miércoles, 26 de agosto de 2015

Días



Cuando era niña me fascinaba el paso del tiempo. Quizá por eso me gustaban tanto los relojes y los calendarios. Construía mis propios calendarios con los días de la semana y los días del mes, a base de colores, de recuadros, de fechas y avisos. Además, atribuía a cada uno de los días de la semana un color diferente. Creo que no he contado esto a nadie antes de ahora. O sí, lo expliqué una vez a mi "mejor amigo" de turno, que estudiaba Económicas en Madrid y que me hacía el mismo caso que a una sombrilla de playa en tarde de invierno. 

El lunes era violeta, un color misterioso, una puerta a lo desconocido. Nadie sabía lo que cada semana traería consigo, era una incógnita como esas que aparecían en las matemáticas, la asignatura que más odiaba porque no conseguía entender ese baile de signos y de números. Para solventar el problema ingenié un sistema muy sencillo cuando estaba en el colegio. El trueque. Yo hacía las redacciones a mi compañera Mamen C. y ella me resolvía a mí los problemas de mates. Mamen C. estudió luego Medicina, aunque tardó un ciento de años en acabar la carrera y anda de médica de urgencia por esos pueblos de Dios. Se casó con un señor muy aburrido del que no estaba enamorada, simplemente porque le pareció mejor partido que otro. El mal partido terminó siendo médico y el buen partido, empleado de la autopista.

El martes era verde, verde, un día tranquilo, en el que pasaban pocas cosas. Eran un día de trámite, anodino, sin papel que cumplir. Los martes nunca eran fiesta, no había ningún motivo por el que recordar un martes, porque no se celebraban cumples ni se hacían excursiones. Con tan poca vista adivinatoria como Mamen C. para los maridos, luego llegaría un martes definitivo en mi vida, el martes con M mayúscula, un martes en el que ocurrió el gran milagro, pero entonces yo no pensaba en eso. En realidad, siempre he preferido la poesía de los datos al pensamiento mágico. La magia no me gustaba. Odiaba los magos y sus pañuelos de los que emergían palomas blancas. Tampoco me gustan las palomas. 

El anaranjado era el color del miércoles. Los miércoles podían ser agradables. O no. Era un día cambiante. En los veranos, era el día elegido por mi padre para hacer excursiones, de esas a las que íbamos toda la familia. Siempre pensó que la gente no se movía de casa los miércoles y por eso mismo las carreteras estarían expeditas para nuestra caravana. En miércoles íbamos a la Fuente del Gallo, a pasar el día en la playa, desplegando sombrillas y tiendas, en un ejercicio de ocupación del espacio que todavía hoy me asombra. Un día entero de playa, para nosotros (ninguno de los cuales tenemos demasiada afición al sol) era una heroicidad, pero la costumbre se hizo ley durante muchísimos años. Antes de que la familia se convirtiera en una suma de individualidades sin solución de consenso, fuimos capaces de construir una tradición que se mantuvo en el tiempo. 

Luego llegaba mi día favorito, el día más especial de todos, no me preguntéis por qué. Un día esplendoroso, amarillo intenso, del color del sol, del color dorado de la tierra cuando la lluvia se secaba, del color de los campos de trigo que había en torno al cortijo de mi tío Curro, la Laguna Seca, allá por los territorios inexplorados de la campiña. El jueves era un día que siempre traía algo bueno, una sorpresa, un aquel, una duda, una noticia. El teléfono siempre sonaba en jueves. El cartero, Salvador, un tipo circunspecto pero muy servicial, solía llegar los jueves con alguna carta. No me preguntéis por qué, pero es cierto. El jueves tocaba el llamador de mano del portón de fuera de mi casa (luego había una puerta interior acristalada) y decía mi nombre. Porque todas las cartas eran para mi. Ya en aquellos años cultivaba el arte de comunicarme con amigos a través de misivas. Y las abría con una rapidez inusitada y las contestaba muy rápido también. Ni siquiera me hacía de rogar cuando era un chico que me gustaba. Nunca he sabido hacerme de rogar. 

El viernes era un día raro. Abría la puerta de los momentos mágicos del fin de semana, cuando todavía este concepto no significaba la fiebre migratoria de ahora. Si en estos días no te vas un finde donde sea eres un fracasado. O estás solo. Entonces simplemente quería decir que podías acostarte tarde por la noche, ver la película de la tele hasta el final o quedarte hablando en la casapuerta o en el escalón de la calle con las amigas y los amigos. En una casa llena de gente, los sexos nunca tuvieron el misterio que se les suponía. Todos juntos, en plan camaradas, chicos y chicas, sin excepción. El viernes era un día rojo. Intenso. 

El sábado era el día de los recados. Iba a la plaza a comprar carne, pescado, frutas y verduras. Llevaba una lista con todas las anotaciones y el encargo de mi madre de que no me fiara de los vendedores. Ella era desconfiada por naturaleza. Su grado de confianza en la gente era mínimo. Parecía más inglesa que andaluza. Aunque por parte de madre tenía un clarísimo origen judío y siempre pensé que eso era lo que causaba su afirmación de que la gente iba a engañarte. Esta forma de ser no le impedía cierta candidez en otros asuntos, por ejemplo, en el enamoramiento. Toda su vida vivió enamorada. El amor era su punto más débil. El sábado era un día que contenía todos los tonos de azul, el color de las novedades y de los cambios. Azul celeste, añil, cobalto, cielo, celeste, turquesa, mar...todo el azul. Yo era una niña azul. 

El último día de la semana, el domingo, tenía dos partes bien diferenciadas. Los domingos por la mañana eran aún gloriosos, con un tono brillantemente blanco. La música lo presidía de distintas maneras. Pero se iba oscureciendo después del almuerzo y se tornaba gris, marrón oscuro, casi negro. Las tardes de los domingos eran aburridas, cansinas y pesadas. Había que prepararse para el lunes y esta era una rutina absurda, porque no estaba dirigida al presente sino al futuro. Nunca llegué a entender por qué se desperdiciaba una tarde entera en preparativos. Si ha de haber un anticipo, que sea de un instante feliz y no de una obligación absurda. Aunque, a fuer de sincera, me encantaba ir al colegio. Pero esa es otra historia, que diría Michael Ende, y ha de ser contada en otra ocasión.


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