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Mostrando las entradas etiquetadas como Pequeños relatos de verano

Planicie verde--azul del océano

( Pintura Cecilio Chaves , Azoteas de Cádiz ) La casa tenía una enorme azotea. Era lo mejor que poseía. Porque era una casa humilde y sin blasones. Una casa sencilla, en una barrio antiguo y popular. Un barrio con arte, pero del arte no se come casi nunca. La gente vivía con tranquilidad su destino: trabajar mucho, ganar poco. Los hijos abundaban y también los abuelos. Las mujeres habían establecido una extraña complicidad entre ellas. Trajinaban continuamente, apenas les quedaba tiempo para sí mismas. Qué milagro el de esta amistad que ha sobrevivido a la muerte, que se contagiado a las propias hijas, que sobrepasa los límites de la distancia geográfica... Ya no existen vecinos como eso, nos decimos unos a otros. Y acertamos. No sé quién vive en el cuarto, ni conozco a la vecina que tiene su buzón al lado del mío, pero en aquella calle de aquel barrio nos conocíamos todos.  La casa tenía una enorme azotea. Desde ella se contemplaba casi todo lo que importaba. El océano a lo lejos,...

Un verano en Arlès

 La casa tenía un aire de cuento. Muros de piedra, cancela de hierro, contraventanas azules. El azul era el de Dufy, un azul rotundo, un azul mediterráneo. Los azules atlánticos son otra cosa, tienen más de verde y más de dorado, como si la paleta del mar tuviera algo que decir al respecto. Era una casa silenciosa pero a veces se sumergía en un extraño bullicio, igual que si entrara en una fase de lucha consigo misma. Tenía habitaciones con techos altos, muebles de madera provenzal, cortinas de flores recogidas en el lateral y una cocina gigantesca. En la cocina estaban los muebles, cada uno de su color, alrededor de una mesa con tapa de mármol blanco y con sillas de formas y tamaños diferentes. Era una cocina caótica a su modo y olía a queso. Lo mejor de la casa estaba fuera. Un huerto aromático donde el aloe vera y el arrayán competían y un huerto con profusión de habas. Todas las muchachas de ese tiempo querían ser hortelanas y floristas, ninguna abogada ni maestra. Los amigos e...

Mínima violeta

Esta tarde los niños no han salido a jugar. En la calle no hace frío pero un viento desapacible balancea las hojas de los árboles y te impide disfrutar. Se hace de noche tan pronto...Las tardes son ahora tan largas...Estos niños que se han quedado en casa quizá no tengan un patio lleno de flores y una blanca pared encalada y un telón hecho de rosas y unos poemas que leer o recitar y un teatro que representar. Seguramente esta tarde se han enganchado al Internet y a la play o a la consola y no oyen nuestras risas, las risas de los niños en la casa, jugando a ser poetas.

Cualquier día, en cualquier parte

La risa se ha mezclado en un suave vaivén y las palabras se amontonan...hay tanto que decir...tanto tiempo sin verte...escribir no es lo mismo...y a veces la palabra te sugiere un deseo, un afán tan seguro, tan cierto, que quieres cruzar el país, que quieres llegar allí donde se encuentra, anhelante, esperando, con el mismo silencio resguardado...Vais andando, recorréis abrazados el camino hacia la calle, hacia el aire fresco que azota vuestros rostros y, allí, incandescente, brillantemente libres, la ciudad y sus luces te recibe de nuevo, como si no hubieran pasado tantos meses, tanto tiempo, años quizá, sin verte…

Miradas escondidas

La lluvia azota el verano de este pequeño pueblo de la costa. Es una rareza. Hemos llegado en el tren, dispuestas para ir a la playa, con nuestras toallas de baño guardadas en los cestos de colores, con nuestras sandalias y sombreros. Llevamos el pelo recogido con cintas, con pasadas, con horquillas que tienen forma de muñecos. Pero la lluvia nos ha dado la bienvenida en la misma estación. Está casi vacía. Normalmente solo cogen este tren de cercanías los jóvenes que van a la universidad, pero ahora es verano y ese bullicioso gentío no tiene nada que hacer por aquí. Nosotras, las cuatro, aventureras inconmovibles, llenas de esperanza de recibir una buena ración de sol, de sal y agua, nosotras somos las únicas que, entre risas y bromas, nos subimos a un coche de caballos que espera en la estación y que llega a la playa anunciándose con campanillas que tintinean y obligan a los viandantes a mirar nuestro paso y a reírse con nosotras, el milagro de la juventud, la tersura y la frescura, l...

Una razón pequeña

Una bóveda verde y rosada cubre el suelo y la pérgola espera las rosas que no van a llegar nunca. No eres nadie, piensas. No eres nadie. Hay formas de ser y formas de estar. Y la pérgola te oculta de la mirada ajena y eres capaz de pensar en que hay tantas cosas que no entendiste a tiempo y en que queda tan poco tiempo ya para algunas cosas... Escribes tus páginas rosadas y tus páginas verdes y las palabras danzan y guardas esas páginas y las vuelves a leer o quizá ya no las recuerdas y sabes que ellos ya se fueron, aquellos que te cuidaron un día, los tres, ella y ellos dos y que aquí ninguno de los otros tiene para ti nada más que una brutal indiferencia que no llega hasta el sol y nunca alumbra. Para eso no necesitas que te cuenten historias...

Chorrito de cerveza

  El Atlántico es ese océano que, para nosotros, no es una gigantesca extensión de agua salada, sino nuestro mar. Nuestro íntimo, sencillo, pequeño y cercano mar. Los colores atlánticos son únicos. Turquesas, azul cielo, azul-gris, azul-verde, azulón, azulino, azul celeste, azulado, azul eléctrico. Verde-mar. Huella de los azules. Escondites de algas. Espuma de silencios. Los muchachos mirando a través de las oscuras gafas. Pensando cualquier cosa. Las chicas se sonríen a sí mismas y entienden el mensaje sin texto. Un emoticono de realidad, la huella de las tardes al sol con un sombrero, con un bañador verde y un botellín de cerveza para el pelo. Brillo de la cintura al levantarse. Estela de los pasos en la arena. Azul, azul, azul beso, azul nube. 

Tarde dorada y rosa

En otro lado, cerca, las anémonas se ofrecen como parte de un rito majestuoso en el que el color se alía con la luz y la luz con la fuente y esta se llena de goces infinitos, para que así se muestre en esplendor todo lo que el hombre en su imaginación crea. Hilos en movimiento. Lazos que atan las líneas y el dibujo. Fondos planos, sin sombras, sin matices. Están ahí a la vista y puedes observarlos, no se esconden. Poesía en el tono y en la forma. Poesía en la razón de que esto se produzca. Tras el impresionismo, la luz se escapa del plein air y, por sí sola, traduce el sentimiento y la pasta pictórica se abrevia, se convierte en un paso de baile tan ligero como las zapatillas de ballet del cuento en que viven las hadas y las brujas se ahogan en el fuego. La luz se ha liberado, los colores no admiten ya corsés, las figuras se agitan, los ojos se entreabren, apresando en la retina una imagen que no tiene traducción sino con sensaciones. No hay palabras, solamente goce.