viernes, 28 de agosto de 2015

Bailar


En esa frontera de la niñez a la adolescencia que son los trece años, larguísimos y llenos de conflictos internos, aprendí a bailar. Los sábados por la tarde, en el enorme patio de mi casa, había siempre chiquillas bailando al son de las músicas de moda. A algunas les costaba tanto que terminaron por convertirse en pinchadiscos. El baile no se había hecho para ellas. Los chavales pedían permiso para entrar y mi madre sonreía y se lo daba. Entre ellos había de todo, travoltas, tímidos y aprendices de intelectuales. Como en la realidad. Mi madre estaba siempre atenta a todo, nada escapaba a su observación pero era feliz viendo que la vida continuaba. Ella misma había sido una niña bailarina. 

Más tarde, fue el club el sitio que recibía mis ansias de bailar y de escuchar música. En los veranos gloriosos, la música definía los tiempos, las acciones, los sentimientos. Tarareaba todas las canciones, compraba los discos, intercambiaba letras. Me movía a compás. No andaba, sobrevolaba el suelo de puntillas, como si estuviera recorriendo un escenario en el que se representara un ballet cualquiera. En el club los chicos eran mayores y la mayoría de las chicas también. Ellos escogían  a sus parejas de baile con un criterio que no entendí hasta más tarde, cuando alguien me lo explicó. Las más macizas y las que se dejaban abrazar con más facilidad. Nada de esto correspondía a mi retrato robot, así que tuve que esperar unos años para entender el sentido de esos bailes. 

Pero luego, a punto de cumplir los veinte, el baile se convirtió en un continuado abrazo. Un abrazo de pasión sin límite, una forma de expresar lo que sentía, una forma de recibir amor. Los bailes en esas discotecas en las que nos sentábamos los dos, tú con tus ojos verdes y yo con mi vestido malva de tirantes finitos, ¿lo recuerdas?, charlando apenas, enredados en besos, con los ojos abiertos y las manos desnudas de todo lo que no fuera el otro. El reino del amor se escribió entonces con el ardor de la pasión y la vida se vistió del ropaje del deseo. Entendí tantas cosas en esos días de música y de encuentros…No recuerdo un momento más esplendoroso que estos años de bailes en los que tú y yo nos saltábamos todas las convenciones y rompíamos la barrera del sonido. Tú descubriste entonces que yo no era fría, ni seria, ni estricta sino tímida, deseosa de tu abrazo y de sorber hasta el final todo lo que te quería. 

Sin embargo, inopinadamente, la música de baile desaparece de tu vida. Deja de estar de moda, dejas de estar en eso y ya no bailas, o sí, en las celebraciones, en esos lugares en los que el baile ya no es encuentro íntimo sino una fruslería que termina en cotillón. Absurdo. El baile es el abrazo. Lo demás, es un jolgorio que apenas puede compararse al placer de oír la respiración del hombre que, en ese momento, es el dueño de tu vida. Si ahora el baile volviera sería posible andar de nuevo con pasos leves, sentir ligero el corazón, estrenar un vestido, fundirte con mi abrazo, amarte hasta dejar de ser lo que ahora soy, volar de nuevo, mirarte sin medida...


(Ilustración: The Artist, película) 

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