La niña que fui me interpela a veces, hace preguntas incómodas y no da ninguna respuesta. Se sitúa frente al mar con los pies descalzos y ve pasar las tiernas olas y ve moverse la arena, mientras que ella no se mueve, ni siquiera un leve balanceo. Huele a salitre, a océano y, en la distancia, a sombrillas y filete empanado. Pasea solitaria por la orilla, de un lado a otro, mirando hacia delante y, de vez en cuando, se para a contemplar el horizonte, y delante no hay nada, solo la enorme extensión de agua azul-verde, gris azulada, azul-gris. La niña que fui me produce pena. Ella aún no lo sabe pero le quedan lágrimas por derramar y en su ignorancia, da saltos y canta canciones de amor y se ríe con ganas, porque la niña, entonces no sabía nada de sí misma. Si da la espalda al agua entonces la arena tiene el aspecto de las dunas de un desierto, no hay edificios, ni duchas, ni chiringuitos, ni hay nada que no sea el rayado ulular de las sombrillas cuando salta el levante. La niña surg...
Desde 2009, leyendo y escribiendo El blog de Caty León