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Mostrando las entradas etiquetadas como Mi madre

Cualquier cosa que me digas

  La chica de la foto mira a Nina Leen , que es la fotógrafa, y sonríe. Se ha quitado las gafas en un infalible gesto de coquetería. Gesto suena igual que beso. La ventana está tendida hacia los árboles, desconocidos árboles cuya esencia no conocemos, porque a la fotógrafa le interesa más acercarse a la chica, con sus shorts y su camiseta de escote Bardot , aunque quién sabe si Bardot existía en esos años o no. Seguramente no. Brigitte no se quitaba la edad pero Nina Leen nos ocultó el año de su nacimiento y todo lo que ha dejado son elucubraciones. De todos modos, a quién le importa cuándo nació si tenemos sus fotografías, transparentes, inauditas, valientes para la época. Como le sucede a la chica, yo también solía usar poca ropa y mi padre tenía una frase para la situación: ¿no había más tela en la tienda? La tienda era Jisol y estaba en la calle Real y mi madre compraba los retales y me hacía los vestidos en un instante, porque a mis hermanas la moda no les interes...

Nadie sabe dónde está Valborg

  / Muñeca hecha de trapos y lana por mi madre. Tiene su vestido en dos tejidos diferentes, sus zapatos a juego con el corpiño, su melena de lana amarilla y un gorro también de lana en blanco. Y tiene sus ojos y su boca cosidos. Creo que fue la última muñeca que hizo/ Cuando yo estaba en primaria, tendría ocho o nueve años, me apuntaron a una academia de mecanografía. No sé a quién se le ocurrió la idea pero estuve unos cuatro años, hasta que me saqué el título. También estudiaba allí Ortografía. Esto último era a base de dictados de palabras difíciles y de textos que emitía un magnetófono. Nunca he tenido faltas de ortografía pero después de esto, todavía menos. Solo hay una palabra que me hacía dudar y todavía sucede: herbívoro. Lo de escribir a máquina era un proceso largo de muchos días porque aquí no se hacían las cosas en plan express. Aprendías tan bien que sigo teniendo una velocidad increíble y, desde luego, jamás miro al teclado, sea el que sea. Vinieron a examinarme unos...

¡Qué verde era mi valle! (1941, John Ford)

  Para mi madre En un intercambio de mensajes con mi amigo Ángel Vela sale a colación esta película. Entonces me expresa su admiración por la misma y yo le confío que no la he visto aunque mi madre la ponderaba como su película favorita. Suena raro esto, ya lo sé. Y el mismo Ángel Vela dice, con toda razón, que no se entiende que no la haya visto. De modo que aprovecho un rato antes de cenar, bueno, en realidad es más que un rato, y la busco en las redes. Aparece en YouTube muy aceptablemente y es importante esa calidad porque la película tiene una fotografía magnífica, donde los blancos son blancos, que es algo fundamental en el uso del blanco y negro.  Empiezo por el principio. El niño, ya un hombre mayor, recuerda a su padre y, al mismo tiempo, su vida de la infancia, su tierra, su valle. Estamos en Gales, en las zonas mineras que tan poco gustaban a D. H. Lawrence, hijo de minero y de maestra, que abominaba de esa oscuridad de las minas. Los mineros de Ford están orgulloso...

La riada

 Mi madre contaba siempre los detalles que a ella le llegaron de la riada del 19 de octubre de 1965 en Chiclana. Ella pasó esas horas en vilo, llorando según cuentan las vecinas, pensando en qué le había sucedido a su familia. En la foto se ve la farmacia de su primo y, en la esquina del Cabezo, la casa familiar, que se libró seguramente porque vivían en la primera planta. Sus dos balcones se asoman a la foto. Pero a la izquierda están las casas de las tías Teresa y Lola, que se perdieron completamente. Eran unas casas increíbles, como si fueran conventos, decía mi madre, de lo llenas que estaban de esculturas y cuadros. Algunas historias quedan siempre en la memoria de los niños y mucho más cuando tienes una madre que te las narra con paciencia y muchos detalles. La destrucción del Teatro García Gutiérrez, por ejemplo, situado junto al río, o el arrase completo de la Alameda, por donde paseaban las muchachas en su juventud. Ella sintió aquellas pérdidas como la del paraíso perdido...

La última vez que pronunció mi nombre

( Dorothea Lange. Mother and Child. San Francisco, 1952)  Yo subía la escalera. Ella estaba allá arriba, en el descansillo, delante de la puerta del piso, un quinto, en el que se iban cerrando habitaciones porque cada vez vivía menos gente. Los hijos que se van, el marido que muere. Ella allí, en lo alto, asomada apenas, y yo subiendo despacio, uno tras otro, los escalones, con miedo, cómo no, el miedo de saber que, quién quiera que fuese, ya no era lo que era.  Entonces me miró solo un instante. Un momento fugaz. Un aire, una huella, el pequeño fulgor de un resplandor sin llama. Me miró y sus ojos parecieron hablar aunque callaron. Me miró y pronunció mi nombre con la total certeza de otros días. Dijo mi nombre en voz muy baja, pero era su voz y mi nombre era. Lo dijo y me miró. Reconoció la figura expectante que subía la escalera y cruzamos miradas hacía tiempo imposibles.  Después de aquello, nada.  (Dorothea Lange. May Day Listener at R...