viernes, 22 de septiembre de 2017

Horas del otoño en Vermont


El otoño de Vermont guarda los colores de un año para otro. Especies de árboles que solo allí se abren a la luz. Carreteras cuajadas de cornisas rojiazules. Huecos sin labrar, sembrados de hojas de parra de un marrón aceitoso. Los pináculos de las casas sobresalen entre la niebla de cualquier amanecer del mes de octubre. Al mediodía, el sol escribe su propia historia y lo tiñe todo, hasta los corazones, de una tibia recompensa. Es el tiempo de las hojas caídas y todas ellas tienen una razón para tocar el suelo. 


Cualquier camino te conduce a una casa. Las casas se esconden para no estropear el paisaje. Los árboles son las cúpulas que sombrean la realidad de todos los días. Los hombres vigilan que le paso del tiempo no les robe el pálpito del color. Así los otoños transcurren lentos y, a la vez, vigorosos, con una dejadez inusitada, con un estruendo cromático que antes no habíamos conocido, ni en los sures más lejanos y exóticos. 


Es espléndido el reflejo del amor y cualquier esquina esconde una promesa. Hay ojos que permanecen alertas porque esperan el milagro. Otros han perdido todo signo de novedad. No creen en que la venturosa aparición periódica del otoño les traiga más que un aire repetido. Son los pesimistas que ya no encuentran nada, los que no escriben sino con el tictac repetido de las palabras huecas. En ellos el otoño no reverdece el fuego de los árboles añosos y rebeldes. No son una muestra fiel de Vermont y su plácida aurora que todo lo convierte en un ascua florida. 


Si la casa del lago llegara al paraíso podríamos recorrer los andenes sin miedo a que el tiempo enturbiara las aguas. Podríamos sentarnos a esperar que el paso de las horas nos convenciera de que somos felices aun sin notarlo. No habría diacríticas para ocultar el sentimiento y las hojas nos rodearían como un paisaje sin figuras. Vermont certificaría así que somos dos y que hay un hondo latido que no se pierde nunca. Las horas del otoño, aún sin saberlo, solos sin más adioses que los momentáneos, sin lejanías, con una soledad recompensada y tierna. Otoños, sin saberlo, claros. 

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