domingo, 30 de agosto de 2015

El largo y cálido verano



El verano es un cuadro impresionista. Un camino bordeado de árboles dorados. Un espacio sideral, único, en el que las voces se mezclan con el canto de los grillos. Un lugar en el que nos encontramos, tú y yo, en el abrazo. El calor se funde en los cuerpos. El sudor nos llena de esa pátina helada que nos estremece. El verano es un cuadro impresionista. Pinceladas, colores, aire libre, dos figuras que caminan una al lado de la otra sin destino y sin origen. Solas.

He sentido tu aliento y he buscado tu boca. He hallado tu cintura sin poderlo evitar. Te he besado. Y una constelación de fuego y de caricias se ha elevado conmigo. El verano, las noches, las flores en el borde del camino, todo se funde en todo, como si no pudiera evitar la esperanza. Así los sueños se escriben en verano, con la imagen de quien convierte la vida en vida. Sueños y espacios libres de mentiras. Realidades cansadas.

Las noches se han escrito con risas y con sueños. Una vez me miraste, lo sé. Porque sentí que ese fuego tenía la enorme certidumbre de ser lo que no era. Me miraste y sentí que me buscabas. Fue un instante tan solo. Pero fue suficiente.

El verano es un sueño que se apaga. El calor, los deseos, la tarde que se alarga, el día que despereza su sol imperturbable. El verano está lleno de huecos por llenar, de agua fresca que surte el frío espacio de un corazón tibio.

Así que ahora te nombro, mi verano, mi sueño, mi todo, tú entre las cosas. Así que ahora te escribo y te cuento cómo todas las cosas se perecen, cómo el tiempo se acaba, cómo se agosta todo y se termina.

Te quiero. Aunque el tiempo nos pegue dentelladas. Aunque la noche cubra la soledad más cierta. Aunque no sepas que un corazón tiembla al verte. Aunque no estés. Aunque no estarás nunca. Te quiero. Así que pasen los años y el tiempo cubra el cielo, el sol, los árboles dorados que tensan el camino, así que pase todo, te quiero. Y si lo digo es porque ya lo sabes. Y si lo digo es porque tú me quieres. Totalmente, hasta el fondo. Desde hace mil años, hasta siempre.

sábado, 29 de agosto de 2015

Ingrid Bergman: Volcánico iceberg



Un amigo me ha recordado que se cumple hoy, 29 de agosto de 2015, el centenario del nacimiento de Ingrid Bergman. Si repasas la prensa del día podrás encontrar referencias de todo tipo. Datos, noticias, filmografía, críticas, reseñas biográficas. Nada de esto, pues, valdría la pena repetir aquí. Más bien lo que yo podría decir, como espectadora, es algo de carácter más personal. También más discutible. Porque ella, como otras tantas actrices, no es solamente un rostro en la pantalla, sino una parte de mi vida y de la vida de mis padres y de mis abuelos. Es parte de una historia total que no es posible desentrañar sin acudir a los recuerdos más personales. 

Ingrid fue una huérfana con todo lo que ello significa. Las biografías lo señalan sin más pero hay que pensar en una niña criada sin padres que tuvo claro desde siempre lo que quería hacer: interpretar. Esa férrea vocación es algo que admiro. Que me llena de esperanza en que siga existiendo gente capaz de luchar por lo que desea. Quizá esa manera de ser tan voluntariosa fue la que logró que, desafiando a la opinión pública de la época, abandonara a su primer marido, el doctor Peter Lindstrom, padre de su hija Pia, para escaparse literalmente con un hombre que la atrajo de forma irremediable. Aquello no fue un camino de rosas. Recuerdo que, muchos años después, mi madre lo relataba con una suerte de admiración hacia alguien que era dueña de su destino o pretendía serlo. Mi madre no la criticaba, al contrario, decía que todas las mujeres debían correr tras el amor, estuviera donde estuviera. Ay. 

Tras Roberto Rosellini, el director de cine italiano por el que desafió a la sociedad, llegó otro matrimonio, esta vez con el productor teatral Lars Schmidt, del que se divorció después de dieciocho años, en 1976. La inquieta Ingrid no se permitía la rutina ni la desgana, al parecer. Bajo su imagen de mujer fría, equilibrada y racional, se encontraba un corazón latino, una fuerza de la naturaleza que buscaba, a toda costa, la felicidad de la pasión correspondida. 

Fue en el cine, quizá, donde halló momentos culminantes en esa búsqueda. En “Encadenados” de Alfred Hitchcock, de 1946, su beso antológico con Cary Grant ha pasado a la historia. Nunca hasta entonces y quizá tampoco después, ha habido un tan perfecto maridaje entre espías y romance. Antes de eso, el fuego se intuía en la dócil y atormentada esposa de Charles Boyer en “Luz que agoniza”, a la que salva de la locura el elegante Joseph Cotten, todo ello bajo la batuta impecable del gran director de actrices George Cukor. 

Su carta de presentación había sido, sin duda, “Intermezzo”, en sus dos versiones, la sueca de 1936 dirigida por Gustav Molander y la producida por David O. Selznick en 1939. Esta película hizo entender a los jóvenes que la pasión culpable no estaba exenta de felicidad. Otras que realizó con el maestro Hitchcock acentuaron su imagen de rubia fría y dotada de una extraña serenidad. “Recuerda” de 1945 o “Atormentada” de 1949. Las películas que rodó con Rossellini, sin embargo, recibieron una escasa aceptación, quizá relacionada con el estigma que soportaba la pareja. La letra escarlata de la historia del cine fue sin duda esta unión. 

Ingrid fue también “Anastasia” de Anatole Litvak o “Indiscreta” de Stanley Donen. Fue “Juana de Arco”, con Victor Fleming y la demacrada y enferma protagonista de “Sonata de Otoño” de Ingmar Bergman, rodada en 1978. Pero, sobre todo, fue la esposa de Víctor Lazslo, la amante de Rick Blaine, la mujer que inspiraba los más dulces momentos de “Casablanca”, la poseedora del rostro más bellamente tratado de la película más arrebatadora de las que tratan de la ocupación nazi. 


Su imagen se me aparece vestida de impecable blanco. Los ojos en los ojos. Las manos anhelantes. Una sonrisa breve, etérea, pero capaz de consumir en el dolor al hombre que la ama. Una sonrisa plagada de nostalgias de amores incumplidos. Ella, su imagen, su rostro, es el trasunto de una pasión que a todos nos arrebata como si fuera nuestra. “Tócala otra vez, Sam”. ¿Quién podría negarle nada a esa sonrisa? 


viernes, 28 de agosto de 2015

Bailar


En esa frontera de la niñez a la adolescencia que son los trece años, larguísimos y llenos de conflictos internos, aprendí a bailar. Los sábados por la tarde, en el enorme patio de mi casa, había siempre chiquillas bailando al son de las músicas de moda. A algunas les costaba tanto que terminaron por convertirse en pinchadiscos. El baile no se había hecho para ellas. Los chavales pedían permiso para entrar y mi madre sonreía y se lo daba. Entre ellos había de todo, travoltas, tímidos y aprendices de intelectuales. Como en la realidad. Mi madre estaba siempre atenta a todo, nada escapaba a su observación pero era feliz viendo que la vida continuaba. Ella misma había sido una niña bailarina. 

Más tarde, fue el club el sitio que recibía mis ansias de bailar y de escuchar música. En los veranos gloriosos, la música definía los tiempos, las acciones, los sentimientos. Tarareaba todas las canciones, compraba los discos, intercambiaba letras. Me movía a compás. No andaba, sobrevolaba el suelo de puntillas, como si estuviera recorriendo un escenario en el que se representara un ballet cualquiera. En el club los chicos eran mayores y la mayoría de las chicas también. Ellos escogían  a sus parejas de baile con un criterio que no entendí hasta más tarde, cuando alguien me lo explicó. Las más macizas y las que se dejaban abrazar con más facilidad. Nada de esto correspondía a mi retrato robot, así que tuve que esperar unos años para entender el sentido de esos bailes. 

Pero luego, a punto de cumplir los veinte, el baile se convirtió en un continuado abrazo. Un abrazo de pasión sin límite, una forma de expresar lo que sentía, una forma de recibir amor. Los bailes en esas discotecas en las que nos sentábamos los dos, tú con tus ojos verdes y yo con mi vestido malva de tirantes finitos, ¿lo recuerdas?, charlando apenas, enredados en besos, con los ojos abiertos y las manos desnudas de todo lo que no fuera el otro. El reino del amor se escribió entonces con el ardor de la pasión y la vida se vistió del ropaje del deseo. Entendí tantas cosas en esos días de música y de encuentros…No recuerdo un momento más esplendoroso que estos años de bailes en los que tú y yo nos saltábamos todas las convenciones y rompíamos la barrera del sonido. Tú descubriste entonces que yo no era fría, ni seria, ni estricta sino tímida, deseosa de tu abrazo y de sorber hasta el final todo lo que te quería. 

Sin embargo, inopinadamente, la música de baile desaparece de tu vida. Deja de estar de moda, dejas de estar en eso y ya no bailas, o sí, en las celebraciones, en esos lugares en los que el baile ya no es encuentro íntimo sino una fruslería que termina en cotillón. Absurdo. El baile es el abrazo. Lo demás, es un jolgorio que apenas puede compararse al placer de oír la respiración del hombre que, en ese momento, es el dueño de tu vida. Si ahora el baile volviera sería posible andar de nuevo con pasos leves, sentir ligero el corazón, estrenar un vestido, fundirte con mi abrazo, amarte hasta dejar de ser lo que ahora soy, volar de nuevo, mirarte sin medida...


(Ilustración: The Artist, película) 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Días



Cuando era niña me fascinaba el paso del tiempo. Quizá por eso me gustaban tanto los relojes y los calendarios. Construía mis propios calendarios con los días de la semana y los días del mes, a base de colores, de recuadros, de fechas y avisos. Además, atribuía a cada uno de los días de la semana un color diferente. Creo que no he contado esto a nadie antes de ahora. O sí, lo expliqué una vez a mi "mejor amigo" de turno, que estudiaba Económicas en Madrid y que me hacía el mismo caso que a una sombrilla de playa en tarde de invierno. 

El lunes era violeta, un color misterioso, una puerta a lo desconocido. Nadie sabía lo que cada semana traería consigo, era una incógnita como esas que aparecían en las matemáticas, la asignatura que más odiaba porque no conseguía entender ese baile de signos y de números. Para solventar el problema ingenié un sistema muy sencillo cuando estaba en el colegio. El trueque. Yo hacía las redacciones a mi compañera Mamen C. y ella me resolvía a mí los problemas de mates. Mamen C. estudió luego Medicina, aunque tardó un ciento de años en acabar la carrera y anda de médica de urgencia por esos pueblos de Dios. Se casó con un señor muy aburrido del que no estaba enamorada, simplemente porque le pareció mejor partido que otro. El mal partido terminó siendo médico y el buen partido, empleado de la autopista.

El martes era verde, verde, un día tranquilo, en el que pasaban pocas cosas. Eran un día de trámite, anodino, sin papel que cumplir. Los martes nunca eran fiesta, no había ningún motivo por el que recordar un martes, porque no se celebraban cumples ni se hacían excursiones. Con tan poca vista adivinatoria como Mamen C. para los maridos, luego llegaría un martes definitivo en mi vida, el martes con M mayúscula, un martes en el que ocurrió el gran milagro, pero entonces yo no pensaba en eso. En realidad, siempre he preferido la poesía de los datos al pensamiento mágico. La magia no me gustaba. Odiaba los magos y sus pañuelos de los que emergían palomas blancas. Tampoco me gustan las palomas. 

El anaranjado era el color del miércoles. Los miércoles podían ser agradables. O no. Era un día cambiante. En los veranos, era el día elegido por mi padre para hacer excursiones, de esas a las que íbamos toda la familia. Siempre pensó que la gente no se movía de casa los miércoles y por eso mismo las carreteras estarían expeditas para nuestra caravana. En miércoles íbamos a la Fuente del Gallo, a pasar el día en la playa, desplegando sombrillas y tiendas, en un ejercicio de ocupación del espacio que todavía hoy me asombra. Un día entero de playa, para nosotros (ninguno de los cuales tenemos demasiada afición al sol) era una heroicidad, pero la costumbre se hizo ley durante muchísimos años. Antes de que la familia se convirtiera en una suma de individualidades sin solución de consenso, fuimos capaces de construir una tradición que se mantuvo en el tiempo. 

Luego llegaba mi día favorito, el día más especial de todos, no me preguntéis por qué. Un día esplendoroso, amarillo intenso, del color del sol, del color dorado de la tierra cuando la lluvia se secaba, del color de los campos de trigo que había en torno al cortijo de mi tío Curro, la Laguna Seca, allá por los territorios inexplorados de la campiña. El jueves era un día que siempre traía algo bueno, una sorpresa, un aquel, una duda, una noticia. El teléfono siempre sonaba en jueves. El cartero, Salvador, un tipo circunspecto pero muy servicial, solía llegar los jueves con alguna carta. No me preguntéis por qué, pero es cierto. El jueves tocaba el llamador de mano del portón de fuera de mi casa (luego había una puerta interior acristalada) y decía mi nombre. Porque todas las cartas eran para mi. Ya en aquellos años cultivaba el arte de comunicarme con amigos a través de misivas. Y las abría con una rapidez inusitada y las contestaba muy rápido también. Ni siquiera me hacía de rogar cuando era un chico que me gustaba. Nunca he sabido hacerme de rogar. 

El viernes era un día raro. Abría la puerta de los momentos mágicos del fin de semana, cuando todavía este concepto no significaba la fiebre migratoria de ahora. Si en estos días no te vas un finde donde sea eres un fracasado. O estás solo. Entonces simplemente quería decir que podías acostarte tarde por la noche, ver la película de la tele hasta el final o quedarte hablando en la casapuerta o en el escalón de la calle con las amigas y los amigos. En una casa llena de gente, los sexos nunca tuvieron el misterio que se les suponía. Todos juntos, en plan camaradas, chicos y chicas, sin excepción. El viernes era un día rojo. Intenso. 

El sábado era el día de los recados. Iba a la plaza a comprar carne, pescado, frutas y verduras. Llevaba una lista con todas las anotaciones y el encargo de mi madre de que no me fiara de los vendedores. Ella era desconfiada por naturaleza. Su grado de confianza en la gente era mínimo. Parecía más inglesa que andaluza. Aunque por parte de madre tenía un clarísimo origen judío y siempre pensé que eso era lo que causaba su afirmación de que la gente iba a engañarte. Esta forma de ser no le impedía cierta candidez en otros asuntos, por ejemplo, en el enamoramiento. Toda su vida vivió enamorada. El amor era su punto más débil. El sábado era un día que contenía todos los tonos de azul, el color de las novedades y de los cambios. Azul celeste, añil, cobalto, cielo, celeste, turquesa, mar...todo el azul. Yo era una niña azul. 

El último día de la semana, el domingo, tenía dos partes bien diferenciadas. Los domingos por la mañana eran aún gloriosos, con un tono brillantemente blanco. La música lo presidía de distintas maneras. Pero se iba oscureciendo después del almuerzo y se tornaba gris, marrón oscuro, casi negro. Las tardes de los domingos eran aburridas, cansinas y pesadas. Había que prepararse para el lunes y esta era una rutina absurda, porque no estaba dirigida al presente sino al futuro. Nunca llegué a entender por qué se desperdiciaba una tarde entera en preparativos. Si ha de haber un anticipo, que sea de un instante feliz y no de una obligación absurda. Aunque, a fuer de sincera, me encantaba ir al colegio. Pero esa es otra historia, que diría Michael Ende, y ha de ser contada en otra ocasión.


Intimidad

Intimidad, el libro de Hanif Kureishi, se escribió en 1998, se publicó un año después y yo lo compré en 2005. En ese momento no lo leí. Como otras veces, me atrajo el título, la portada del libro, esa única palabra y quizá, no lo recuerdo ahora, la sinopsis. El caso es que se quedó en la librería de puertas acristaladas y allí ha estado hasta ahora esperando su lectura. Los libros, ya se sabe, son muy pacientes y pueden pasarse toda la vida esperando. Mucho más pacientes que las personas. 

Aquel no era el momento de leerlo, ahora lo sé. Tal vez no lo habría entendido, no habría supuesto una sacudida como en estos días de finales del verano, cuando la vida ha traído aconteceres que sirven para explicar las cosas que el libro narra con sencillez, sin tener que recurrir a estructuras complicadas. Es un libro corto y rápido. Todo ocurre en una noche. O, mejor dicho, todo se piensa en una noche y tiene lugar en una mañana. 

Jay es un escritor de cierto éxito y su mujer, Susan, una ejecutiva de prestigio. Aunque la menciono como "su mujer" no están casados, al estilo de muchas parejas que consideran los papeles como una amenaza para su vida en común. Con papeles o sin ellos, lo que tiene que acabar, se acaba y esta es la historia, por tanto, de un final. Conocemos a Jay y a Susan al final de su relación, cuando nada tiene ya la pátina del deseo, de la pasión, del amor, en suma. Conocemos también a Victor, el amigo de Jay que va a acogerlo en su casa bohemia cuando la tormenta se lleve todo por delante. Conocemos a los dos pequeños hijos, que juegan con su padre, que comen, duermen y existen. Conocemos a Nina, una de las amantes, de las miles de amantes que pululan por la vida de Jay de manera que no hay que descartar que su relación con Susan no sea un intermedio entre algunas de ellas. Conocemos a Asif, un hombre que es feliz en medio de una grupo de amigos infelices. Y, conocemos sobre todo a Jay, su desolación, su miedo, su incapacidad para amar, sus cuentas pendientes con sus padres, su ansia de una felicidad cuyos trámites desconoce, su imposible decisión, sus malas formas para acabar y empezar cualquier encuentro amoroso, lo conocemos y eso es lo que hace que el libro nos inquiete, porque resulta inquietante conocer a alguien desde dentro, porque no son los hechos, sino las emociones, lo que consigue que el libro nos resulte cercano. 

lunes, 24 de agosto de 2015

Gente que lee en francés


En mi novela "Tuyo es mi corazón" que sueño con ver algún día publicada y en manos de muchas mujeres que disfruten con ella, el personaje principal afirma a la chica de sus sueños: "Yo he estudiado francés y tú has estudiado en inglés". Definitiva definición de una situación que afecta a los españoles porque, no se sabe por qué razones, o sí, los estudios de inglés (no digamos ya en inglés) comenzaron tardíamente con respecto a otros países. De esta forma tenemos una considerable porción de lectores en francés (dado que, por desgracia, se estudiaba a modo de lengua muerta, esto es, leer y escribir, pero nada de hablar) pero un déficit tremendo en hablantes ingleses y aun lectores en la lengua de Shakespeare. 

Por esta razón y no por otra, uno de los propósitos de Año Nuevo que aparecen recurrentemente en las listas de los españoles es precisamente aprender inglés. Las academias de idiomas hacen su agosto. La gente va y viene de ellas, intentándolo, dejándolo, frustrándose. No es infrecuente ver que son los hijos los que traducen a sus padres los manuales de instrucciones o que les sirven de guía en los viajes a los países angloparlantes y, en general, a todos, porque el inglés es el pasaporte de este mundo globalizado. 

El gran damnificado de este cabreo general contra los que decidieron que el inglés no debía ser objeto de estudio en España, es, paradójicamente, el francés. El idioma que, supuestamente, deberían dominar muchísimos españoles y que, sin embargo, se ha ido dejando de lado al tiempo que se intentaba aprender inglés. Pocos han entendido que es una riqueza conocer un idioma, sea este el que sea, y que saber francés les abría posibilidades muy interesantes. En lugar de perfeccionarlo, se ha ido arrinconando. Leer en francés, escribir en francés y hablar en francés. 

Por el contrario, surgen idiomas emergentes que nos resultan atractivos y hacia los que nos lanzamos. El chino, el alemán, entre ellos. El pobre idioma francés, considerado la lengua impuesta en un período nefasto de nuestra historia, se arrincona entre aquellos saberes inútiles que no entendemos para qué sirven. 

Lo cual que, en cuestión de lenguas, continuamos tenazmente perpetuando nuestros errores y, en lugar de sumar, restamos. 

sábado, 22 de agosto de 2015

Tres niños


Jugaban en la calle casi desnudos. Tenían los ojos muy oscuros, con una oscuridad desconocida para mí. Yo era la persona extraña que los contemplaba, que los distraía de sus juegos, unos juegos efímeros, construidos sobre la imaginación, sin artilugios, sin aparatos, sin juguetes. Los niños que juegan sin juguetes son los más sabios del mundo. No necesitan instrucciones, manuales o cajas de cartón que hay que convertir en basura para contenedores de reciclaje. Los niños que juegan sin juguetes son invisibles a los ojos de casi todos. Nada llama la atención en ellos salvo su quietud, esa clase de postura estática que los aleja del bullicio. Un niño bullicioso es un niño que tiene en su casa, al menos, una nintendo o una play. Los niños de esta ciudad azul juegan en las calles sin otro aditamento que sus manos. 

Te miran. Reparan en ti. Podrían volar cometas. Si tuvieran un trozo de papel de seda de alegres colores, unas cañas para cruzar, unas cintas o unas cuerdas, restos de telas usadas, si tuvieran todo esto, podrían construir una cometa, un barrilete y lanzarlo al aire de la tarde africana. Las cometas serían buenos augurios, contarían las historias de los niños sin que estos supieran el motivo ni el desenlace. Podrían construir castillos de arena. Allá, en una de estas playas blancas con la arena prácticamente convertida en azúcar molida, sus pies se hundirían y sus manos trabajarían afanosas para lograr ese milagro, un enhiesto castillo, coronado de almenas, cercado por el agua, convertido en fortaleza, la defensa total ante el enemigo que acecha impasible a la inocencia. 

Los niños de esta calle no tienen sonrisa. Sus bocas parecen líneas trazadas en un mapa sinuoso de desgracias. Ni siquiera ofrecen esa sonrisa de buzón de las fotografías antiguas cuando era tan raro que un retratista llegara a los pueblos para inmortalizar a las parejas o a los niños vestidos de fiesta. Nadie les hará una foto para colocar en un bonito mueble del salón, para enmarcar y enseñar a las visitas. Ninguna abuela hablará de ellos con ese orgullo especial con que lo hacen en el primer mundo. A saber qué cuitas hilvanarán las mujeres de negro con las que ellos comparten a medias sus vidas. 

Estos niños te miran, observan tu ropa, las bolsas que llevas en las manos, tus gafas de sol, tu sombrero. Observan lo que ocurre a su alrededor con la desconfianza que nace de la falta de futuro, con el temblor de un tiempo sin respuestas. Son niños que no conocen la tristeza, porque, para que esta exista, debe haber un contrario, la alegría. Alegría y tristeza son cosas de ricos, de paraísos lejanos, fuera de este entorno de polvo y tierra seca, de tiendas atiborradas de objetos baratos, de plazas superpobladas con gente que habla mil lenguas. 

No son como los niños de mi infancia. Aquellos niños tenían nombres, apellidos y una madre que los reprendía al atardecer, porque los niños siempre se retrasaban a la hora del baño, de la merienda o de los deberes escolares. Los niños con madre, que se agarran a las faldas para no entrar en el colegio. Los niños que se acurrucan en las piernas de las madres para que ellas sean su amparo, su hogar, su destino. Los niños con madre que miran a los ojos sin temor, que lloran a veces porque sus rodillas han sufrido un golpe o porque un mal insignificante los aquejan. 

Estos niños sin lágrimas no son como aquellos. Llorar es un lujo que no pueden permitirse porque cuando uno llora está esperando la atención de alguien, el mimo, el cuidado, la ayuda. Esos niños del albero seco y africano no lloran porque es inútil, no saben que existen las lágrimas, no las recuerdan ni las han experimentado nunca. 

Así que yo, en un descuido, camuflada detrás de mis gafas de marca, oculto el rostro casi con mi sombrero nuevo, derramo, sin remedio, unas lágrimas que me saben a sal y son por ellos. Los niños que nunca fueron ni serán niños. 

Mejor azul



No encontrarás en él yates lujosos en cuyas cubiertas posan para las revistas chicas doradas de biografía célebre, que ofrecen su bronceado a la consideración de la crítica más feroz. No hallarás zonas VIPs, ni restaurantes con estrellas, ni reservados en los que se cuece la vida de un país que, en verano, adormece. No, carreras de caballos al pie del agua. No, el paraíso del ladrillo convertido en hoteles infamantes. No, personajes que pasean su última conquista delante de los paparazzi que hacen guardia. 

No. 

El pueblo es un anacronismo de piedra ostionera, de barquitos de pesca, en medio de un océano de playas cada una de las cuales ofrece al visitante una cara distinta, una manera de relacionarse con el mar hecha de elementos nuevos y antiguos. Aquí todo tiene la pátina del tiempo. La antigüedad no es un concepto vano. Si excavas, aparecen los romanos. Si miras desde arriba, los ves de nuevo. Una cuadrícula tensa, el cardo, el decumano. La historia se abre paso aunque no quieras. Todo es historia y todo es circunstancia. 

Los espíritus exquisitos dirán que es un pueblo feo. Que sus casas no ofrecen más allá que cualquier otro pueblo perdido en nuestros mapas. Que sus gentes son sencillas, bastas, poco glamourosas, como todas las de aquí, sin mayor relumbrón ni relevancia. Dirán que no tiene buganvillas, ni amaneceres verdes junto a un cristalino lago. Dirán que no tiene montañas, dirán que no tiene una vega esplendorosa de donde surtirse para crear ensaladas con nombres impronunciables de chefs televisivos. 

Los exquisitos dirán que es un pueblo de paso, una línea en la carretera, un camino que lleva a otros lugares, una mancha blanca en un universo de piscinas y campos de golf. Nada del otro mundo, diría Muñoz Molina, con título de cuento. 

Pero si observas, si miras desde dentro, si olvidas los prejuicios, si te dejas llevar por la intuición, si activas el resorte íntimo de la memoria y de la vida misma, encontrarás que aquí existe algo diferente, único, irrepetible. Te pierdes en sus calles y preguntas. Dónde está este lugar, dices, con poco convicción de que te ayuden. Y como magos a través de sus chisteras, aquí está la respuesta. Alguien, un hombre vestido humildemente y con gesto torvo; tal vez una mujer que sale de la plaza cargada de viandas, te indicarán el sitio exacto, la manera y el modo. Dejarán sus quehaceres y extenderán ante ti una clara lección de geografía. 

Puede que en un momento estés cansado y entonces te sientes frente al mar, un mar sin playas, cargado del tono azul, azul, que solamente el tiempo deposita en las aguas. Sin mareas, sin olas, sin surfistas, sin chiringuitos que sirvan espetos de sardinas, sin propaganda, solo, un mar abierto al mar. Miran tus ojos ese mar y sienten que hay verdad en el silencio pulcro que lo preside. Notan que la falta de bullicio no lo convierte sino en un mar gozoso de aventuras que, en el tiempo pasado (siempre el tiempo), logró las hazañas que todavía se recuerdan en los libros de historia. 

Paseas entre sus calles. Alguien vende tagarninas cuidadosamente cortadas en un paquetito de plástico transparente. Alguien, almejas negras de carril obtenidas una a una con sus manos. Alguien te ofrece un pescado de estero que se ha gestado en medio de la sal. Ah, la sal. La casa salinera que divisas allá a lo lejos, en el camino que conduce a todos los caminos, en medio de la flor de la bahía. La casa salinera derruida que, en tiempos, fue el hogar de los montículos blancos, enhiestos, puros, reverberando al sol, que todavía existen en nuestra retina de niños que guarda el pasado de quienes nos contaron los sueños incumplidos. 

Puerto Real. Esencia de las cosas perdidas. Una perla oscura entre el brillo de la arena dorada tendida al sol de la bahía. 


sábado, 15 de agosto de 2015

Patricia Highsmith: una dama entre hombres de negro

En 1921 nació en Texas una niña que, andando el tiempo, sería la famosísima escritora Patricia Highsmith. La cara hosca, desabrida, el gesto de pocos amigos que presenta siempre en las pocas fotos que hay de ella nos indican que tenía una personalidad difícil, problemática, lo que hoy llamaríamos alguien con dificultades para las habilidades sociales y las relaciones en general. 
No es raro esto si pensamos que fue una niña sin referentes paternos. A su padre no lo conoció hasta los doce años y con su madre tuvo una relación terrible, pues fue consciente de que no quiso que naciera. Fue su abuela materna la única persona en su infancia que le insufló algo del calor que todo niño, que toda persona necesita. 
Tampoco ayudó mucho la convicción que adquirió casi en su adolescencia de su homosexualidad. Se consideraba una persona diferente a las demás, en un momento en el que las diferencias se pagaban. Se la acusó, por tanto, de misántropa, antiamericana y se la calificó (hecho este incontrovertible) de alcohólica y difícil de trato. 
Lo que sí destacaba en su vida era su afición extrema a la lectura y  podemos considerar que esto constituye quizá una respuesta a su situación familiar y personal, un refugio ante la soledad y la incomprensión. La lectura salva, ya lo hemos dicho muchas veces y lo hemos oído otras tantas. Ser capaz de adentrarte en otros mundos, percibir que existen unos horizontes en los que no se te juzga por lo que eres o deseas, es una gran cosa para las almas atormentadas. Detrás de un gran lector puede haber, en este caso lo hubo, un escritor, una escritora. 
Una persona solitaria y asustada como ella tuvo que crear un universo literario especial. No es, por eso, una novelista noir al uso, ni una escritora de misterio como otras. Su mundo presenta la dolorosa ambigüedad de trasladar el mal a la vida cotidiana. Sus personajes no son lo que parecen y sus rostros amables y hasta bellos son una máscara que oculta la maldad. La culpa, la mentira, el crimen, la ambigüedad, la ocultación, son sus temas favoritos. Juega con los sentimientos humanos a veces de modo cruel, sin esa pátina de piedad o de comprensión que podía resultarnos cercana. No. Ella conocía bien la otra cara de los seres humanos y la potenció a la hora de plantear sus obras, en un acercamiento psicológico en el que pueden observarse características y trastornos que, en la vida real, nos cuesta calificar. 
Adentrarse en los libros de Patricia Highsmith es un ejercicio muy particular. A la gente que no le gusta, no le gusta nada. En cambio, sus lectores tenemos con ella una relación muy especial. Al final, llegamos a entenderla, llegamos a percibir ese razonamiento oculto, ese hilo de Ariadna que se enhebra a poco que te familiarices con ella. Por eso leerla es una tarea lenta y que no puede resolverse en la lectura de un solo libro. Hay tantos matices como personas aparecen en sus obras. Esos matrimonios aparentemente felices. Esos tipos guapos que te estafan y te asesinan. Esa moralidad inexistente que flora en el aire para hacerte sentir culpable. Esa duda permanente que te llena de preguntas que antes nunca te hubieras hecho. Ese escalofrío al pensar que, cerca de ti, el ladrido de un perro puede esconder otras motivaciones que desconoces. 
En 1950 publicó su primera novela "Extraños en un tren". El argumento es tan sencillo como extraordinario. Dos personas que se conocen casualmente, tienen intenciones ocultas de matar a alguien de su entorno. Para lograr el crimen perfecto nada mejor que intercambiar los asesinatos. En este dúo, alguien se sentirá más arrepentido y alguien tirará más de la cuerda. El asesinado nato, el psicópata, por un lado, y el hombre agobiado que desea cambiar de vida, por otro. Un tándem inquietante. No hay duda de que aquí había una historia que podía atraer a ese otro genio del crimen que es el londinense Alfred Hitchcock. Cómo no. Así que se rueda la película, de ese mismo título, siendo la primera adaptación de una obra highsmithiana que se lleva al cine. 
"Strangers on a Train" fue rodada en 1951 y en 101 minutos de metraje resuelve la historia a través de un magnífico guión firmado por el gran Raymond Chandler con el auxilio de Czenzi Ormonde, la música no menos genial de Dimitri Tiomkin y la fotografía en blanco y negro (que recibió un aplauso unánime) de Robert Burks. Los personajes principales están perfectamente escogidos y resulta difícil imaginarse otros, cuando uno lee el libro si antes ha visto la película. Robert Walker es Bruno, el joven que está deseoso de librarse de su padre para obtener su fortuna y vivir la vida a conveniencia, que propone a Guy, un famoso tenista encarnado por Farley Granger, que se ofrece a matar a su mujer, que no quiere concederle el divorcio, si él hace lo mismo con su padre. 
Así, el crimen sin móvil es el motivo central de la novela y de la película. Dos personajes que se encuentran y que actúan y son de muy diferente manera: el amoral y alcohólico Bruno, y el ambicioso Guy. Sus reacciones serán diferentes pero el destino tiene aquí las cartas marcadas. Ese discurrir de la pendiente entre las vidas de uno y otro genera el vértigo que mantiene al espectador absorto en la trama, tanto en la película como en el libro. 
Otras adaptaciones cinematográficas han llevado a Patricia Highsmith a la gran pantalla. El personaje de Tom Ripley, estafador, bello y falto de principios, constituye el más representado de los suyos. A mi juicio ninguna de esas presencias de Ripley en el cine puede superar la de Alain Delon, en la película de 1960 "A pleno sol" que inaugura la saga. Otras adaptaciones y otros intérpretes no logran estar a la altura de Delon, tan hermosamente guapo, tan lleno de ternura, tan especial a la hora de llevar al cine a los personajes, tan duramente inhumano. 
Si hablamos de libros, tengo mis propias predilecciones en la obra de Highsmith. Predilecciones personales que no tienen nada que ver con las apuestas de la crítica y que obedecen a mi íntimo itinerario literario por sus novelas. Me quedo, además de con "Extraños", con "Mar de fondo" de 1957, "Rescate por un perro" de 1972, "Gente que llama a la puerta" de 1983, "El hechizo de Elsie" de 1987 y, entre sus libros de relatos cortos "Sirenas en el campo de golf" de 1985. 
Grande, grandísima escritora, personaje excepcional, mujer atormentada, creadora de un universo propio, que trasciende el bien y el mal para colocarnos en la duda. Y dudar es un ejercicio de esperanza tanto como de zozobra. 

miércoles, 12 de agosto de 2015

Entre mujeres


No sabría definir la amistad entre mujeres. Un sentimiento de complicidad, tal vez. Un baluarte frente a los hombres, esos contrarios que ocupan la mayor parte de nuestras conversaciones. Una misma filosofía de la vida. Unas vivencias que incluyen la confidencia, la charla reposada, la efervescencia de las noticias nuevas, el llanto, el consuelo. Viví de cerca un ejemplo de amistad entre mujeres en mi propia infancia. Mi madre y Manolita. Mi madre era diez años menor que Manolita, aunque murieron con solo un año de diferencia. Al principio, Manolita era la maestra, pero luego, cuando el tiempo fue pasando, mi madre ocupó su sitio preferente en aquellos temas que dominaba: los libros, las películas, la política. Manolita era la sabiduría cotidiana, el manejo de la casa, la crianza de los niños. De mi madre era el saber etéreo, el menos femenino quizá. Una mujer sencilla y una mujer complicada. Ambas transitaron juntas durante cincuenta años. Muchas parejas duran bastante menos. La distancia física las separó y luego las separó la desmemoria. Pero mantuvieron un hilo invisible, un hilo de oro, que no se desgastó con el tiempo. Las últimas imágenes de ambas estuvieron relacionadas con la otra. Las excursiones con los niños pequeños, los encuentros en torno al café diario, las charlas confidenciales sobre los problemas de la calle, los deseos insatisfechos. Todos los días, en algún momento, ambas unían sus cabezas y se abstraían en su mundo, un mundo al que los niños no teníamos acceso. Las dos tenían para mí la misma frase de bienvenida, cuando los estudios y el trabajo me alejaron de mi casa y de mi calle: Qué guapa estás....Siempre, invariablemente. Pronunciaban mi nombre con el mismo acento. Un tono sorprendido. Caty....Como si el nombre se resbalara de los labios. Caty...decían. Y luego, admirativamente, qué guapa estás. La última vez que mi madre pronunció mi nombre sabiendo a quién se refería usó esta misma cadencia íntima y cálida que siempre añadía Manolita a mi presencia. Ambas sonreían y me abrazaban con idéntico calor. Caty...qué guapa estás. 

Cuando pienso en la amistad entre mujeres siempre recuerdo otra frase de mi madre (ay, mamaíta, que poco podía yo imaginar que ibas a estar tan dentro, tan dentro siempre, yo, díscola y aventurera): "Búscate amigas guapas y listas, porque como sean feas y torpes te harán la vida imposible". Creo que no hace falta explicar el sentido de la frase. Pero a ella se añadió otra, pasados los años: "Gente buena, esa es la que hay que tener cerca". Unes guapas, listas y buenas y salen algunos nombres de amigas que, con el paso del tiempo, se han convertido en mis "Manolitas". Un tiempo largo o corto, qué más da. El caso es que el día en que tu chico te ha decepcionado, sabes que hay alguien a quien puedes contarlo sin que se canse de oírte. El caso es que te reúnes con ellas y puedes decir con claridad, sin ambages y sin querer presumir, que no te comes una rosca o que estás harta de los tíos, que son todos unos cabrones consentidos. El caso es que te divorcias y puedes largar fiesta de tu ex, sin que tus amigas te llamen resentida. El caso es que vas de compras y observas un vestido que te gusta y que te hace parecer tan hermosa como quieres sentirte a cada paso, y tu amiga te dice "cómpralo, estás preciosa", en lugar de engañarte para hacerte cargar con una mierda de traje que te echa quince años encima. 

El caso es que estás lejos y ellas te lanzan una caña para sacarte a flote. El caso es que te entra el desamor y aparecen sonrientes diciendo "eso es la vida, pero tú vales mucho". El caso es que se muere el hombre de tu vida y entonces ellas lloran contigo y no pretenden que no ha pasado nada, ni se agobian porque cuentes mil veces cómo fue, ni te mienten diciendo que todo será igual dentro de poco. El caso es que haces el ridículo, te fijas en el hombre equivocado y ellas, al tiempo que el abrazo, te dicen la verdad, no es para ti, olvídalo. Y te besan como si fueran el bálsamo que necesitas para ser tan valiente como debes. El caso es que ellas, tus amigas, las que sientes amigas, nunca lanzan conjuros, ni preparan pócimas, ni sueltan frases de doble intención. Simplemente, te quieren. Como eres. Y las quieres. Como son. Y sin ellas, la vida no sería igual de divertida, de delicada a veces, ni tan llena de sueños que contar y contarnos. 


viernes, 7 de agosto de 2015

"La analfabeta" de Agota Kristof

Treinta páginas escasas forman el relato autobiográfico de Agota Kristof que se recoge en este libro, de título expresivo "La analfabeta". Once capítulos y un prólogo explicativo que nos sirven para atisbar siquiera la peripecia vital y literaria de alguien que tuvo una infancia feliz y que pasó a convertirse en una refugiada por los avatares políticos de un tiempo convulso. 

Agota Kristof nació en el año 1935 en Hungría y cuando los soviéticos invadieron su país tuvo que huir. Corría el año de 1956. Tenía veintiún años, un esposo y una niñita. Su llegada a Suiza supuso, a la vez, la tranquilidad de una vida sin sobresaltos policiales y, por otro lado, el desarraigo, el abandono de todos los referentes en los que su vida se había anclado hasta ese momento. 

Entre esos referentes, el principal, el idioma, la lengua, la capacidad de comunicarse y hasta de pensar. De ahí el título del libro. Agota Kristof que había escrito desde siempre en su tierra natal, se encuentra incapacitada para seguir escribiendo en el idioma de acogida, el francés. Así, tiene que comenzar su aprendizaje, para hablarlo, leerlo y escribirlo, los tres elementos básicos del dominio de una lengua. 

Como hacen los alumnos al enfrentarse a una lengua extranjera, a marchas forzadas, con cursos nocturnos, atrapando al vuelo lo que se decía en la fábrica en la que trabajaba, Kristof recupera poco a poco la facultad de expresarse y así comienza a desarrollar su carrera literaria en lengua francesa. En esa carrera hay poemas, ensayo y novelas. La primera de sus novelas fue "El gran cuaderno" y la publicó cuando ya contaba con 52 años, en 1987. El éxito de sus obras ha hecho que se traduzcan a más de treinta idiomas, lo que quiere decir que, al fin y al cabo, la lengua se convirtió en lenguas y los lectores que piensan, hablan y escriben en otros idiomas han tenido acceso a la misma. Cuando murió, en 2011, era ya una autora reconocida. 

La editorial Alpha Decay ha tenido el acierto, en su colección Héroes Modernos, de traducir y acercar al público este librito, que recoge aspectos cruciales para poder entenderla, escritos de una forma tan sencilla, cercana y directa que no rezuman odio ni venganza, sino simple y llanamente, la exposición de unos hechos irrefutables. La importancia de la lengua como elemento de comunicación entre los hombres y como forma artística de expresión para los escritores es un aspecto que aquí aparece tratado de forma cotidiana. Lo entendemos porque nos podemos en la piel de la escritora, en su día a día, en su manera de afrontar la vida que tuvo que construirse lejos de su país. Demasiadas veces olvidamos ponernos en la piel del trasterrado, pero, en este caso, el argumento es contundente. El hilo de oro que une a los hombres que piensan igual porque hablan el mismo idioma es tan débil que, si se rompe, puede llegar a destruir todo lo que eres. 



Reseña bibliográfica: 

"La analfabeta" Relato autobiográfico
Autora: Agota Kristof
Traducción: Juli Peradejordi
Prólogo: Josep María Nadal Suau
Editorial: Alpha Decay
Colección: Héroes modernos

miércoles, 5 de agosto de 2015

"Mañana puede ser un gran día" de Betty Smith

A veces pienso cuántos libros hay por leer, cuántos autores por conocer y descubrir. Títulos y títulos. Nombres y nombres. Historias e historias. Cuando mi hijo era pequeño siempre usaba esa frase "escribir historias". Denominaba así, de esa forma, "historias" a las cosas que se le ocurrían, a las aventuras que su imaginación plasmaba, primero en forma de dibujos, sin palabras, y luego en largos textos. 

El tiempo de las historias no ha pasado para mí. Sigo enhebrándolas a cada momento y también buscándolas, hallándolas, en los libros que encuentro a mi paso. Vas a una librería y rebuscas entre los libros, como si fuera un género amigo, que te llega y te subyuga, que te llama. Así encuentras libros como este, libros "pequeños", libros que no leerías si no fuera porque investigas encima de la mesa de los mostradores de las librerías. 

Años veinte, Brooklyn, una chica de diecisiete años. Tiene un trabajo precario y, a pesar de todo, entrega el pequeño salario a su familia, a su madre dominante y a su padre sin carácter, ambos sin ápice de sentimientos mutuos. En ese marco difícil la única salida para ella es casarse. Margy Shannon quizá tiene la seguridad interior de que el matrimonio no le traerá la felicidad, pero no hay escapatoria. Es como una mariposa atrapada en una tela de araña. Así se casará con Frankie Malone, aparentemente parecido a ella en ilusiones y en manera de entender la vida. Pero el matrimonio construido sobre una sensación de necesidad siempre es una lotería y así los avatares de la vida harán que nada sea previsible en esta relación. 

El gran sueño americano es que todos los habitantes de América logren sus objetivos personales y profesionales a partir de un trabajo. La conquista del Oeste es la conquista de los sueños. Todo es posible en un mundo preparado para triunfar. Pero no siempre ocurre así y detrás de esa amalgama de soñadores hay muchos fracasados, gente que nunca conseguirá sus objetivos y que representan la masa gris del sistema. 

Hay algo que Margy aprenderá pronto. Casarse no es la solución. Cuando los problemas conyugales aparecen, el recuerdo de sus días de oficinista, que antes le parecían aburridos y sin esperanza, se tornarán nostálgicos, de forma que entenderá que, a veces, la independencia y la camaradería entre mujeres es una salida mucho más airosa que una boda con alguien que no te entiende, que no evoluciona a tu lado. 

El libro habla tanto de emancipación de la mujer, como del rol de las madres y las familias, como de la lucha de la mujer por conseguir una felicidad que no debe estarle prohibida. Sin embargo, es importante observar que esa emancipación no está relacionada con la obtención de una pareja más o menos adecuada, con casarse o tener hijo. Más bien tiene que ver con el íntimo convencimiento de que somos capaces de seguir adelante sin apoyarnos en otros que, en un determinado momento, pueden dejarnos caer al vacío. 

El mensaje final, no obstante, es esperanzador. De ahí su título. Esa misma esperanza era la que se traslucía en el libro anterior de la autora, que alcanzó enorme éxito editorial, "Un árbol crece en Brooklyn". 


Reseña bibliográfica:

"Mañana puede ser un gran día"

Título original: Tomorrow will we beter

Betty Smith, autora

Traducción de Luis Solano

Editorial Lumen, 2015