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"El día de Año Nuevo" de Edith Wharton

 


El comienzo de la novela es muy Wharton. Una simple observación de la señora Parrett pone en suerte la historia. La señora Barrett es una madre maliciosa, quizá como la propia madre de la escritora, con la que nunca tuvo buena relación, como esa larga lista de madres censurables de la literatura, no porque formen parte de libro alguno, sino porque son madres de escritoras. Esa primera frase no es solo un comentario malintencionado sino la puerta que abre paso a una intriga ¿quiénes son esos que dan que hablar en una Nueva York petrificado por las buenas costumbres y las relaciones sociales? Y quizá la pregunta definitiva ¿cómo se atreven?

La cosa se resume en que un día de Año Nuevo, mientras la familia se reúne para celebrarlo en su elegante casa de la Quinta Avenida, precisamente enfrente, en el hotel que lleva el mismo nombre, se declara un incendio y a su conjuro aparecen, por un lado, los fornidos bomberos neoyorkinos, héroes de toda la juventud de entonces, y, por otro, los clientes del hotel que van saliendo despavoridos, vestidos de lujo infinito después de una noche de farra y nochevieja. Sin embargo, el gran acontecimiento que llama la atención de todos los que observan a través del encaje de las ventanas, solo dura un minuto, o quizá menos, dice con precisión la autora, y es la salida del hotel, de forma subrepticia y a escondidas, sibilinamente podíamos decir, prudentemente quizá dirían otros, de la señora Lizzie Hazeldean y Harry Prest, soltero cotizado, apreciado y ejemplo de hombre de mundo. Salen juntos, sin ropa de fiesta, se escabullen cada uno por una esquina y aquí comienza todo. 

Antes de continuar la lectura nosotros, los lectores, comenzamos a hacernos más preguntas. ¿Quién es Lizzie Hazeldean? ¿Por qué impresiona tanto su presencia allí y de esa guisa a la elegante familia Parrett, que vive en la casa de enfrente? ¿Qué hace Lizzie con Harry Prest? ¿Por qué huyen y de qué? Hay más preguntas, desde luego, pero no es de buen tono hacerlas. También hay más sugerencias, suspicacias, comentarios y cotilleos, pero estos se quedan para una misma o quizá para comentarlos sotto voce. Es lo que sucede en la alta sociedad neoyorkina, en la que las primeras familias, descendientes de holandeses, ingleses adinerados y algún irlandés venido a más, pugnan por ofrecer una imagen de eficiencia inmaculada que honre a sus generaciones venideras. 

Pero debajo de lo que parece ser un clandestino affaire entre dos miembros destacados de la alta sociedad neoyorkina está el drama humano, o, dicho de una forma más ecuánime, la historia real de tres personas que están entrelazadas aunque no todas ellas sean conscientes de lo que las une. Además de Lizzie y de Harry emerge la figura del marido de Lizzie, Charles, un hombre superior a ellos dos en inteligencia y en sabiduría, no en vano es un lector auténtico de libros auténticos, "no solo de novelas". Ella nunca logrará leer esos libros ni aficionarse a la lectura pero encontrará en ellos una forma de perpetuar el recuerdo de Charles cuando llegue el momento. Lo que sucede a partir de esta exposición de personajes no ha de contarse en una reseña, salvo si una quisiera fastidiar al posible lector su sorpresa y su hallazgo. 

Edith Wharton es capaz de contarnos, en ciento cuarenta páginas, lo que sucede, lo que podría haber pasado y lo que piensan sus personajes. Tiene la virtud del detallismo y la visión global, es una experta en la genealogía familiar, en sus costumbres, conductas y, sobre todo, sus vicios. La figura de Lizzie Hazeldean se antoja tan atractiva que no podemos pasar por alto que fue una de las primeras mujeres que empezó a usar vestidos propios para tomar el té o a disfrutar de la compañía masculina más que de la de otras mujeres. Su encanto era su flor, su talento. Su capacidad de seducir, diríamos. O eso creían todos. Pero llegado el momento, Lizzie, que no tiene pedigrí familiar ni siquiera una educación come il faut, es capaz de decir una frase muy de estas tierras del sur: Aquí estoy yo. 

El día de Año Nuevo

Edith Wharton

Traducción de Carlos Mayor

Ediciones Invisibles, Pequeños placeres, 2024


Sobre la autora:

Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937) es la autora de esta novela corta. 

Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería conservar su esplendor por un lado y su exclusividad por otro. 

Tenía una inteligencia superior que se vio favorecida, no solo por la esmerada educación de sus preceptores a domicilio (nada de escuelas), sino por la frecuencia de sus viajes por Europa con sus padres. Viajar por Europa era el mejor aprendizaje de la alta sociedad neoyorkina. Pasaban meses recorriendo Italia, Francia, Inglaterra y absorbiendo el color local, el arte y las costumbres refinadas que luego trasladaban a sus mesas de comedor y a sus recepciones. De no ser por su dedicación, extravagante, a la escritura, Edith hubiera sido una mujer más en el conjunto de mujeres que dominaban, con mano izquierda y sin que se notara demasiado, ese mundo de sedas e intrigas, donde el dinero era un pasaporte pero donde hacía falta algo más, el pedigrí de las primeras familias o el seguro de un buen matrimonio. 

Las convenciones sociales, las mujeres y su papel en la sociedad, la maternidad, las relaciones amorosas y la búsqueda de la felicidad, son los temas que nos interesan en Edith Wharton. Constituyen la forma en la que ella contribuye a un movimiento soterrado que tiene en la literatura algunas representantes notables y que pretendía dar a conocer, con cierta crítica y mucha rebeldía, el agotamiento femenino ante roles que no le proporcionaban ni una pizca de felicidad. Fue la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa en 1921, por la Universidad de Yale. Ella se negó, claramente, a guardarse para sí su inteligencia y decidió que escribir era la mejor forma de salir de su cárcel dorada, aunque eso sí, con elegancia, buenas maneras y sin pisar ningún charco al descender del landó para ir a la ópera. 

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