Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Las islas lejanas

La mujer que tenía un amante

 /Foto de Nina Leen/ Seguro que ella estaba cansada de hacer todos los días lo mismo. Planchar, lavar la ropa, tender, ir a la compra, cocinar, limpiar la casa, cuidar del niño, un día y otro, todos los días, sin apenas compensaciones, estirando el sueldo, sin estrenar vestidos, sin arreglar los muebles de la casa. Era lo corriente en la calle, amas de casa agobiadas por el trabajo y la crianza de los niños. Pero los hombres no eran unos privilegiados en ese entorno. Al contrario. Los días para ellos eran duros, salían de casa muy temprano y volvían al anochecer. La mayoría eran camareros, chóferes, trabajadores de astilleros, tenderos o trabajadores del mercado. No había épica en este modo de vida y quizá por eso veían de noche en la televisión alguna película para contemplar otras cosas, para ver situaciones que nunca vivirían.  Un día de verano llegó el rumor a las casas de que ella tenía un amante. No se dijo así, esto es demasiado novelero. La frase exacta fue "está liada...

Una visita a la imprenta Cervantes

  De entre todos los ritos de la infancia quizá el que mejor recuerdo y el que más me gustaba consistía en ir a la imprenta (así llamábamos a la librería-papelería que nos surtía a la familia y que se llamaba Cervantes, así, por todo lo alto) para comprar lo que llamábamos con todo esplendor "los avíos del colegio". Aunque los Reyes Magos siempre tenían un recuerdo al respecto, eran los primeros días de septiembre, los que contemplaban el rosario de visitas a la imprenta, con las listas de los libros en la mano y con los útiles apuntados en una esquina de la lista. Éramos, como decía siempre mi madre, una familia de muchos hijos y con todos en el colegio. Colegio, instituto, universidad, de muchas formas podía llamarse a los lugares donde estudiábamos en cada ocasión pero el rito indelegable de la compra de lápices, bolígrafos, plumas para los exquisitos, cuadernos de hojas lisas, cuadriculadas o rayadas, libros de texto, libros de lectura obligatoria, carpetas azules, carpet...

La tristeza de las mujeres

  /Fotografía: Saul Leiter/ Las mujeres de mi calle eran mujeres tristes. Me di cuenta de ello cuando era muy pequeña. No tengo claro qué síntomas me desvelaron esta cuestión, pero estoy segura de que no me equivocaba. Tampoco le dediqué entonces tiempo a pensar sobre lo que sucedía, lo que les sucedía, pero, cuando el tiempo ha ido pasando, he encontrado algunas fórmulas que podrían explicar cómo se vivía allí y el motivo, o los motivos, por los que yo encontraba esa tristeza a flor de piel, ni siquiera escondida sino evidente. Quizá lo he entendido de mayor cuando yo también soy una mujer triste, con motivos que no logro descifrar y que no quiero conocer. Prefiero volver la mirada atrás y observarlas a ellas, situadas en ese microespacio que ocupaba solo una calle, no una calle entera, sino una parte de la calle, la parte en la que yo vivía y jugaba con las otras niñas. Las mujeres están allí, se llevan todo el día haciendo faenas, no se detienen nunca. No las veo sentadas, ...

La tienda de los libros

(Fotografía: Nina Leen) Un día, en un pequeño local que había quedado vacío cerca del patio de Bernabé, instalaron una tienda de libros, un lugar al que podías acudir a cambiar tebeos, novelas del oeste y de amores, todo muy barato. No era una librería al uso, sino un espacio alargado, atestado de novelas, cuentos y tebeos, que se ponían a disposición del cliente sobre el mostrador de madera. El sistema era muy sencillo: había precios distintos para cambiar según fueran las ediciones nuevas, regulares y viejas. Las nuevas eran bastante más caras y poco asequibles para el alcance diario de los bolsillos, pero de vez en cuando, los lectores empedernidos de Marcial Lafuente Estefanía o las lectoras de Corín Tellado, hacían el gigantesco esfuerzo por conseguir leer lo último de sus queridos autores. El reducido espacio de la tienda estaba plagado, por las tardes, de aficionados a la lectura que se pasaban las horas contemplando las nuevas adquisiciones y buscando ejemplares ...

Las tertulias

(Dos mujeres hablando. Henri Gervex)  En casa de mi abuela Marina se vivía a rajatabla la costumbre de las tertulias. Los domingos por la tarde, cuando toda la faena estaba ya hecha, retirados los avíos del almuerzo, arreglada la cocina y antes de que cayera la noche, en los días buenos de la primavera y el otoño, llegaban al salón, cuyos dos grandes balcones daban a una calle muy concurrida del centro del pueblo, algunas amigas de esas de toda la vida, con las que hay confianza para la charla y la confidencia. Conservo el relato de mi madre acerca de cómo aquello se desarrollaba, aunque a ella no la dejaban participar, claro está, y tenía que verlo todo desde lejos, a través de los cristales del cuarto de al lado, en el que las hijas de la casa se entretenían cosiendo muñecas o leyendo mientras que mi abuela, sentada en su mecedora, recibía a las amigas y las obsequiaba con un café recién hecho y algunas pastas. Cuando la tarde iba entrando en sazón, también se sacaba la botella ...

Todas leían novelas de amor

  El mayor tráfico se producía entre libros . Las madres apañaban los almuerzos y las cenas con los productos de la plaza y, a veces, como en los libros de la señorita Marple , había un curioso trueque. Medio kilo de pescadilla por medio de boquerones, así alternamos. O, una sandía mediana por dos melones pequeños, que estamos ya hartos de la misma fruta. O también, un trozo de carne de jarretes por dos de tocino y un poco de costilla para el puchero. Las madres eran maestras del intercambio comercial, del regateo y de la economía doméstica. Eran unos genios del fin de mes.  Pero los libros y los tebeos eran los productos más traficados de la calle. Al final de la misma estaba la librería de Secundina , en la que se amontonaban novelones de toda época, con una única característica común: las mujeres se enamoraban mucho y sufrían muchísimo. Eran novelas por entregas, novelas de colecciones baratas, novelas de Corín Tellado y de Carlos de Santander , novelas ilustradas de cole...

Haciendo Shakespeare

                                                                        (Romeo y Julieta. John Duncan. 1909) Mi madre colocaba entre dos ventanas de las que daban al patio, una colcha de matrimonio muy gastada, con flores y una cenefa azul, para que sirviera de fondo a nuestros teatros familiares. Ese era todo el atrezzo. El repertorio era variado y los actores tenían edades muy distintas, aunque ninguno excedía los quince años. Paquita , una vecina que era "como de la familia", más mayor y más alta, con un aire de mando muy genuino, hacía siempre los papeles masculinos, porque aquí funcionábamos al revés que en el teatro clásico: las niñas eran el grueso de la tropa. A los niños todo esto del teatro les parecía una tontería y solo aparecía alguno de pasada, en plan árbol o caballo, pero el peso de la ...

Ignorancia de mar

¿Se puede vivir junto al mar sin saberlo? Se puede.  La calle estaba cerca del mar pero nadie era consciente de eso. El mar la rodeaba como si fuera una cinta de regalo, impidiendo que la tierra se moviera y que las aguas traspasaran esa frontera invisible. Era un mar y, a la vez, un océano, que llegaba lejísimos, hasta América, un océano verdoso y no un mar azul. Su perfil era el de enormes barcos, grúas, astilleros, edificaciones militares, fuertes de la guerra napoleónica, esteros y caminos estrechos que llevaban a las casas salineras. Todo el exterior de ese envoltorio era agua y sal. Los montículos blancos parecían nieve, pero una nieve muy dura, mucho más de lo habitual. Este era el perfil de la ciudad y permanecía ajeno a la calle. La calle era, en sí misma, un barrio y un pueblo al mismo tiempo. Traspasar sus límites era internarse en otros mundos. Vivir allí generaba un idioma común, un código único, una mirada propia.  La calle comenzaba en la esquina de Capitanía. A...