viernes, 28 de noviembre de 2014

Miénteme...

Miras hacia arriba y las luces te deslumbran. Miles de bombillas formando dibujos, cruzándose, como si fueran mosaicos romanos, lacerías árabes, como si fueran un bordado en seda, tejido con manos cuidadosas. Resplandecen los árboles de la inmensa avenida, cuajados de pequeñas estrellas, como si hubieran nacido flores luminosas, una floración extraña en el invierno. 

Te esperaba al pie de la estación. A lo lejos distingues su figura. Su aspecto, tan conocido, tan amado. Su sonrisa, anunciándose anticipadamente, una sonrisa abierta hacia la espera. Distingues sin oírla su voz. Esa voz que no parece cambiar a pesar de que el tiempo pasa. Una voz que dice cosas que te estremecen. Que nunca te hiere. Que siempre te consuela. Ves el movimiento de sus manos, ese gesto especial de descansar en ellas la barbilla, esa forma de tomarte de la cintura, de sujetarte la cara mientras te besa...Esas manos...

La risa os ha mezclado en un suave vaivén y las palabras se amontonan...hay tanto que decir...tanto tiempo sin verte...escribir no es lo mismo...y a veces la palabra te sugiere un deseo, un afán tan seguro, tan cierto, que quieres cruzar el país, que quieres llegar allí donde se encuentra, anhelante, esperando, con el mismo deseo...Vais andando, recorréis abrazados el camino hacia la calle, hacia el aire fresco que azota vuestros rostros y, allí, incandescente, brillantemente libres, la ciudad y sus luces te recibe de nuevo, como si no hubieran pasado tantos meses, tanto tiempo, años quizá, sin verte...


domingo, 23 de noviembre de 2014

Soledades

A veces lees un poema y entiendes el significado exacto de las palabras. El poeta las escribió y tú las recibes como si hubieran sido escritas para ti, incluso como si tú las hubieras escrito. En ocasiones paseas por una ciudad y sus calles, sus edificios, están llenos de una pátina especial que te llama a entenderlos, como si tu itinerario sentimental se escribiera de la misma forma que se trazaron en su día las líneas, los recovecos, las cuestas, de su topografía. También puede ocurrirte con una película. Las imágenes se enlazan entre ellas y se introducen dentro de ti, en tu cabeza, en tu corazón, creando una simbiosis perfecta, con un lenguaje propio que tú conoces y que tiene las claves de tantas sensaciones que te resultan imposibles de explicar...Nadie, salvo tú misma, entiendes el motivo de esa identificación que se abre paso a veces...

Confieso que me gusta Hopper y que su pintura me lanza una llamada, un hilo de mensajes, como si fuera una red social que te pregunta, que te invita a decirle con tu voz algo sobre aquello que aparece plasmado en sus cuadros. Esa pintura espesa, de tonos duros, de verdes angustiosos, de rojos acabados, de tierras difíciles...Confieso que veo en Hopper un trasunto de lo que veo en la vida, al menos, una parte de ella, la más árida quizá, pero tan cierta... 


Mira esta mujer. Está sola. Fuma abstraída, de pie, y mira a través de una ventana que está descuidadamente abierta, como si su única misión fuera arrojar algo de luz a la habitación, por lo demás, sombría, áspera, desangelada. La mujer lleva un bonito vestido de verano, hecho en gasa rosada, y está sola, alguien ha olvidado la cita o quizá acaba de marcharse sin entender que el amor tiene que salir al aire libre para que el corazón se expanda. Esa figura rosa en el centro del rectángulo de luz, como si no tuviera claro qué debe hacer, cómo si todo se le viniera encima, es una mujer hopper, una mujer que duda. La mujer se llama Betsy o Maggie o Stella. Está muy enamorada. Pero sabe que es un amor imposible, porque él no la quiere o la ama de una forma inconveniente, una forma de amor clandestino que a ella le hiela la sangre. Cuando termina el rito del amor no quedan besos, no quedan palabras cómplices, no quedan miradas. Lo que queda es una huella fría, un dolor helado, una sensación de miedo porque nunca se sabe si ese encuentro volverá a repetirse. Betsy o Maggie o Stella querría tener otra clase de amor...


Está a punto de empezar la función pero el teatro permanece vacío. Las butacas están vacías, no se oye ningún murmullo. No hay nadie. Nadie recorre los pasillos, nadie murmura, nadie entra, a nadie se le espera. Esa mujer de negro está sentada, sola. Mira hacia el escenario. que tiene las cortinas del telón echadas y que no parece ofrecer ningún divertimento. La mujer ha equivocado el día, la hora, el lugar de la representación. Es una mujer sola y está equivocada. En el sitio equivocado. En la vida equivocada. No parece importarle, sin embargo, reposa los brazos en la butaca verde, las piernas estiradas, los zapatos de tacón cruzados uno encima del otro, el gesto duro y firme. Es una espera que no tendrá resultados, eso intuimos. Esta mujer se llama Anne o, quizá, Eleanor, o Eva. Tiene el aspecto elegante de quien sabe que la ropa es un pasaporte y también una forma de ocultación. Oculta su sentimiento en ese vestido negro, sobrio, pero el gesto distendido y familiar de los pies la ha delatado. En realidad, se trata de una persona ardiente, una persona a la que hierve la sangre, que siente en sus entrañas la llamada de la maternidad, pero que no halla la manera de que alguien, un hombre de verdad, entienda que su aparente frialdad es solamente la capa que cubre su fuego. 


De nuevo es la ventana sin cortinas la que arroja la luz a una habitación parca en muebles, una habitación que habla de abandono, o de horas pasadas sin compañía, o de búsqueda. Una incongruente maleta cerrada espera a uno de los lados. Una puerta cerrada. Un libro abierto, unos ojos abiertos, unos pies descalzos sobre el duro y frío suelo. En primer plano, la cortina enmarca el cuadro como si fuera una representación, como si todo aquello no estuviera pasando, como si fuera humo, el humo del cigarro de la primera mujer. La mujer, Emily, Charlotte, Lillian, quién sabe cómo se llama, ha abierto el libro de poemas y lee una y otra vez uno de ellos. Es un poema que empieza con este verso "qué dulce te recuerdo en las sombras del agua" y que se cierra con este otro "y despierto pensando en sentirte hasta el fondo". Cae la noche o se abre el día, tampoco lo sabemos. Y la mujer, desvalida en ese camisón transparente que apenas la cubre, tiene que abrigarse con los versos, con esa forma de amor incandescente, porque él está lejos y nunca volverá, es imposible. 

Las tres mujeres de Hopper están solas. Cada una de ellas conjura la soledad de una forma diferente. Pero no parecen hundidas, no parecen acabadas, más bien, esperan. Esa esperanza quizá es imperceptible, débil, indecisa. Es la insinuación de la esperanza, en realidad. Es una esperanza escondida, oculta, que solamente ellas conocen. Está detrás de todo. Pero está. Tiene que estar...

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuentos para mi niño: El mago despistado

Dedicatoria: A Antoñito, el chiquilín

El mago Oz vive en el pueblo de Lión. Su casa es verde, su nariz es verde y su risa es verde. Oz hace magia pero siempre se equivoca. Hace trucos muy raros. Se confunde con la varita mágica. 




Un día se topó con un grillo. El grillo le pidió un favor. Quería ir a la Luna. Pero no sabía nada de cohetes. Oz le dijo: No te preocupes. Te daré un golpe de varita. Pero la varita se equivocó y mandó al grillo a un árbol del parque. 

Oz decidió construir un cohete. Cogió una lata, un palo y dos cajas viejas. Lo tocó todo con la varita ! y apareció un despertador !. Dio otro golpe y salió !un pato amarillo! Luego otro y apareció !un bebé de gorila! Oz se echó a llorar. 



Fue a visitar al viejo dinosaurio del valle. Se llamaba Arisauro. Este le animó. Arisauro era viejo y listo. Se puso a dar clases de magia a Oz. Le enseñó a mover la varita:
!Arriba!
!Abajo! 
!Rápido!
!Despacio!



También le enseñó a hacer pócimas: la pócima azul, la roja y la amarilla. La azul es para reírse, la roja para volar y la amarilla para conseguir los deseos. Entonces Oz le dio al grillo un tarrito con la pócima roja, para que pudiera volar a la Luna. El grillo se bebió la pócima y !catapum, chim, pum, pan, pon, arriba!!!

!Qué contento estaba Oz! !Por fin era un buen mago! !Hurra!!!!

Y todo, gracias al viejo dinosaurio. Después de aquello todo el mundo visitaba a Oz para pedirle ayuda: la rana le pidió un castillo; el loro, un sombrero; la gaviota, un barquito; el mono, un bocadillo; el vecino Pedro, un ordenador; el policía, una gorra nueva. 



Y tú, Antoñito ¿qué quieres pedirle a Oz?

Cuentos para mi niño: El ratón Fiti

Cuando mi hijo era chiquito yo le escribía cuentos. En unos cuadernillos de cuadros que confeccionaba y cosía le contaba historias simpáticas de animales y personajes curiosos. Las cosas que a los niños les gustan. A mi hijo le gustaban y le gustan todavía los tebeos de Mortadelo, las historias de Tintín, los Astérix y otros cómics. Seguramente todo empezó con esos cuentos escritos a mano por mí y que ahora transcribo:

El ratón Fiti

Dedicatoria: A Antoñito, pitufito

"Había una vez un ratón. Se llamaba Fitipaldi. Era un ratón muy veloz. Sus amigos lo llamaban Fiti. 
El ratón Fiti vivía en un pequeño pueblo. Allí las casas eran muy chicas. Pero Fiti vivía en un caserón. 
¿Sabes qué es un caserón? Pues sí, eso, una casa muy grande. Allí Fiti no vivía solo. 
En el caserón vivían también dos hombres. Uno de ellos era bajito y con bigotes. El otro era alto y flaco. 
Un día hubo un lío gordo. El ratón se comió el queso de Gus, el bajito, y se bebió el zumo de Abo, el larguirucho. 
Se enfadaron mucho. Fueron a buscar a Fiti para darle una zurra, pero no lo encontraron. 

Se había escondido en el cesto de la ropa. Cuando Gus fue a coger los calcetines salió Fiti de un salto, muerto de risa. Abo intentó pillarlo por el rabo, pero Fiti se puso a hacerle burla y se ocultó detrás de una maceta. 
Otro día Fiti escondió en el armario la mermelada de fresa de Gus. Abo quiso pillarlo, pero resbaló con una cáscara de plátano. !Vaya lío!. Cuando apareció un fantasma en el caserón, Abo y Gus se asustaron mucho. No sabían qué hacer y le pidieron ayuda a Fiti. Este dijo: Vale, yo me encargo de todo. 



Fiti preparó una red para cazar al fantasma. La puso al pie de la escalera. Se escondió y esperó. Cuando el fantasma fue a bajar, el ratón tiró de la red y !!!zas!!! nada de nada. Se escapó. 
Abo y Gus se enfadaron mucho. Vaya desastre de ratón, solo servía para molestar. Pero Fiti no se rindió y preparó otro truco para cazar al fantasma. Era muy sencillo. 
Pondría en la mesa de la cocina una suculenta comida. Echaría en la sopa unos polvitos para dormir. Así el fantasma, que era un comilón, se quedaría como un tronco. 
Entonces lo tiraría por la ventana. 


Fiti no contó su plan a Gus y Abo, pues eran unos patosos y liantes. Así que preparó la comida y esperó. Al rato, acudió a la cocina y encontró a Gus y a Abo....!durmiendo!!!. !!!Se lo habían comido todo!!!. Lo peor es que el fantasma los había visto y estaba muerto de risa. 

Desde entonces decidieron acabar con los líos. Vivirían todos juntos como buenos amigos. 

FIN


martes, 11 de noviembre de 2014

Noviembre

La ciudad no sabe lo que quiere. Los vientos, la lluvia, las tormentas, el sol, la tienen desorientada. Se ve a sí misma como una enorme masa de desconcierto. Está esperando que ese vaivén se convierta en remanso, en un río que transcurra seguro y cierto, en una atmósfera única, que la envuelva sin cubrirla de la neblina molesta de los días grises del otoño. A veces, se abre como una flor, como un corazón que esperara la llegada de un amor tardío. En otras ocasiones, se muestra huidiza, esquiva, oculta de sí misma, oculta de todos. Son esas tardes en las que cae la noche de repente, sobre los puentes quizá, o en las calles del centro, oscuras, quietas, imperceptiblemente solas. También tiene mañanas esplendorosas, amaneceres llenos de una belleza fría, inigualable, abrupta. Una belleza que no plasma siquiera la verdad porque es imposible captarla. Los edificios se levantan y desperezan, bajo un sol duro de otoño del sur y luego la gente ocupa las calles, recorre sin cansancio los días y las horas, de forma que todo se convierte en lo mismo. Una larga interrogación que no obtiene respuesta.

Noviembre es un mes de aniversarios. Uno de ellos lo convirtió en un mes sin cifras hace ya quince años. El mes cuyos días pasan para avisar que llega el invierno. El mes que, una vez, se anegó de tantas lágrimas como podría contener este río que te atraviesa. Noviembre es el mes en el que ya no hay nada que celebrar. El mes en el que no cabe la fiesta, no cabe el sueño, no cabe el despertar. Es un mes que escribió páginas tristes, ojos llorosos, manos que se fueron y cuyo tacto ya no puedes recuperar. Este mes no ha tenido suerte en el calendario. Quizá lo sabe y por eso el viento se muestra tan presente, o la lluvia, o esos atardeceres tan llenos de nostalgia, o esas noches vacías. Un océano de soledad entre las páginas frías del calendario.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Rosas y un piano

Escuchas la música y hallas algo diferente, o quizá no, quizá es algo presentido, algo que estaba dentro de ti y no lo sabías. La música es el último escalón que puedes ascender si tu corazón se ha detenido en un momento exacto de la vida, cuando parece que todo te ha dado la espalda. La música te invade, te recuerda, te ancla en un pasado que no puedes recordar, no, ahora no, ahora es imposible. Todas las músicas que te ocupaban se han marchado. Las que oíste en cada uno de esos momentos que no puedes rememorar todavía, que esperan silenciosos a que sea el momento del recuerdo sereno, el tiempo en que las esperanzas puedan desplegarse, el segundo exacto en el que revivirás a una primavera que se escribirá de otra forma distinta. 

Pero otras músicas, otros silencios, otros sonidos, van a llegarte de mil maneras. Alguien te dirá un día, ni siquiera sé cuándo ni por qué medio, que hay una canción que atraviesa su alma y la lleva a un lugar especial, en el que todas las cosas son posibles, incluso las que no van a existir nunca. Alguien te enviará un vídeo con una canción y entonces entenderás que la música sigue, que no se para, que la música resiste por sí misma los embates del destino, de eso que llamamos vivir como sea. Entonces las nuevas músicas fortalecerán tu ánimo o te harán llorar, que viene a ser lo mismo. 

Fíjate en esa música. Cuando la oí supe que te gustaría. Supe que esas rosas iban a aposentarse en tu espíritu de igual manera que una mano cálida te estrecha la tuya cuando el cansancio es superior a la fuerza. Supe que te gustarían esas imágenes doradas, tibias, dulces, con esa dulzura de la voz inexistente, con esa tibieza de las tardes tranquilas, con ese color único del tiempo de la espera. Supe que llorarías, quizá, con el sonido firme del piano, que su armonía te elevaría en la distancia, supe que esas rosas que se suceden, mientras las manos de un hombre tocan suavemente unas teclas, te acercarían a alguna de las pocas cosas que todavía merecen la pena. 

Esa sensación plena, sencilla, entera, de sentirse vivos. 


lunes, 3 de noviembre de 2014

Ese cielo tan gris y esas palabras...

Ha ocurrido de pronto. Como si alguien hubiera decidido cambiar el decorado en una obra de teatro de esas que tienen pesados cortinajes y fondos de paisaje. El cielo azul y el sol han abandonado la tarde y, en su lugar, una suave neblina gris y rosada ha ocupado su sitio.

Como en una obra de teatro, el aire se ha tornado del Sur, ha barrido con su fuerza las hojas caídas de los árboles de la plaza y todo se ha cubierto de sigilosa espera. Está a punto de llover. Alguien dice, al fin ha llegado el frío, ya estábamos cansados de tanto calor. También el buen tiempo cansa. Pero los niños se han quedado tristes en las casas, esta tarde no han salido a jugar.

Aquellos niños...recuerdo la casa llena de niños y de juegos. Jugar a hacer teatro era bonito. Tendíamos una tela llena de rosas y era el fondo. Salíamos de una y otra habitación, recitábamos poemas, decíamos versos, contábamos historias, inventábamos personajes, aprendíamos enteros los pasajes de las obras de teatro que nos gustaban...Teatro, siempre el teatro. Todos los niños de la casa, de distintas edades, con distinto rostro, con memorias y voces distintas, con cabellos castaños, rubios y más oscuros. Con aficiones diferentes. Todos teníamos la misma disposición a mover las manos mientras nuestras voces se elevaban pronunciando con atención esa poesía, ese texto que tanto nos gustaba. Jugar con el lenguaje, jugar con las palabras, eso era lo nuestro. Las palabras eran nuestro reino, el reino de nuestra casa y de nuestra infancia. Un reino compartido entre todos, tan cambiantes en nuestro humor, de genio tan dispar, todos viviendo en la imaginación de aquellos nombres que eran tan cercanos como los del vecino.

A veces soñaba con alguna de esas obras que leíamos. Con Romeo, asomado al otro lado de la huerta, atisbando la llegada de alguna Julieta de largos cabellos castaños. O con el pequeño príncipe, aterrizando muerto de frío en un planeta deshabitado. También con Tom y su tía Polly, como de la familia, inventando mil engaños para no ir a la escuela dominical, algo que ni siquiera sabíamos lo que era...Tantos libros en aquellas estanterías, tantos personajes que se despertaban de noche, cuando todos dormíamos, y campaban a sus anchas y podíamos descubrirlos riendo si aguzabas un poco el oído...

Esta tarde los niños no han salido a jugar. En la calle no hace frío pero un viento desapacible balancea las hojas de los árboles y te impide disfrutar. Se hace de noche tan pronto...Las tardes son ahora tan largas...Estos niños que se han quedado en casa quizá no tengan un patio lleno de flores y una blanca pared encalada y un telón hecho de rosas y unos poemas que leer o recitar y un teatro que representar. Seguramente esta tarde se han enganchado al Internet y a la play o a la consola y no oyen nuestras risas, las risas de los niños en la casa, jugando a ser poetas.


domingo, 2 de noviembre de 2014

Ángel Vela vuelve a Triana



En realidad, no se ha ido nunca. Pero la recrea como si la encontrara por primera vez, como si se asombrara, como si fuera un descubrimiento. Ese asombro nos llega a los lectores y así recorremos las páginas de sus libros como si fuéramos de Wisconsin y acabáramos de aterrizar en la calle San Jacinto. Pura revelación. 

Lleva ya tiempo, mucho tiempo, indagando en el ser de Triana. Se ha convertido en uno de sus fieles paladines, en un caballero que la recorre atónito y que plasma en el papel esa experiencia. Todos y cada uno de los aspectos que en Triana pueden considerarse literarios o plásticos han ido pasando por el filtro de su escritura. La hazaña flamenca ha ido a la par. En un momento dado, Ángel Vela decidió aportar su esfuerzo al conocimiento cabal de la Triana más flamenca, la de los flamencos de Triana y en Triana. De esa forma, cuando pasen los años y los lustros, cuando el tiempo nos cubra, habrá una forma esencial de conocer este pasado y esta realidad de ahora, la realidad que nos resulta negada tantas veces en el flamenco y sin la cual todo es conjetura. 

De esa forma, como un entomólogo que pusiera bajo su microscopio el suelo, el sueño, el paisaje y la gente, se asomó al flamenco de Triana en un primer libro del que ya hablamos aquí y que recuperó datos, personas, cantes, estilos y lugares de los años fundacionales, desde 1740 hasta 1931. Libro imprescindible, desde luego, si se quiere tener noticia exacta y no elucubración. Datos fiables y no opiniones o glosas más o menos rellenas de hojarasca. 

En esta ocasión, en este segundo tomo de esa orilla flamenca que es Triana, se nos lleva al período comprendido entre 1931 y 1970. Hay que decir que el empeño es gigantesco. Hablamos de unos años de enorme efervescencia y que cuenta con muchos protagonistas que están vivos, testigos de una evolución del barrio y del flamenco que tiene enorme importancia en el panorama general de este arte y también, por qué no decirlo, en la sociología sevillana y andaluza. Porque entre 1931 y 1970 suceden muchas cosas. En todos los aspectos. Y todas aquellas afectan al arrabal como afectan a Sevilla, a su entorno y al resto del país. Años difíciles, años duros, años oscuros, pero también años preñados de la claridad del arte, porque el arte no se detuvo, no se detiene y así lo plasma en su investigación Ángel Vela en este libro cuyo título quiero que recuerdes. “Triana, la otra orilla del flamenco“. Si Huelva es la orilla de las tres carabelas, en Triana el flamenco se escribe de otra forma, más marinero, sí, más cercano al aire de Cádiz, más ultramarino quizá, más vitalista, cambiante, nuevo, presentido, ignorado, también. 



Por eso, esta lupa que Ángel Vela coloca sobre estos años difíciles es una fotografía necesaria. Detalladamente llena de aportaciones, comentarios, fotografías, reseñas...Los artistas circulan libremente por el libro. Los hechos históricos. Las vicisitudes. La transformación del barrio. La diáspora. El desarrollismo. La pervivencia de los focos tradicionales. Los encuentros y las mezclas. La música, el aire, el sonido, el toque, los bailes, los corrales, la arquitectura, el caserío, las actividades económicas...

Todas las ilustraciones son explicativas pero algunas son deliciosas. Con el encanto de un pasado reciente, pero que se nos antoja románticamente lejano. Un pasado que el autor rememora quizá con nostalgia, porque enhebrado en él está también su vida. Y esa peripecia vital no deja de traslucirse en su escritura, como no podía ser de otra forma. 

Difícil, muy difícil, yo diría que imposible, resulta resumir en pocas palabras la enorme cantidad de personajes, de personas, de lugares y de eventos que el autor recoge. Es un esfuerzo enciclopédico que la flamencología deberá valorar en lo que vale. Testimonios directos en muchos casos y, en otros, un despliegue de investigaciones que únicamente pueden hacerse con tiempo, mucha dedicación y talento. En todos los casos, su mirada es cercana, comprensiva, sin juzgar, sin poner etiquetas, dando a cada uno su sitio, como un torero de tronío que tiene que lidiar con todo lo que se le ponga por delante y hacerlo con elegancia y con valentía. 

Porque así es la prosa de Ángel Vela. Elegante. Discreta. Adecuada. Transparente. Honda. Sin alharacas. Plena de convicción en lo que escribe. 



Algunos apuntes personales. Precioso el prólogo de Emilio Jiménez Díaz, lleno de su estilo inconfundible y de su generosidad literaria. Magnífico el trabajo del editor, Paco Sosa, porque en estos tiempos que corren arriesgar con el flamenco es digno de elogio. Y, en el contenido, dejadme que os diga que me ha emocionado el recuerdo justo a Manolo Centeno, macareno de corazón trianero y persona extraordinaria, por un lado y, por otro, como no podía ser menos, las páginas dedicadas a Luis Caballero, mi amigo, nuestro llorado amigo, probablemente el hombre que, sin haber nacido en Triana, más entendía, quería y admiraba este barrio. 

Ya sé que muchos de los que leéis esto no conocéis Triana o, quizá, no habéis profundizado en ella. Pero hacedlo. Es un buen antídoto contra los males del siglo. Porque rezuma autenticidad, verdad y esos destellos únicos de luz que son su mayor alegría. Entrar en Triana por la puerta grande de este libro es tanto como hacerlo a pie y por el puente. 


Referencias. “Triana, la otra orilla del flamenco. 1931 a 1970“ Autor Ángel Vela Nieto. Editor Francisco Javier Sosa. Ediciones Giralda. Sevilla, 2014. 
Fotos de la entrada. Antonio Mesa León “El puente de Triana es azul“. Caty León, Acuarela colección propia.