martes, 24 de marzo de 2015

"Órdenes sagradas" de Benjamin Black

Hipnótico, elegante, estilista, dominador del lenguaje, creador de un paisaje literario propio...las críticas bendicen a John Banville desde que en 1989 este editor y periodista publicara "El Libro de las Pruebas". Desde entonces, una amplia trayectoria jalonada de premios y de lectores fieles que se han ido sumando al placer de disfrutar de una prosa fina, acerada y llena de observación inteligente. Con "El Mar" logró en 2005 el prestigio Premio Booker y en estos momentos este irlandés nacido en 1945 bien puede ser considerado como una de las cumbres de las letras contemporáneas. 

Banville es blanco y Black es negro. El alter ego del escritor, Benjamin Black, aparece en 2007 inaugurando la saga protagonizada por Quirke y dedicada a su pasión más reconocida, la novela negra. Fue "El secreto de Christine" y, después de ella, vendrían "El otro nombre de Laura", "El Lémur", "En busca de April", "Muerte en verano", "Antigua luz", "Venganza" y "La rubia de ojos negros". 

Fue, precisamente, esa rubia, quintaesencia de lo noir, la novela que lo acercó más a los públicos españoles, la que, definitivamente consiguió que se le reconociera como un escritor de la estirpe de Chandler. Los ávidos lectores de novela negra han encontrado en él un referente y, a partir de su Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 2014, un nombre al que seguir, al que buscar, del que husmear su obra y sus escritos en general. 

La editorial Alfaguara, encargada de publicar toda su obra en España, ha puesto en las librerías, este 2015, su último noir, "Órdenes sagradas", firmado, por supuesto, por Benjamin Black. Esto de escribir con dos nombres distintos según el género, este desdoblamiento de personalidad, resulta altamente conveniente y didáctico, y, en este caso, muy aleccionador para sus lectores. No hay forma de confundirse, desde luego. Como decía su admirado Chandler, la idea del escritor al acercarse al género negro no es tanto explicar o contar "quién mató al mayordomo" sino "el estilo". Ese altar supremo en el que todos los escritores ansían encontrar su propio eco y dejar su huella impresa. El estilo, el dique en el que todos los barcos se estrellan o encallan cuando no está conseguido y que consagra a los grandes, a los iluminados, a los poseedores de ese toque especial, único y diferenciador. El estilo, sí, el estilo. 

En "Órdenes sagradas" Quirke y su hija Phoebe se van a ver envueltos en una historia opresiva, húmeda, envolvente, que arranca con la aparición de Jimmy Minor, flotando en las oscuras y sucias aguas de un canal. Este descubrimiento y lo que lleva consigo será capaz de despertar en Quirke algo que estaba casi dormido y removerá su vida hasta extremos insospechados. El escenario, Dublín, años cincuenta del siglo XX, una ciudad en la que él vivió su infancia y su adolescencia y que, por ello mismo, tiene las claves propias que hacen de su novela un lugar conocido, un hogar reflejado de mil formas. Quirke vuelve a la obra de Black después de ese paréntesis en "La rubia de ojos negros" en que cedió su protagonismo a Marlowe, en claro homenaje a su ídolo, Raymond Chandler, ídolo de todos nosotros, desde luego. 

En el discurso que Banville ofreció con motivo del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 2014, reivindicó el poder de la frase: "Con frases pensamos, especulamos, calculamos, imaginamos. Con frases declaramos nuestro amor, declaramos la guerra, prestamos juramento. Con frases afirmamos nuestro ser. Nuestras leyes están escritas con frases. No es desatinado afirmar que con frases está escrito nuestro mundo". 

lunes, 16 de marzo de 2015

"Las buenas intenciones" de Amity Gaige

La editorial Salamandra es signo de calidad. Sus libros tienen todos un sello distintivo: no se dejan llevar por el bestsellerismo, antes bien, buscan y rebuscan hasta hallar especies exóticas, novelas trabajadas, brillantes, llenas de un especial estilo propio. 

Esto es lo que ocurre con este libro, escrito por la escritora estadounidense, nacida en 1972, Amity Gaige. Recién salida en España, la novela narra un caso, basado en un hecho real, en el que un padre, que es la voz conductora de la historia, está en la cárcel por el rapto de su hija. Este es el motivo inicial, el que desatará las conjeturas, abrirá la puerta a las confesiones y pondrá sobre la mesa una búsqueda de la identidad personal, con un estilo introspectivo que te atrapa y que te hace pensar. ¿Es la maternidad esa fuerza telúrica a la que todas las mujeres se entregan? ¿Hay tanta diferencia entre hombres y mujeres a la hora de abordar la relación con los hijos? ¿Es posible ser un buen padre sin ser un buen marido, incluso sin ser una buena persona? 

El desarrollo epistolar de la novela no le quita fuerza, más bien incide directamente en la sinceridad de las palabras de Eric, el protagonista. Su impostura, que existe, aparece como una suerte de equilibrio entre el deber ser y el ser, entre los sentimientos y la razón. Cuánto hay de dolor en el pasado, cómo la infancia nos marca, cómo tus padres condicionan el padre que tú llegarás a ser, todos estos elementos están presentes en la novela. Además, en el telón de fondo, la aspiración lógica de todo ser humano de progresar, de dejar atrás la miseria y convertirse en alguien positivo. Todos tenemos la esperanza de ser algo para alguien, de obtener reconocimientos, de tener algún status. La supervivencia aparece así como una explicación de las actuaciones de Eric.

Identidad personal, custodia de los hijos, relaciones entre los padres, todo ello, con la prosa elegante, fina, llena de poesía y sutileza que tiene la autora del libro, una escritora que está componiendo una obra firme y a la que hay que tener en cuenta.

Eric Schroder está en una cárcel. Se ha fugado con su hija y su abogado le hace la recomendación de que escriba a su esposa para explicarle por qué lo ha hecho. En ese sentido, la escritura tiene el poder de catarsis, de sanación, que se le atribuye desde siempre. El hecho de que use la palabra escrita para contar su historia le da al libro un valor testimonial que puede extenderse a determinados terrenos de la vida del protagonista, porque, cuando habla del hecho no se puede detener allí, sino que tiene que ahondar en los antecedentes del mismo y en su propia trayectoria personal. Es pues, una confesión en toda regla, no solamente de su actuación concreta, sino de toda su vida. Porque, y esto es lo más interesante, hay algo oculto en su personalidad, que nadie conoce y que no tendrá más remedio que sacar a la luz en su escritura.

Podemos engañar a los demás con la palabra hablada, pero, cuando escribimos, nos ponemos delante de nosotros mismos y ahí el engaño ya no es posible. La escritura te pone delante un espejo y, además, te obliga a repensarte, a ofrecerte a los otros desde dentro, con una sinceridad que no existe en otros campos expresivos.


domingo, 15 de marzo de 2015

Premios Black Wolf Blogger Award


Carmen Pinedo Herrero, a través de su delicioso blog carmenpinedoherrero.blogspot.com.es me ha nominado para los premios "Black Wolf Blogger Award". Desde mi más tierna infancia siempre quise estar nominada para algo: para interpretar a Scarlet O´Hara en "Lo que el viento se llevó", o a Vivian Ward en "Pretty Woman" o a la chica tímida de las palomas en "La ley del silencio". Bien. Nada de esto ha sido posible por razones más que nada cronológicas así que esta nominación me súper encanta (usando, permitídmelo, esta expresión que ahora estoy poniendo de moda conmigo misma). 

La nominación conlleva dos tareas. La primera es contestar a una serie de preguntas. Ahí van las preguntas (que se las traen) y las respuestas (ahí una hace lo que buenamente puede):

¿Cuál es el primer libro que leíste? Ah, lo recuerdo. Una edición muy bonita de "Alicia en el país de las maravillas". Desde entonces quise ver lo que había detrás de cada espejo y le tomé cierta manía a la prisa y a los conejos blancos. Por supuesto, los juegos de naipes me atraen sobremanera y el cricket es una actividad a la que me dedicó justo antes de tomar el té en Bath. 

¿Por qué escribes? Misterio, misterio. Para ser feliz, o, quizá, para ser más feliz. O, mejor...no sé, francamente. Pero me recuerdo siempre con una libreta y un bolígrafo, siempre, siempre, toda la vida. Soy escribiente antes que escritora. 

¿Tienes una musa o inspiración? Sí. La vida. La mía y la de los otros. Me interesan las personas. 

¿Cuál ha sido tu gran amor? Todos aquellos hombres a los que he querido han sido grandes amores. Todos aquellos hombres a los que querré espero que lo sean. No me conformo con medias tintas. Quizá la diferencia está en cuál ha sido mi "mejor" amor. Él. 

¿Escribes lo que vives o vives lo que escribo? Ninguna de las dos cosas. Escribo lo que siento a partir de lo que vivo y de lo que no vivo. Miro la vida a través de las palabras. Mi forma de estar viva es escribir. 

La segunda tarea es nominar a otros blogs. Voy a ver si tengo cabeza para tanto, aunque soy una asidua visitante de blogs, algunos maravillosos. Comienzo y los sitúo conforme me vienen a la memoria sin orden de prelación: 

http://www.devoradoradelibros.com

http://abuelitovalentin.blogspot.com.es

http://fuegoconnieve.blogspot.com.es

http://perdidaenunmundodelibros.blogspot.com.es

http://jaserrano.me

http://ciudadalba.blogspot.com.es

http://telademoda.com

Pido disculpas por si se me ha quedado por ahí algún bonito blog amigo que no he citado. Y solicito a los nominados que, si les parece, continúen el círculo de preguntas, respuestas y nominaciones. Ea....


viernes, 13 de marzo de 2015

Deberes y WhatsApp

La eficacia de los deberes escolares como acompañamiento en el proceso de aprendizaje ha estado y estará siempre en el alero del debate. Los debates educativos son muy curiosos. En ellos participa todo el mundo, porque el simple hecho de haber sido, en algún momento de la vida, un sujeto por educar, un alumno, nos convierte a todos en expertos. Es, por eso mismo, un debate en el que las reglas de juego están desdibujadas o, simplemente, no existen. Las informaciones sobre la educación siguen este mismo guión: rumore, rumore, rumore. Como si se tratara de una vieja canción italiana, como si anunciara lo que ha ocurrido, al fin, con la prensa del corazón, los rumores configuran el esqueleto de la discusión, al estilo de "han dicho que van a aprobar esta ley", "me cuentan que en el instituto tal pasa tal cosa" y así todo. 

Sean buenos o malos los deberes, obedezca la moda de ponerlos a lo que obedezca, el caso es que, la última tendencia, lo más cool, es hacerlos con el móvil al lado. Un móvil como tienen ahora los chicos, es decir, nada de un ladrillo simplemente para llamar, no, ni mucho menos, un móvil con todos sus avíos. Un pedazo de móvil, para entendernos. Este potente aparato ha sido puesto en sus manos sin manual de instrucciones. Es decir, en ningún sitio se aprende a usarlo. Con toda esa tendencia que tenemos en España de que cada necesidad se convierte en una asignatura no nos explicamos como todavía a nadie se le ha ocurrido pensar que el uso de los móviles y de las nuevas tecnologías en general en lo que se refiere a las redes sociales, ha de ser regulado, aprendido, controlado y enseñado. La prohibición ha sustituido a la información. Así que ¿qué queremos? Les prohibimos usar el móvil en los colegios e institutos y las familias les compran el móvil último modelo equipado con todo lo que uno pueda desear. ¿Coordinación familia-escuela? 

Hacer los deberes con el móvil a un lado de la mesa, junto al libro, el diccionario, los cuadernos, los bolígrafos y el ordenador, equivale a trabajar en equipo. Los niños no se resisten a consultar cualquier cosa a través del grupo de WhatsApp. Si se me ha olvidado la fecha de un examen, porque no lo he anotado en la agenda, entonces lo consulto en el grupo. Si no tengo claro un concepto, lo pregunto en el grupo. Si tengo dudas en un problema, también lo consulto. Hasta aquí podemos considerar, desde luego, que hacer los deberes ayudado por el WhatsApp puede ser una buena opción. 

El problema surge cuando una consulta dura cincuenta minutos, cuando el grupo merodea por otros temas más interesantes que el teorema de Pitágoras, cuando el tiempo pasa y el estudiante observa, con estupor primero y con resignación después, que ha gastado la tarde y que no ha logrado abarcar ni la cuarta parte del trabajo previsto. Y, aún más, que el error que ha cometido el primero que contestó en el grupo se ha trasladado a treinta alumnos más. Por supuesto, nada de esto se tratará en la clase, nada se comentará con el tutor ni con el profesor de materia, sencillamente porque los móviles no existen en el sistema educativo, están prohibidos ergo son invisibles. 

Tamaña dualidad genera en los alumnos una ansiedad variable pero cierta. Algunos no pueden vivir sin contar en el grupo de WhatsApp hasta sus más mínimos movimientos. Otros adquieren una dependencia total de los otros, del estilo de la que generan los profesores particulares, pero con el problema añadido de que no hay control de calidad en las respuestas. Los estudiantes que no tienen móvil con internet, pocos desde luego, pero algunos, o aquellos que no están incluidos en el grupo por una cuestión de marginación, sienten aún más su soledad. No cuentan conmigo, dicen. Me hacen el vacío. Porque, además de los deberes, por el WhatsApp funciona y corre la exclusión, el posible acoso, el abuso de poder de los líderes sobre los otros. 

¿Es malo usar el móvil? En absoluto. ¿Es conveniente tener un móvil como instrumento imprescindible olvidando el sentido de localización comunicativa que tiene? Vamos a discutirlo según las edades. ¿Es lógico que el alumno sienta ansiedad cada vez que está el móvil apagado? No, por supuesto. ¿Hay que educar en el uso del móvil? Definitivamente, sí. 

En pocos años se trabajará en las consultas de los psicólogos con niños y jóvenes ansiosos y dependientes de las tecnologías, en cabeza de todas ellas el móvil desde luego. Tendremos que reflexionar por qué antes de ponerlos en sus manos no les dimos las herramientas mentales necesarias para su autocontrol en el uso y por qué, en lugar de prohibirlos y sacralizarlos convirtiéndolos así en un precioso elemento clandestino, no regulamos de alguna forma las edades de uso, la manera de darle su sentido utilitario exacto y todas aquellas otras circunstancias aledañas que inciden en su manejo. 

Y, quizá, convendría añadir ahora la pregunta clave: ¿Qué está ocurriendo en la comunicación humana para que los alumnos se sientan cada vez más aislados y con más dificultades para expresarse cara a cara al tiempo que aumenta la relación virtual en entornos dominados por las máquinas? 

Facebook es para viejos

Dedicatoria: A Carlos, que anda buscando su camino....


Como muchos chicos de diecisiete años, él no sabe exactamente qué hacer con su vida. El futuro se le presenta confuso. No sabe si logrará sus objetivos. Es más, ni siquiera si esos objetivos tienen razón de ser. En esos años de la primera juventud puede uno abordar la vida de distintas maneras. Una de ellas es la indiferencia. Otra, la confusión. También está la vida de la calle, esa amalgama en la que eres porque perteneces a un grupo y te conviertes en un seguidor de ideas que nunca han sido ni serán tuyas. La adolescencia se ha alargado tanto que ya no sabe nadie cuándo acaba ni cuándo empieza. Es un invento de las sociedades avanzadas que convierte a las personas en eternos aspirantes de algo. Aprendices en un mundo de expertos. Voces calladas que solamente se entienden entre sí. Los mayores intentan emular ese lenguaje adolescente, esos iconos que sustituyen a las palabras y a los gestos. Este chico, como todos los de su tiempo, está hipercomunicado, su vida se construye en gran parte dentro de una esfera de lazos que no puede dominar. Personas que conocen a otras personas, demandas publicitarias que lo rodean y a las que no puede resistirse. 

El retrato de la vida de un adolescente de diecisiete años tiene espacios personales, pocos, y espacios virtuales, demasiados. En la era del deporte, cuando todos los pueblos y ciudades están ocupados por polideportivos construídos por los ayuntamientos a costa del déficit público, hay un número considerable de niños, adolescentes y jóvenes que ven la actividad física como algo residual. En el tiempo en el que los libros son más asequibles, numerosos y adaptados a su edad, también la literatura se convierte en una rara avis. Los que leen, leen mucho. Los que no leen, son muchos. 

Lo que los iguala a casi todos, no generalicemos por no apartarnos demasiado de un parámetro científico, es el uso de las tecnologías de la comunicación. Obsoleta la televisión, que solamente se usa como soporte de películas o series, además de para jugar a la play y sus sucedáneos; imposible ya por demodé la comunicación telefónica, es decir, la oralidad; dificultada la relación personal por hándicaps de tiempo y espacio, es en el gran ágora virtual donde los adolescentes viven un número indeterminado pero abundante, de horas de vida. La vida se desarrolla en la soledad del cuarto, frente al ordenador o la tablet, pero, más aún y sobre todo, a pie de móvil. Allí se produce el encuentro máximo con la tribu, con los iguales que van a proporcionarle un asidero social del que no pueden prescindir. 

En el transcurso de nuestra conversación, el chico de diecisiete años, indeciso respecto al futuro, desanimado en los estudios, pero resplandeciente de opiniones maximalistas porque en esta edad aún no se ha empezado a dudar de los principios, lanza su frase que me hace pensar: "Facebook es para viejos". Así se traza una imagen superpuesta en torno al uso de las redes. Las personas "mayores" jugando en Facebook a ser adolescentes, sujetos al capricho de la publicidad y de las marcas, confundiendo la esfera pública con la privada, mostrando su confiada imagen al mundo mundial. Los jóvenes, por su parte, huyendo de Facebook, marchándose del lugar en el que los adultos se muestran como quieren ser vistos, dejando su espacio vacío. Twitter y, sobre todo, Instagram, con su potencial icónico, fácil, sencillo, escaso de palabrería y el Whatsapp, como inmediatez máxima a la hora de entrar en contacto con los otros, han suplantado a Facebook en el universo comunicativo de los niños y adolescentes, certificando así la frase de este chico: "Facebook es para viejos". 


martes, 10 de marzo de 2015

Nada

¿Qué podría deciros que tuviera sentido? ¿Acaso puede explicarse la desesperanza? Observas como tus manos dejan de sujetar la vida y, como si fueras un pájaro de papel que se mueve al compás del viento, por muy tenue que éste sea, ves como todo pasa y tú te conviertes en una espectadora incómoda, alguien que no debería estar ahí, salvo callada y con los ojos semiabiertos. 

A veces las palabras no sirven para salvarte del vacío. Se convierten casi en tus enemigas. No sé qué hacer con vosotras, no puedo deciros nada, no me hallo, no me encuentro. Nunca sé cómo contestar a las preguntas que me causan dolor, ni sé explicar los motivos por los que las cosas ocurren. Estoy cansada, definitivamente cansada. Exhausta, diría yo. Este humo que envuelve la ciudad me impide ver las cosas y soy una funambulista colgada en el alambre. 

Algún tiempo tuve quien me quisiera. Lo recuerdo entre la bruma, lejano, casi no puedo percibir ya ese sonido del verbo amar, ese sentimiento de pertenecer a un mundo cubierto por la dicha. La tristeza lo solapa todo y ahora se cubre de esa pátina de silencio que no puedo soportar. No abarco la soledad ni la entiendo, simplemente la vivo y la encuentro a cada paso.