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Mostrando las entradas etiquetadas como Historias

Paseo con Jane Austen por Greenwich Village

A Jane Austen le gustaría Greenwich Village. Como a mí. Las dos somos contraculturales. Aunque quizá a simple vista no lo parezca en su caso. En el mío es evidente. Sobre todo ahora, cuando la cultura dominante es un auténtico mamarracho, una pelmada de aúpa. Pero también antes, cualquiera se daría cuenta si se fijara. Jane y yo paseamos por el Village, como nos gusta llamarlo. Y allí nos paramos delante de las casas de colores con escaleras, jardincitos, ventanas en buhardilla y árboles torcidos. En un montón de sitios alguien ha dejado una bicicleta y permanece a la espera sin que ningún caco venga a llevársela. Eso es una gran suerte. La pizarra en algunas tejados nos lleva hasta Francia y las ramas de los árboles se balancean con el viento de verano o el de invierno. Da lo mismo. Me gusta el Village y a Jane también.  Es un sueño esa avenida con árboles, árboles que se encuentran entre sí de un lado a otro de la calle y que parecen saludarte. Alguien bajará rápidamente de la ca...

Asombro y soledad

  /Richard Burlet/ Aprendí sola el arte de la observación. Tenía un extenso muestrario delante de mí: mi calle era un paraíso de personalidades, tipos y caracteres. Me acostumbré a mirarlo todo y a enterarme de todo, aunque había temas vedados a los niños. En realidad, no creo que a los niños les interesara nada de lo que allí sucedía, ni a la mayoría de las niñas. Pero yo era una niña distinta, una niña rara, porque escribía y escribir significa observar. Desarrollé de este modo el arte de la observación y lo practiqué a conciencia de tal modo que aún hoy, pasados los años, sigo teniendo una absoluta claridad sobre aquella gente, sobre sus acciones y su forma de ser, sus relaciones, sus amistades, sus encuentros, sus problemas. Era un laboratorio y en mi cabeza sigue siéndolo. Aunque soy consciente de que yo también formaba parte del muestrario. También era observada por los demás.  /Raphael del Orme/ Mi principal interés estaba en las mujeres y los hombres. Los niños no me i...

Historias de paraguas

  Pierre-Auguste Renoir   (1841-1919) Los paraguas , 1881-1886 Óleo sobre lienzo, 180,3 x 114,9 cm National Gallery, Londres Podría contar un montón de historias de paraguas. La del paraguas de rayas azul y blanco que llevaba en un autobús camino del trabajo y terminé regalando a una mujer que iba a mojarse de cabeza a pies con su pequeño hijo. Al final fui yo la que me mojé y la mujer la que me decepcionó: prometió devolvérmelo en el trabajo pero no lo hizo.  Hubo también un paraguas rojo y ese siempre lo llevaba con una trenka que tenía un forro interior de cuadros escoceses . Ese paraguas lo presté, cómo no, a una compañera y luego negó que se lo hubiera prestado. No la veía mucho pero, después de aquello, no quise volver a verla. Era ladrona y mentirosa. Hay gente así. En una ocasión me compré un bonito paraguas en tonos verdes , estampado, verde hoja oscura , con un aire precioso. Lo dejé sin estrenar, porque al final no llovió, en el asiento de uno de los cercaní...

La historia de Paquita de Urquía

  ( Flappers . años 20. Autor anónimo) De vez en cuando indago en Internet sobre Baeza y sus cosas. Es una costumbre que me queda de los buenos ratos que he pasado allí, de la ley que le tengo a la ciudad y a su paisaje. En algún lugar privilegiado de la memoria está ese curso de poesía en el que conocí a tanta buena gente y del que aprendí muchas cosas, no todas académicas, claro está. En el calor asfixiante de aquellos días de agosto está el incendio que nos perseguía al subir a Beas de Segura . Las monjas de clausura cantaban las letrillas que compuso San Juan de la Cruz . Los almuerzos y las cenas nos reunían en el mismo angosto local a estudiantes y profesores, en torno siempre a la poesía, que era el tema del curso. En un cuchitril al lado del instituto donde enseñó Machado y donde se desarrollaba el curso, los cafés del descanso se convertían en un gozoso momento de intercambio: Luis García Montero estaba allí hablándonos de Alberti y por ahí está esa foto en el que mi a...

Intrusa

  /Pintura de Luis Touriño/ Debería uno aprender en algún lado a hacer el diagnóstico correcto de las situaciones. Se diría, en plan castizo, a calar a la gente. Pero no es tan fácil. No hay asignaturas de perspicacia. Me maravilla la forma en que la señorita Marple es capaz de establecer paralelismos de personalidad entre la gente que se encuentra cuando hay un asesinato de por medio y sus vecinos de Saint Mary Mead. Desde que empecé a leerla, tan pronto, eso me llamaba la atención. Pero creí que era cosa de novelas y de situaciones límite. Me equivocaba como en tantas cosas. Luego he vivido momentos en los que me hubiera venido bien una señorita Marple que me orientara y guiara. Puede una tener intuición y carecer de perspicacia. Ocurre.  Una prueba de ella es todo lo que rodeó a mi desembarco en un instituto. Tenía aquel lugar una especial idiosincrasia y una historia anterior de la que blasonaban. Era un centro difícil por muchos motivos, el principal por la plantilla que ...

Los tejados de Roma

 Tenía los manteles amarillos de una tela parecida al hilo, pero más lavable, más práctica. Siempre estaba lleno, había que reservar o, al menos, dejarle una nota al camarero de confianza para que te guardara una mesa en una esquina de la terraza que no esté muy al paso. En la Osteria da Fortunata hay pasta fresca y podías elegir sabores, colores y hasta decorado. Una jornada intensa de museos y academias en Roma siempre merece un rato de buena comida y buen postre. En el ático de Giovanni las plantas parecían revivir a pesar del calor y todos nos agolpábamos en la zona buena, la esquina del sofá de exterior, el sitio desde el que veías los tejados de la Ciudad Eterna y eras capaz de distinguir, por el olor, qué estaban cocinando los anfitriones. 

Ultramarinos

  (Ultramarinos Sopranis. Cádiz.  Tradicional tienda de alimentación y bar, con gran variedad de conservas, vinos y licores. ) Cuando era pequeña vivía enfrente de una tienda de ultramarinos. El dueño se llamaba Celestino y era montañés. Se marchó un día y la traspasó o la vendió a una familia de Conil que se hizo cargo de ella, con tan buena fortuna, que aún continúan su hijo y sus nietos con el negocio. El hombre se llamaba Andrés y era taciturno y poco hablador, ancho de cuerpo y con un aire recio, muy de campo. La esposa, Isabel, era una especialísima persona, que gustaba de vestir con colores alegres, como la reina de Inglaterra, y cuya tranquilidad y punto de vista original sobre las cosas a mí me llamaba la atención. Por último, tenían un hijo, Antoñito el de la tienda era su nombre y apodo, muy trabajador, guapo, activo y gracioso, que imitaba a José Luis López Vázquez y era capaz de cautivar a todas las clientas con sus dichos y comentarios.  La tienda ...