lunes, 30 de mayo de 2011

De tanto amarte...(poesía)

De tanto amarte y tanto no quererte                          

te has cansado de mí y de mis locuras

y le has prendido fuego a nuestra historia.

Tu ropa no perfuma ya la casa.

No queda una palabra de cariño

suspendida en el aire, ni una hebra

de azabache en la almohada. Sólo flores

secas entre las páginas del libro

de nuestro amor, y cálices de angustia,

y un delirio de sombras en la calle.

(Luis Alberto de Cuenca)

domingo, 29 de mayo de 2011

La Feria del Libro de Madrid se dedica a la literatura alemana

Desde el 27 de mayo está, en el Paseo de Coches de los Jardines del Retiro, la Feria del Libro de Madrid, en su 70 edición. Hasta el 12 de junio ocupará este espacio, con una dedicatoria expresa, esta vez, a la literatura alemana y un cartel anunciador obra del reputado cartelista Alberto Corazón.
La Feria del Libro de Madrid es una actividad organizada por la Asociación de Empresarios del Comercio del Libro de Madrid (Gremio de Libreros de Madrid), la Asociación de Editores de Madrid y la Federación de Asociaciones Nacionales de Distribuidores de Editores (FANDE). Un encuentro con el escritor y filósofo alemán Rüdiger Safranski será el acto que inaugure las actividades culturales de esta edición el viernes 27 de mayo. ¡AleManía en la Feria del Libro! es el lema del programa de encuentros organizados por el Goethe-Institut Madrid, la Embajada de la República Federal de Alemania y la Feria del Libro de Madrid. Entre los autores alemanes que acudirán a la Feria se encuentran Clemens Meyer, Volker Braun, Kathrin Schmidt, David Safier, Christian Schünemann, Volker Kutscher y Hans Magnus Enzensberger.

Si te gustan las Ferias del Libro, acércate a la de Madrid. La capital de España está a un paso, desde que existe el AVE. Ya que la Feria del Libro de Sevilla se cierra el lunes 30 de Junio, todavía tienes ocasión, en los próximos días, de conocer las novedades y los éxitos literarios que la de Madrid va a presentar.

sábado, 28 de mayo de 2011

Te aguarda el mundo entero...

Todos los años, por estas fechas, asistimos al mismo rito: despedimos a nuestros alumnos que terminan el Bachillerato. Algunos de ellos, los más, llevan con nosotros desde primero de ESO, es decir, seis años. Otros, los menos, llegaron al Instituto precisamente para cursar Bachillerato. Están también los alumnos de Adultos, que tienen otra problemática diferente y que viven su estancia en el centro de otra manera, no por ello, quizá, menos decisiva en su futuro. El acto de despedida guarda cada año alguna sorpresa y es la puerta que se abre para aquellos que dejan el Instituto e inician otro camino. En el caso de nuestro Instituto la mayoría, la gran mayoría de esos alumnos, se van a la Universidad: ingenieros, médicos, biotecnólogos, traductores, maestros, arquitectos, abogados, economistas, de todo un poco cada año. En el caso de los alumnos de diurno, la entrada en la Universidad, el final de curso, coincide con su mayoría de edad, mes más o menos, es decir, con el momento en que asumirán responsabilidades y derechos de adultos.
Es un momento maravilloso. Decidir tu futuro, iniciarlo, andar los pasos que te conducirán a aquello que deseas. Convertirte en una persona que tendrá su propia vida. Rebuscar en Internet para ver cómo son esos estudios que quieres hacer. Rellenar los papeles para el examen de Selectividad. Organizar tu nueva vida, los autobuses, el metro, las idas y venidas. Encontrar gente nueva y diversa. Conocer amigos. Ampliar tus conocimientos. Hallar tu vocación. Es un momento maravilloso. Te aguarda el mundo entero...eso es cierto.

Próxima actividad: Día 1 de junio, 20.30 horas, Acto de despedida a la promoción de Bachillerato 2009/2011 en la Sala de Conferencias del Instituto.

jueves, 26 de mayo de 2011

El inicio de la primavera

La Editorial Impedimenta nos cuenta así el último libro que ha publicado de Penélope Fitzgerald:

Corre el mes de marzo de 1913 y la convulsa ciudad de Moscú se prepara para la llegada de la primavera. En el ambiente se percibe una transformación dramática, pero en el número 22 de la calle Lipka, hogar del impresor inglés Frank Reid, ese cambio será aún más evidente y decisivo. Una noche, tras regresar a su casa, Frank descubre que su esposa se ha marchado de la ciudad llevándose a sus tres hijos. Pronto aparecerá en la vida del impresor una mujer sencilla, una especie de dríade por la que Frank acabará por sentirse hechizado. Y así, acompañado de su contable, Selwyn Crane, devoto seguidor de Tolstói, y de Volodia, un misterioso estudiante que irrumpe en la imprenta con extrañas intenciones, Frank tendrá que dilucidar qué motivos mueven a los demás a comportarse de forma a veces extraña, a veces irracional.

Suena prometedor ¿verdad? El libro se llama "El inicio de la primavera" y lleva la traducción de Pilar Adón (por lo que suponemos que será impecable) y el Postfacio de Terence Dooley.

Os damos, de nuevo, noticia de la autora:

Penelope Fitzgerald, de soltera Knox, nació en 1916. Era la hija del editor de Punch, Edmund Knox, y sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de la Biblia Wilfred Knox. Fue educada en caros colegios de Oxford. Durante la segunda guerra mundial trabajó para la BBC. En 1941 se casó con Desmond Fitzgerald, un soldado irlandés, con el que tuvo tres hijos. Durante algunos años vivió en una casa flotante en el Támesis. Autora tardía, Penelope Fitzgerald publicó su primer libro en 1975, a los cincuenta y ocho años, una biografía del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones. En 1977 publicó su primera novela, The Golden Child, una historia cómica de misterio ambientada en el mundo de los museos. A lo largo de los siguientes cinco años publicó cuatro novelas vagamente autobiográficas, que la consagraron como una de las figuras más importantes de la nueva narrativa inglesa, comparable a Iris Murdoch o A. S. Byatt. Con La librería (1978, publicada en 2010 por Impedimenta) fue finalista del Man Booker Prize, premio que finalmente consiguió con su siguiente novela, A la deriva (1979, Mondadori, 2000). Siguieron Human Voices (1980) y At Freddie’s (1982). En este punto, Fitzgerald declaró que ya estaba cansada de escribir sobre su propia vida, y se decantó por la novela que desvelaba hechos y acontecimientos del pasado, desde un punto de vista histórico. La primera de ellas sería Innocence (1986), desarrollada en la Italia de los años 50 y que narraba la historia de amor entre la hija de un aristócrata arruinado y un médico comunista. En 1988 publicó El inicio de la primavera, que volvió a ser proclamada finalista del Man Booker Prize. Siguieron The Gate of Angels (1990) y La flor azul (1995, Mondadori, 1998), centrada en la vida del poeta alemán Novalis. Penelope Fitzgerald murió en Londres en abril del año 2000.

Y también de la traductora:

Pilar Adón (Madrid, 1971). Escritora y traductora. Ha publicado, entre otros, el libro de relatos El mes más cruel (Impedimenta, 2010), que ha quedado finalista del Premio Tigre Juan y del Premio Setenil. Asimismo, es autora de Viajes inocentes (Páginas de Espuma, 2005), por el que obtuvo el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2005, y de la novela Las hijas de Sara (Alianza, 2003). Ha traducido obras de Henry James, Christina Rossetti y Clifton Fadiman, además de la novela Santuario, y del libro de crónicas bélicas Francia combatiente, ambos de Edith Wharton, así como Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay, para la editorial Impedimenta.

Conociendo a la autora, de la que hemos glosado en este blog su estupendo "La librería", así como la trayectoria de la Editorial Impedimenta, estamos seguros de que aquí hay un libro para añadir a nuestra maleta de vacaciones, que ya estamos preparando en lo que se refiere a un elemento muy importante: los libros que nos vamos a llevar.

martes, 24 de mayo de 2011

La gente que lee

El otro día leí por casualidad (o mejor, yendo de un lado a otro en Internet, como suele ocurrir) un post de un blog en el que alguien celebraba haber leído por primera vez "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen. La autora del post hacía una reseña del libro y de la edición, de forma que, a continuación, algunos lectores dejaron sus comentarios. Me resultó interesante ver cómo el primer acercamiento a esta autora genera adhesiones inmediatas o todo lo contrario. Y también observé esa extraña comunidad que se forma en torno a un libro por parte de las personas que lo han leído. Comentar un libro entre un grupo de lectores resulta un curioso ejercicio de confrontación de ideas. Hay muchas formas de entenderlo, muchas claves internas que llegan a unos y a otros, muchas vivencias previas que condicionan la lectura y la opinión... Hay, quizá, algo común en todo ello, algo que aparece en toda la gente que lee. La gente que lee es como un baúl que se va llenando. Cada libro que se lee, o al menos, muchos de ellos, va rellenando los huecos de ese baúl y, con el paso del tiempo, el baúl, que estira como chicle, sigue llenándose de forma indefinida. En los ojos de la gente que lee se observa ese guiño de complicidad, esas referencias comunes que te acercan, inmediatamente, a una determinada persona. Lo he notado y lo noto todos los días. Unos extraños coinciden en un determinado lugar y momento. La mención de un libro, que ha resultado ser lectura común a varios o a todos, genera de inmediato una corriente de entendimiento, unos lazos, independientemente de quiénes o cómo sean esas personas. Ser lector es una suerte, porque ¿qué determina que unos lo sean y otros no? ¿por qué unos niños llegan a ser adultos lectores y otros no se adentran nunca en este camino de la lectura? Seguramente, como yo, habéis tenido ocasión de ver de cerca a un niño disfrutando enormemente con la contemplación de un libro de dibujos (aquí ya hay un pre-lector) o con la lectura de un libro que le está resultando apasionante. Lo mismo puede decirse de un joven, de un adulto, de un anciano. Porque la lectura no tiene edades y no hay que estar ni siquiera en buena forma física para leer, si acaso ponerse, cuando llegue el momento, unas buenas gafas.
Me pregunto cómo me convertí en lectora. Y esta pregunta me la he hecho hace bien poco, tratando de recordar algunas claves que pueda trasladar al trabajo diario que hacemos en el Instituto. Qué había allí, qué me empujaba a los libros, cuál es el motivo por el que, desde siempre, me veo a mí misma con un libro en la mano y con un cuaderno en la mano, en ese doble ejercicio de leer y escribir. Desconozco el motivo por el que algunas personas que viven en el mismo ámbito familiar tienen diferentes formas de acercamiento a la lectura. Unos llegan a ser lectores y otros no. Es un misterio. Lo que sí recuerdo es el absoluto disfrute de encontrar un buen libro, un libro que te llegue y que te entretenga. Creo que es un disfrute común a todos los lectores. Por eso solamente valdría la pena leer. Pero ¿cómo podemos hacerlo entender a los alumnos? Porque, si ellos vivieran en primera persona que un libro te hace disfrutar, pasarlo bien y encima, te acompaña, entonces la lectura sería cosa necesaria para ellos y no habría ni que animarlos. Pero ¿cómo se logra que den el primer paso?

lunes, 23 de mayo de 2011

Las huellas imborrables

La Editorial Maeva presenta así el último libro de Camilla Läckberg, autora muy apreciada por jóvenes y mayores:

Un nuevo caso trepidante de Erica Falck y Patrik Hedström

En Las huellas imborrables Camilla Läckberg entreteje con maestría una historia contemporánea con la vida de una joven en la Suecia de 1940. El verano llega a su fin y la escritora Erica Falck vuelve al trabajo tras la baja de maternidad. Ahora le toca a su compañero, el comisario Patrik Hedström, tomarse un tiempo libre para ocuparse de la pequeña Maja. Pero el crimen no descansa nunca, ni siquiera en la tranquila ciudad de Fjällbacka, y cuando dos adolescentes descubren el cadáver de Erik Frankel, Patrik compaginará el cuidado de su hija con su interés por el asesinato de este historiador especializado en la Segunda Guerra Mundial.

Mientras tanto, Erika hace un sorprendente hallazgo: los diarios de su madre Elsy, con quien tuvo una relación difícil, junto con una antigua medalla nazi. Pero lo más inquietante es que, poco antes de la muerte del historiador, Erika había ido a su casa para obtener más información sobre la medalla. ¿Es posible que su visita desencadenara los acontecimientos que condujeron a su muerte?

Y así nos presenta a su autora:

La sorprendente juventud de Camilla Läckberg (nació en 1974) contrasta con la madurez de su escritura y con su merecido estatus de reina de la novela negra escandinava. Cuando publicó La princesa de hielo en 2003, pocos podían prever el fulminante éxito internacional que iba a conseguir esta joven autora. Gracias a un estilo ágil y muy eficaz, Camilla Läckberg consigue que sus lectores se identifiquen enseguida con unos protagonistas a los que vemos evolucionar en paralelo a la trama criminal. Con unas ventas extraordinarias y su serie publicada en más de 40 países, Camilla Läckberg también es una habitual de los premios literarios internacionales. El público español también ha sucumbido a los encantos de esta autora que se confiesa incondicional de Agatha Christie y ha acogido muy bien sus novelas. Todas las entregas de las investigaciones de Erica Falck y Patrik Hedström transcurren en la población costera donde nació la autora, en Fjällbacka, y prometen fuertes emociones a sus lectores.

Tras todo esto, os dejo mi propia opinión:

No he leído el último libro pero sí algunos de los anteriores y puedo deciros que son interesantes y están muy bien escritos. A los chavales les gusta muchísimo en un margen de edad que va desde los catorce hasta la edad que queráis. Este libro es una buena opción para regalarlo ahora, que llega el final de curso y puede suponer un premio para aquellos chavales que se han esforzado por aprobar y por aprender.

viernes, 20 de mayo de 2011

Democracia

Seguro que nuestros alumnos no son capaces de entender lo maravilloso que es vivir en democracia. Afortunadamente, ellos no han conocido otros tiempos en los que solamente participaban en la vida política los sabios, los ricos o los nobles. Tampoco, esos otros tiempos en los que la mujer no tenía voto,antes de que las sufragistas dieran su vida por poder ejercer este derecho. Nuestros alumnos no han conocido la dictadura, cuando había votaciones en los que votaba más gente de la que había en el censo. No, ellos han tenido suerte, una gran suerte, porque toda su vida ha transcurrido y transcurre en un estado democrático y de derecho, en los que se puede leer todo y se puede ejercer el derecho de elegir a nuestros representantes.
Las lecturas prohibidas son una muestra clara del fundamentalismo. Regímenes ha habido y hay en los que no se puede leer a determinados autores o en los que no se puede contemplar determinado tipo de arte. Son cosas que no existen en democracia pero que en el mundo han hecho mucho daño.
En este fin de semana coinciden dos acontecimientos diferentes, pero con lazos entre sí. Podremos ejercer nuestro derecho democrático al voto y podremos pasear por la Feria del Libro de Sevilla, que se inauguró ayer jueves con la conferencia multitudinaria que dio la escritora María Dueñas, autora de ese best seller que nosotros, desde este blog y humildemente, contribuimos a dar a conocer. María Dueñas abre el desfile de autores que vendrán a la Feria y que firmarán sus libros o nos contarán cosas, en ese ejercicio fantástico de encuentro con los lectores que acerca a nosotros a aquellas personas que han plasmado por medio de las palabras tantos sentimientos, deseos, emociones...
Poder escribir cualquier cosa, poder leer cualquier cosa es posible porque vivimos en un Estado democrático, porque tenemos esa gran suerte. Ningún otro sistema político puede ofrecernos la garantía de que nuestras libertades individuales se salvaguarden y tampoco la seguridad de que el arte será libre, libre, para poderlo disfrutar sin cortapisas.

viernes, 13 de mayo de 2011

Regala libros

Se da la curiosa circunstancia de que la gente deja de regalarte libros cuando supone que ya tienes muchos. Esto me viene ocurriendo desde hace algún tiempo y la verdad es que me sorprende. Es verdad que puedes tenerlos repetidos, pero siempre hay solución para eso porque el libro es una de las cosas cuyo precio no puede ocultarse, así que no hay problema en procurar que se cambie por otro. Sin embargo, es así. Hacía mucho tiempo que, salvo los Reyes Magos, nadie me regalaba libros. Pero hace unos días, mi cumpleaños ha traído la agradable novedad de dos regalos en forma de libros. Además de agradecerlos a Elvira y Juan Eduardo, os cuento aquí algo de ellos. Me parece especialmente bonito compartir los libros que uno lee y que, quizá, pueden gustar a otras personas.
Uno de los libros estaba en mi lista de espera de compras. Se trata de la última novela publicada de Irène Némirovsky, "Los perros y los lobos", editado por Salamandra (la editorial española de la autora) de la que ya se ha hablado en este blog. Espera impaciente poder leerla y el regalo de Elvira me hizo disfrutar muchísimo, porque el libro no defrauda, porque Irène no defrauda nunca. Es un libro intenso, complejo y quizá también duro, pero dentro de la mirada franca, abierta y sin disimulos que la autora lanza al mundo exterior y a su propio mundo interior.
El otro libro era desconocido para mi y supuso una novedad muy curiosa. Su título puede darnos una pista acerca de lo que trata. "Las aventuras de un libro vagabundo". Su autor, Paul Desalmand, alguien a quien antes no había leído (lo que supone un añadido de interés). Lo edita Destino en una edición muy bonita, con una preciosa portada en tonos ocres y rojos. "Una pequeña joya" dice de él France-Inter. "Un maravilloso ejercicio de estilo", afirma Le Nouvel Observateur. Y, el propio autor, en la contraportada, escribe una frase que nos desarma: "Sólo hay dos cosas que pueden cambiar realmente a un ser humano: un gran amor y la lectura de un gran libro". 
Me gustaría contaros algo de este Paul Desalmand del que no sabía nada. Resulta que nació en 1937 en una pequeña población de la Alta Saboya y que, durante muchos años, trabajó de maestro de escuela. Además de este libro ha escrito otros cincuenta más sobre literatura y arte, así como algunas biografías, entre ellas las de Stendhal y Picasso. "Las aventuras de un libro vagabundo" es su primera novela. 
He leído ambos libros y con los dos he disfrutado. Después de leer a Irène siento la misma sensación agridulce, mezcla de tristeza y encanto. En lo que respecta a Desalmand, ha tenido una genial idea haciendo protagonista de un libro a un libro y creo que si lo lees a tí también te parecerá una sorprendente obra que, para variar, no habla de lo mismo que hablan últimamente la mayoría de las novelas...ya sabes.

martes, 10 de mayo de 2011

La academia de Don Manuel

La prensa traía estos días la noticia de que iban a cerrarse las últimas dos fábricas de máquinas de escribir. Esto me hizo reparar en algo curioso, algo en lo que no había pensado antes. Desde los ocho a los doce años estuve asistiendo a una academia de mecanografía. Día tras día, incluido el mes de julio (porque el de agosto lo tomaba a beneficio de inventario) iba durante una hora a aprender a escribir a máquina. Supongo que mi madre quería tener todos los cabos atados en cuanto a mi futuro. No fui secretaria, ni mecanógrafa, pero el hecho de haber ido a esa academia, de haber sacado mi título de mecanografía (con sobresaliente y premio de honor, os diré), ha sido muy útil. La primera utilidad es la de saber escribir a máquina y, ahora, claro está, a ordenador. Rapidez, usar todos los dedos, no mirar el teclado, o lo que es lo mismo, tardar muy poco en escribir cualquier documento. Pero, además, aprendí algo estupendo, algo que Carmen Redondo, nuestra compañera del departamento de Administración, conoce muy bien, porque lo practica con sus alumnos del ciclo de Gestión Administrativa incansablemente: me enseñaron a redactar escritos, instancias, oficios, solicitudes, peticiones, currículum vitae, etc. Toda clase de documentos de tipos diferentes, todo lo que conlleva la utilización de la palabra para gestiones diversas, todo eso te lo enseñaban en esta academia, que, ahora lo entiendo, estaba destinada a formar secretarias perfectas (o secretarios, porque también había muchos chicos). Esa formación se complementaba con clases de ortografía, estenotipia, contabilidad e inglés (estas últimas, obviamente, no me tuvieron entre sus alumnos). La tercera gran utilidad de aquella academia estaba en que desarrollaba el gusto por leer. Cuando ya el alumno dominaba el teclado y pasaba a la segunda fase, la que llamabas, "copiado", el trabajo consistía en copiar textos de los libros. Ni que decir tiene que había libros de todo tipo y que yo aprovechaba mis estancias allí para leer, leer y leer. Como el director, Don Manuel, vigilaba que aprovecháramos el tiempo, dándose vueltas por las salas, mi truco consistía en escribir mucho durante la primera parte de la hora, a mucha velocidad, y así tenía margen bastante para poder leer sin escribir, pues se suponía que el texto que llevaba escrito era suficiente.

Así que, cómo no queréis que me produzca tristeza el cierre de las fábricas de máquinas de escribir. Aquel sonido monocorde de las Olivetti funcionando a todo trapo, me parecía un eco familiar y magnífico, porque, tras el ruido, estaba oculto el silencio de las palabras.

sábado, 7 de mayo de 2011

Homenaje en una verde extensión de césped

Como este país tiene tan poco aprecio por lo suyo, ni siquiera ahora, que ha muerto, llegaremos a entender lo que Severiano Ballesteros significó, significa, para el golf mundial, para el deporte en general. Lo saben en el extranjero, desde luego, y basta verlo en los cientos de mensajes que hay en las redes sociales, emitidos por personalidades del deporte y la vida social de todo el mundo.
A mí el golf me parece un deporte muy interesante. Es, probablemente, el único deporte que podría practicar ahora. Pero, además, el caso de Seve todavía tiene más interés. Porque, prácticamente de la nada, consiguió su meta, su objetivo, de convertirse en una figura a escala mundial. Estos personajes, estas personas que son capaces, con tesón, con valentía, con constancia, con voluntad, con trabajo, mucho, muchísimo trabajo, lograr lo que se proponen, me admiran, me resultan tan especiales que todos deberíamos pensar en ello.
Ser capaz de saber exactamente qué es lo que uno quiere, qué es lo que nos hace felices, qué se puede hacer para lograrlo y no desfallecer, eso es algo que quisiera haber tenido, que quisiera tener. La gente que está tocada con esa varita mágica, como Severiano Ballesteros, son distintos, únicos, irrepetibles.

Por eso hoy, este blog de libros, lectura y escritura, abre su ventana al aire fresco de los campos de césped que Severiano pisó para conseguir sus mayores retos. Desde su tierra natal maravillosa al mundo entero, sin perder la conciencia de quien era. Solamente esa enfermedad terrible, cuyo nombre no quiero escribir, ha podido apartarlo de la vida que él mismo fue capaz de forjarse.

Descanse en paz.

viernes, 6 de mayo de 2011

El hada del agua

El hada del agua de Gustavo Martín Garzo. Ilustraciones de Alfonso Ruano. Madrid, Ediciones SM, Colección Álbumes ilustrados, 2010. Cartoné, 32 pp., 23,5 x 34,8 cm.


(Reseña de Anabel Sáiz Ripoll para Culturamas)

La sensibilidad de Gustavo Martín Garzo, su exquisitez al contar historias y esa especial mirada de ternura con la que mira a las personas se unen, esta vez, a la magia de Alfonso Ruano quien ilustra este libro de una manera sencillamente espectacular puesto que recoge la atmósfera del relato y no solo sabe plasmarla sino que hace de la historia una doble obra de arte, por el texto, por supuesto, y por los dibujos. Son escenas tiernas, evocadoras, primeros planos, detalles pequeños, a veces, gestos, miradas… la ternura de las palabras con las que Martín Garzo ha escrito El hada del agua se ha contagiado a las imágenes y los lectores y lectoras, todos y de cualquier edad, disfrutarán enormemente con la sensibilidad de rezuma el libro. El hada del agua, en formato de álbum, con tapas duras, es una apuesta por las historias hermosas, bien escritas, que dejan huella. Nos habla de quienes son las hadas del agua y nos las acerca de una forma entre mágica y simbólica. Estas criaturas, etéreas y frágiles, se prendan de las crías, ya sean de animal o de persona, así una de ellas estuvo muy cerca de un bebé, Daniel, a quien le hizo un regalo muy especial como podemos leer al concluir el relato. No obstante, las hadas de agua aún encierran otros secretos que descubriremos gracias a este libro.

Martín Garzo, de una manera sencilla, pero llena de evocación, nos habla de este otro mundo, el de los sueños y las ilusiones y permite que creamos de verdad en criaturas tan bellas como el hada de agua. Además, Alfonso Ruano nos lo pone muy fácil a retratarla.

El estilo de Martín Garzo, sobrio y contenido, alude, de manera genérica, tanto a las hadas como a las madres, pero sí se centra en el bebé agraciado, en Daniel cuya mirada y cuyo rostro nos va a acompañar gran parte del relato.

En suma, un libro bonito, para ser contemplado y para ser leído. ¿Acaso todos alguna vez hemos tenido un hada del agua cerca y no nos hemos dado cuenta? ¡Es más que probable!

(Para niños y jóvenes a partir de los doce años)

miércoles, 4 de mayo de 2011

La Feria de Bécquer

"...Entre los verdaderos conocedores de las costumbres andaluzas en toda su pureza, entre los que buscan con entusiasmo las escenas y tipos y recogen con afán los cantares y giros pintorescos del lenguaje que revelan la genialidad propia de un pueblo tan digno de estudio, nunca se borrará el recuerdo de aquellas renombradas ferias de Mairena y Ronda, de las cabalgatas a la Virgen del Rocío o la vuelta de las hermandades del Cristo de Torrijos, cuando desembocaban en tropel por el histórico puente de barcas, entre la nube de polvo que doraba el sol poniente o a la luz de las antorchas que reflejaban su cabellera de chispas en el Guadalquivir, vistosos grupos de majos a caballo llevando las mujeres a las ancas, o multitud de carretas colgadas de cintas y flores, con su obligado acompañamiento de guitarras, palmas y cantares.

Las ferias, de origen popular, se crearon espontáneamente, y la costumbre, arraigada por la tradición, mantenía su concurrencia; sus anales registran los más altos hechos de la gente del bronce; en sus reales tuvo origen la celebridad de las ganaderías más famosas; en ellas, en fin, como en teatro propio de sus hazañas y gallardías, se daban a conocer los cantadores y los valientes. Un caballo inglés, un dogcart, un sombrerito Tanchon o cualquier cosa de este jaez hubiera sido en ellas un verdadero fenómeno. Pero pasó el reinado de la calesa, del cual, y sólo como documento histórico, se conserva alguna desvencijada y rota en las antiquísimas cocheras de Las Gradas... El movimiento social lo ha convertido en cochero de punto.

Sobre las ruinas de las tradiciones típicas y peculiares de Andalucía, de sus renombradas ferias, sus características diversiones y pintorescas zambras, se ha levantado la feria de Sevilla, que obedeciendo a un pensamiento ecléctico, quiere reunir y armonizar lo que se va con lo que viene, la tradición con las nuevas ideas. La feria de Sevilla es muy moderna; es propiamente dicho, una feria oficial. Creada de la noche a la mañana por la voluntad del municipio, nada le faltó ciertamente desde el primer día, y desde entonces acá viene ganando respecto a lujo, conocimiento y comodidades. Tiene, sin duda, todo lo que constituye una feria de las más renombradas; tiene algo más tal vez: por teatro, un prado inmenso, cubierto de un tapiz de verdura finísima e iluminado por un sol de fuego que todo lo dora y abrillanta; por fondo, la accidentada silueta de Sevilla con sus millares de azoteas y campanarios que coronan la catedral y el giraldillo; por actores, una multitud alegre y ruidosa, ávida de placeres y emociones, que duplica a veces la ya bastante numerosa población de la ciudad. No obstante, parece que le falta algo. Allí hay vendedores y traficantes de todo género, productos de diversas industrias, muestras de las mejores ganaderías, gitanos de todas las provincias de España, tabernas y buñolerías en montón: se compra, se vende y se cambalachea; se toca, se come y se bebe; hay palmas, cantares y borracheras más o menos chistosas, pero todo ello como adulterado y compuesto con la mezcla del elemento que llaman elegante y que algunos, tratándose de esta clase de fiestas, se atreverían a calificar de cursi. En efecto, no busquéis ya sino como rara excepción el caballo enjaezado a estilo de contrabandista, la chaqueta jerezana, el marsellé y los botines blancos pespunteados de verde; no busquéis la graciosa mantilla de tiras, el vestido de faralaes y el incitante zapatito con galgas; el miriñaque y el hongo han desfigurado el traje de la gente del pueblo, y en cuanto a los jóvenes de clase más elevada que en esta ocasión solían llevar la bandera del tipo sevillano, obedecen en todo y por todo a los preceptos del último figurín. Hasta las hijas de los ricos labradores que viven en los pueblos de la provincia encargan a Honorina, o hacen traer de París los trajes que han de llevar en Sevilla durante las ferias. Junto al potro andaluz trota el poney de raza; al lado del coche de colleras, con sus caireles y campanillas, pasa la carretela a la Grand Dumont, con sus postillones de peluca empolvada; tocando al tenducho donde se bebe la manzanilla en cañas y se venden pescadillas de Cádiz y se fríen buñuelos, se levanta el lujoso café-restaurant donde se encuentran paté de foie gras, trufas dulces y helados exquisitos; el piano, con su diluvio de notas secas y vibrantes, atropella y ahoga los suaves y melancólicos tonos de la guitarra; los últimos y quejumbrosos ecos del «Polo de Tobalo» se confunden con el estridente grito final de una cavatina de Verdi.


La gran afluencia de forasteros que se nota en Sevilla por esta época convierte la cuestión de alojamientos en una verdadera dificultad: aunque se multiplican prodigiosamente las casas de hospedaje y desde la popular posada hasta el aristocrático hotel rivalizan en la resolución del problema, que consiste en encajonar doce donde apenas caben cuatro, todavía no bastan y los apuros y trastornos que de aquí resultan, todos vienen a resolverse en un alarmante menoscabo del bolsillo. Los únicos que, a la benignidad del clima y a sus patriarcales costumbres, encuentran zanjados desde luego todos estos inconvenientes son los forasteros procedentes de los lugares circunvecinos, que en numerosas tribus se instalan en los zaguanes de las casas o toman las aceras por colchón, esperando la primera luz del día para levantarse.

Sin duda alguna las horas más alegres de la feria son las primeras de la mañana. Apenas comienza a rayar el alba, las mujeres se apresuran a regar y barrer las calles del tránsito; cada balcón es un jardín; la luz viene creciendo y dorando las veletas y los miradores; hay un olor de flores y de tierra húmeda que embriaga; se siente un aire fresco y vivificador que se aspira con deleite.

A medida que aumenta la claridad, se hace mayor el movimiento de la multitud que comienza a invadir las calles, y se ven bandadas de jóvenes que con la guitarra al hombro y la bota bajo el brazo, se dirigen al Prado de San Sebastián, mientras por otra parte cruzan numerosos y alegres grupos de muchachas con vestidos claros y ligeros, que llevan por todo adorno un manojo de rosas y alhelíes en la cabeza.

La aristocracia tiene el buen gusto de no emperejilarse desde tan temprano y acudir al punto de cita en traje de negligé siempre más cómodo y gracioso; algunos llevan su condescendencia hasta resucitar el sombrero redondo y la chaquetilla torera, y lo que es más raro, suele verse tal cual muchacha perteneciente a una clase distinguida bajar al prado vestida al uso del país sobre un caballo con jaez de caireles.

El panorama que ofrece el real de la feria desde la Puerta de San Fernando es imposible describirlo con palabras y apenas el lápiz lo podría reproducir en conjunto. Hay una riqueza tal de luz, de color y de líneas, acompañada de un movimiento y un ruido tan grandes, que fascina y aturde. Figuraos al través de la gasa de oro que finge el polvo su llanura, tendida y verde como la esmeralda, el cielo azul y brillante, el aire como inflamado por los rayos de un sol de fuego que todo lo rodea, lo coloca y lo enciende. Por un lado se ven las blancas azoteas de Sevilla, los campanarios de sus iglesias, los moriscos miradores, la verdura de los jardines que rebosa por cima de las tapias, los torreones árabes y romanos de los muros. La catedral, en fin, con sus agujas airosas, sus arbotantes fortísimos, sus pretiles calados y la Giralda por remate, que parece un navío de piedra al anclar sobre los rojizos tejados de la ciudad. Por otra parte, y extendiéndose hasta perderse de vista, se descubren millares de tiendas de campaña, formadas de telas vistosas y empavesadas con banderas y gallardetes de infinitos colores; largas filas de casetas vestidas de pabellones blancos y adornadas con cintas y ramos, delante de las cuales fríen los gitanos los obligados buñuelos y desde donde se eleva el humo de las sartenes en penachos azules; diseminadas acá y allá, fondas improvisadas, cafés al aire libre, tabernas, sombrajos, puestos de flores, de frutas, de juguetes y baratijas, entre los que se distinguen, procurando llamar la atención, saltimbanquis que tragan espadas desnudas, ciegos que cantan jácaras, farsantes que enseñan monstruos vivos, circulando por medio de una inmensa multitud de gentes que van y vienen sin cesar y de los cuales unos se agrupan a la puerta de un tenducho a oír un jaleo, otros se sientan a la ronda para despachar la pitanza, éstos se pasean, aquéllos se requiebran, los de más allá riñen, presentando el conjunto más abigarrado y movible que puede imaginarse...

...Poco a poco el sol se remonta, y a medida que se deja sentir la abrasadora acción de los rayos van disminuyendo la concurrencia, la animación y la bulla. Los forasteros pobres toman nuevamente las aceras por cama y duermen la siesta a la sombra de los monumentos históricos. Las muchachas de la ciudad vuelven encarnadas como amapolas, cubiertas de sudor y de polvo, pero satisfechas y alegres a buscar el fresco de sus patios; los paseantes, unos se refugian en los cafés y las fondas y otros entran en las tiendas de campaña propias o de sus amigos, donde encuentran dispuesto un opíparo almuerzo, servido con todos los perfiles del más refinado gusto. Los vendedores tienden el sombrajo y se acuestan al pie de la mesa; las gitanas apagan la lumbre de los anafes, los ganaderos dan orden de que se retiren los rebaños que se alejan lentamente al son de la esquila de los guiones, y reina un silencio extraño, interrumpido sólo por el monótono canto de los grillos y las chicharras; silencio que cuando el sol está en lo más alto del cielo recuerda el de la hora de la siesta en Sevilla, que tanto se parece a una noche con luz.

Cuando el sol, suspendido sobre las lomas de San Juan de Aznalfarache, hiere la ciudad con sus oblicuos rayos y prolonga sobre la llanura que la rodea la sombra de sus murallas y sus torres, la multitud comienza nuevamente a dar señales de vida encaminándose al Prado de San Sebastián. La brisa de la tarde, que se levanta del río, refresca la atmósfera con su soplo húmedo y cargado de perfumes; los dependientes del municipio apagan el polvo de los paseos y comienza lo que podríamos llamar el segundo acto de la comedia. La decoración es la misma, pero los actores han cambiado de traje y de aspecto. La feria de la tarde es la feria de la elegancia y el buen tono. Las figuras que se destacan en primer término pertenecen a la aristocracia o a esa otra clase más modesta que hace esfuerzos desesperados por seguirla pisándola los talones. El pueblo acude como espectador.

...No es fácil dar idea al aire de afectada animación y buen tono que reina en esta segunda parte del espectáculo. La gente del pueblo anda como encogida por entre aquellas oleadas de seda y de blondas sin comprender qué objeto guía a los que se reúnen como ellos a cantar, beber, bailar y divertirse, y se limitan a sólo dar vueltas gravemente alrededor de un punto al compás de una música militar que toca piezas de ópera con solos de cornetín y dúos de clarinete y figle.

Pasa al fin la hora del crepúsculo, entra la noche, comienzan a brillar las luces, desfilan los paseantes compuestos, se alejan los coches desaparecen los jinetes, las buñoleras levantan el grito, las tabernas se llenan de parroquianos, la gente menuda vuelve a apiñarse y a ir y venir gozosa entre aquella oscuridad que se presta a todo género de expansiones, y tornan a oírse voces, pitidos, pregones, risas, requiebros, palmas, músicas y cantares.

En tanto que se reanuda el hilo de la fiesta popular, la elegancia que ha desaparecido entre bastidores cambia por tercera vez de traje para asistir a las soirées y a los bailes. Estos tienen lugar en las lujosas tiendas que el casino y los diferentes círculos de Sevilla disponen al efecto en el mismo campo de la feria. No hay para qué decir que son de etiqueta rigurosa: frac negro y corbata blanca; hombros desnudos, cola inconmensurable, tules, gasas, blondas y pedrería.

Los carruajes llegan unos tras otros a depositar su elegante y perfumada carga en el vestíbulo de las tiendas; los lacayos se llaman con el apellido o título de sus señores y abren y cierran las portezuelas haciendo grotescos saludos. Todo aquello recuerda algo el vestíbulo del Teatro Real una noche que canta la Patti. Luego avanza la noche, las luces se van apagando; los vendedores, roncos de vocear y beber aguardiente, se esconden otra vez bajo los puestos como el caracol en su concha; las gitanas recogen los trebejos y soplan los candiles; los incansables caballos del tiovivo dejan de dar vueltas y cesa su acompañamiento de bombo y corneta de pistón; el último acorde de la música de los bailes, se desvanece temblando; entre la oscuridad brilla alguna luz solitaria y perdida como una estrella; por el suelo se distinguen confusamente montones de gentes tendidas que dan a la llanura el aspecto de un campo de batalla. Es la hora en que el peso de la noche cae como una losa de plomo y rinde a los más inquietos e infatigables. Sólo allá, lejos, se oye el ruido lento y compasado de las palmas y una voz quejumbrosa y doliente que entona coplas tristes o las seguidillas de El Fillo. Es un grupo de gente flamenca y de pura raza que alrededor de una mesa coja y de un jarro vacío cantan «lo hondo» sin acompañamiento de guitarra, graves y extasiados como sacerdotes de un culto abolido, que se reúnen en el silencio de la noche a recordar las glorias de otros días y a cantar llorando, como los judíos, super fluminem Babiloniae."

El 25 de abril de 1869, Gustavo Adolfo Bécquer publicó este artículo, de deliciosa prosa, en El Museo Universal. Siendo la Feria de Abril de Sevilla un acontecimiento de fama mundial, no le andan a la par los textos literarios que la glosen. Seguramente los de más calado sean los que se refieran a la feria taurina, paralela a la vida en el Real, pero, aunque hay alguna monografía sobre el tema, no podemos decir que, aparte las letras de las sevillanas, existan descripciones y ensayos acorde con el peso que la Feria tiene en la vida de la ciudad.
 
Por otro lado, el fenómeno de las televisiones, ha convertido a la Feria, y al AVE que sube y baja desde Madrid cargado de famosos de todo pelaje, en un evento del que todos opinan de manera superficial y sin que las claves ocultas, que son muy similares a las claves de la propia ciudad, tengan ocasión de expresarse o, si acaso, entreverse.
 
Dado lo cual, este texto de Bécquer es una rara avis, un hecho singular en el conjunto de la bibliografía ferial, por lo que merece la pena leerse y comentarse. No estaría de más que nuestros alumnos de la capital y del Aljarafe próximo, que viven la Feria desde siempre, se acerquen a la misma con algunas percepciones que vayan más allá del simple (y necesario) divertimento.
 
El caso es que la crítica que realiza Bécquer a la Feria de Sevilla es demoledora. Lejos de ser una Feria surgida de forma espontánea, por la tradición popular, se trata, a su juicio, de una Feria "oficial", es decir, una Feria "artificial", creada ex-profeso y "sobre las ruinas" de lo que fueron otras ferias populares. La Feria para Bécquer es un gigantesco teatro en el que cada actor tiene su papel y cada figurante cumple con su cometido. Las clases sociales, que parecen mezclarse, están, en realidad, bien definidas. Los atuendos no responden a la realidad cotidiana de lo que cada uno es o quiere ser, sino a una impostura basada en conceptos estéticos o en imitaciones de un universo ajeno. Bécquer, además de un extraordinario cronista, que aquí destila capacidad de observación, su mijita de ironía y su vocabulario amplio, estilizado, exacto, es también un conocedor profundo de la sociedad sevillana y, casi, un profeta. La Feria de Sevilla nació por decisión municipal, se echaron todos los avíos con tal de que fuera un acontecimiento esplendoroso (y bien que se consiguió, desde luego) pero no es una Feria "real", sino un ensueño que, durante unos días, convierte Sevilla (o mejor, ciertos espacios de Sevilla, entonces El Prado, ahora Los Remedios), en un escenario de cartón piedra, donde tiene lugar una representación en la que los papeles se aprenden de generación en generación. Como toda representación se precisa un público. Lo que pasa es que en este caso el público no sabe que lo es, no se ha dado cuenta de qué status le toca jugar en este gigantesco entramado. El público, en este caso, es todo aquel que no forma parte del "ambiente de Feria". Todo aquel que, ingenuamente, va de visita pensando que la cosa es así de sencilla.

Lo que Bécquer no sabía (o quizá sí) es que la clase alta, que entonces recorría la Feria y hacía de ella su segunda casa, la aristocracia de entonces, ha sido sustituida por los nuevos aristócratas, es decir, empresarios, políticos y famosos de toda condición. Es verdad, también, que siguen existiendo espectadores como los de entonces, incluso "extras" que hacen su papel sin saberlo y, por supuesto, una legión de imitadores que quieren formar parte a toda costa de la fiesta aunque no tengan un sitio privilegiado para ello.

Quizá la mejor feria es la de los jóvenes, la de aquellos que no tienen que figurar (aunque algunos se coloquen su traje azul) y que tienen en la risa y en la camaradería el motivo para encontrarse.

lunes, 2 de mayo de 2011

Una tarde con Sábato

Era verano y hacía calor. Era la casa de unos amigos cerca de Sevilla. Era una tarde. Me veo a mí misma, sentada junto a una ventana, en una silla baja como las que usan las mujeres para la costura. Tengo un libro en la mano, un libro abierto. Pasan dos horas y ya he leído ese libro. He leído el libro en una tarde, en esas dos horas, antes de que el calor se aplacara y pudiéramos salir a la calle, a reírnos con los amigos, a ver a la gente, a contemplar la caída de la noche desde ese mirador privilegiado sobre Sevilla. El libro me ha absorbido por completo y ahora, después de tantos años, no puedo recordar con detalle su argumento ni sus personajes pero sí la sensación de abstracción, de angustia. Sí la tensión. Sí la irremediable convicción de que no podía dejar el libro a un lado hasta que lo leyera. Y aún más. De que no podía dejar el libro a un lado después de haberlo leído.

Ese libro era “El túnel”. Su autor, Ernesto Sábato, acaba de morir con cien años. Quería deciros algunas cosas de él pero he preferido contaros mi vivencia personal acerca de uno de sus libros y remitiros al blog de mi compañera Carmen Cuesta, profesora de Latín y bibliotecaria del Instituto Juan de Herrera de San Lorenzo de El Escorial, que ha recogido en una de sus entradas muchas cosas de las que yo os contaría sobre Sábato.