miércoles, 12 de diciembre de 2018

Escribir de una misma


Hay escritores que abominan de lo que ahora se llama autoficción. Dicen que eso no es literatura, o que es una literatura menor, porque no hay invención, ni creación de personajes, ni tramas imaginativas. Hay, simple y llanamente, vida en directo, vida en diferido, pero vida al fin y al cabo. Siempre creí que en todos los libros había ramalazos de su autor en mayor o en menor medida pero es cierto, ahí tiene razón Marías, que en la autoficción todo es una misma. Y eso lo distingue de otros géneros. Los psicólogos consideran que la escritura tiene una función terapéutica pero solamente algunas personas logran convertir esa especie de desahogo en literatura. No basta con escribir lo que sientes o te ocurre, sino que has de escribir bien, has de establecer un camino que vaya directo al lector y un puente que te acerque a él. En caso contrario, solo estaríamos ante un prospecto medicinal, una forma de echar fuera lo malo. Escribe tu historia con él y luego quémala, diría un terapeuta a una mujer ante una pena de desamor. Pero no es esto solo. Escribir de una misma es algo más. A veces es hallar la explicación, el hilo conductor de las cosas. En ocasiones, es mostrar esa visión del mundo que te pertenece y que ha de ver la luz de alguna forma. También existen narraciones que parten de lo vivido para llegar a lo imaginado. Y luego están las memorias, la forma más alta de autoficción que existe, sobre todo si tienen el mínimo añadido de perdón, de disculpa y de disimulo.

Escribir sobre uno mismo establece un diálogo interno en el que nada puede obviarse. La explicación de las emociones no es siempre llana, más bien es una sucesión de accidentes geográficos, de cataratas, valles, montañas y depresiones. Es una forma de interrogarse que no siempre encuentra respuesta y es también una asignatura pendiente. Es imposible pasar página si antes no has terminado de escribir la anterior, si antes no la has pasado a limpio, no has comprendido la raíz del problema o, al menos, lo has intentado.

Es, también, una manera de perdonarte. Las personas que dan vueltas a su cabeza buscando explicaciones a los hechos tienen una tendencia muy marcada a pedirse cuentas a ellos mismos, de una manera excesiva, brusca, impertinente. Esa tendencia hace sufrir casi más que los propios hechos que quieres aclarar. El autoengaño es muy común en quienes necesitan alguna disculpa para sus equivocaciones o en quienes han sufrido tanto que no les es posible un sufrimiento mayor y precisan una simple motivación que sea, incluso, la fantasía mayor que imaginarse puedan. Por eso, por todo esto, no puede despreciarse aquello que nace de lo más íntimo que cada uno posee. Por eso, esos libros que nos encontramos por ahí y que nos conmueven porque podían haber sido escritos por nosotros mismos tienen el valor añadido de la fe en que el lector hallará una forma de entendimiento que ni siquiera el autor ha encontrado.

(fotografía: imposible adivinar el autor)

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