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Mostrando las entradas etiquetadas como Escritos

Queridos quioscos de lectura

 /Una promoción de RBA que se vende ahora online/ Si me preguntas por momentos felices tengo que contarte mi relación con los quioscos. Me gustan esos grandes, que tienen mercancía dentro y fuera, repartida por el suelo incluso, y que venden de todo, libros, chucherías, estampas de los álbumes de los niños, muñequitos, cosas que no sirven para nada, promociones, por supuesto prensa, revistas, periódicos, suplementos, un universo extraordinario.  Hay otros quioscos de distinta naturaleza, como los de churros que yo frecuentaba en la playa de Valdelagrana , que da gusto pasar junto a ellos por lo bien que huelen, incluso los que venden comida preparada, pero yo de estos solo he disfrutado en el extranjero, porque en España te vas a un bar de tapas y es lo mismo pero mucho mejor. Sin embargo, el quiosco de prensa , que es la forma general por la que se conoce a los auténticos quioscos de lectura, es el rey.  Me veo a mí misma, husmeando de chica por algún de estos quioscos...

La belleza de lo sencillo

      A veces sueño con jardines. Recorro largas distancias sin cansarme, sin dolores, sin miedos, las recorro y a cada lado hay jardines, flores de todas clases, plantas, macetas y tiestos, setos, arriates. Querías tener un arriate en nuestra casa pero no pudo ser, fue una de tantas cosas como quedaron inconclusas, sin posibilidades de existir. Las plantas han desaparecido todas. Desde que estoy encerrada en este aquí que no entiendo sueño con jardines. Y son los extraños jardines de Eggleston y veo sus coches, sus enormes coches, coches de todos los colores, coches en los que podría viajar al mundo entero, sin que esta inmovilidad de sentimientos sea un impedimento para nada. 

Mujeres solas

(Enrique Ochoa) Mi amiga se queja de la rivalidad que otras mujeres le manifiestan. Es una profesional brillante y, en su terreno, ha cosechado algunos éxitos. Nunca ninguna mujer me ofrece ninguna oportunidad de trabajo. Ese es el verdadero problema, dice, la rivalidad que sentimos y demostramos las unas por las otras. Nos ponemos la zancadilla, nos miramos de reojo. Yo misma suelo criticar a las mujeres que, por alguna razón, he considerado rivales. Y eso nos desune. Hay una carga de energía negativa que me cansa. Por el contrario, los hombres no entran en ese juego. Ellos se refuerzan unos a otros. Se apoyan. Y nosotras perdemos demasiado tiempo en odiar a las demás.  Es una tarde nubosa y con amenaza de lluvia que se aviene muy bien con el café en el que estamos, con poca gente, música inapreciable y una camarera silenciosa. Cada una de nosotras guarda preocupaciones suficientes como para acaparar la conversación, pero las dos hemos aprendido que incluso el sile...

"Retrato el mundo tal y como deseo que sea": Robert Doisneau

  Las fotos de Robert Doisneau  (1912-1994) forman una algarabía ordenada. Parece como si los acontecimientos de la vida necesitaran rubricarse con su firma. Una imagen en la que, en abigarrado conjunto, las personas parecen disfrutar de un secreto que desconocemos. Fue un autodidacta con personalidad propia. El fin de la guerra hizo que pudiera disfrutar de una Francia renacida a la que puso imagen. Y los besos y los abrazos fueron su principal reclamo. Ver las fotos de Doisneau es como viajar en una nave espacial que sobrevolara solo lo que es auténtico, lo que importa. Europa vivió un tiempo único, en el que parecía posible dejar de esconderse, dejar de suplicar, dejar de sufrir pérdidas. Era un niño durante la primer guerra mundial pero en la segunda ya tenía clara su vocación de fotógrafo y la consecuencia de ella: retratar el mundo tal y como deseo que sea. Ese era su código, esa su leyenda. Las fotos de él mismo nos muestran un tipo simpático y con deseos de vivir. S...

Una noche en el parque Güell

Hay aventuras que nunca se olvidan. Un mes de agosto húmedo y tórrido en Barcelona. Una reunión de primos, jóvenes, alegres, deseando reír, andarines, perfectos paseantes, gente con ganas. Un plan nocturno. Paseo por las Ramblas, cena en un restaurante de un amigo, visita al Parque Güell, fin de fiesta en los mercados centrales, a la espera de la llegada del pescado fresco. Sí, ya sé que todo esto parece un galimatías, pero así es la vida, así es la realidad. Las fantasmagóricas figuras del Parque Güell fueron el telón de fondo de la aventura. Las formas vegetales, los mosaicos, el cristal, la piedra, la cerámica, el brillo de los espacios, las subidas y bajadas por lugares de cuento. Así lo vivimos y así hay que contarlo.  /Imágenes del Parque Güell, internet/

"Nunca fluyó en calma el curso del amor"

(Rob Efferan. Hiperrealismo)  Había cuatro mujeres y era una tarde plácida. Los sentidos alerta esperando el amor. Una pasión lejana para alguna de ellas. Una pérdida para las otras dos. El descubrir del ansia para la más afortunada. “Le quiero tanto, dice, me gusta tanto, que creo que voy a morirme cada vez que me acerco al portal de su casa, toco el timbre y aparece sonriente y me toma en sus brazos”. “Le quiero tanto, sigue, que cuando no lo veo, aunque sean diez minutos, aunque sea un solo instante, siento que todavía puedo perderlo, incluso que se va de mi lado y yo noto el vacío, aunque sea un solo instante”. “Le quiero tanto, explica, que cuando hago el amor siento que me redimo de ese pasado triste que todas conocéis, siento que soy la única, que soy la verdadera, que estamos solos en el hoy y el futuro”.  Así brillan sus ojos. Certifico. Mueve las manos como si fueran alas, como si las palomas se posaran en ella. Mueve los ojos y sonríe con una mirada cómpl...

La clase de francés

  Soñábamos con recorrer el sur de Francia. Teníamos en la cabeza los nombres de los pueblos, las carreteras, los accidentes geográficos, los hoteles y las pensiones, las rutas de tren, los lugares donde comer y descansar. Lo soñábamos desde el primer día en que nos conocimos en una clase de francés. Él era muy alto, llevaba el pelo largo y tenía los ojos intensamente azules. Sabía de casi todo, leía mucho, era inteligente e ingenioso, las dos cosas a la vez, contaba chistes, tenía sentido del humor, le gustaban el cine y la política. Y me quería.  Hacíamos trampas. La clase de francés y la profesora eran las grandes engañadas de esta historia. Buscábamos la forma de salir del paso y de tener tiempo para nosotros, para nuestras bromas, para hallar el anticipo de la risa porque la risa venía después, en la alameda Apodaca, en el parque Genovés, en la calle Ancha o en la calle Rosario o en José del Toro, en la Caleta o en la playa de Cortadura. Dependía del tiempo que hiciera, d...

"La memoria es una larga noche interrumpida"

Hay un aire burgués y señorial que se respira a través del manto de jacarandás que rodean la plaza. El Cádiz americano, su mayor perfil, se observa detrás de las ramas y de las fuentes. Agua clara y sombrillas. Edificios azules, malvas, ocres y blancos, todo el caserío dispuesto para acompañar esa amable conjunción de momentos que se guardan en ese rincón de la memoria indisoluble, incompatible con el paso del tiempo. Eran años de libros, eran voces jóvenes, eran vestidos cosidos en la máquina de coser de la casa, eran ojos azules, eran muchachos que perseguían la vida. ¿Recuerdas las eternas noches al calor de los besos? ¿Tienes noticia aún de aquellas rosas? ¿Has escrito sonidos como si fueran ecos? ¿Qué clase de mirada era la suya? Hay un aire de ciudad cuajada de pleamares, como si tantos años no tuvieran recuerdo.   /Título: Graham Greene (Una especie de vida, 1971). Fotografía, cortesía de Purificación García Díaz/

Como si fuera el mar

 /Foto: Jean-Claude Deutsch/ Desconozco el momento en que ocurrió, el momento en que el libro dejó de ser objeto y se convirtió en vida. Fue muy pronto, lo sé, pero no hallo razones, no respondo a preguntas, no alcanzo las respuestas. Ni siquiera recuerdo aquellos libros, los primeros, los que me alejaron del juego del elástico, los que me acercaron a la esquina de la azotea, o al hueco mínimo de la casapuerta, o al rincón del sofá, tan codiciado. De una forma o de otra esos primeros libros se adueñaron de casi todo el espacio, se adueñaron de ti y, quién lo sabe, no se han marchado nunca. Aparecen sus rostros en todos los recodos del tiempo que se fue, en los aspavientos de la memoria, en la risa de las fotos, en la actitud callada delante de las fuentes. Son los libros, eran ellos los que, como si un hada los hubiera convertido en secreto, deambulaban a tu lado por la calle empedrada, se sentaban contigo, nunca te abandonaron. Como si fuera el mar, que siempre deja huella al albu...

El exilio de la sonrisa

  La niña tiene la sonrisa que llevará toda la vida. No solo se ríe con la boca, también con los ojos. Es una sonrisa completa, única, indiscutible. El día que desaparezca esa sonrisa, el día en que no haya motivos para sonreír, entonces dejará de ser ella. Cambió sin darse cuenta de lo importante que era eso, el agua del océano por la del río y el ritmo del levante por el viento sur que golpea los cristales de la terraza. Dejó su casa vieja por un piso de alquiler, por varios pisos de alquiler hasta que, por fin, apareció otra casa que ya es su casa. El exilio fue menos en esa casa, siempre presidida por cierta clase de  alegría, sin dolores ni muertos. Vino de un tiempo vacío de compromisos y lleno de preguntas. Se asomó a una vida que quizá no era para ella y no supo darle la vuelta a la situación, se acomodó sin preguntarse nada. Lo suyo es que pase un día y luego que pase otro y otro sin más. Mientras, el exilio de la sonrisa sigue siendo un milagro. 

La mujer miró de un modo intenso al crepúsculo

 /Foto: M. Litrán/ Todo el día se está resolviendo en lluvia. El sol es una alternativa que viene y va. Parece que va a entrar el otoño, pero este pensamiento lo he tenido otras veces, hay muchas primaveras otoñales. El tiempo parece haberse estudiado el libro de geografía y se agarra sin lógica a la definición de clima mediterráneo, lluvias intensas en primavera y otoño. Todas las amigas tienen alergia, se quejan de ella y andan tomando antihistamínicos y estornudando pese a todo. Pero hay fotografías que detienen el tiempo, que sacan a relucir la mirada y el fondo de parque sin especificar, esos lugares de los viajes, de los encuentros, de las tardes soleadas. Da igual que la lluvia caiga. La fotografía muestra imperturbable un mundo de posibilidades, de cosas que eran todas posibles aunque la vida destrozara muchas de ellas. O nosotros, quién sabe. (Título: una frase de un cuento de D. H. Lawrence)

Un café en Turín

No hay que negarse a la aventura. Esa vez estabas muy cansada. Habías recorrido la ciudad entera y necesitabas sentarte, quitarte las zapatillas, tirarlas a la basura y dejar los pies descalzos todo el tiempo posible, todo el tiempo necesario para sentir el frío de las baldosas, para notar la sensación de alivio en los pies tan cansados. No hubo necesidad. Aquel chico, más o menos tu edad, llegó con aire suficiente porque era amigo del dueño del café y vivía dos casas más arriba. Te invitó a subir a su casa y a descansar allí. Te fiaste completamente de su palabra ¿y por qué no? Tanto tiempo recorriendo el mundo te enseña a decidir en quien confiar y pocas veces te equivocas. El chico se llamaba Carlo y era músico. En su casa, un piso grande en el que todo era una única habitación excepto el baño, había una guitarra, un violín y un piano de cola. Era músico por vocación y su familia entera estaba llena de músicos. Te contó su historia mientras tú te sentabas en el sofá y ponías los...

Amable transparencia

 /Fotografías de Uta Barth/ Entra un rayo de sol. Cruza la calle. Se sube al árbol más cercano y trepa. Se detiene en un banco. Un niño se levanta, se marcha, se lleva la pelota, se despide de otro, se aleja, su madre está esperando en una esquina. El sol no ha pedido permiso. El sol se mueve sin que nadie lo pare. No hay sonido, no hay voces, no hay ecos, no hay montañas. Todo es tranquilidad, todo es silencio, todo es bruma, todo es el sol naciente. Un leve impresionismo atraviesa la plaza, la convierte en plató, puro teatro, gestos de actor de Shakespeare, diálogos y monólogos, expresiones, la palabra, muchas palabras, todas caen en el borde de una papelera azul, colocada en la orilla de la plaza, vacía, sin el recuerdo de los niños y sus bolsas de papel pintadas de dinosaurios. Hay cuatro naranjos que desgranan azahar. Han perdido las naranjas amargas. Los operarios llegaron una mañana y las sacudieron con sus enormes ganchos y las naranjas volaron por el suelo, recubriero...

Asomada al verde de Hockney

Se había imaginado alguna vez cómo sería dejar la ciudad y vivir rodeada de árboles, de avenidas con árboles, en una casa con árboles, con plantas, con riego automático y con sillas de plástico en el patio. Una casa con porches, con terrazas, con una escalera interior de mármol y suelo de tarima en el resto de la casa. Muy grande, muy de película, muy llena de novedades. Se lo había imaginado alguna vez pero no así, no regada por llantos, no llena de adioses, no dolorida ni dolorosa, no así, así nunca. Cuando volvió a vivir a la ciudad echó de menos la casa y todo lo que parecía contener, su rayo de esperanza insatisfecho y su luz. No sabía entonces que hay dolores que siempre permanecen. 

Azules lirios

 /Ilustración de Carl Erickson, 1891-1958/ La casa de Pedro y Marie estaba en medio del campo. Veías flores por todas partes, lilas, lavandas, aloe, y también unas inopinadas margaritas y algunas amapolas. Era una casa muy francesa, pero Pedro quería convertirla en algo más suyo, de su lejano país al otro lado del océano y a veces lo lograba con la música y con algún cuadro que colgaba en el pasillo. Marie era maestra de parvulitos y Pedro tenía una tienda de casi todo en la ciudad. Ambos iban a trabajar todos los días y volvían al atardecer, recorriendo esa incesante carretera sombreada de árboles que a mí me llamaba la atención. El sur de Francia es siempre un hallazgo, aunque lleves ya algunos años allí. Siempre sorprende. Pedro y Marie nos acogieron en su casa durante unos días en aquel viaje de bodas que hicimos por el país donde nos habíamos conocido. Teníamos muchos amigos que visitar, tantos que no hubo ocasión de hoteles, salvo en la Costa Azul, Allí paramos en un hotel bl...

Un desamor salado

Portadas de Christian Bérard para Vogue El verano lo revolucionaba todo. Los amores bullían. Había bailes, verbenas, reuniones en las casas de los amigos, excursiones a los pueblos cercanos y días de playa sin límite. Mi madre me hizo aquel verano cuatro vestidos. Estuve persiguiéndola varios meses hasta que los dejó terminados, colgados en mi armario, listos para ese brillo de los ojos en los quince años. Uno era malva y tenía una falda amplia, un escote amplio y unos tirantes a modo de trencitas. Había otro de rayas blancas y celestes, con un cuello halter de piqué blanco, parecía francés. Luego estaba uno de fondo blanco con unos cuadritos azules y un escote redondo. Y estaba el estampado en tonos naranja, con la manga japonesa y una tela que crujía al bailar. Mi madre y yo diseñábamos los vestidos, íbamos a por la tela y ella se sentaba a la máquina y yo la ayudaba haciendo dobladillos o sobrehilado. La única tarea que me gustaba de todas las de la casa era ir a la compra, pero ali...

La conferencia

/William Eggleston, fotografía/  Él estaba al otro lado del atril, en alto, como si fuera un predicador. Pero no lo era. La conferencia tenía un tema encantador: Aves y flores en la literatura medieval. ¿A quién podría habérsele ocurrido algo así? Seguramente a algún afanoso organizador, una de esas personas originales e insensatas que pueblan los círculos culturales. Algún amante de la Edad Media o quizá un novelero sin remedio. Él estaba allí arriba, vestido de una forma muy peculiar, colocando los folios, mientras el público esperaba.  Era el despertar del verano, casi las nueve de la noche y él parecía haber salido de “Muerte en Venecia”. Iba vestido de beige y marrón, un marrón espeso, demasiado para la hora y la temperatura. Pero le quedaba bien. Conjugaba con cierta forma ceremoniosa de mover las manos y, sobre todo, con los ojos, de un grisáceo muy raro. En realidad, no podía asegurar que tuviera los ojos grises, solo lo parecía con la iluminación del atril, pero, en t...

Vestir la tristeza

  /Pintura. Jack Vettriano/ En las tardes largas del invierno ella me contaba historias que inventaba sobre la marcha. Casi todas hablaban de mujeres tristes. Ella misma era una mujer triste, que ocultaba la tristeza con una capa poderosa de risa y de ingenio. Todas las personas tristes intentan convertirse en lo que no son porque la tristeza cansa. Agota. En esas tardes, conversábamos sobre la vida de las mujeres que conocíamos y de otras cuya existencia solo había llegado hasta mí a través de sus relatos. Eran cuentos que nada tenían que ver con finales felices. Eran realidades que se tamizaban con su baño de ironía, su sonrisa complaciente y esa forma generosa de mover las manos. Parecía una representación teatral con su telón y todo. El telón tenía dibujadas unas rosas. Eran rosas de Francia, esas pequeñitas, de intenso olor, como las que cruzaban nuestros arriates, cuando todavía la casa conservaba su jardín. El día en que ese jardín se perdió, cuando amanecimos sin la fresca ...

Gomas de borrar

 Tenía una jirafa azul hecha de una tela gruesa con lunares y había que meterle por dentro un palito para que la jirafa no doblara el cuello. Eso fue hace muchos años pero el recuerdo de aquella jirafa permanece, como suele pasar con la memoria, que siempre busca lo significativo, lo bueno, lo magnífico. En los trabajos manuales se hacían cosas absurdas pero la jirafa tuvo su encanto, desde luego. Y ahora esta jirafa que contiene las gomas y el sacapuntas tiene un aire a la jirafita aquella y su aire despampanante, como si viviera de verdad en la selva o donde sea. Y las gomas, de colores, verdes, beiges, azules, las Milan y el sacapuntas con depósito, qué gran invento. Todo lo que se usa para escribir a mano, mucho más bonito que teclear, tac, tac, tac. Así que ha quedado a salvo el recuerdo, la memoria, la nostalgia, casi todo. 

Trapos al sol

 En la azotea había dos tendederos hechos de cordel de plástico y, en una esquina, la cesta de los alfileres de la ropa. Era una cesta de color rojo con un asa flotante, un poco estropeada del uso. Pero en esa casa todo se aprovechaba al máximo de resultas que se encariñaban hasta de los más nimios objetos. Las hijas debían turnarse para tender la ropa, pero al final era la madre la que siempre se encargaba de esta tarea y de todas las demás. Cómo era posible que pudiera atenderlo todo era un milagro. Esa cosa de las madres de querer hacer la vida agradable a la familia a costa de su propio esfuerzo. Ella tenía que sacar minutos al día y a la noche para poder leer, que era algo que tanto le gustaba, algo que necesitaba hacer aunque no lo sabía. Esas historias compensaban su vida de trabajo continuo y su imposibilidad de hacer las cosas sencillas que otras mujeres hacían: ir al cine con su marido, estrenar un vestido, dar un paseo con amigas, presumir. Así que todo era un torbellino...