lunes, 31 de octubre de 2016

"Antigua luz" de John Banville

Me alegra experimentar el asombro y la fascinación por los libros a pesar de que llevo tantos años de lectora activa. Soy, básicamente y sobre todo, una lectora que por ello escribe. Pero, aún así, no ceso de toparme con cosas que me llenan de esplendorosa admiración, con libros escritos de tal manera que quisiera que fueran míos. Un solo libro de estos me aseguraría el paso a la inmortalidad literaria, el mayor empeño que alguien que escribe debería tener. No será así, por desgracia, pero bien sirve para disfrutar ese hallazgo nunca pretendido. 

Ocurre como con el amor. Ni se busca, ni se persigue, ni se conquista. Simplemente se encuentra, se acepta y se disfruta. Este es un libro para sentirse parte integrante de la comunidad de los que piensan que las palabras son el elemento de la comunicación que nos hace más humanos. 

Un hombre de sesenta y cinco años, actor de fama, padre fallido de una hija que se quitó la vida, esposo conveniente y desapasionado, amante de mujeres que apenas recuerda, hace un ejercicio de reconstrucción sentimental a partir de los hechos que rodearon la vivencia de su primer amor, el que le unió durante cinco o seis meses, a la madre de su mejor amigo. Esa mujer de treinta y cinco años, veinte más que él, que retozaba en una casa abandona junto a un chico que podía ser su hijo, le dejó la indeleble huella del nacimiento de la sexualidad, de la pasión y de todas las emociones que tienen que ver con la relación entre un hombre y una mujer. O entre un hombre y la vida. 

Pero no queda aquí el delicado equilibrio narrativo que el autor establece en este sorprendente libro que te llena de interés como si fuera una novela policíaca. Está también la vida actual, en medio de un rodaje que le traerá a su vida a esa actriz famosa que es infeliz más allá de su fama, y esos otros personajes cubiertos de misterio que se engarzan para darle el significado final al relato. En el fondo, Cass, su hija muerta. Al lado, Lydia, su esposa decepcionada. Al fondo, Celia Gray, la mujer. 

Admirado por su prodigioso fraseo, Banville es aquí más que un frasista. Inocula emoción a su inacabable repertorio de adjetivos y nombres, unidos con la argamasa natural que los hace nacer de dentro y desplegarse como uno de esos muestrarios de objetos antiguos de los que no podrías escoger solamente uno. No puedo explicar con acierto, porque soy incapaz, la sensación de galopar sobre el terreno fértil de la palabra que se siente al leerlo. 

Cada una de sus frases vale su peso en oro, pero todas juntas conforman un texto convincente y poblado de aristas. Personajes creíbles, que puedes percibir como llenos de contradicciones, dificultades y miedos. Momentos en los que reconoces el devenir de la vida en todo su esplendor. Encuentros predecibles contados con la fórmula mágica del talento. 

Yo era de Banville pero esto libro me ha hecho aún más. 


domingo, 30 de octubre de 2016


(Fotografía de Philippe Marchand. Nantes, 1961)

Todos los hombres que amé están en ti y tú no te pareces a ninguno. Aquella arrogancia juvenil, esa torpeza de no saber dónde poner las manos, la mirada imperfecta de unos días sin final, el resplandor opaco de sus ojos, la palabra convertida en confesión secretamente oculta, la blanca y dulce bebida a ras de labios...

Todo ese bagaje de caricias, gestos y enseñanzas furtivas y esos otros encuentros oficiales y las confidencias a la luz del día y la huída en las noches más amargas...

Esa turgencia firme de los brazos que escalan posiciones y quizá sin remedio esa gota de luz que a tu lado me alcanza...

No sé qué encontraría yo en ellos que no tuvieras tú. Acaso nada. Si no fuera por ti, tanto y de qué manera, los hubiera olvidado para siempre.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Y callaré tu nombre



Si algún día las aguas bajan dulces
acuérdate de este tiempo de furia,
del dolor del costado que se clava en el cuerpo,
de las lágrimas tibias que anuncian soledades.

Si alguna vez esos ojos vuelven a mirarte
no dejes de lado que ahora ocultan el rostro
no retires de tu memoria el sufrimiento
no permitas que la euforia te engañe de nuevo. 

Si por algún motivo sientes que esto de ahora
es un sueño inventado, una historia sin nombre,
recuerda lo que sientes, esta herida mortal
este silencio inmenso con su huella indeleble.


Elogio de la pausa



La muchacha se llama Gladys, Emma, Leonore, Sally....y está todavía en esa edad en la que la juventud es un atributo que puede disfrutarse sin prisas. Así, en la tarde verdecida de un tiempo en el que las flores están a punto de estallar para perderse, ella piensa sobre las cosas mientras balancea con desinterés un tallo de lirio amarillo silvestre. El vestido se mueve con la ligera brisa. El ala del sombrero oculta sus ojos al sol de la tarde. Podría ser Gudrun volviendo de la clase de pintura o Úrsula regresando de la escuela. Quién sabe qué nombres ocultos anidan en ese corazón afortunado bajo el vestido de muselina y gasa color hielo. 

La vida nos azota en tantas ocasiones que es bueno demorarse. Volver hacia una misma y hallar allí la dicha, las palabras que hemos escondido para que nadie osara convertirlas en un fuego sin límites, en una extraordinaria orquesta de pavesas. Miramos a lo hondo y vemos sentimientos que nunca salen fuera porque no queremos que se contaminen con el paso del tiempo, con la fuerza de los ojos que no saben mirarnos. Defiéndete, decimos. No dejes que ocurra lo inesperado, no dejes que te arrebaten la dicha. Ser feliz es una condición únicamente tuya. Tu sonrisa, tu cara entera dirán al mundo que has gozado de ese instante en el que paseabas silenciosa, pausadamente tierna. 

La pausa es a la vida lo que la música al espíritu. El franco camino del goce más profundo. Ese reverdecer de la esperanza. La nueva primavera. Tienes ante ti todo lo que se ha dicho y lo traduces al idioma que sueñas. Pero no siempre en ese sueño está la realidad. Es mejor sobrellevarlo con una broma que no alcance a descifrarse por quien no ha sabido nunca qué eres ni por qué existes. 

martes, 25 de octubre de 2016

Madrid, Madrid


A Madrid ha llegado Edna O´Brien, una de mis escritoras favoritas (esto es poco decir, suena frívolo y superficial) para presentar su última novela "Las sillitas rojas". Hubiera dado lo que fuera por estar allí, en esa librería, por ver de cerca a O´Brien (soy bastante mitómana) y por preguntarle algunas cosas de Kate y Baba que se me quedaron sin resolver. No vivir en Madrid tiene estas cosas. En todas las ocasiones en las que una exposición, una presentación de un libro o, simplemente, la imagen de la ciudad majestuosa y delicada que es, me hace pensar en ello, siempre tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo. Debería coger el AVE todas las veces del mundo y plantarme allí, sin más, sin parafernalia ni preparaciones. Sería lo mejor. 

Mi prima Mary (que es mi súper prima, esa prima que todos queremos tener, porque tiene las mejores cualidades, la mayor gracia y la generosidad especial de la buena gente) siempre dice que, para ella, estar en Madrid es la mejor cura para todos los achaques. Cuando llega, afirma, "ya no le hace falta el Dolalgial". Algo así os puedo yo asegurar. La última vez que estuve, incluso con el papelón que llevaba encima, logré captar esa buena vibración que siempre me produce, pero, la vez anterior, cuando iba expresamente a disfrutar de museos y de calles, todavía fue mejor. Bajarme del tren y aspirar el sonido de mayo me convirtió en otra persona. 

Edna O´Brien me conquistó con "Las chicas de campo". Y luego leí "La chica de ojos verdes". Y después "Chicas felizmente casadas". Su último libro "Las sillitas rojas", está ahora por aquí cerca y solo me he acercado a él a saltos. Si intentas encontrarle un gazapo te vas a equivocar. Edna es la perfección. Envidio su escritura como la de pocos escritores. Y esa forma de no parecer que el texto está trabajado, ese aire de espontaneidad, que esconden talento y esfuerzo, no cabe duda. "Las sillitas rojas" van a esperar un poco todavía. No es momento de leerlo. Sé que he de esperarme. Pero la visión de Edna en la librería, firmando sus libros, me ha producido una gran añoranza. En mi ejemplar, que es un regalo, nadie garabateó mi nombre ni añadió "besos".....

lunes, 24 de octubre de 2016

"Como una extraña" de Rachel Abbott


La novela policíaca es un terreno que he recorrido durante toda mi vida de lectora. Desde los diez o doce años las novelas de Agatha Christie han llenado el librerito blanco en el que estaban los libros más leídos de la casa. 

En las estaciones de tren, en los kioscos, en la imprenta (así llamábamos a la librería donde los comprábamos), en cualquier parte donde se pudieran hallar, incluso en el Vips o en un gran almacén, encontrar un título no leído era una fiesta para todas nosotras. De esta forma los conocemos todos y podéis preguntarme por cualquiera de esas novelas que sabré deciros argumento, personajes y desenlace. 

Ya sé que muchas personas la consideran literatura menor, pero no veo nada pequeño en hacernos pasar un rato agradable, ayudarnos a olvidar los problemas y, sobre todo, lanzarnos sobre la pista de alguien que ha hecho algo malo. La intriga, el suspense, la duda, son elementos consustanciales a su trama y todo eso te hace vibrar como lectora. Si me pedís algunos títulos de los que Dame Agatha escribió tengo que escoger "El asesinato de Rogelio Ackroyd" sobre todo, y luego algunos otros como "Se anuncia un asesinato", "Inocencia trágica", "Un cadáver en la biblioteca" o "El misterioso caso de Styles", el primero que escribió. Por decir algo, porque podría estar dando títulos al menos dos horas. Y no es el caso. 

Los crímenes de formato apacible, doméstico, nuestros favoritos, competían con ventaja con otros sucedidos en entornos exóticos a los que la autora acudía con su segundo marido, el arqueólogo Max Mallovan. 

Este libro, ni los libros policíacos de ahora de los que hay legión y que no suelo leer, no tienen nada que ver con aquellos. La simplicidad de los argumentos, en los que el asesino era quien debía ser, o el entorno campestre, rural, pueblerino, no tienen nada que ver con los crímenes urbanos de ahora, en los que hay sexo, drogas, mafias, trata de blancas, secuestros y otros afines. 

Tampoco los policías tienen el suave encanto de Poirot o la ingenuidad engañosa de la señorita Marple. Y eso, por no nombrar otras sagas policíacas bien conocidas de todos. La mía, siempre, Christie. 

Pues bien, aquí Rachel Abbott traza una intriga en la que los niños son protagonistas, aunque de muy diversa forma. Comienza el libro con la desaparición de una niña y continúa con el secuestro de un bebé. No os diré cómo acaba porque sería spoiler, pero sí os comentaré que aunque es entretenida y está bien escrita, el territorio chirría un poco y sobra cierto sentimentalismo con que se adorna alguien pretendidamente malo, o mala. No hace falta hacernos llorar, querida Rachel, basta con que nos entretengas. 

El personaje principal es Emma, casada con un hombre que perdió trágicamente a su mujer en un accidente y a su hijita (es la desaparecida). Tienen un bebé (que es el que raptan). También hay policías, antiguos novios, novias de policía y algunos malotes. El mejor malo del mundo para mí, no obstante, sigue siendo Joseph Cotten en "La sombra de una duda" ese asesino de viudas ricas que siempre tenía una mirada extraña y una sonrisa escéptica. 

Como una extraña. Rachel Abbott. Editorial Siruela. Policíaca. 

domingo, 23 de octubre de 2016

Devuélveme los versos que te escribí una noche

No lo hubiera creído. Incrédula, moviendo la cabeza sin reparar en ello, dudosa, fuera de cobertura, allá lejos de todo, cuando hasta el aire tiembla, recibe la evidencia de que también en esto él le mentía. Sus mentiras pequeñas, sus mentiras absurdas, sus mentiras ajadas, sus mentiras precisas, sus mentiras piadosas, sus mentiras perdidas, sus mentiras oscuras, sus mentiras dudosas, sus mentiras...alcanzan hasta el borde de los sueños, lo más puro que tuvo por llevarle. 

Una palabra tuya bastaría pero se equivocó y lo hizo inútilmente. Los errores consisten en hallar un camino que no conduce a nada. Confiar en que los ojos tienen brillo de huellas verdaderas. Esperar que el calor de las miradas tengan razón de ser pese a la noche. Pero si la mentira se abre paso, si la mentira huelga sus razones, si la mentira existe, si la mentira brilla, si la mentira avanza...entonces las palabras se congelan, se pierden, se marchitan, se acobardan, se adueñan del silencio, se terminan, se acaban, se mueren. En soledad se mueren las palabras. En soledad se marchita el silencio. 

Una mano invisible la aprisiona. Envuelve el corazón, no deja que respire. La angustia vuelve a recordar que existe, que es, que no se ha ido, que volverá sin duda. Y la risa se agota y se convierte en agua. Y una mueca sin vida, un gesto abandonado, la desidia terrible de quien no ama ni siente, de quien busca en los otros los afanes que añora, que no posee, ni vive, esa fugaz, funesta, peligrosa aventura, se convierte en un lobo que araña los sentidos y que traslada al sueño la vergüenza de doblegar lo puro.

Pero la tarde traerá nuevos sonidos. La esperanza nacerá de nuevo. Y aquellos que mintieron amanecerán solos. Sin resguardo, ni besos en el aire, ni besísimos llenos de ternura, sin colores, sin nada. Condenados. 

sábado, 22 de octubre de 2016

Una invasión salada


(Gustav Klimt)

Llegan sin avisar. No las esperas. Tampoco te hace ilusión su llegada. Es un incordio a veces. Casi siempre. Te rodean y te cansan y te vencen. Son saladas y húmedas. Te cubren enseguida la cara. Tu rostro se convierte en un camino a surcos. Se marcha el maquillaje, se marcha la sonrisa, se va todo. 

Si estás en un lugar inopinado, entonces te llenas de vergüenza. Lo ocultas, disimulas, las gafas son para eso un aliado. Pero incluso si fueras con la cara lavada, al descubierto, encontrarías que nadie lo percibe. Nadie ve cuando lloras. Las lágrimas son entes invisibles de un dolor no narrado. Son huellas, los testigos que anuncian que tu corazón vive en un silencio pavoroso que arde. 

Tú sabes por qué lloras. No te engañas. Puedes hacerlo con el mundo entero, pero nunca contigo. Los engaños no sirven. Duelen tanto como asir las verdades pero te dejan dentro una huella de hastío que no puede borrarse sino con claridades de cualquier primavera. 

Y no puedes huir. Eso también lo sabes. Han de llegar sin hora y sin medida. Quedarse en ti, arrasando, la débil resistencia convertida en renuncia. Te vencen, ya lo sabes. Y sabes por qué vienen. Y sabes por quién lloras. Y sabes que será un llanto baldío, que él convertirá en literatura. 


miércoles, 19 de octubre de 2016

En el jardín


(Impresionismo americano)

No todo fue tristeza. Nadie soporta la tristeza mucho tiempo. Por eso fue tan doloroso. Teníamos las palabras. Y teníamos las risas. Oírle reír era una gigantesca punzada de optimismo. Reía de una forma especial, con ganas, desde dentro. No impostaba la risa. El tiempo de reírse era el único que parecía verdad. Yo quería hacerle reír a toda costa por eso sufrí tanto cuando me convertí en un problema. Todas las mujeres de su vida nos hemos acabado convirtiendo en problemas. Las del pasado y las que vendrán.

Pero su risa, ay su risa. Conquistaba el espacio. Era limpia y producía el efecto de una catarata de agua en el desierto. A través del teléfono reía con ganas y transmitía un halo de complicidad imposible de evitar. Y, cuando estaba frente a mí, esa mirada, durante el acto de la risa, tenía una fuerza tal que todavía la mantengo en mis ojos. La veo siempre. Está ahí. No se marcha, ni se oculta, ni se escapa. Lo veo reírse y entonces muero.

No todo fue tristeza. Leíamos versos de los poetas que amábamos. Pronunciábamos con cuidado palabras. Las palabras eran nuestro territorio, el lugar en el que nos sentíamos seguros. Me gustaba cantarle. Al otro lado del teléfono mi voz siempre le sonaba a copla. Yo era entonces una cantante antigua que desgranaba amores perdidos, sufrimientos, quejas…Todo lo que un día llegaría a ser, aunque entonces yo no lo sabía.

Me gustaba leerle textos y oír mi voz mientras su oído estaba atento y a veces me comentaba cosas de mi acento que le hacían sonreír. Su sonrisa…ay, esa sonrisa presta a todo. Me llegaba tan dentro que dudaba de mí misma, de lo que era y de lo que había sido antes de conocerlo. Cómo pude vivir sin su sonrisa…cómo puedo vivir ahora. 


domingo, 16 de octubre de 2016

"Elle" de Paul Verhoeven, con Isabelle Huppert


Isabelle Huppert es una actriz excepcional. Su fragilidad aparente esconde una fortaleza sin límites. En este papel esa dualidad es fundamental. Michelle ha sido una niña traumatizada por su condición de hija de un asesino múltiple. Esa circunstancia ha marcado la vida de la familia. Mientras ella triunfa como empresaria de creación de videojuegos, su matrimonio fracasa y su hijo es un absoluto inútil con problemas mentales. Por su parte, la madre de Michelle ha perdido todo contacto con la realidad y vive entre el botox y los gigolós. En esa tormenta estallan otras, que la cubren de pleno y que solo pueden entenderse a la luz de su propia existencia. Pero es capaz de seguir, de arreglarse el pelo, ponerse los zapatos de tacón, maquillarse y volver a la lucha. Es esa sensación de resistencia a la derrota la que te mantiene atenta a la pantalla. 

Si vas al cine con amigas tendrás luego la oportunidad de hablar de lo que viste. Esto es algo impagable. Las cinco mujeres que, tras la proyección, nos sentamos a comentar nuestras impresiones, teníamos cada una un punto de partida diferente. Cada uno de nosotras había visto algo que las otras no percibían. Mirábamos a la Huppert y nos veíamos a nosotras mismas en determinados momentos. Ese ligue insustancial que deja de interesarte; ese hijo que está a punto de saltarse las normas; ese ex marido absolutamente perdido y sin anclajes que te necesita; esos compañeros de trabajo que exhiben una misoginia escandalosa; tu pasado, al que no puedes renunciar; tus padres, que están ahí, al fondo de tu biografía. 

Quizá ninguna reconoció en esos ratos la huella de lo que somos. Porque es una película y porque Verhoeven ha cargado las tintas en el argumento y en los personajes. Pero están los matices. Está eso que no se puede ocultar aunque uno lo intente. Están los pequeños sentimientos, las emociones diseminadas que no resisten la contemplación sin que hagas una introspección necesaria. Es una película en que las mujeres se dan cuenta de todo y en la que los hombres se dejan arrastrar sin mirarlas a los ojos detenidamente. No las conocen y por eso no las aman. Es una situación cotidiana en la que los hombres no aman a las mujeres. 

Cuando eso ocurre, las mujeres efervescentes, que calzan tacones finos, medias negras y que llevan vestidos escotados y oscuros, las que se peinan cuidadosamente rubias, las que sonríen con una burbujeante copa de champán en la mano y hacen ostentación de lo que son y lo que tienen, esas mujeres no repararán en el vacío de las miradas. Son esas otras, las invisibles, las que callan, las que son utilizadas sin desearlo, las que tienen que luchar por sí solas porque no las sostiene mano alguna, las que duermen solas sin cruzar la línea divisoria de la cama de uno cincuenta metros. Son esas otras las que advierten el truco, la tramoya, el gesto cruel del hombre que no ha tenido ningún reparo en seguir los dictados de su temperatura y de su necesidad puntual. Hombres que no están hechos para amar. Mujeres que no necesitan ser amadas sino ser exhibidas. Mujeres que aman y que están ocultas a la luz de los focos. Todo eso es "Elle" y es Huppert. Y a ver si le dan el Oscar, que sería lo justo. 


"Querida Jane, querida Charlotte", Espido Freire


El libro aparece pulcramente ordenado en una de las estanterías acrisoladas de la casa. Es una mañana luminosa en la que el otoño se ha retraído y el sol quiere recordarnos que existe, que todavía no se batido en retirada. El campo se ha abierto en amapolas y margaritas silvestres y las plantas del jardín mantienen su tersura, quizá porque hace pocos días una tromba de agua las ha santificado. Está el libro junto a otros que hace tiempo no leo y se me viene a los ojos y a las manos. Así, como si fuera una señal, un aviso, como si ese fuera el libro que hoy debo hojear y aún recordar. 

La contraportada es blanca y en ella sobresalen, con tamaño de miope, las letras negras que explican el argumento. Debajo, a la derecha, sobre el código de barras, aparece una etiqueta naranja fosforescente que está escrita a mano. El precio de venta (16,90 euros) y la fecha en la que se etiquetó, el 17 de febrero de 2004, justamente un día antes de que mi vida cambiara para siempre. Aunque yo no compré el libro hasta el mes de abril esa fecha es tan llamativa, dice tantas cosas, que no comprendo como no reparé en ella antes. Podía imaginarme lo que yo haría ese día 17, en vísperas del 18, porque no lo recuerdo. Nada de lo que hice podía traslucir tampoco que todo el mundo que había construido en torno a mi iba a cambiar tan radicalmente. 


Espido Freire se planteó como un enigma la vida de las hermanas Brontë y de Jane Austen. No es lo mismo, querida, le diría si pudiera. Es verdad que todo el mundo las relaciona pero también lo es que basta con leer sus obras para entender que son el agua y el aceite. El mundo atormentado de las Brontë en el que la literatura era un elemento marginal y extraordinario, no tiene nada que ver con la vida y la obra de Jane Austen, profesional de la escritura hasta donde era posible serlo, apacible, dueña de su vida y llena de ironía y perspicacia. No debería notárseme mi predilección por ella frente a las hermanas, pero, si se nota, es verdad. 

Por esa diferencia, precisamente, la estructura del libro no ofrece paralelismos en ambas partes. La dedicada a las hermanas Brontë se detiene en los elementos de su vida cotidiana y en la vida de las chicas propiamente dicha. Surge, emana, emerge, a veces, un libro de ella. La dedicada a Jane Austen se estructura en torno a cada uno de sus libros, como no puede ser de otra manera. Orgullo y Prejuicio, Sentido y Sensibilidad, Emma, La Abadía de Northanger y Persuasión, Mansfield Park, Sanditon...La autora justifica su periplo asignando un libro a cada ciudad o entorno geográfico en los que vive Jane, pero ya sabemos que esto no es exacto ni responde a la realidad. Es un recurso literario sin más y olvida los años en los que no pudo escribir ni una línea (correspondientes a Bath, precisamente). 

En todo caso, el análisis en clave biográfico no casa con la obra austeniana. La literatura es algo más. Sin embargo, resulta agradable este recorrido que cualquiera que haya leído estos libros querría hacer, aunque sus conclusiones fueran diferentes. El placer, desde luego, sería el mismo. Y todos los austenianos sabemos que el placer es un elemento esencial de la vida y, por tanto, del arte. 



sábado, 15 de octubre de 2016

Anónimos


(Hiperrealismo USA. Robert Neffson) 

En esta encrucijada tendrías que aguzar la vista para distinguir rostros, actitudes, gestos, personas. La ciudad ofrece un perfil diáfano, en el que los edificios apabullan, en el que las ventanas semejan ojos que no ven y el suelo un enorme espejo donde no mirarse. La gente se mueve, pasea, se afana, busca y recorre al tiempo que la luz se define inmisericorde sobre ellos. No hay nadie que atienda al espectador que, como yo, quiere descifrar alguna cosa de estas vidas ajenas. 

Pero todo tiene sus ventajas. Puedes cruzar de uno a otro lado sin que nadie repare en tu tristeza, en tu euforia, en tus miedos, en ese aire tosco que te gastas a veces con la vida, en tu mirada ausente, en tu cobardía sin razones. Puedes ser alguien que no posee siquiera un nombre, que no tiene una historia previa, que no se ha balanceado en el transcurso del tiempo, que no ha perdido nada. Esa eres tú si te atreves a llegar a este lugar innominado. 

Los seres anónimos guardan trazos de poesía y también se prestan al odio y a la indiferencia. En ocasiones lanzan con estruendo toda su artillería sobre la felicidad y la conviertan en basura. Otras veces, se vuelven a sí mismos y se ocultan, como si el mundo no girara con ellos, como si todo estuviera tasado y convertido en una venta sin beneficios. Así es el anonimato y así brujulean en las ciudades fantasmas los corazones perdidos que no ansían sino el silencio. 

viernes, 14 de octubre de 2016

Faros


( Un faro en la costa de Irlanda )

Confieso que me gustan los faros y que no viviría en uno de ellos. La absoluta soledad que los rodea, el mar océano a un lado, en otro ángulo la tierra firme anclada, todo eso me asustaría en las noches y me daría melancolía en los atardeceres. Ese momento indeciso del comienzo del día, cuando se apaga la luna siquiera por un tiempo, esas horas escasas, serían, seguramente, el tiempo en el que mi corazón no latiría desbocado aquí, en estos sitios que la leyenda agranda. 

Esa luz circular que lanza inexorable cada vez que el reloj así lo exige tendría que ser también un aviso para aquellos que viven en las orillas tenues de los mares ansiados. Justo al lado del mundo en el que te hallaría, aunque no estoy segura de que tus ojos vieran ese andar despacioso que gasto cuando sueño. En ti, solo contigo, solo al lado del aire, allá contigo, solo en esa baranda de las camas desnudas, podría retroceder y cambiar lo que ha sido por una tenue brisa que trajeran tus manos. 


Ella calla, él miente



(Richard S. Johnson. Hiperrealismo norteamericano)

Hoy prefiere el silencio. Y eso en ella significa que una puerta está a punto de cerrarse. Que un árbol ha dejado caer todas sus hojas y soporta con pesadumbre el viento y la lluvia, sin apenas protegerse. Quiere decir que no cree en palabras vacías y en sonrisas cargadas de prevenciones. Que las mentiras piadosas no son santo de su devoción. Que no siente nada si una imagen, con champán incluido, se superpone en su cabeza.

El silencio significa en ella tanto decepción como desencanto. Como desengaño. Como desafección. Como desaliento. Desarmada. Desilusionada. Desértica. Desapasionada. Desdoblada. Débilmente expuesta a los adioses que se acumulan cada día. Adiós, adiós, adiós. El silencio se escribe con eses. Todas las palabras terminan en ese. Días acaba en ese. Tardes acaba en ese. Noches, también.

En el silencio suena, extrañamente, una canción de la que todos hablan. Pretende ser emblema pero para ella no es nada. Es un eco lejano y alejado, que nunca significó sino el himno de un país extranjero. Cualquier frase de él dicha a través del teléfono encierra más música que esta canción que todos elogian. Incluso ahora, cuando el silencio la improvisa sin más y la convierte en una melodía interrumpida.

Hoy prefiere el silencio. Su corazón ha andado de hito en hito, ha creído en los milagros y en las rosas. La luz del otoño ha opacado todas las voces antiguas y también los recuerdos se han convertido en hilos del pasado. No existe nada más que esta quietud prestada, que esta lágrima oculta, que esta serenidad imposible, que esta huida. Ha tardado demasiado en darse cuenta de que nada es la palabra de moda. De que la nada es el espacio en que él se mueve. De que ella no existe para quien, cada día, inventa una mentira con burbujas. 

jueves, 13 de octubre de 2016

Campo dei Fiori


(Marcello Mastroianni y Sophia Loren. Los Girasoles. Vittorio de Sica. 1970)

A ella le asustan los aviones. Cuando se cierran herméticamente las puertas y la huida es imposible. Algunos pasajeros se asoman jubilosos a las ventanas, detrás de los cristales, para ver el despegue o la llegada. Para atisbar las tormentas en las pistas de abajo o para soñar con una puesta de sol única, que les convierta en espectadores privilegiados de la naturaleza incólume. 

A ella, en cambio, lo único que la salvaguardaba del miedo era el amor. Sentir que allí, a su lado, con las piernas muy juntas y las manos cercanas, estaba él, que podía acunarla si notaba sueño y podía distraerla si los nervios hacían su presentación. Era el amor lo que movía sus pies a la hora de avanzar en un viaje que siempre quiso hacer con la persona adecuada, en el tiempo preciso, en el paisaje perfecto. 

La ciudad es un torbellino de esperanzas. Las calles aparecen regadas de turistas, de nativos que ignoran cuando sucede, al modo en que los naturales del país desprecian lo que son y lo que tienen, interrogándose a sí mismos sobre el extraño fenómeno de aquellos que escriben las vigilias con sus claros rincones. Allí ella se mueve de la mano del hombre que ama y parece que vuela sobre el suelo y parece que brilla más que nada y parece que el mundo se reduce a ese instante. Te quiero, le diría, mirándolo a los ojos si pudiera. 

Algunas tardes, a punto de anochecerse el día, recorren un lugar desconocido que han hallado por casualidad en una guía turística. Es un pequeño local de cuadros blancos y rojos, que se abre al cambio de luz como si fuera una flor que se ensimismara. Es un sitio en el que pueden hablar sin interrupciones y en el que su risa suena como el cristal que se desprende de una lámpara en un salón de baile. Cuando vuelven al hotel de madrugada, pisando con cuidado los adoquines uniformes de las calles, se paran a besarse en un escaparate y el espejo les devuelve una imagen que nunca nadie va a plasmar en las redes. 

No existe nada comparable al sabor de sus besos. Nada hay que sustituya su voz en los oídos cuando recita uno de sus poemas y se ríe sin evitar que el aire de una mariposa abata las alas en su rostro atento. No queda nada que no sea su presencia, ausente sí, pero tan verdadera, tan llena de latidos, aun ahora, aun en la soledad, aun en el miedo, en la derrota, aun en los años perdidos, aun en estas horas tibias que anuncian un invierno florecido de viajes sin vivir. 

martes, 11 de octubre de 2016

"A mí no me engañas" de Kelly Link


Kelly Link (Miami, USA, 1969) es editora y escritora. Los cuentos y los relatos cortos son el territorio literario en el que mejor se mueve. En ellos hace una personal mezcla de asuntos fantásticos, ciencia ficción, adobados de elementos de carácter realista. Como editora es responsable junto a su marido de Small Beer Press y realiza una interesante labor como profesora de escritura creativa en talleres literarios muy conocidos y respetados en Estados Unidos, algunos de los cuales están vinculados a universidades. Ella misma asistió a estos talleres y es ahí donde ahormó su forma de escribir y de entender la literatura.

En 2011 se publicó en castellano su libro "Magia para lectores" (Seix Barral) una antología de cuentos fantásticos que tuvo mucha aceptación entre el público. A pesar de ser una escritora muy premiada en su país todavía en España no goza de un reconocimiento más o menos general.

En esta ocasión Seix Barral publica otra colección de cuentos, "A mí no me engañas". Son ocho historias en las que Link se mueve con total libertad, cruzando hemisferios y navegando en mares procelosos donde podemos encontrar estilos muy diferentes, personajes atrozmente variados y toda una serie de subgéneros, desde el de catástrofes, aventuras, fantasía, superhéroes, animales, secretos o futuro. El punto de vista de Link a la hora de enfrentarnos a estas mágicas andanzas no es frío ni tiene intención de asustarnos sin más, sino que pretende que volvamos los ojos hacia nuestro yo interno, ese lugar donde reside nuestra mayor fragilidad y también nuestras mejores potencialidades. Las relaciones humanas dentro del paisaje de cuentos en los que todo es posible. El humor, la ironía, el ingenio, son fundamentales a la hora de hacernos llegar este mensaje y, sobre todo, de divertirnos con cuentos escritos para adultos que no han olvidado todavía que fueron niños, hace no demasiado tiempo.

A mí no me engañas. Kelly Link. Editorial Seix Barral. Biblioteca Formentor. 2016. 


lunes, 10 de octubre de 2016

"Basada en hechos reales" de Delphine De Vigan

Desconfío de los libros que se leen de un tirón. A veces eso significa que se despeñan por un precipicio del que no es responsable siquiera su autor. En este caso todo parece abocado a la tragedia. Las entradas de los capítulos llevan frases de Stephen King y el comienzo no puede ser más descorazonador: una escritora que ha perdido el don de la palabra. 

¿Estamos ante una historia real? ¿Ha tomado Delphine de Vigan un episodio de su propia vida para convertirlo en novela? Estas preguntas se formulan en el libro de otra manera. ¿Debe el escritor usar su material biográfico para escribir? ¿Es esa la única escritura posible?

La escritura-verdad, la que emana de la realidad directamente, la que se ofrece en bruto, apenas sin limar. El oficio de escritor como demiurgo, como intermediario entre la vida y el lector. 

La protagonista de este libro es una escritora que no encuentra argumento para escribir una novela, después de haber obtenido un importante éxito. La editora le demanda un texto que ella no se ve capaz de escribir. Su vida es razonablemente feliz al lado de un hombre, François, que se dedica de modo absorbente a su trabajo. Ella, que lo denomina siempre como "el hombre al que amo" no sé da cuenta de que aunque lo ame él no está cerca de ella cuando lo necesita. O solo a medias. También tiene dos hijos adolescentes en ese difícil paso del liceo a la universidad. Y algunos amigos, demasiado ausentes en general. 

Esta especie de situación de emergencia la coloca en una vulnerabilidad que pronto va a tener su consecuencia. La aparición de L, una extraña mujer que parece estar en todo y conocerla mejor que nadie, va a desencadenar un período de tiempo en el que su alma y su cuerpo se verán suplantados, poseídos por alguien ajeno que poco a poco la trastocan en una persona sitiada. Tantas veces habla la psicología de gente tóxica, de perversos narcisistas, de obsesivos, que no cuesta demasiado trabajo adivinar y reconocer en L alguna de esas patologías. 

Desde el momento en que ambas se conocen, en un acto social, la vida de Delphine, que es también el nombre de la protagonista, cambia sustancialmente. Nada es lo que era. Y nada es como parece ser. O como debe ser. Las extrañas actitudes de L no son percibidas de inmediato por Delphine pero el lector es aquí un observador privilegiado que se adelanta a su visión e intuye, casi desde el principio, que algo no encaja en todo esto. Los amigos se van marchando, el hombre al que ama se desplaza desde el centro a un eje transversal, el libro no se escribe, el argumento no llega, los recuerdos se mezclan, las actividades sociales desaparecen....Todo se convierte en un atroz vacío que, lejos de paliarse, va en aumento. Así es la vida de Delphine desde la llegada de L. 

Pero ¿quién es L? ¿por qué ha aparecido de repente en su vida? ¿qué pretende? ¿de qué pasado oculto proviene? ¿son ciertas sus palabras, su ocupación, su origen? ¿por qué husmea continuamente libros de los que Delphine guarda en su casa? ¿por qué los hechos que le relata tienen tan sospechoso parecido con algunas escenas de esos libros? ¿de qué conoce a Delphine? ¿cómo la conoce tan bien?

Sepamos que, al final, el libro se escribe, la editora lo recibe pero nunca va a ver la luz. Sepamos que esa luz tampoco alumbrará la vida y la fantasía de L. Sepamos que Delphine tiene suerte de tirar de un misterioso hilo, algo deshilachado e informe, pero, al fin y al cabo, revelador y decisivo.

Este es un libro desazonante. Una de esas novelas escritas con afilada inteligencia y con potente intuición. Las ausencias se revelan tan exactas como las presencias. Las relaciones humanas se llenan de esquinas de sombra que es imposible recorrer sin sentir el dardo de la desconfianza. Trata del vacío creador, tanto como de las vidas torturadas, las mentes incompletas, las razones imposibles y los recuerdos que no conducen a la luz sino a la pérdida de la razón.


Basada en hechos reales. Delphine De Vigan. Editorial Anagrama. Panorama de Narrativas. 2016. Traducción Javier Albiñana. 

Otros libros de la autora: Días sin hambre. Nada se opone a la noche. 

 Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) vive en París. Su novela No y yo recibió el Premio de los libreros y fue llevada a la pantalla por Zabou Breitman. Las horas subterráneas (2009), con una gran acogida crítica y muchos lectores, figuró en la lista de obras seleccionadas para el Premio Goncourt y obtuvo el Premio de Los Lectores de Córcega. Nada se opone a la noche ha obtenido el Premio de novela FNAC, el Premio de novela de las Televisiones Francesas, el Premio Renaudot de los Institutos de Francia, el Gran Premio de la Heroina Madame Figaro y el Gran Premio de las Lectoras de Elle. Ha tenido un éxito arrollador en Francia, donde ha superado el medio millón de ejemplares y ha estado durante muchos meses en el ranking de las novelas más vendidas. Asimismo ha sido publicada, o está en vías de publicación, en veinte editoriales extranjeras. (Sinopsis de la autora de Editorial Anagrama) 

domingo, 9 de octubre de 2016

"Triana. La otra orilla del flamenco. 1970-2015" Ángel Vela Nieto


El elemento predominante en este voluminoso libro es el trabajo de campo. El autor ha utilizado el método de ir directamente a las fuentes y ha privilegiado la oralidad frente a la bibliografía. Esto tiene su razón de ser en el propio contenido del libro: detalles biográficos de artistas de Triana y en Triana, más o menos conocidos y representando todos los ámbitos flamencos, desde su cultivo, hasta los investigadores y aficionados. 

La tarea se ha completado con una selección de testimonios gráficos, algunos de ellos impagables. Las imágenes de niños jugando, de niñas en el colegio, las escenas familiares, los artistas en su salsa sin esa rigidez de los escenarios, pueblan sus páginas y contribuyen de una forma decisiva a que el libro sea entretenido y convincente. Es un libro de consulta que puede leerse desde cualquier dirección y al que se debe volver para saber cosas concretas del arrabal en este aspecto de su arte. 

La página 7 del libro contempla un aviso: se dirige el autor directamente a quienes puedan confundir sus intenciones y avisa que esta obra no está dirigida a engrosar los tratados de flamencología sino a los que se interesan por conocer Triana más y mejor. Lo que quiere decir que se ha parado en el flamenco como podía pararse en otra faceta del arte o de la vida. Como está haciendo ahora mismo con el toro, su ocupación actual en el rastreo de personajes y vidas. Sin embargo, cualquiera que conozca mínimamente el mundo del flamenco sabe que advertirlo no está de más, porque ya sabemos qué fácilmente se descalifican esfuerzos con argumentos peregrinos que no se sostienen. Hay quien en el flamenco piensa que este es un arte probeta, que crece en los laboratorios y que no está contaminado por otras artes ni por el devenir de los acontecimientos. En fin...

Volviendo al contenido del libro, está sabiamente distribuido en capítulos que organizan a los personajes que aparecen en él: Prólogo: Ave Fénix; Triana sin gitanos ni corrales de vecinos; La vida sigue; Altares para el flamenco; Nombres de la Triana flamenca de este tiempo; Galería cabal de artistas aficionados; Apéndice; Fueron vecinos de Triana; Algo más sobre Triana en la música y en el mundo; Despedida y Agradecimientos; Fuentes principales y nota final. 

Todo lo que se cuenta aquí tiene el valor del testimonio y, por eso mismo, ha de servir de guía a otras investigaciones y, sobre todo, evitar las confusiones que pueblan el flamenco desde su mismo origen. Las traiciones orales tienen eso. Y esta es la principal razón por la que el libro merece la pena de formar parte de la biblioteca de cualquier aficionado que se precie o cualquier institución cultural en la que el flamenco o Triana, tengan sitio. Entre tanta pléyade de personajes los hay de trayectoria conocida y otros de los que no es fácil haber oído hablar. Hay que escudriñar mucho para llegar a tanta de esta gente que, probablemente, es la primera y única vez que van a verse dentro de la letra impresa de un libro. 

"Triana. La otra orilla del flamenco" en sus tres tomos, de los cuales este es el tercero y último, goza de la necesaria poesía de los datos, sin la cual sería imposible un conocimiento cabal de cualquier arte, de cualquier territorio. Triana, como lugar de paso y al tiempo como crisol y solar de multitud de artistas, aficionados y acontecimientos flamencos, bien merece este esfuerzo que debería verse acompañado por la difusión del mismo a la mayor escala, simplemente porque engrosar el número de textos que aportan luces a fechas, nombres, lugares, tiempos y espectáculos, lo que no es poco en una estructura artística en la que prima la transmisión oral. 

La maquetación del libro es muy agradable, haciendo su lectura fácil y diáfana. La portada, del pintor Juan Valdés, añade sabor y colorido al conjunto. 

jueves, 6 de octubre de 2016

"Hecatombe" de William Gerhardie


El buen tino de Impedimenta escogiendo autores se refrenda con las obras de William Gerhardie, de quien ya leí y reseñé en este blog su "Inutilidad", deliciosa comedia rusa, lo cual no deja de ser una incongruencia literaria. 

Nacido en San Petersburgo en 1895, Gerhardie fue, por posición, un observador privilegiado de los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en las primeras décadas del siglo XX en Rusia y que contemplaron tanto el zarismo, como la Revolución Rusa y las dos Guerras Mundiales. Formado en Oxford, perteneciente a una familia inglesa, su mirada está llena de la objetividad que esa condición le depara. Fue agregado militar y ello le añadió una visión complementaria de los conflictos de su tiempo. 

Gerhardie es un escritor brillante. Su estilo tiene influencias de Chéjov pero el bordado literario es enteramente suyo. La forma de acercarse a los hechos y personajes lo definen como un narrador irónico, detallista sin resultar exagerado, reflexivo, cargado de originalidad y presto a encontrar ese punto de vista que nos interese y conmueva a los lectores. Después de "Inutilidad" escribió y publicó "Los políglotas" su novela más considerada de cada a la crítica y el público. Después aparecerían "Doom" y "Resurrección". Dejó una obra inconclusa y la percepción generalizada de los críticos y profesores de literatura de que estamos ante un escritor de talla. 

"Hecatombe" es una sátira en la que la originalidad exacerbada de Gerhardie no se contuvo y lo lanzó a diseñar un futuro en la era atómica. La diversión está, pues, asegurada. Una diversión plagada de inteligencia, de ingenio colosal. El protagonista es Frank Dickin, que quiere ser escritor. La historia cuenta la relación de este aspirante con una familia rusa, como poco distinta, a la que pertenece la hermosa Eva. Comedia social, ciencia ficción, novela apocalíptica, desventuras y aventuras de tipos que quieren ser lo que no son, científicos locos, escritores y periodistas, una jerga propia de gente excéntrica y un desarrollo plagado de gags. Eso es "Hecatombe". Lo cual es decir mucho. 

A destacar, como en todas las obras que edita esta editorial, el cuidado de la edición, tanto en la traducción a cargo de Martín Schifino (Buenos Aires, 1972), como en la parte gráfica, con una preciosa portada con sobrecubierta, como es habitual en estos libros. Imprescindible. 


Hecatombe. William Gerhardie. Editorial Impedimenta. 2016. Traducción de Martín Schifino. 

miércoles, 5 de octubre de 2016

"Fiebre al amanecer" de Péter Gárdos


Qué encantadora forma de narrar la de Péter Gárdos...Sencilla pero no simple. Cautivadora. Llena de detalles que van convirtiendo la historia en una dócil escalera que subes. Al final, se encuentra una ventana. La abres y allí está todo. 

Lo que cuenta me conmueve. Su propia historia personal está llena de cosas que cualquiera arrumbaría para siempre en un armario. Eso mismo hizo su padre, superviviente del Holocausto que, sin embargo, jamás habló a su hijo de lo que allí ocurrió. Hay muchas formas de reconocerse uno mismo, de encontrar las raíces que nos atan a la tierra. Este escritor desempolvó las cartas que su madre le entregó en un momento dado y allí pudo ver cómo su familia adquiría un sentido diferente. Su padre y su madre, ambos judíos, ambos jóvenes enfermos víctimas de la barbarie nazi, fueron capaces de encontrarse con todos los elementos jugando una siniestra partida para devorarlos y fueron asimismo capaces de amarse hasta el final, desde el principio. 

Las cartas inspiraron a Gárdos y allí encontró un argumento para este libro que ha publicado y que tiene toda la pinta de ser una primera novela memorable. Por su estilo, por su argumento, por la delicadeza que encierran sus palabras, por la elección de sus personajes principales y secundarios, por el perfume que envuelve el transcurrir de los días y las horas. En Suecia, en los sanatorios en los que se curaban del espanto aquellos refugiados que el país acogió con notable dignidad, un joven condenado a muerte por la tuberculosis que padece, Miklós, decide sortear su final de la forma en que la muerte puede ser vencida: con el amor. Es el amor el que redime al muchacho de su sufrimiento, de las horas de quirófano, de la miseria gris, de la blancura helada de los lugares de reposo. Es el amor y es la palabra. 

Oh, sí. La palabra. Quién no ha encontrado alivio en una hoja de papel escrita por ambos lados en la que una relata con detalle silencioso todo lo que siente por alguien que no está cerca de ti. Alguien a quien la vida sitúa en otro hemisferio emocional, quizá en otro país, ciudad o pueblo. Esas cartas que a veces te he escrito y que tú leías con la ligereza propia de los jóvenes. O aquellas otras que rompí cuando ya tus ojos no me decían nada. O las que no te escribí porque no fue necesario. O las que te escribiría si pudieras amarme. 

Miklós decide enamorarse y así busca los nombres y las direcciones de las 117 jóvenes húngaras, como él, que pasan los días reponiéndose en los hospitales de Suecia y que son originarias de Debrecen, y les escribe una carta, con su bellísima caligrafía. Espera que le contesten y algunas lo hacen. Por ejemplo, Lili Reich, también con problemas de salud a causa del riñón.

Así se inicia una aventura que intenta conjurar el destino, la enfermedad y la muerte. De todas las muchachas será Lili la que entre en su corazón de una manera directa, a la que enviará una foto borrosa en la que parece estar por casualidad y la que amanecerá en su pensamiento en las vigilias, cuando el termómetro señala que la fiebre está en un eterno 38,2.

Si lees el libro sabrás si Miklós consigue salir de su obligado encierro en el campamento de Avesta y logra encontrarse con ella, al menos tres días, tres días únicamente. Sabrás el papel que juega en todo esto la medicina, los dos médicos, uno de cada uno. El doctor Svensson, que cuida con esmero a Lili y el dolor Lindholm, que hace lo propio con el muchacho. Y conocerás a Harry, el íntimo amigo. Y a las dos amigas, distintas y que juegan papeles diferentes, una leal y la otra....Son Sára y Judith Gold.

Todo eso está en el libro. Su lectura discurre con la suavidad de un río sin torrentes, de un agua mansa pero que tiene la firmeza necesaria como para llegar a la desembocadura. Es un testimonio de lo que la vida puede ofrecer si se tiene la suficiente determinación como para no tirar la toalla y es también una obra literaria, llena de preciosos momentos, de ingenuas claridades, de pensamientos profundos.

Es una verdad universalmente reconocida que todo hombre soltero, en edad de enamorarse, busca a una mujer que se convierta en el motivo por el cual no querrá abandonar la vida. Al menos, mientras pueda.


Fiebre al amanecer. Péter Gárdos. Editorial Alfaguara. Traducción de Andrés Cienfuegos Gómez y Judith Faller Leitold. 

Así que estés, no digo qué palabras


Tu palabra se oye cada vez más lejana. Es un susurro que dispersa el viento. Lo diría Ángel González. Yo también te lo digo. Aunque nunca me oigas, aunque nunca lo sepas, aunque nada me sientas, aunque no te imagines, aunque estés de vacío, aunque yo no sea fuego, aunque yo no sea aire, aunque yo no sea tuya. 

Espero tu palabra como si fuera lluvia. Es el primer ardor que mi alma necesita. La espero como tierra, como abrazo de amante. La espero y nunca viene porque abandona el tiempo cada vez que te llamo. 

Siempre suena la música si te vas alejando. Si en las horas precisas te escapas y me dejas. Siempre suena la música y me advierte en silencio. Es un silencio nuevo, que me atrapa sin verte. 

Ahora que estás tan lejos, ahora que ya no existes, ahora que nunca tiemblo, ahora que no me abrazas, ahora puedo decirte que tu presencia azul es una llave. Cierro mi corazón ahora que te has marchado. Guardo mi corazón y me cubro de ausencia. No te tengo, no soy, no escucho ya tu eco. El móvil se ha callado. 

martes, 4 de octubre de 2016

Edificios caídos



Ella daba la impresión de ser una mujer fuerte. En esto quizá nadie se equivocaba. Pero la fortaleza esconde fisuras, carencias, huecos. Un edificio puede tener amplios cimientos a prueba de seísmos, enormes ventanas acristaladas, paredes forradas de sistemas anti ruidos y toda suerte de adelantos añadidos pero también poseer, a la mitad de su estructura, una corriente de aire rumorosa que hace que de noche los habitantes de la casa oigan el ulular del viento en las colinas. Una falla, una debilidad, una entrada secreta por la que se cuelen los bandidos, los hostiles, los que buscan destruir más que crear. 

Así ella tenía en su espíritu una delicada estructura que ocultaba la vieja sensación de vacío que, desde niña, la perseguía sin explicación alguna. Ya había llegado a conocerla íntimamente como si se tratara de una amiga que jugara con ella y que con ella pasara las horas interminables de los fines de semana y las tardes sin planes. Así ella convivía con una alegría natural y una tristeza impuesta, incomprensible, ineludible y a veces hermosa, pero más tiempo inhóspita, cruel y sin sentido. Todas las noches esa tristeza venía a ocupar su espacio. Estoy aquí, decía, me marcharé cuando el alba te llegue. 

El hombre supo todo aquello de inmediato. Era un experto en aquilatar ganado. Conocía al dedillo todos los secretos de las razas humanas y las mujeres eran su principal aprendizaje. Las tenía pulcramente clasificadas, por edades, por peso, por la anchura de las caderas, por la talla del sujetador, por el color del pelo, por el estado civil, por el nivel de inteligencia, por sus gustos a la hora de comer y beber, por su manera de andar, por la altura de sus tacones, por el tono de su voz al teléfono, por el acento, por la forma de escribir....Había otras clasificaciones que no vienen al caso, bastante más rotundas y menos poéticas. Pero esas las guardaba para sí, las conservaba en su cabeza y eran un galimatías, como el sistema que usaba en el teléfono para que no hubiera interferencias y nadie pudiera observar ni conocer sus correrías. Así, por tierra, mar y aire, se comunicaba a través de todos los artilugios posibles: móvil, teléfono fijo, correo electrónico, whatsapp, telegram, SMS, notas en el parabrisas, palomas mensajeras, tantanes, estrellas fugaces, escritura sobre el suelo, graffittis, surcos en la arena, miguitas de pan, miradas tras un gin tónic bien cargado, besos en el aire, notas en la agenda, susurros en la noche, gritos en el paso de cebra....

Por ese espacio vacío y sideral que llegaba directo al corazón, sin poderlo evitar, sin remedio, sin defensa posible, sin argucias que la ayudaran a sobrellevarlo, por ese lugar innominado, entró él directamente como si fuera indispensable en su vida, se aposentó allí y no quería marcharse. Usó todos los instrumentos que obraban en su poder para alguien como ella, de igual modo que había empleado otras herramientas en otros casos. Ella era diferente y el caso también lo fue. No pudo decir que la artillería pesada le sirviera, más bien los versos de poetas, las canciones entregadas y las palabras como vehículo a motor. Nada fue en vano, nada quedó por hacer. Culminado el abordaje, rendidas las horas de ella, subordinada, sin una luz que aquella intermitente, el mentiroso no tuvo ya más que retirarse a desdeñar su obra. Había perdido el interés y solo hubo alguna mirada compasiva, pero no demasiado. Estaba muy ocupado para perder el tiempo. Prefería relajarse en cualquier sitio de costa, mejor bajo el mayor sol posible y sin responsabilidades que estropearan el bello momento de entrada de la nueva estación. 

"Las chicas" Emma Cline

Esta es la primera novela de Emma Cline. Las primeras novelas que alcanzan un inusitado éxito son un problema más que un logro. A veces condicionan la vida de sus escritores para siempre. Todos esperan una segunda novela que sea mejor o, al menos, igual. No siempre ocurre. Por eso, hay escritores que solo tienen un libro. Una primera novela exitosa, un acierto, una diana. El resto es pasable tan solo. En España tenemos un caso muy claro, aunque su autora no tenía la exagerada juventud de Cline cuando se dio a conocer. Me refiero a María Dueñas, cuyo "El tiempo entre costuras" fue un hito literario en el país que dio lugar, incluso, a una excelente serie de televisión. Sin embargo, ni la publicación de una novela anterior remozada, ni una novela de nuevo cuño, pudieron colocar a Dueñas en el sitio anterior. 

Una conjunción de elementos son los que hacen, por tanto, que un libro triunfe y el triunfo de un libro no garantiza una carrera literaria. Hay que ver, por lo tanto, que pasa con Emma Cline. Los derechos de "Las chicas" se han vendido a 35 países. Y habrá película. Pero esto no significa nada, no es ningún seguro para un escritor. 

"Las chicas" es una novela psicodélica. Su protagonista es Evie Boyd, de catorce años, una adolescente solitaria, al modo en que algunas adolescentes lo son. Centrada en sí misma, algo rara, algo despistada, algo obtusa. Sus padres se han separado y ella tiene una buena amiga, Connie, que vive la adolescencia de un modo parecido. En un parque de California, allá por 1969, contemplará a unas jóvenes alegres, desprejuiciadas, libres al parecer. Muy distintas de ella. Por eso se siente atraída ante una frescura que le parece envidiable. La cabecilla del grupo es Suzanne. Será ella quien invite a Evie a conocerlas mejor, a las chicas y a su jefe Russell, el mandamás de la comuna en la que viven y en la que pasan cosas. Mucho flower power  y mucha sangre, ya lo digo. 

La vida en la comuna es como debía ser la vida en todas las comunas hipppies. El jefe, el idiota que actúa como su mano derecha (en este caso, Guy, alguien que bien podría figurar en una película de Tarantino y decir frases como esta: "Estoy a mil putas millas de estar bien"), niños, gente en general. Los padres de Evie también aparecen en la historia. Y Evie, en 1969 y Evie de mayor, en la actualidad, porque el relato se compone a través de esas dos voces. 

Literariamente el mayor hallazgo está en las frases cortas, directas, tajantes, que describen las emociones de Evie. La dualidad de voces no está tan bien resuelta y plantea un elemento de duda a la hora de enjuiciar a la escritora. Por otro lado, igual que para Evie el personaje de Suzanne es un misterio, también lo es para nosotros, porque no se logra arrojar luz suficiente sobre él. Disparidad de aciertos, por tanto, en la definición del telón de fondo y, sobre todo, de los protagonistas, dentro de los cuales Russell-Manson es un mero secundario, porque lo que interesa de verdad son ellas. 

Más allá de que la novela se inspire en el personaje de Charles Manson y el horrible crimen que cometió su secta, más allá de los extraños vericuetos del alma de las adolescentes, que las hace reír angelicalmente mientras asesinan, más allá de eso yo he visto un esencial papel de la culpa, primero, del error, después. Los errores que uno comete en su vida te pasan factura a lo largo de ella. Esta es la primera conclusión. Y el sentimiento de culpa se gestiona de una manera muy diferente dependiendo de cómo somos y sentimos. Ambos unidos, un error y una culpa, son letales para el desenvolvimiento de la vida. La vida requiere librarse de mochilas, de cargas y de pecados antiguos. Pero hay errores que nunca te van a abandonar porque esa culpa que suscitan es tan feroz que van a poder contigo. Esto es el libro, en suma. No solo el libro, añado. 

¿Debe uno pagar toda su vida un error que ha cometido en el pasado? ¿Debe ser la culpa el sentimiento que te haga asumir cargas indeseadas, cargas que condicionan tu existencia para siempre? He aquí un verdadero dilema existencial, moral y filosófico. Más allá del origen del error, más allá de los problemas de las adolescentes, estas preguntas pueden martillearnos a veces, porque, la mayoría de nosotros no somos perfectos y no estamos libres de errores. De la forma en que cada uno se libere de las consecuencias de un error y del martirio que lleva consigo la culpa se deducirá la libertad de su propia biografía, incluso el contenido de la misma. Un verdadero drama. O una tragedia. 

Las chicas. Emma Cline. Editorial Anagrama. Panorama de Narrativas. Novedades literarias de 2016. Traducción de Inga Pellisa. 


lunes, 3 de octubre de 2016

"A contraluz" Rachel Cusk

Nacida en Canadá en 1967, pasó gran parte de su vida en Los Ángeles y, desde 1974, vive en el Reino Unido y se considera una escritora de la órbita de la novela inglesa. 

Ha escrito hasta la fecha ocho de ellas y tres libros de ensayo, además de estudios introductorios de diversas obras literarias (sobre "Bonjour tristesse", de François Sagan, "La edad de la inocencia" de Edith Wharton, "El arcoiris" de D. H. Lawrence y "Historias completas" de Kingsley Amis). 

Merecen especial atención sus libros de no ficción, sobre todo, "La última cena: un verano en Italia", de 2009, publicada por Lumen en castellano. Y también, otro no publicado en el que traza sus ideas sobre el matrimonio y el divorcio, teniendo presente, en primer lugar, su propia experiencia: "Aftermath: On Marriage and Separation" de 2012. Antes de eso escribió sobre la forma de sentir su propia maternidad, haciendo hincapié en los aspectos menos favorables, de una forma descarnada. Todo ello le ha valido recibir muchas críticas. 

Desde 1993 ha obtenido un número importante de premios y reconocimientos que la han situado en un lugar de privilegio entre los escritores de lengua inglesa. 

La última de sus novelas es, precisamente, "Outline" de 2014, publicada en castellano por Libros del Asteroide, con el título de "A contraluz" y la traducción de Marta Alcaraz. 

En ella la autora coloca como protagonista a una escritora que va a Atenas para impartir unos cursos literarios. Ese viaje le va a suponer ser el centro de las confidencias y confesiones de algunas personas que se van convirtiendo en las voces alternativas, en los destellos de otros mundos y ámbitos, de manera que una suerte de coralidad atraviesa el libro de punta a punta. Un millonario. Una escritora feminista. Un editor anglófilo. Una dramaturga. Sus propios estudiantes del curso...

Toda esta confrontación de ella misma con otras personas, para lo que muestra sorprendente habilidad al convertirse en una "invisible",  hará que salgan a la luz peripecias, ideas y conductas, y que aparezca la reflexión sobre lo que es y lo que ha sido, lo que siente y lo que ha perdido o espera. Una mezcla de ella y de los otros que agita el contenido del libro. La naturaleza humana se pasa aquí por el filtro de la narradora y también de los que van desaguando sus vivencias a partir del encuentro con ella. Una forma de contraste que es vitalmente necesaria y que enriquece la observación y el estilo. 

Faye, la protagonista, lo será también de otras dos novelas que se publicarán a continuación, ya que la escritora ha confesado que formarán parte de una trilogía en la que dejará que la vida llegue a las palabras de una forma natural y sin la esclavitud de tener que inventar personajes y situaciones. Algo así como una autoficción controlada. 

Lejos del consabido "cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia" Rachel Cusk está en la línea de otros muchos escritores para quienes la vida y su existencia son el foco principal que alimenta su escritura. 

A contraluz. Rachel Cusk. Libros del Asteroide. Traducción de Marta Alcaraz. 2016.


domingo, 2 de octubre de 2016

"Una vista del puerto" Elizabeth Taylor

Elizabeth Taylor (1912-1975) es una escritora maravillosa. Uno de esos descubrimientos míos, recientes, que han ido engarzándose de uno a otro, como si fueran las perlas de un collar antiguo. Reseñé de ella en este blog su libro "La señorita Dashwood" que me dejó impresionada y me mostró a una autora dotada de la capacidad de observación y del dominio del lenguaje que, cuando se combinan, producen obras de calidad y llenas de emoción. 

Como ocurre con otras colegas suyas que vivieron en época parecida (una época plagada de mujeres que escriben) ella tuvo una aparente existencia tranquila. Institutriz, bibliotecaria y luego esposa de un hombre de negocios, nada en su existencia podría haber prefigurado su dedicación a la literatura, salvo que el talento para escribir es un don que, tarde o temprano, se revela. 

Doce novelas y cuatro libros de cuentos es su bagaje.  También un libro para jóvenes. Esta que he leído recientemente y que gloso aquí se publicó en 1947. Se trata de un retrato coral de la vida y personajes que se encuentran en un pequeño pueblo inglés de la costa, en esos años siguientes a la Segunda Guerra Mundial en los que tantas heridas había que restañar y tantas ocultaciones se producían. Como afirma uno de los personajes de Agatha Christie tras las guerras nadie sabe quién es quién y cualquiera puede hacerse pasar por otro. El protagonista del libro es Robert, marido de una escritora, que siente una especial atracción por otra mujer. Aquí surge el conflicto y el punto de partida de una estructura literaria en la que las relaciones humanas son el foco principal. Esa descripción de la sociedad es otro de los elementos principales que podemos hallar en las obras de Taylor. Persona y ámbito social, como factores que se influyen uno a otro sin solución de continuidad. 

Pero quizá lo más llamativo de todo es como el amor, en cualquier circunstancia, incluso adversa, se manifiesta como una fuerza inapelable, como un camino que ha de recorrerse sin redención alguna, en contra de principios, en contra de amistades, en contra de todo lo que se ha defendido antes de que nazca. Es ese sentimiento el que mueve los hilos de la trama y el que convierte a los personajes en seres poliédricos, capaces de todo. Por eso la viveza del libro, de ahí su verdad, su fuerza y su corporeidad absoluta. No estamos tratando de estereotipos, sino de personas vivas, que nos recuerdan, demasiado, a nosotros mismos.

Es esa forma de escribir lo que atrapa en esta autora. Esa manera compasiva, empática, con la que describe incluso situaciones que no son ejemplares. Una mirada que intenta ponerse en el lugar del personaje, azotado por malos momentos o contradicciones y que nos ofrece el retrato de su entorno o de su vida, a modo de explicación razonada. Los pequeños detalles son importantes. El esplendor de las estaciones, los ritos de la vida cotidiana, los encuentros con sus protocolos añadidos, las esperanzas que todos hilan sin querer perderlas, los recuerdos situados en un trastero del alma donde nunca podrán perderse. Todo fluye en esta novela con asombrosa conjunción, como si se tratara de una coreografía que se ha ensayado previamente, pero que, en el último momento, cambia de motivo, de armonía y se música, para convertirse en una muestra de asombrosa naturalidad que nos resulta tan cercana que no importan los años en los que se sitúa, que no importa el espacio, porque importa el resto. 

En la vida de Taylor hubo sencillez y lejanía de los círculos literarios. También misterio. Durante quince años mantuvo correspondencia con un hombre, cuyos datos desconocemos, al que contaba sus opiniones sobre literatura y vida, así como lo que hacía y pensaba. Este hombre y la escritora tenían lazos especiales que no se rompieron nunca. La biógrafa Nicole Bauman no sacó este tema hasta que le marido de Taylor había muerto, seguramente por respeto a él, que desconocía esta relación.

Una vista del puerto. Elizabeth Taylor. Editorial Gatopardo Ediciones. Traducción de Carmen Francí. Primera edición enero 2016. 


sábado, 1 de octubre de 2016

"En manos de las furias" Lauren Groff

Lauren Groff, una joven escritora neoyorkina, dedica este libro a Clay (por supuesto). Es su tercera novela. Las dos anteriores fueron muy elogiadas y obtuvieron premios. También ha recopilado los cuentos que escribe en revistas diversas. En este libro, “En manos de las furias”, hay una pareja, Lotto y Mathilde, que son veinteañeros al principio de la novela y que van avanzando en edad y, diríamos, en experiencia. Nosotros los conocemos a ellos y ellos se conocen entre sí. Lotto es un niño especial y su madre daría fe de ello. Su pasión por Shakespeare parece dirigir su destino, es alguien tocado por la varita de los dioses. 

De todas las chicas que ha conocido, y son muchas, será Mathilde la destinataria de un amor verdadero y así comenzará una vida de pareja que durará más de veinte años y que los hará transitar por el océano de silencio y de bullicio que es el matrimonio en ocasiones. Pero, incluso con las puertas cerradas de tu casa para impedir que la lluvia entre o que los elementos adversos se aposenten en tu sofá, el destino es algo que aparece y reaparece. Para Lotto y Mathilde eso significará cuestionamiento y tal vez desunión. 

Todo está escrito en una clave personal en la que batallan distintas miradas y planos. Los protagonistas son ellos pero no únicos, sino inmersos en contradicciones y en posturas que van cambiando y que ofrecen un caleidoscopio de caracteres, como la vida misma va generando en todos nosotros. Los hados arrojan luces sobre ellos y ellos intentan sobrevivir y así se produce la lucha, el cansancio, la derrota, la huida. 

De vez en cuando, a la vida en común de Lotto y Mathilde vuelven, a modo de espuma de los días, reminiscencias del pasado, personas que en otro tiempo fueron parte de él y que tienen peso, corporeidad, incluso cuando ya no existen o no están presentes. Esa continua contraposición entre lo que son, lo que fueron y lo que podrían haber sido, atraviesa la novela de modo transversal, creando una red de motivaciones que resultan el factor esencial para entenderlos. 

La novela tiene dos partes: las Parcas y las Furias. La amistad, el amor, el sexo, la familia, la soledad, el desarraigo, la búsqueda, el engaño, la muerte….todos los innumerables elementos de la literatura del maestro de Stratford-On-Avon, circulan por ella, del mismo modo que lo hacen por la existencia y por la literatura en general. Pero Groff ha apresado esos elementos y los ha domesticado a su modo, los ha trasmutado a un lenguaje y a un sistema de observación que los acerca mucho más a la realidad vital de cualquiera de nosotros. Reconocemos así en Mathilde y en Lotto rasgos comunes de esos que convierten a la naturaleza humana en un continuo esté donde esté, crezca donde crezca. 

“La certeza absoluta no existe en ningún lugar. A los dioses les encanta jodernos”. Esta frase de Lauren Groff cierra la contraportada y no diré que no responda con fidelidad a lo que el libro cuenta y oculta. 



En manos de las furias. Lauren Groff. Lumen Narrativa. Traducción de Ana Mata Buil. Primera edición mayo de 2016.