/Fotografía, Annie Leibovitz para Vogue/ De aquellos días lejanos apenas era capaz de recordar nada, salvo las lágrimas. Aquellos días eran un paraíso de lágrimas. Lágrimas encendidas, a punto de saltar con el menor motivo aunque, pensándolo bien, había un motivo gigantesco en todo aquello. Llorar sin aparente razón encierra una razón inevitable. Una vez notó que los ojos se le habían empequeñecido y que tenían un surco oscuro alrededor que antes no existía. Las arrugas pequeñas pero muy marcadas habían convertido la zona de los párpados en perfectos cauces de ríos por donde podían discurrir las lágrimas a su antojo. Cerraba los ojos y notaba siempre una especie de calor difuso, como si estuvieran a la expectativa. Llorar era la única cosa que surgía espontáneamente. Entonces se había alegrado de la soledad. Su hija se había marchado casi enseguida, vivía en otra ciudad en un piso con otras estudiantes y ella se quedó en el chalet donde los últimos años intentaron con...
Desde 2009, leyendo y escribiendo El blog de Caty León