domingo, 21 de septiembre de 2014

Sofía

“Dos mujeres“ La película que a mi madre la acercó a la Loren definitivamente. La que le proporcionó a Sofía un Óscar de la Academia, un BAFTA y el premio de interpretación femenina de Cannes, entre otros honores. En “Dos mujeres“ la vena dramática de Sophia Loren saltaba a la pantalla con toda su fuerza, de una forma directa que llegaba al corazón de aquellas mujeres, contemporáneas suyas, que sabían bien lo que era sufrir, lo que era tener necesidad, lo que era sobrevivir. El éxito de “Dos mujeres“ catapultó a la Loren más allá de esa lista de guapas oficiales italianas, en la que estaban también Lucía Bosé o Gina Lollobrigida. Nada que ver. Sophia Loren saltó por encima de todas y se encumbró allá donde antes que ella ninguna otra italiana había llegado. Opuesta a la tormentosa imagen de Anna Magnani, pero cultivando también un prototipo de mujer fuerte, apasionada y llena de matices, su carrera cinematográfica ha estado a la altura del mito. La hija de Romilda Villani, su famosa madre, de quien la mía y todas las amigas de la calle estaban al tanto de sucedidos y desplantes, nacida en Roma e hija de un padre que se fue a por tabaco y no volvió, representó en esa película el papel de su vida. Vittorio De Sica la dirigió con la mirada atenta de Carlo Ponti, el productor y esposo de por vida de la actriz. El guión, de Cesare Zavattini, estuvo a la altura del original y aún más, la novela de Alberto Moravia de título original “La ciociara“. Y sus oponentes fueron dos mitos del cine, con desigual suerte y talento desigual. Raf Vallone y Jean Paul Belmondo. 
Junto a “Dos mujeres“ el talento de Sophia Loren brilla en otras películas. Rodó un gran número de ellas y sus acompañantes fueron siempre estrellas de primera magnitud junto a las que su propio brillo no se oscureció jamás. De esas películas mi preferida es “El Cid“ en la que encarnó, desde luego, a una Ximena pasional que recibía la réplica del mejor Charlton Heston, mucho antes de que este se enredara en rifles y asociaciones varias. También en “La condesa de Hong Kong“ tuvo un partenaire adorable, nada menos que Marlon Brando, que aparece junto a ella en muchas fotografías del rodaje con aire distendido y relajado, tan distinto a su atormentado silencio, a su búsqueda de algo que no parecía encontrar, como si el ser un actor del Método hubiera configurado no solamente su cine, sino también su vida. Las dos películas que Sophia Loren realizó junto a Marcello Mastroianni, el otro gran italiano del momento, son memorables por la química que ambos desprendían, a pesar de que al italiano le iban más las rubias francesas y lánguidas, como ya sabemos. “Matrimonio a la italiana“, también dirigida por De Sica y “Una jornada particular“ de Ettore Scola, afianzaron la carrera de la estrella y lo mismo ocurrió cuando rodó la preciosista “Los girasoles“.
A mi madre y a sus amigas les gustaba, les gusta, Sophia Loren porque representaba lo contrario de las mujeres objeto que el cine ofrecía en muchas de las producciones de entonces. Porque se identificaban con ella, surgida desde la nada y habiendo logrado convertirse en lo que a ellas les hubiera gustado ser, en una mujer dueña de su destino, en una campesina trocada en condesa. Su belleza era distinta, potente, pero cotidiana y podía aparecer fea en una película, despeinada, sin que pasara nada. La mirada de sus ojos verdes y violetas era inconfundible y su boca despertaba la envidia de todas, que usaban un lápiz de labios y un perfilador al modo en que lo hacía la Loren. Ella no necesitaba bótox, sino que sus labios eran así al natural, frutales y excesivos. Llamaba la atención también su forma de andar, insinuante y, a la vez, ingenua, como si no fuera consciente de las pasiones que levantaba a su paso. En su vida privada todo eso era inexistente y nadie se explicaba cómo se casó y se mantuvo fiel a un hombre tan insignificante físicamente como Carlo Ponti, mucho mayor que ella y sin ningún atractivo, al menos aparente. Si usáramos el psicoanálisis quizá podríamos encontrar en ese gesto la búsqueda del padre inexistente, quién sabe.
Hoy Sophia cumple ochenta años y dice que tiene muchas cosas que hacer y mucho en qué pensar. Esa es, ahora, la buena noticia. Porque en el camino se han quedado muchas cosas y tanta gente que es imposible no reconocer que, a pesar de todo, es una mujer afortunada. 


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