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Mostrando las entradas etiquetadas como Mis historias

Queridos quioscos de lectura

 /Una promoción de RBA que se vende ahora online/ Si me preguntas por momentos felices tengo que contarte mi relación con los quioscos. Me gustan esos grandes, que tienen mercancía dentro y fuera, repartida por el suelo incluso, y que venden de todo, libros, chucherías, estampas de los álbumes de los niños, muñequitos, cosas que no sirven para nada, promociones, por supuesto prensa, revistas, periódicos, suplementos, un universo extraordinario.  Hay otros quioscos de distinta naturaleza, como los de churros que yo frecuentaba en la playa de Valdelagrana , que da gusto pasar junto a ellos por lo bien que huelen, incluso los que venden comida preparada, pero yo de estos solo he disfrutado en el extranjero, porque en España te vas a un bar de tapas y es lo mismo pero mucho mejor. Sin embargo, el quiosco de prensa , que es la forma general por la que se conoce a los auténticos quioscos de lectura, es el rey.  Me veo a mí misma, husmeando de chica por algún de estos quioscos...

Azules lirios

 /Ilustración de Carl Erickson, 1891-1958/ La casa de Pedro y Marie estaba en medio del campo. Veías flores por todas partes, lilas, lavandas, aloe, y también unas inopinadas margaritas y algunas amapolas. Era una casa muy francesa, pero Pedro quería convertirla en algo más suyo, de su lejano país al otro lado del océano y a veces lo lograba con la música y con algún cuadro que colgaba en el pasillo. Marie era maestra de parvulitos y Pedro tenía una tienda de casi todo en la ciudad. Ambos iban a trabajar todos los días y volvían al atardecer, recorriendo esa incesante carretera sombreada de árboles que a mí me llamaba la atención. El sur de Francia es siempre un hallazgo, aunque lleves ya algunos años allí. Siempre sorprende. Pedro y Marie nos acogieron en su casa durante unos días en aquel viaje de bodas que hicimos por el país donde nos habíamos conocido. Teníamos muchos amigos que visitar, tantos que no hubo ocasión de hoteles, salvo en la Costa Azul, Allí paramos en un hotel bl...

Parque Genovés

 Salíamos de la escuela de Magisterio que estaba en Duque de Nájera y dejábamos atrás el hotel Atlántico y el colegio mayor Beato Diego de Cádiz . Allí cerca, a un lado, nos esperaba majestuoso el Parque Genovés . Hay que tener mucha suerte para estudiar en sus entornos, para disfrutar cada día de sus paseos, sus bancos, sus fuentes, sus estatuas, su silencio y su aclamada soledad. Ibamos allí después de los exámenes, tras las aventuras amorosas y cuando nos metíamos en un lío, algunos de ellos importantes, como cuando asaltamos la oficina donde se preparaban determinados exámenes. Dejemos eso, que ahora somos gente respetable. Lo mejor de aquellos días eran las horas mediadas, cuando no había clase, o las tardes en las que se prolongaba el día, y nosotros dos, inseparables, nos sentábamos a la sombra para reírnos sin tasa, abrazarnos sin recato y besarnos frente a los árboles, frente al mundo, frente a la vida. Oh, cuánto de belleza tenía aquello, qué crepúsculos vivimos, qué ...

Amores

  A ella le había parecido imposible vivir sin estar enamorada. Y se puso a ello muy pronto, denodadamente, a los once o doce años. En ese tiempo tuvo su primer amor que, como debe ser, era absolutamente platónico . El profesor de Geografía era un treintañero atractivo, torpe y amable, que es la fórmula infalible para que las adolescentes bregadas en novelas de D. H. Lawrence se te enamoren. Quizá por eso ella adora la Geografía , le parece súper sexy eso de navegar por golfos, fiordos, cabos y bahías . La bahía , sobre todo, es el accidente geográfico que más la inspira, porque nació en una de ellas y sigue ahí, en algún lugar de los recuerdos, sin perder ni un ápice de realidad. El profesor de Geografía era de una buena familia, hizo una buena boda y tuvo una carrera docente muy efímera, porque después ejerció de otras cosas y se metió en algunos líos. Una vez ella lo encontró en una cafetería de la capital. Ella tenía ya veinte años, iba a la universidad, y él, claro está, ...

Comida rápida

  La ciudad entera es un universo blanco. La nieve cae y se posa sobre el suelo, los coches, los árboles. Todo desaparece. La vida parece ralentizarse y, detrás de las ventanas, los hombres y mujeres de la gran urbe contemplan con curiosidad este fenómeno. Todos los inviernos Nueva York se hiela. Así lo plasma en esta portada una revista en la que todos queremos escribir, siquiera sea por compartir espacio con algunos nombres venerables. Escribir en una revista tiene algo de mágico, mucho de bello. He escrito en muchas de ellas y hoy todavía considero a mi blog una revista, una revista digital que tiene bonitas imágenes y emocionantes textos. O eso quisiera yo pensar.   Los rider s, sin embargo, son imprescindibles. Las oficinas están llenas de empleados que no tienen tiempo de volver a casa para comer o que no pueden arriesgarse a cruzar el talud de nieve para ir a la tienda de enfrente, al restaurante de lujo o al garito de barrio. Cómo serán allí los bares de tapas ,...

El abuelo Antonio

 Se dice que no hay nadie imprescindible, pero yo no lo creo. Hay personas que tienen un aura especial y que hacen imposible cubrir su ausencia con nada que no sea un velo de dolor. Por eso desde que él se fue, se murió dicho claramente, ya no somos los mismos, nuestra vida es otra y no tenemos la vivacidad de antes, la alegría íntima de antes, de cuando éramos una familia que se abrazaba con todo el amor. Aún lloramos a escondidas.  Cuando la niña Eugenia nació pensé en su abuelo, que no la conocería y pensé en que ella no tendría ocasión de conocerlo a él. No quiero apelar a la rabia, porque eso es lo que se siente cuando te paras a reflexionar sobre estas cosas. Las razones no existen, no hay explicación, no hay nada sino que una niña no va a conocer a su abuelo y un hombre bueno no va a conocer a su nieta. La vida de los dos habría cambiado de ser eso posible y también la nuestra.  ¿Qué cosas aprendería Eugenia de su abuelo Antonio ? Antonio era, a la vez, un hombre ...

Cucarachas

(Fotografía de Bruce Davidson) Una vez tuve una cita la mar de interesante. Tenía todos los condimentos para resultar uno de esos encuentros sobre los que una escribe en su diario, con letras cursivas y con muchas exclamaciones. Muchos oh, ah y guauuuu. Era bastante lejos pero me tomé mi tiempo y mi tren. Me puse un vestido rojo que solamente llevo en ocasiones especiales (esta lo era) e incluso unas sandalias muy altas. Tuve la tentación de guardar las sandalias en una mochila y ponérmelas al llegar, pero me pareció horroroso, porque no encajaban mi vestido elegante y mi cluch color champán con una mochila de Adidas. Así que aguanté todo el tiempo las sandalias, que eran de una de esas marcas que se anuncian en Internet con unas chicas de pies perfectos que parecen volar. Cuando te las colocas, observas que el dedo gordo empieza a quejarse y cuando te las quitas todos los dedos cantan al unísono una canción que no podrás olvidar: Ay, ay, ay, quítame esto de encima para siempre...

La primera vez que fui feliz

  Hay fotos que te recuerdan un tiempo feliz, que abren la puerta de la nostalgia y de la dicha, que se expanden como si fueran suaves telas que abrazaran tu cuerpo. Esta es una de ellas. Podría detallar exactamente el momento en que la tomé, la compañía, la hora de la tarde, la ciudad, el sitio. Lo podría situar todo en el universo y no me equivocaría. De ese viaje recuerdo también la almohada del hotel. Nunca duermo bien fuera de mi casa y echo de menos mi almohada como si se tratara de una persona. Pero en esta ocasión, sin elegir siquiera, la almohada era perfecta, era suave, era grande, tenía el punto exacto de blandura y de firmeza. Y me hizo dormir. Por primera vez en muchas noches dormí toda la noche sin pesadillas ni sobresaltos. La almohada ayudó y ayudó el aire de serenidad que lo impregnaba todo. Ayudaron las risas, el buen rollo, la ciudad, el aire, la compañía, el momento. No hay olvido. No hay olvido para todo esto, que se coloca bien ensamblado en ese lugar del cere...

El tercer hijo

Cuando era un niño lloraba mucho. Era un río de lágrimas imparables que desesperaba a la familia y que avergonzaba a su padre. Sus dos hermanos mayores, le decía, eran machotes, chavales fuertes que no tenían tanta pamplina ni eran tan tiquismiquis. Entonces, tras la regañina, él se dirigía a escondidas al regazo de su madre y allí seguía llorando un rato más, hasta que ella le daba una onza de chocolate y él se marchaba a rumiar su pena en otro lugar de la casa.  Era una casa grande y muy destartalada. Tenía un patio central y era de una sola planta. La fachada estaba encalada y la cubría una azotea espaciosa y abierta al sol. Una de esas casas de pueblo que se construyen sin criterio, poco a poco, según van naciendo los hijos. Por eso las habitaciones cambiaban de uso a cada instante. Cuando él nació hubo que hacer obras. Era el tercer varón en una familia que ansiaba una niña, así que no le hicieron demasiado caso, pero acotaron un tabique en un cuarto de plancha cerc...

El tiempo de los cerezos en flor

             Keiko Takayama vive en la calle. Ella es una de las diez mujeres que conviven, en un suburbio de Osaka, con otros diez mil mendigos. En el barrio de Kamagasaki no hay tregua. Es el barrio de los pobres, de los que viven en los parques, de los sin hogar que lo han perdido todo, hasta la esperanza. En Osaka hay tres millones de personas entre las que estas diez mil son sólo un punto negro, una grieta por la que transcurren episodios de soledad y desamparo. Osaka es un universo de fábricas entremezcladas con edificios altos de oficinas y colmenas que acogen a sus habitantes. Es un bosque vertical de cemento que semeja una masa gris y permanente. La altura de las fábricas y de los edificios no permite apenas ver el sol y éste, en Osaka, sólo hace acto de presencia en los parques, esas manchas verdes e irregulares que animan el espacio entre los bloques.   Keiko Takayama vive junto a una fábrica de jabón ab...

Hanna y la rosa del Cairo

Una extraña rosa ha crecido en el patio de recreo .  Nadie se explica su nacimiento ni su origen. Es una rosa amarilla. No de ese amarillo claro, desvaído, triste, que suelen tener las rosas de ciudad. No. Es un amarillo intenso, un amarillo potente. Como el color de un canario en libertad. Las tres niñas han sido las primeras en descubrirla. La rosa estaba justo detrás de la canasta de balon- cesto. Una canasta vieja, muy vieja, herrumbrosa y que nadie utiliza, semiescondida en la sombra en la zona del patio que apenas se utiliza. La mayoría de los niños prefieren la parte soleada porque este es un colegio frío, cuyas clases son antiguas y están mal acondicionadas. Por eso, en la hora del recreo, todos se apiñan en el centro del patio, allí donde el rayo de sol es firme, donde se despliega su calor sin necesidad de arrebujarse en los abrigos. ¿Todos? No. Casi todos. Las tres niñas, por ejemplo, indagan cada día en los alrededores del patio buscando alguna sorpresa. Así descubriero...