió en la prensa porque, al no tener vallado, sino un pequeño alambre roto por algunas zonas, se llenó de ovejas que pasaban por allí y decidieron darse una vuelta por el interior, a saber si aquello no era una antigua cañada y los animales buscaban lo que había sido suyo antes, como aquellos elefantes de una película, no recuerdo ya el título.

Se cavaron unas zanjas y se preparó el suelo. Los niños habían llegado equipados con monos, delantales, gorros y guantes de goma. Tenían cubos de plástico, palas, picos, tijeras de podar, en fin, instrumentos de todas clases que manejaban los mayores, pues a los pequeños sólo se les permitía utilizar la tierra y esas pequeñas palitas de la playa con la que suelen hacer castillos de arena. En los huecos arados se colocaron las bolas de tierra con las raíces de los pinitos y ya sólo hubo que calcular las distancias, tapar los agujeros, cuidar de que no se amontonaran en un solo espacio…

Los niños, desde aquel día, pasaban horas contemplando sus pinos, pues cada uno sabía muy bien cuál había plantado. Animaban a las plantas a crecer con sus comentarios y las regaban, incluso hubo quien se pasó con el agua y ahogó al pobre pinito. Pasados unos meses se vio que muchos de esos pinitos no iban a crecer nunca y alguien dijo que las plantas de los viveros son un engaño, que no sirven para nada. Sin embargo, una docena de pinos logró salir adelante, crecieron y allí continúan todavía, incluso ahora, cuando ya el patio tiene pistas deportivas, es un patio de verdad, no transitan ovejas y los maestros que hicieron posible aquel milagro, y los niños que creyeron en él, ya no están, ni se sabe por dónde anda cada uno.

jueves, 24 de junio de 2010

Historia de un valiente


Un escalofrío recorrió mi cuerpo
cuando vinieron a darme el aviso
de que estabas muerto
(Seguiriya de José Luis Rodríguez Ojeda)

Los hombres que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles. Lo dijo Bertold Brecht y yo lo suscribo para Luis Caballero Polo, que acaba de morir en nuestro Aljarafe. Fue poeta, actor de cine, cantaor de flamenco, maestro de ceremonias del Hotel Alfonso XIII, lorquiano hasta la médula, escritor, tertuliano. En esta última faceta impulsó la Tertulia Flamenca de Radio Sevilla, un soplo de aire fresco en las ondas de aquellos sesenta y setenta. También fue un andaluz convencido y en ese sentimiento está escrito su libro premonitorio: "Somos o no somos andaluces", cuando escribir de Andalucía requería valentía e independencia. Luis tuvo una infancia feliz y una adolescencia imposible. En su pueblo natal de Aznalcóllar, tuvo la suerte de pertenecer a una familia ilustrada, dentro de su humildad. Pero la guerra segó sus ilusiones y tuvo que pasar el horror de perder a sus allegados, de estar en un campo de concentración y de vivir de cerca el más terrible momento de la historia contemporánea de España.

A pesar de su biografía, Luis Caballero no era un resentido, sino un hombre vital que, a sus noventa y un años, se ha ido dejando una existencia gloriosa, en el sentido más amplio de la palabra: supo disfrutar de la vida y dejar una memoria indeleble en los que lo conocieron. Tuve la suerte de escribirle textos para uno de sus libros y uno de sus discos, además de ser su amiga durante años, hasta que la memoria se nubló en su cabeza. Casi todo lo que sé de flamenco (si es que sé algo) lo aprendí de él y de sus charlas. Le gustaba muchísimo oír hablar de educación, porque él había sido autodidacta y siempre añoró el estudio, la universidad y la formación. Por eso, buscó perfeccionarse incansablemente, oyendo a los que más sabían, y así, acabó siendo él mismo un sabio. Conoció a David Lean, con quien trabajó en "Lawrence de Arabia" (y quien le regaló una corbata que ha conservado siempre). Fue amigo de pintores, de artistas, de músicos, de poetas. Fue un hombre permanentemente enamorado, de corazón ardiente, apuesto, elegante, con esa elegancia natural que no sea aprende. Deja dos hijas, una nieta y muchísimos amigos y deudos. No le habéis conocido, no sabéis de él, pero creedme, a él pueden aplicarse las bellísimas palabras que Lorca dirigió a Ignacio: "Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura". Por él, por su memoria, este blog se humedece hoy con lágrimas amargas. Gracias, Luis. Querido Luis.

miércoles, 23 de junio de 2010

Gente muy importante

Dedicado a Juan José, Juan Eduardo, Juan Diego, Juan Ortiz, Juana Pérez, en la antesala de la noche de San Juan. Y a la memoria de Juan Palma.

Las rosas de Francisco

¿Qué pasa con las rosas? ¿Quién arregla estas rosas que siempre tienen la misma frescura? ¿Quién prepara los setos de flores, retira las hojas secas, limpia los arriates y ofrece siempre esta imagen de blancura?

El conserje del colegio se llama Francisco. En él descansan la mayoría de las tareas que hacen aquí la vida más agradable. Francisco nunca tutea a los maestros, ni aún a los más antiguos. Hace siempre su trabajo en silencio, despacio pero con firmeza, omnipresente en las dificultades, atento a que nada falle, a que todo se mantenga en su sitio. Nos conoce a todos. Sabe de nuestros defectos y virtudes, como un observador imparcial y silencioso. Distingue nuestras voces en medio del barullo y hace siempre al hablarnos una pequeña inclinación de cabeza.

Sin Francisco, el colegio no sería el mismo. No tendría esta hermosura de jardín, tan cuidado, con sus rosales y sus árboles, sus macizos, sus setos, sus esquinas rematadas con macetas de colores. Sin Francisco, las puertas no encajarían tan perfectamente, no estarían pintadas de un alegre color amarillo, no brillarían a la luz del sol. Si Francisco faltara, no tendríamos a quien pedir mil y un utensilios de todo tipo, cosas que nos hacen falta en un momento y que, milagrosamente, aparecen desde la caja de herramientas de Francisco. Francisco es el guardián del colegio, mientras esté aquí nadie asaltará sus muros, ni forzará la verja y así, los lunes, en la vuelta, podremos entrar con la tranquilidad de que la fortaleza ha estado a salvo.

Los niños lo saben. Por eso aprenden, sin que nadie tenga que enseñarles, que las flores no se deshojan, que los setos no pueden pisarse, que la basura tiene que ir a la papelera porque ¿cómo ensuciar el camino de pequeñas piedras que Francisco hace terminar en cada uno de los bancos de hierro del jardín?. Los niños saben que los almendros florecen muy pronto y que sus flores son blancas y rosadas. Conocen el ciclo del azahar, que, en los días cercanos a la romería del Rocío, se abre y se esparce por todo el espacio que rodea los naranjos. Los niños han aprendido los nombres de los árboles, pues, a instancias de Francisco, un maestro ha realizado unas pequeñas tarjetitas plastificadas en las que constan los nombres, algunos en latín. Las tarjetas están colocadas en uno de los extremos de los árboles y plantas: todos los niños, incluso los del parvulario, las miran y leen siempre que pasan por allí.

Una vez, cuando se cumplieron 25 años de la apertura del colegio, hubo una fiesta y a Francisco le dieron una placa. Nadie más tuvo reconocimientos, ni el director, ni los maestros, ni nadie. Sólo en Francisco coincidieron todos: sin él, las cosas hubieran sido más difíciles. Cuando le entregaron la placa, a Francisco le llegó el momento de hablar. Subió al escenario que se había montado en medio del patio rodeado de las rosas de todos los colores que, en la noche de junio, estaban abiertas y perfumaban el aire. Una vez arriba nos miró a todos con gesto de no entender nada, de no saber por qué se le premiaba si sólo había hecho su trabajo. Así que recogió su placa y se acercó al micrófono. Carraspeó, tosió y dijo: “gracias”. Y se bajó del escenario.

martes, 22 de junio de 2010

Memoria de un poeta


Esta imagen de Berthe Morisot, en la que aparece una madre mirando pensativa a su hijo que está en la cuna, servirá para ilustrar lo que quiero contaros acerca de un libro y del poeta al que se dedica. Se trata de Rafael Montesinos y de su biografía, escrita por Alberto Guallart y titulada "Rafael Montesinos. La memoria irreparable"

Como todos sabéis, Rafael Montesinos (1920-2005) es un poeta nacido en Sevilla cuya obra está considerada como la más vibrante y completa del panorama poético sevillano desde Luis Cernuda. Como Cernuda, también Montesinos vivió en el exilio, si no político, si impulsado por motivos ajenos a su voluntad, la ruina económica de su familia. Residente en Madrid desde los veinte años, Montesinos siempre se consideró un sevillano en el exterior, pero no al modo frívolo en que, a veces, nuestra tierra y su gente se presentan al mundo, sino de una manera exquisita, finísima y plagada de elegancia, como era él mismo.

Esta biografía no es de reciente edición, pues fue publicada por la Fundación José Manuel Lara en 2007, pero sí merece la pena leerse y disfrutarse. Alberto Guallart es un colega, un profesor de Instituto, que imparte clases de Filosofía al tiempo que realiza labores editoriales y literarias. En este libro se desprende una enorme simpatía y comprensión hacia el personaje, hacia su peripecia y su tiempo y, también, un conocimiento cierto del telón de fondo en el que se desarrollan su vida y su obra.

Conocí a Rafael Montesinos poco antes de morir, en un Congreso de Flamenco que se celebró en Sevilla. Él ofreció una conferencia y nos recitó algunos versos de los muchos, en forma de soleares, que dejó escritos y que han supuesto un acercamiento importante al mundo de la copla flamenca. Tenía Montesinos una gran querencia hacia el flamenco y a él me referí en mi libro sobre Manolo Caracol al contar que la Alameda, el sitio donde se desarrolla su paraíso vital, contemplaba a la vez el mundo de lo sórdido, el de lo artístico y el de la burguesía acomodada. La nostalgia de Sevilla que para él significaba la nostalgia de su propia infancia, ese paraíso al que todos queremos volver aunque sólo sea para sentir que quiénes se fueron aún nos miran, le llevó a escribir versos excepcionales.

Rafael Montesinos se sentía un extraño, un trasterrado, fuera de su universo inicial, incluso a pesar de que él mismo no lograba entender muchas cosas de esta tierra. Pero todos sabemos y mucho más los profesores que solemos dejar nuestro pueblo de origen por eso de los concursos de traslados, que la tierra es todo lo que uno tiene cuando ya no tiene nada. Que allí está la gente que te conoce como eres, que te ha visto de niño y que recuerda tus mejores años. La tierra, esas calles de la Alameda, esos sonidos del cante de Manuel Vallejo a través de su balcón abierto, todo ello es el fondo más seductor de los versos de Montesinos. Cómo no entenderlo, cómo no comprender que, lo que somos, está oculto en nuestra infancia y en nuestra gente. Y que lo único que en realidad tenemos no puede asirse porque se quedó atrás. Contigo.

domingo, 20 de junio de 2010

Un autor consagrado

La última noche en Twisted River
Irving, John

Corre el año 1954. La vida en el aserradero de una explotación forestal al norte de New Hampshire no resulta fácil y las desgracias están a la orden del día. Una noche, Dominic Baciagalupo, el cocinero del aserradero, y su hijo Danny, de doce años, se ven obligados a abandonar apresuradamente el lugar cuando Danny, en un fatal accidente, mata a la novia de un alguacil llamado Carl. Dominic y Danny inician entonces una extenuante huida, pues Carl, en su afán de venganza, los perseguirá primero hasta Boston, luego hasta Vermont e Iowa, y finalmente hasta Canadá. En cada ciudad a la que lleguen, padre e hijo se verán obligados a adaptarse a las costumbres y personas del lugar, a inventarse una nueva identidad... Sin darnos tregua, peripecia tras peripecia, John Irving nos sumerge de lleno en la vida estadounidense durante las últimas cinco décadas del siglo xx. (1001 libros).

Relatos oscuros y vidas gastadas

La Editorial Impedimenta, de la que ya hemos hablado en otras entradas de este blog, lanza dos novedades de cara a este verano que no logra traernos el calor y las noches junto al río. Igual que algunos directores de cine, algunos actores o escritores, avalan con su nombre la calidad de sus trabajos, la Editorial Impedimenta ha conseguido, al menos para mí, convertirse en un aval de las cosas que publica. Libros especiales, minoritarios, pero de calidad. He aqui sus dos nuevas obras en el mercado, que os recomiendo si queréis que este verano haya en vuestras lecturas un poco de todo:

El mes más cruel, de Pilar Adón, es un conjunto de catorce inquietantes relatos, que se introducen con un prólogo a cargo de la experta en Literatura Marta Sanz. La autora de este libro no es ya una promesa, sino una realidad de nuestra narrativa contemporánea. La técnica del relato es muy difícil y la crítica ha saludado con grandes aplausos este conjunto de historias que nos hacen pasar de la angustia, al atrevimiento y de ahí a los sinsabores y a las experiencias más complejas.
En mitad de la noche, de Jiri Kratochvil, autor checo que lleva poco tiempo dedicado expresamente a la literatura pero que ha conseguido obras de una gran enjundia. En este libro aparecen dos jóvenes con vidas paralelas, asfixiantes y distintas, en el marco de una sociedad, la checa, en la que la supervivencia es un objetivo.
Impedimenta sigue en su línea de ofrecernos libros "pequeños", nada de "best-sellers", sino libros íntimos, cercanos y plenos de interés.

sábado, 19 de junio de 2010

El mejor Muñoz Molina


Para mí el mejor Muñoz Molina (Antonio, claro) está en sus artículos. Como éste, que publica hoy Babelia, el suplemento cultural de El País y que se titula "Henri Rousseau, el inocente". En él se habla de Arte, pero no solamente:


Tal vez Henri Rousseau era una de esas personas inocentes y sabias de las que se ríen los demasiado listos. Los demasiado listos se creen excepcionales, pero en realidad abundan tanto que son un aburrimiento. El excepcional de verdad es el sabio inocente, el original que no sabe que lo es, el que aparece y no se sabe de dónde ha podido salir, de qué manantial ha brotado su talento. He tenido la suerte de encontrarme en mi vida con algunos sabios, y en todos ellos he podido advertir un grado de inocencia, no incompatible con la astucia, incluso con la socarronería, pero sí con el cinismo. Sabios cínicos o sabios enterados no he conocido a ninguno. Y cuando digo sabios no quiero decir eruditos, aunque algunos lo son o lo eran, sino gente que hace extraordinariamente algo, un arte o un oficio, que domina un campo del saber. Sabio era Tete Montoliu, que posaba las dos manos sobre el teclado del piano y se quedaba quieto y erguido y antes de emitir una sola nota ya había creado con su serena inmovilidad el silencio necesario para que irrumpiera en él la música; sabios eran los hortelanos junto a los que trabajé de niño, que trazaban sobre la tierra recién arada las líneas exactas y paralelas de los surcos sin más ayuda que una caña y un cordel; sabia la cantaora Carmen Linares, que tiene en el trato la cordialidad llana de un ama de casa de Jaén y cuando rompe a cantar aprieta los párpados y entra en un trance como de desgarro o ritual primitivo; sabio es mi amigo el doctor Emilio Bouza, que cruza el mundo volando en clase turista para asistir a congresos internacionales en los que es una eminencia y cuando vuelve recibe a cada uno de sus pacientes con un afecto de pariente cercano y un poco distraído en su despacho mínimo de un hospital público. Vi trabajar de cerca al fotógrafo Jordi Socías y me bastaron unos minutos para darme cuenta de lo sabio que era, con solo ver el equipo que traía, un maletín pequeño con dos cámaras, y las pocas fotos que tomaba, después de mirar mucho, casi nunca a través del visor. Se me quedó mirando, tranquilo pero con un punto de contrariedad, cuyo motivo era un pliegue de jersey o un puño de camisa que por algún motivo no le gustaba. Me lo corrigió con un gesto rápido y preciso y se quedó más contento. "La fotografía es una cuestión de milímetros".

Entre los recovecos y los lujosos aspavientos del Guggenheim de Bilbao hay unas cuantas salas dedicadas a la sabiduría extravagante de Henri Rousseau, que era en gran medida el resultado de su ignorancia, o más exactamente de un desconocimiento de los saberes formales de la pintura combinado con una capacidad de observar tan poderosa como su inclinación a lo fantástico. De un modo u otro, los pintores modernos, empezando por los impresionistas, vivieron guiados por el empeño de des-aprender. Pesaba tanto las tradiciones de la representación visual heredadas del Renacimiento y fosilizadas en los códigos y las enseñanzas académicas que para mirar de nuevo la realidad con los ojos abiertos hacía falta desprenderse de todas las reglas, esforzarse en lo posible no por saber más sino por borrar lo sabido; pintar un par de zapatos o la colcha roja de una cama o un atardecer púrpura en la orilla del Támesis o un cuerpo desnudo queriendo verlos como si nadie hubiera pintado antes nunca. El pintor tenía que ser un apóstata o un fugitivo, real o imaginario: abjurar de la tradición europea para aprender de los grabados japoneses o de las máscaras africanas; huir literalmente en busca de un edén de las sensaciones verdaderas que podía estar en Provenza o en los mares del Sur.
Henri Rousseau no tuvo que desprenderse del peso que agobiaba a otros, por la simple razón de que nunca lo había sufrido. Era un primitivo de cuello duro y bigote engomado, un hijo de calderero que no pudo costearse el lujo de estudiar. La mirada limpia que los otros ponían tanto esfuerzo en imitar la poseía él con la perfecta naturalidad de quien no sabe nada y por lo tanto no tiene nada de lo que desprenderse. Para llegar al corazón de la selva no hacía falta extenuarse en viajes a África o a las islas de Oceanía sino pasear tranquilamente un domingo por los invernaderos del Jardín Botánico o junto a las jaulas de tristes animales cautivos del zoo de París. Los poetas malditos habían celebrado el trastorno de la absenta y del opio, el desarreglo sistemático de todos los sentidos para alcanzar una inspiración visionaria pagando el precio del escándalo social y la locura: Henri Rousseau era un modesto funcionario ejemplar y un padre de familia enamorado de su esposa legítima, y sin embargo sus visiones de bosques crepusculares y paisajes de sueños habitados por monstruos apacibles y plantas fantásticas revelan una imaginación mucho más desatada que la de cualquier surrealista. Con su bigote y su perilla, con su blusón y su paleta de pintor de domingo, de caricatura esforzada y algo ridícula de pintor, Henri Rousseau, tan impermeable al escarnio de los entendidos como al desaliento de una vocación sin porvenir, fue inventando en las últimas décadas del siglo XIX una forma de mirar que anticipaba la de algunas vanguardias del XX, y no porque quisiera romper con el arte oficial, sino porque carecía de la formación y de los medios necesarios para imitarlo. Premiosamente pintaba una por una las hojas y las ramas de un árbol y luego los árboles de un bosque y el cielo azul o rosado del fondo y la luna llena: y no sabía que estaba pareciéndose a Friedrich, un pintor del pasado de quien seguramente no había oído hablar, y anticipando a Paul Klee, a Max Ernst, a René Magritte, pintores del porvenir que aprenderían de él cuando ya estuviera muerto.
Como vemos a Rousseau después que a ellos, a través de ellos, no sabemos calibrar la fuerza de su originalidad. Nos sucede algo parecido con Moby-Dick o con Bartleby, invenciones de otro funcionario de Aduanas que nos parecen tan de nuestro tiempo que nos resulta imposible darnos cuenta de lo extrañas que eran en el tiempo en el que se escribieron, lo ininteligibles que resultarían para sus contemporáneos. Herman Melville murió en la oscuridad amarga del fracaso. En 1908, dos años antes de la muerte de Rousseau, Picasso descubrió un cuadro suyo en una chamarilería y lo compró medio en broma por unos pocos francos. Ese cuadro, el retrato misterioso y monumental de una dama que se apoya como en un bastón en un arbolillo invertido, delante de un balcón y de un paisaje imposible de rocas picudas como de piedra pómez, puede verse ahora en el Guggenheim de Bilbao. En cada maceta del balcón las hojas y las flores están pintadas con una minuciosidad de tratado de botánica. Cada pincelada del cielo en el que vuela un solo pájaro revela una sabiduría hecha de asombro y de paciencia. El arte es una cuestión de milímetros.

Balance de Almanaque

El Proyecto Almanaque nació con el objetivo de impulsar la lectura entre nuestros alumnos, a través del trabajo con textos que, además, sirvieran como apoyo para trabajar en el aula la expresión oral. Una veintena de profesores de distintas materias se sumaron al mismo y lo han llevado a cabo, con mayor o menor regularidad, durante este curso escolar que ahora está ya a punto de acabarse. Tras finalizar el trabajo con los alumnos en lo referente a los textos, ha venido la evaluación del proyecto, realizada tanto por los propios alumnos como por los profesores. En esa evaluación se trata de ver la idoneidad del texto elegido y su utilidad para los objetivos propuestos.
De todos estos cuestionarios de evaluación tomaremos nota. El Proyecto Almanaque del curso próximo nacerá de la mejora de éste, teniendo en cuenta todas las aportaciones que se han realizado y que llegarán todavía, hasta el final de curso. Ha sido un empeño sencillo pero que pretende tener continuidad y ya estamos dándole vueltas a tareas más creativas y también al remodelado del Proyecto actual para que siga funcionando el curso que viene.

viernes, 18 de junio de 2010

Saramago


Los informativos han traído la noticia de la muerte de José Saramago, escritor, a los 87 años de edad. Un 16 de noviembre nació en Mora en Azinhaga (Ribatejo, Portugal) y en 1924 se trasladó a Lisboa con su familia. En 1929, al inscribirse en la escuela primaria, se descubrió que, por error, se incluyó en su certificado de nacimiento el apodo familiar, Saramago, como apellido. De esta forma, José se convirtió en el primer Saramago de la familia Meirinho Sousa. En 1933 su madre le regaló su primer libro, O Mistério do Mohíno, (The Mystery on the Moor) de Joseph Jefferson Farjeon. Las dificultades económicas por las que pasó su familia lo privaron de una educación esmerada, por lo que puede considerarse un autodidacta, que tuvo diversos trabajos antes de poder dedicarse a su vocación: la literatura. Sus libros, muy numerosos, son muy conocidos y vendidos, sobre todo a raíz de que, en 1998, se le concediera el Premio Nobel de Literatura. Desde 1993, ya casado con la periodista sevillana Pilar del Río, se trasladó a vivir a Lanzarote, donde ha pasado los últimos años de su vida.

Saramago es un escritor que despierta admiración y también crítica, porque se ha considerado estandarte de ciertas ideas políticas. Hoy mismo, cuando se ha recogido su muerte, la mayoría de los que han hablado de él lo han hecho de ideas, lucha y posicionamiento social, y mucho menos de literatura. Posiblemente el paso del tiempo trace el verdadero juicio sobre su obra, alejada ya de filias y fobias. En todo caso, su vida fue una existencia fructífera, durante la cual mantuvo sus ideas y las plasmó en sus libros, reflejando lo que pensaba del mundo, algo en lo que tenía vital importancia su propio nacimiento humilde, las circunstancias de su vida y de su familia, así como su ideario político.

Ha dejado un libro inconcluso, apenas 30 páginas, que no sabemos si verán la luz. Si queréis conocer más cosas sobre su vida y su obra, tenéis ocasión de hacerlo, por ejemplo, en el especial de EL PAIS, cuyo enlace os añado.

Internet, niños y jóvenes


El SOL (Servicio de Orientación a la Lectura) tiene siempre buenas recomendaciones sobre literatura dirigida a toda la familia. En esta ocasión he encontrado una serie de libros que pueden ayudar a los padres (y también a los profesores) a prevenir los "peligros" de Internet, algo que todos hemos de tener presente, pues la RED mal empleada es una jungla que nos acecha.

El título del primer libro, el que aparece como central en la recomendación es:
Protege a tus hijos de los riesgos de Internet y otras tecnologías y sus autores se llaman Juan F. Marcelo y Eva Martín. Lo ha publicado la editorial Anaya, en su colección Multimedia.

Veamos el resumen que aparece en SOL:

Internet ya forma parte de la vida cotidiana, su uso se extiende cada vez más y sus ventajas son múltiples. El acceso a la red por ocio o como complemento escolar es cada vez más habitual, incluso entre los más pequeños. Son sobre todo estos últimos los más vulnerables a los riesgos y peligros de la red, aunque no los únicos.Este completo manual aporta las claves para que la navegación y la vida en Internet pueda hacerse con tranquilidad. Los autores son especialistas en temas informáticos y utilizan un lenguaje muy accesible, incluso para aquellos padres que no tengan conocimientos de informática. En esta obra facilitan la información necesaria para prevenir y detener los problemas más habituales: los tipos de virus y sus vías de entrada, los cortafuegos, el control parental con disintos operadores y sistemas, el intercambio de archivos 2P2, cómo preservar la intimidad en Internet o el fenómeno de las redes sociales. Asímismo se alerta sobre las nuevas y distintas formas de estafas y robos en la red. El libro, en suma, permite alcanzar un grado razonable de seguridad en Internet sin hacer grandes gastos en sofisticados programas, gracias sobre todo a los consejos prácticos paso a paso que ofrece.

Otros libros del mismo tema, recomendados en la misma página, son éstos:

¡Que no te atrape la pantalla!. Joan Anderson, Robin Wilkins

Enganchados a las pantallas. Paulino Castells, Ignasi de Bofarull


¿A qué juegan nuestros hijos?. Isabel San Sebastián, Javier San Sebastián

Enséñale a ver la tele. Mª Luisa Ferrerós

Videojuegos, internet y televisión. Nessia Laniado, Gianfilippo Pietra




Espero que estas lecturas sean útiles. Internet es un mundo fantástico, en el que pueden encontrarse miles de cosas y que nos ayuda en nuestro trabajo, nuestra formación y nuestras relaciones sociales. Pero ha de saber usarse y nuestros hijos y alumnos no pueden estar ajenos a las normas elementales de su uso y, sobre todo, a los peligros que pueden encontrarse por un mal uso o por desconocimiento. La información les ayudará a saber qué páginas son seguras, a buscar información, a utilizar el código de buenas prácticas, a no transgredir los límites de su propia intimidad en la RED, etc.

miércoles, 16 de junio de 2010

Una historia real


Hawai-Bombay

Las niñas se vistieron de nativas. Llevan faldas de vistosos colores, cintas en la cabeza y collares al cuello. Las madres han cosido las ropas y han ensartado las cuentas de los collares. Los niños llevan un peto de colores y una lanza de plástico, que sólo hace cosquillas. Durante días estuvieron ensayando al son de esa música de moda. Todos, sin excepción, se balanceaban al compás de “Mecano” y canturreaban la canción en voz baja.

No hubo selección. No dijimos: “los que sepan bailar, los que no tengan vergüenza, los que quieran salir…” No. Todos los niños, cuarenta, saltaron al escenario para recibir el aplauso de sus madres y de sus abuelas. Todas sonreían. Miraban a los niños con las caras pintadas y las grandes argollas en las orejas y sonreían. Estaban felices y algunos niños, que no sabían leer bien y que tenían la letra torcida y llena de formas irreconocibles, rieron también y tuvieron el premio de verse, sobre el escenario, moviéndose con esa música tan especial y agitando las manos, una vez y otra, imaginando que estaban tendidos al sol de una playa del Caribe. En un paraíso…

El viejo colegio sombrío, que a menudo se llenaba de gritos, de riñas, de discusiones, esa mañana se abrió plagado de luz y, entre bambalinas, algunas maestras corrían de un lado a otro preparando las actuaciones como si fuera un estreno en el Real. Era la primera vez que aquel salón, a menudo lleno de muebles viejos, de mesas y sillas torcidas, de restos de armarios, de libros amontonados, se limpiaba y se convertía en un teatro para todos.

Por eso, aquellas maestras y todas las madres estuvieron muchos días limpiando, cosiendo, adornando, colocando todo aquello que era necesario para que se levantara el telón. El viejo aparato de música se cambió por otro reluciente que alguien trajo de su casa y, al fondo se colocó un escenario, construido con mesas y tablones, coronado por una cortina de raso azul celeste que, al abrirse, dejaba ver un universo de palmeras, de cocos y de monitos colgados de lianas, correteando por los árboles. Cuando empezó la música cesó el ruido y todos los niños se colocaron allí, perfectamente dispuestos en sus posiciones mil y una veces ensayadas, ellas con las manos en la cintura y ellos levantando la pequeña lanza de plástico de color gris y dorada de purpurina.

La música duró cuatro minutos y, al finalizar, cayó sobre los niños una lluvia de aplausos incluso sobre aquellos que nunca más tendrían otro motivo de felicitación, porque eran niños que no sabían leer, que no entendían las cosas y que tenían una letra extraña, como si las hormigas hubieran correteado sin control sobre las libretas surcadas de rayas anchas.

Al otro día el colegio volvió a la oscuridad. La directora, que era joven y tenía una voz chillona e intempestiva, decidió que no habría más música ni más jaleo. Tiró a la basura todos los restos de la función, guardó las cortinas en una caja que se llevó al trastero y dijo que aquello había sido un desastre. Que alguien le había contado (porque ella no asistió, estaba ocupada en otras cosas) el barullo que se había formado y cómo algunos niños saltaban encima del escenario y algunos otros se escondieron en un hueco que formaba la esquina del salón y las madres gritaban o se reían…un desastre puro que no se podía repetir. Y no se repitió. Nunca más en ese colegio, mientras esa directora joven y de voz intempestiva estuvo por allí, se usó el salón para oír música o hacer teatro.

Pero los niños…aquellos niños de Hawai-Bombay, aquellos que bailaron al compás de la música del paraíso, esos se reían a solas por el patio y eran felices a pesar de que muchos de ellos no sabían leer y tenían una letra grande y desgarbada, que no se entendía y que, según la directora, iba a llevarlos directamente al fracaso escolar, que debía ser un sitio terrible del que era imposible volver.

lunes, 14 de junio de 2010

Del rosa al amarillo


Me preguntas por qué
me demoro en los bosques,
enredado en las huellas
de las horas perdidas.
No sabría decirte
qué me retiene en ellos,
si fuera la paciencia de los líquenes,
el rubor contenido de las bayas
o la revelación de aquellos días
en los que fuimos hijos de la niebla,
seguidores del fuego
que sólo por nosotros
encendían los dioses.
O esa forma que tienen
las hojas amarillas
de recordar tus manos.
O esa ocasión de verme
sin ti, contigo a solas,
decantando las sombras lentamente
hasta obtener el néctar de la luz...
Los labios de la tarde sonriendo
entre un rumor de otoño estremecido.
(Poema de Carlos Aganzo)

domingo, 13 de junio de 2010

Luisa

Durante muchos años, no recuerdo cuántos, Luisa ha compaginado su tarea de profesora en nuestro Instituto con el trabajo en la Biblioteca. Organizar una Biblioteca no es poca cosa y requiere dar muchas puntadas. Es un trabajo lento, para el que hace falta paciencia y tino. Un trabajo quizá oscuro porque casi no se ve. Uno va a buscar un libro y, milagrosamente, aparece recogido en el ordenador, de forma que es fácil encontrarlo. El libro tiene su tejuelo que indica dónde está y cómo puede hallarse entre el montón de libros que tenemos. Como os digo, una tarea lenta, paciente, sencilla pero imprescindible.
Durante muchos años Luisa ha estado haciendo esta tarea. Estos días de Junio remata sus últimas puntadas al gran mosaico de los tejuelos, porque, pronto, Luisa se jubila y deja el Instituto, sus clases de Lengua y sus tareas de Biblioteca.
Además de ser persona cuidadosa en su trabajo, Luisa es una gran lectora, porque, aunque no lo creáis, uno puede ser profesor de Lengua sin ser lector e, incluso, puede ser bibliotecario sin leer libros. Pero no es el caso. Luisa lee muchos libros y, aunque quizá ella no lo note, eso se trasluce en su trabajo diario, porque los libros requieren un mimo y un cuidado que solamente puede darles una persona que los ame.
Sé que sus alumnos la recordarán como una buena profesora, lo que es decir muchísimo. Sé que la Biblioteca existe por personas como ella, que han tejido en el silencio, sin llamar la atención y día a día, una estructura que hará posible, por muchos años, que el Instituto pueda disfrutar de ese espacio único en el que está permitido soñar.

sábado, 12 de junio de 2010

Ancianos



El Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras ha decidido no dar el premio a Ana María Matute, una de nuestras escritoras más veteranas y que representa, junto con otros nombres, la plenitud de la ancianidad porque, llegado el tiempo en el que el almanaque cae diariamente con la lentitud de un ocaso, todavía el corazón y la cabeza mantienen el latir diario de las cosas, sin que la desmemoria, la niebla del olvido o el abandono, mermen la capacidad de imaginar, de sentir, de pensar. Esos escritores ancianos, algunos de los cuales, como Francisco Ayala, desaparecido recientemente, consiguieron cruzar la frontera de los cien años, como un árbol que tuviera las raíces bien amarradas a la tierra, tienen la inmensa suerte de no ser víctimas de la soledad y del desconsuelo.

El final de sus vidas no se parece al de esos otros ancianos que malviven en una residencia clandestina y que ven, en el mayor desamparo, que, cuando la residencia se cierra por sospechas de malos tratos, nadie va a recogerlos. Esos ancianos tuvieron padres, que los cuidaron de pequeños y que ahora sufrirían lo indecible al verlos. Esos ancianos tuvieron hermanos, primos, sobrinos, cuñados, hijos. ¿Dónde están los hijos? Muchos de esos ancianos leyeron cuentos a sus hijos y nietos, los sentaron en sus rodillas y, enmedio del abrazo, les contaron las viejas historias de siempre, las que pasan de generación en generación, para que nunca se olviden.

Mirad la cara de esa mujer entre los lirios que pintó Cecilio Plá. Parece decirnos "no quiero envejecer, no quiero ser un trasto inútil al que nadie considere, no quiero dejar mi casa, mis cosas, mi ventana y mi huerto, no quiero dejar mi pueblo ni mi barrio, no quiero apartar la vista de mi calle, dejar de frecuentar mis tiendas, abandonar el cajón de mis recuerdos, no quiero irme a una residencia fría donde personas de corazón helado (¿personas?) no tendrán para mí nada más que silencios, nada más que desprecios, nada más que vacío..." Qué suerte tienen esos escritores viejos que, pasados los ochenta y los noventa, todavía albergan en su cabeza palabras que hay que componer, que hay que combinar, para que el libro o el artículo de prensa salga a la luz. Hoy los he recordado, al leer la triste noticia de esos ancianos abandonados, sin nadie que los recoja, tras cerrar una residencia que los maltrataba... Ana María Matute no ha tenido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras pero lleva un precioso y cuidado cabello blanco y un elegante traje cortado a medida y unos zapatos cómodos y parece soñar todavía con muchas cosas...

viernes, 11 de junio de 2010

Intensidad


En las doscientas dos entradas que tiene este blog todavía no he hablado de un escritor y de una obra que me acompaña desde hace años. Es un escritor que no conoce mucha gente (el otro día, en una conversación con dos compañeros a quiénes tengo por personas formadas y cultas, me di cuenta de ello). Creo que es un escritor es poco y mal conocido, además de mal interpretado. Porque algunas de sus obras han sido trasladadas al cine con una lectura errónea, superficial y en busca de la comercialización más banal. El autor, uno de mis autores, se llama David Herbert Lawrence, para el mundo de las letras D.H. Lawrence.

Nacido en 1885 en pleno proceso de industrialización del Reino Unido, su país de origen, la obra de Lawrence persigue la perfección técnica, en un lenguaje plagado de poesía, de simbolismo y de belleza formal. Es verdad que las traducciones, incluso las que son muy buenas (como las de Alianza Editorial) nunca te dan el verdadero pulso de las palabras (y es en estos momentos cuando lamento profundamente no saber inglés), pero, aún así, leerlo es un verdadero ejercicio de imaginación bien dirigida, un placer, un paraíso al que uno puede acceder sin más requisito que abrir el libro.
En su literatura dibuja a un hombre que se enfrenta al vacío que genera el fracaso de la civilización, tal y como lo sentían los espectadores del desarrollo industrial. Por eso en él luchan siempre la espontaneidad y la norma; el amor y la obligación; el sentimiento y la razón; el pensamiento y la acción... Es un hombre que quiere conservar la pureza de lo natural, tan diferente al automatismo de la máquina. Por eso, en sus páginas se recrean las contradicciones entre la vida de los burgueses enriquecidos por las nuevas industrias, en sus blancas mansiones de las colinas, y la negrura de los mineros, de la gente que está condenada a estar siempre lejos de la luz del sol.
Creo que he leído todas sus obras, desde sus novelas largas (Hijos y amantes, La serpiente emplumada, En el erial, Mujeres enamoradas, El amante de Lady Chatterley...), hasta las cortas (como El oficial prusiano) y, como suelo hacer con todos aquellos escritores o artistas que me interesan hasta el final, también he leído su Correspondencia y una biografía cuyo autor no recuerdo en este momento, aunque el libro está por aquí, cerca de donde escribo.

De toda su escritura, aunque quizá la que más he releído es El amante de Lady Chatterley y la que resulta más potente sea Hijos y amantes, me quedo ahora con Mujeres enamoradas y me atrevo a recomendaros que la busquéis en cualquiera de sus ediciones (la mía es de Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, y la compré, según aparece en la anotación de la primera página, el sábado 19 de julio de 1980 en San Fernando). Está bastante usada, he tenido que pegar las hojas varias veces y dentro me acabo de encontrar, al abrirla después de algún tiempo, unas papeletas de la lotería de Navidad de la Escuela de Maniobras de El Ferrol del Caudillo (para que veáis los años que tienen las papeletas).

He abierto el libro por una página cualquiera y aquí os escribo lo que aparece: "Todas las cosas de este mundo tienen su función y son buenas o no lo son en la medida en que cumplan con esa función de una manera más o menos perfecta. Si el minero era un buen minero, entonces lo tenía todo. ¿Era el gerente un buen gerente? Con eso bastaba. El mismo Gerald, que tenía la responsabilidad de toda esa industria, ¿era un buen director? Si lo era, había cumplido con el cometido de su vida. Lo demás era puro pasatiempo"

¿Será entonces aquí donde he aprendido que es mucho más importante cómo hace uno las cosas, bien, mal, con dedicación o con desgana, y no las cosas en sí? Ahora lo pienso... Y quizá venga también de su lectura ese encuentro permanente con el mundo de las emociones. Hablando de emociones: esta mañana, los niños del tercero de ESO a los que doy clase, no querían moverse del asiento mientras veían una película que les intentaba hablar de la compasión, de los buenos sentimientos y de la piedad hacia los otros. Llegó el recreo y los niños no querían salir al recreo, ni tomarse el bocadillo, ni nada de nada...Esos niños, de los que a veces pensamos que son imposibles...Ojalá alguno de ellos lea a D. H. Lawrence alguna vez y reconozca esa emoción de esta mañana entre sus páginas...

jueves, 10 de junio de 2010

Desayuno sin diamantes


Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.

Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.

Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:

«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».

(Poema de Luis Alberto de Cuenca)

Nuevos títulos para el tiempo que se avecina


VIAJES POR EL TIEMPO Y OTRAS PERPLEJIDADES MATEMÁTICAS

Quien haya dicho que las matemáticas son aburridas es porque no conoce la obra de Martin Gardner, maestro del ingenio, los juegos y problemas. Divulgador científico y filósofo de la ciencia, Gardner se hizo conocido gracias a su columna mensual Juegos matemáticos, que se publicó en la revista de divulgación científica Scientific American entre diciembre de 1956 y mayo de 1986. Durante esos treinta años, sus lectores aprendieron acerca de los principales temas y paradojas de la matemática moderna, como los viajes por el tiempo, los tangrams, las máquinas de composición musical, el arte anamórfico, el problema de la cuerda de goma, el poliedro de Császár, los mosaicos, los mapas, las figuras geométricas, los números de Catalan, los juegos con la calculadora.
Viajes por el tiempo y otras perplejidades matemáticas reúne algunos de los mejores problemas y juegos matemáticos del autor. Se trata de un compendio de desafíos lúdicos ideal para ejercitar nuestra habilidad matemática, y también divertirnos.
Martin Gardner escribió más de sesenta libros, entre los que cabe mencionar Matemáticas para divertirse, Ajá. Inspiración, ¡Ajá! Paradojas que hacen pensar y Rosquillas anundadas. Gardner también escribió una columna en la revista Skeptical Inquirer, dedicada a la investigación científica de los fenómenos paranormales, buscando poner en evidencia los fraudes científicos. Ha escrito sobre filosofía y también una versión comentada de Alicia en el país de las maravillas. El pasado 22 de mayo murió en la ciudad de Norman, a los 95 años. Será siempre recordado como el maestro de las matemáticas recreativas.

(Reseña tomada de Blog de Libros)


martes, 8 de junio de 2010

Libros contra fracaso


Hace unos días me despedí de mis alumnos recordándoles que, en la Plaza Nueva de Sevilla, estaba instalada la Feria del Libro. Les pedí que guardaran un poco del dinero de fin de semana para comprarse un libro en la Feria. Un libro, el que fuera, alguno que les hubiera recomendado un amigo, o que aparezca en nuestro blog de biblioteca o en los expositores de novedades del instituto. Mis alumnos son muchachos normales, algunos estudiosos y otros menos; algunos con expectativas de futuro y otros resignados ante lo que puede venir. Pero todos ellos conservan intacto el asombro de la adolescencia, esa interrogación constante ante las cosas, que les hace enfurruñarse y preguntarse mil veces por qué, por qué, por qué…
Algunos de estos niños no recordarían mi recomendación; otros la ignorarían y la juzgarían como inocente, pero, seguramente, varios de ellos pasearían por la Feria, removerían los libros en las casetas y, al menos así lo espero, hallarían algo que va a cambiarles la vida. Porque después de leer un libro, la vida nunca vuelve a ser la misma.
El presidente de la Junta de Andalucía ha presentado ante un multitudinario y, en algún caso, sorprendido auditorio, nada menos que ochenta medidas para mejorar la educación en Andalucía. La búsqueda de la panacea que arregle la educación está, sin lugar a dudas, entre los objetivos más pensados, programados y estudiados últimamente entre la clase política. Entre esas ochenta medidas están las que se refieren a la lectura. Porque, después de mucho indagar en las sesudas mentes de quienes elucubran acerca del éxito en la escuela, hemos vuelto la mirada a lo más sencillo, a lo que estaba más cerca aunque no notábamos su presencia: el humilde libro, el gran tesoro del libro que, en manos de un niño, adquiere todo el significado de una oportunidad única de aprender y de soñar.
Los niños de mi calle manejaban pocos libros. Solamente los había en algunas casas. Otras, no necesariamente las menos pudientes, ocupaban las estanterías de sus salones con figuritas de porcelana, con vajillas y vasos de cristal. Tener libros no era, en absoluto, una cuestión de dinero, sino de esperanza en el futuro. Por eso, en mi casa había una sola vajilla y muchos libros, que estaban por todas partes, de forma que ya casi no cabían en ningún sitio. Pero ningún libro se tiró nunca, sino que todos formaron parte de nuestra infancia y nuestra juventud, sin que hayamos podido desprendernos nunca de su calor. Esa fue nuestra patria, ésa nuestra esperanza, la misma que compartimos con tanta gente, la que todos entendemos sin necesidad de haber nacido en el mismo país o de hablar la misma lengua.
Durante los últimos años, la escuela ha sido, paradójicamente, un lugar del saber en el que la lectura no tenía espacio propio. Tanto es así y tan evidente resulta que ha habido que legislar horas específicas de lectura porque, de lo contrario, los momentos para leer no tenían cabida en el tiempo escolar. Aunque parezca mentira y una contradicción en sí misma, era y es posible terminar los estudios, aprobar y, en consecuencia, obtener un título, sin haber leído más libros que los de texto (y éstos, tampoco enteros, solamente la parte «que entra en el examen»). La lectura con mayúsculas, la gran lectura, la que abre delante de nuestros ojos el corazón de otros hombres, la lectura que se nos queda dentro para siempre, ha estado fuera de la escuela, se ha manifestado a escondidas en sólo unos pocos elegidos, gente que, sin saber por qué ni cómo, han sido tocados por la varita mágica de la necesidad de leer.
Las medidas para fomentar la lectura ponen sobre la mesa lo que no estamos haciendo. Y también expresan la gran evidencia: los alumnos podrán aprobar u obtener un título, pero el verdadero aprendizaje es imposible sin los instrumentos que el lenguaje proporciona. Y la lectura es el crisol en el que todos esos instrumentos se ponen en acción para producir, a la vez, conocimiento, emoción, belleza, fortaleza. El libro nos enseña, no únicamente conceptos o ideas, sino también experiencias, sentimientos, vivencias, reflexiones. El libro nos ayuda en los momentos de desesperación, cuando creemos que estamos solos (o, mejor, cuando somos conscientes de que la soledad es nuestra esencia) y cuando nos inunda el desamor, la añoranza o la impotencia.
¿Cómo privar a nuestros alumnos del placer de leer? ¿Por qué no conducirlos con la mayor firmeza por ese camino que les llevará a entender el sabor de las palabras, a situarlas en su punto justo, en ese espacio único que las convierte en efímeras al mismo tiempo que en eternas? ¿Cómo lograr que nuestras aulas, nuestras bibliotecas, nuestros departamentos, sean espacios abiertos a los libros, todos los libros?
Hay quien piensa que no es preciso fomentar la lectura entre los niños y jóvenes. Hay quien piensa que la lectura es una elección personal en la que no caben interferencias. Pero yo creo que se equivocan. Porque, de ser así, estamos condenando al vacío que genera la ausencia de palabras a todos aquellos que, por falta de tradición familiar, por genética o por sabe Dios qué circunstancia, no han nacido o no se han hecho lectores.
Creo que la familia es el primer espacio de cultivo de la lectura en los niños. Pero creo también que la escuela debe tener en los libros su principal recurso, su principal aliado, su fuente del saber y del sentir. Libros para todos los niños, no únicamente para aquellos que tienen la suerte de tener un acogedor ambiente familiar plagado de lecturas. Libros en la escuela para todos. No solamente en la clase de Lengua, sino en todas las materias porque, para todas ellas, la palabra es el instrumento esencial de comunicación y porque una palabra vale más que mil imágenes.

(Catalina León Benítez. Publicado en ABC de Sevilla, martes, 8 de junio de 2010)

domingo, 6 de junio de 2010

Lágrimas



Rafa Nadal acaba de ganar su quinto trofeo Roland Garros. Cuando el partido ha terminado, Rafa se ha sentado a llorar. ¿Descarga de adrenalina? ¿Tensión? ¿Sufrimiento? ¿Alegría contenida?

Más tarde, un periodista le ha preguntado cómo pensaba celebrar el triunfo, que le volverá a colocar, en unas horas, como el número 1 del tenis mundial. Este ha sido el diálogo, más o menos:

¿A qué se debe este nuevo triunfo?- pregunta

A que hemos trabajado bien y duro-respuesta

¿Cómo piensas celebrarlo?- pregunta

Entrenando mañana para el torneo de Queens- respuesta.

Nuestros alumnos, que tienen en los deportistas de élite a algunos de sus ídolos, bien podrían reflexionar (y nosotros ayudarles a que lo hagan) sobre lo que significa el esfuerzo, el trabajo y la lucha para conseguir el éxito y el triunfo. También, de paso, sobre las palabras de Nadal: el uso del plural para hablar de lo que ha conseguido. Esto siempre me llama la atención, cómo estos grandes del deporte siempre usan el plural para hablar de sus hazañas. Ese plural es muy distinto del yo que muchas personas utilizan para contarnos cualquier cosa nimia que se atribuyen a sí mismos, a veces, alegremente. También me ha impresionado su respuesta a la segunda pregunta: va a celebrar el éxito trabajando. Es decir, que nada de lo que ha logrado es un golpe de suerte, sino el resultado de trabajar, trabajar y trabajar.

Como en nuestra cultura latino-mediterránea el trabajo está tan mal visto y hay mucha gente que aspira a vivir sin trabajar o a trabajar lo menos posible y que no se note, es una satisfacción ver que esta gente tan joven, dedica tanto esfuerzo y tanto tiempo de su vida a conseguir sus logros. Y lo mismo da que el logro sea uno u otro. La satisfacción del trabajo bien hecho es algo que a todos debería llenarnos de orgullo, debería bastarnos. El trabajo, el esfuerzo, la lucha, la batalla por hacer las cosas y hacerlas cada vez mejor, deberían ser ideas básicas en la formación de nuestros alumnos y no pensar que el mundo se ha hecho a base de golpes de suerte.

Dos ideas se me vienen a la cabeza al hilo de esta reflexión que os hago ya casi a finales de curso, cuando nuestros alumnos están encarando la recta final, que viene llena de exámenes y horas de esfuerzo: la primera idea es que la literatura no es tampoco una cuestión de simple talento y de un momento de inspiración. Requiere oficio, trabajo (de nuevo la palabra), esfuerzo, dedicación, voluntad y tiempo. Los buenos escritores tienen un talento inicial que ellos nos ofrecen por medio de sus obras y para conseguirlas tienen que estar muchas horas y muchos días pensando, dándole vueltas en la cabeza, escribiendo, corrigiendo...

La segunda idea tiene que ver con el concepto del trabajo bien hecho, ése que, pienso, debemos intentar que nuestros alumnos entiendan en su mejor sentido y que se hagan partícipes de ese concepto para siempre. No importa el trabajo que uno haga, por muy humilde, escondido, sacrificado, que sea, por muy poco brillo que tenga, por muy sencillo que parezca, no importa si se hace con dedicación, dignidad, profesionalidad (esa mágica palabra que reivindico), aplicando lo mejor de uno mismo a hacer las cosas bien. En nuestro Instituto tenemos muchos ejemplos de trabajo bien hecho, porque, afortunadamente, la mayoría de las personas pensamos así, pero hay un caso que todos conocéis y que me parece clarificador: esa persona a la que acudimos cuando lo necesitamos, cuando hay que arreglar, colocar, preparar, algo. Julián. ¿No os parece que es un ejemplo claro y cercano de que, cuando uno se toma en serio su trabajo, las cosas salen bien y todo el mundo es capaz de apreciarlo? Cosas tan sencillas como arreglar un grifo, colocar las luces, colgar los cuadros y los carteles, ajustar, medir, para que todo esté a punto. Y ¿qué me decís del sistema de riego que ha ideado y construido, según el cual nuestras plantas no se mueren de sed en verano, cuando estamos de vacaciones, porque las de exterior tienen sus "periquitos" soltando agua y las del interior están en una especie de invernadero, que él ha inventado?

Julián, que no se va a enterar de estas palabras porque no sigue este blog, nos ayuda todos los días a que la vida en el Instituto sea mejor, más agradable y más cómoda.

Y ese alguien que tuvimos tan cercano, que era tan trabajador y hacía su tarea con tanto amor, durante toda su vida...¿cómo no recordarlo viendo llorar a Rafa Nadal?

sábado, 5 de junio de 2010

Lo peor de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena

La muchacha del cuadro (que pintó Matisse) parece muy desconcertada. O, quizá, asustada. Confusa. Preocupada. Triste. Extrañada. Absorta. En ese extraño interior, a través de cuya ventana abierta se ve el mar y una solitaria planta que nace no se sabe dónde (pues lo mismo puede ser una maceta, que la rama de un árbol que emerge), la muchacha nos mira haciéndose algunas preguntas.
El pintor nos engaña. Coloca a la muchacha en una bonita habitación, con cortinas de flores, paredes de papel pintado y mesas de cristal en las que se ofrecen flores en un jarrón. Pero la muchacha no parece concordar con ese paisaje y tiene una expresión dudosa.
Es como si (algo imposible) Matisse hubiera visto "Psicosis" la película de Hitchcock en la que también nos engañan, porque todos esperamos que la "estrella" Janet Leight se mantenga viva durante toda la película (para eso es la protagonista ¿o no?) y, de pronto, se le ocurre ducharse y dejarse matar por quién lo sabe. La cara de horror de Janet Leight en la ducha tiene un punto de encuentro con el de esta muchacha anónima de Matisse, que, literalmente, no sabe qué hacer con sus manos. La muchacha está sentada delante de su tocador pero no mira al espejo (porque ¿dónde está el espejo?), sino a nosotros.
Creo que la muchacha está sola. Y que no entiende qué ha pasado. Y que ha pasado algo. Algo que, quizá, puede tener que ver con el título de esta entrada, aunque ella no conoce a Gandhi ni sus frases.
No había entendido el cuadro, ni comprendido la frase de Gandhi. Ni sabía por qué Hitchcock nos juega esa mala pasada. Pero ahora lo sé. Desde hace dos años exactamente.

jueves, 3 de junio de 2010

Camilla vuelve con el crimen

Dedicado a los habitantes de la casa que perdió su jardín.


Si tenéis, como yo, hijos adolescentes, sabréis quién es Camilla Läckberg y conoceréis, al menos de verlos por casa, sus tres libros anteriores a éste: La princesa de hielo, Los gritos del pasado y Las hijas del frío.

Esta escritora sueca, nacida en 1974, es una muestra más del auge de la novela nórdica, que, surgida del frío, ha conquistado los corazones de muchísimos lectores en todo el mundo con sus historias de intriga y misterio, protagonizadas por Erica y Patrick y situadas en su pueblo de la infancia, de nombre impronunciable. Resulta curioso el auge de los escritores nórdicos, que ha llevado a que se dedique a ellos la última Feria del Libro de Madrid, por ejemplo. Puede parecer que a los lectores les van a resultar áridos y desconcertantes los nombres y los sitios que recrean, pero, al final, una buena historia es una buena historia y tanto Stieg Larsson, como Ässa Larsson y Camilla Läckberg son, ahora mismo, autores muy vendidos.
Aunque Camilla afirma haberse leído "todo" Agatha Christie, he hecho una encuesta en mi familia, experta "agathiana" y varios de sus miembros, lectores también de Läckberg, afirman no encontrar similitud alguna. Coincido con ellos en que, por fuerza, estos libros tienen otro tono y otro aire. Algunas cosas curiosas hay en torno a este libro y los demás que forman, hasta ahora, la lista de novelas escritas por la autora. Por ejemplo, hay una semejanza con los "Harry Potter": los publica una editorial "modesta" (en este caso, Maeva y en el J.C. Rowling, Salamandra) que, a partir de ellos, ha hecho su "agosto". La edición que he leído de "La princesa de hielo" era la número 14.
Literariamente estamos ante un lenguaje sencillo y eficaz, sin elucubraciones ni florituras. La traducción incurre en algunas incorrecciones que no son significativas (por ejemplo, un uso dudoso del usted y del tú en los diálogos) y la autora consigue atrapar la atención del lector durante todo el relato ¿No es esto, precisamente, lo que pedimos a un buen escritor de misterio? Hay, eso sí, un paralelismo entre estos libros y los de Dame Agatha: aunque sus protagonistas no son niños, los niños son unos lectores fieles y han sido ellos los que, a través del conocido sistema del "boca a boca", han ampliado el número de lectores de estos libros. Lo mismo ocurre con Christie. ¿O no recuerdas a qué edad empezaste a leer sus novelas?.
Según dicen sus lectores empedernidos, en esa miniencuesta de la que os hablo más arriba, el primer libro y el tercero son superiores al segundo. Y, este cuarto libro, Crimen en directo, es la consecuencia inevitable del anterior. Lo que no quiere decir que uno no pueda leerlos a su aire, sin seguir secuencia cronológica alguna.
Te recomiendo este libro y todos los de la saga. Puede leerlos toda la familia y eso es muy agradable: comentar, indagar, discutir, reflexionar, contrastar, entre todos, a la hora de la cena o en ese sorpresivo momento de después del desayuno, cuando el día está por imaginar.
Si vas a regalarle un libro a tus hijos por las buenas notas (no olvides hacerlo, sacar buenas notas cuesta un buen trabajo y no me vengas con que es su obligación, etc. etc. ) y si vas a regalarte a ti mismo algo para iniciar tus vacaciones con un buen sabor de boca, te recomiendo este Crimen en directo o que empieces a leer la saga completa. Será estupendo.
Ah. Lo recomiendo incluso para posibles primos de Rafas de Pepas...

martes, 1 de junio de 2010

Despedida: cómo fue

Ya sé que hace mucho tiempo y que, a lo mejor, lo que voy a contar no se puede trasladar al día de hoy. Pero siempre que llega el momento en el que se van del centro los alumnos de segundo de Bachillerato, ese momento de las notas, de ver qué pasa, me recuerdo a mí misma, en los pasillos del inmenso Instituto Isla de León, esperando que el Jefe de Estudios, que era también nuestro magnífico, recordado, admirado profesor de Arte Don Francisco Pedrote, pusiera las notas en el tablón.
Me veo allí, perfectamente, con mis amigas, tres o cuatro, y también con dos o tres chicos, Fernando Rubio, Rafael Sestelo, Joaquín Arbolí, todos esperando a que Paco Pedrote saliera de la reunión de las notas. Veo que Pedrote pasa por nuestro lado y yo le pregunto: ¿He "pasado"? Y él me contesta, sin darle importancia. "Claro, eso estaba claro". Seguramente quería decir que no se habían detenido conmigo a dilucidar una y otra vez qué hacemos con ella. Porque, como otras personas, estaba claro que iba a pasar. Recuerdo que, en esa tarde, algunas amigas lloraban. Ellas se iban a quedar atrás. No dejarían el Instituto. Tendrían que ir a septiembre o repetir. Se iba a deshacer el grupo antes de que los estudios futuros lo rompiera. Ellas lloraban y nosotras pensábamos que teníamos suerte, mucha suerte. El año siguiente cada uno de nosotros estaba por un sitio diferente pero, igual que Joan Fontaine, la muchacha sin nombre de Rebeca recuerda los días felices de la Costa Azul, antes de llegar a la tormentosa Manderley, yo, de vez en cuando, revivo la emoción de aquellos días, de aquel día, en la calurosa tarde de junio en la que me despedí, para no volver nunca jamás, de aquellos tiempos.
Esta mañana, viendo el ir y venir de los alumnos en el Instituto, algunos sonriendo (como Ignacio, tan contento), otros llorosos (como Carmen), he vuelto a recordarme en aquellos días felices del final del Instituto. Ellos aún no lo saben, quedan muchos años para que se den cuenta, pero estos días, a pesar de la tristeza, son los mejores días de sus mejores años. ¿Quién no volvería ahora atrás incluso si Paco Pedrote atraviesa la sala y te dice "tienes que repetir"?
No sé por qué, también esta mañana, he recordado a Genaro Chic. Lo conocéis, estuvo en el Instituto dando una charla a nuestros alumnos. Genaro Chic, que fue mi profesor de Historia Antigua en la Universidad, me hizo un enorme favor una vez, un favor que cambió mi vida, pues, sin él, yo no hubiera podido seguir estudiando. No recuerdo las veces que Guerrero Lovillo me suspendió el Arte Islámico (fueron más de una y no entiendo aún por qué), pero sí recuerdo bien el favor que me hizo Genaro Chic y cómo aquello me hizo creer en la bondad.
Cuando, como cada año, los niños se marchan, siempre me pregunto si nos recordarán con cariño, si sabrán lo que ellos significan para nosotros, si hemos hecho todo lo posible...y lo imposible. Como ahora hago otras cosas, tengo que volver la mirada a mis propios alumnos de hace algunos años y veo que están ahí, que significaron tanto y que tanto me dieron. Ellos a mí, más que yo a ellos, seguro.
Queridos niños, adiós. Sed benevolentes con nosotros y no nos olvidéis.