lunes, 27 de enero de 2014

Enseñadles poesías

Una profesora me cuenta que va a organizar un concurso de lectura en alta voz. Es una excelente idea que yo también llevé a cabo en su momento y que tomé de mi amiga y colega Carmen Cuesta. Ella lo organizaba en su instituto de San Lorenzo del Escorial, el Juan de Herrera. 
Esa profesora me enseña la selección de textos que tiene prevista para que los alumnos la trabajen en la lectura en alta voz. La selección contiene fragmentos de cuentos orientales, de fábulas, de Jorge Bucay...
Ay, pienso, falta lo mejor, falta lo esencial. Falta lo que va a servir de abrigo a los alumnos para siempre. Falta la poesía. 
Cuando yo era chica leía muchísima poesía. Las aprendía de memoria. Las recitaba en voz alta. Pronunciaba los versos con devoción, incluso las palabras que no entendía. La poesía tiene música en sí misma. Tiene ritmo. Melodía. Emoción. Sentimiento. Fuerza. 

Leía a Rubén Darío. A Gloria Fuertes. A Espronceda. A Lope de Vega. A Bécquer.
Leía a Manuel Altolaguirre. A Cernuda. A los dos Machado. A Neruda. 
Luego, a Walt Whitman.
Lo leí todo, todo, de Miguel Hernández. 

Toda esa poesía, esas palabras, los sonoros adjetivos, los verbos rotundos, los nombres indecisos...Toda esa poesía, los argumentos, las interjecciones, las metáforas, las exclamaciones...Toda esa poesía trasciende más allá del tiempo escolar, de los años de escuela, de instituto o de facultad. Trasciende y se queda. Se queda dentro. Es una parte de ti. Es algo ya inseparable. Ineludible. La poesía no se marcha, no se olvida, no se pierde. Sale de lo profundo y vuelve a tu memoria cuando menos lo esperas. Y cuando más lo necesitas. 

Yo he recordado poemas enteros, versos, en tantas ocasiones...En realidad, es como si siguieras recitándolos cada día, desde dentro, desde ese baluarte invisible de la nostalgia, desde un lugar único, inaccesible para los demás. 

Enseñadles poesías. No importa que parezcan difíciles. No importa que haya que usar el diccionario. No importa porque la música de la poesía llega directamente al corazón. Y eso lo entienden todos los niños. Incluso aquellos para los que aprender es una empresa hecha para titanes.


(Cuadro de Carmen Laffon. Sevilla, 1934.)

viernes, 3 de enero de 2014

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