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Tierra de toros

/Cartel de la Goyesca de Ronda de 2026, realizado por el pintor Juan Uslé/


Se me ha ocurrido este texto viendo la entrega del Premio de la Tauromaquia a Curro Vázquez en la sede del Senado. Veo allí políticos, pero también ganaderos, veterinarios, sanitarios, peñistas, banderilleros, toreros, rejoneadores, peones de brega, gente del toro en general. Son todos conscientes de que viven tiempos difíciles. Cuando comenzaron su afición no suponían que las cosas iban a llegar a este extremo. No entraré a valorar las razones de los antitaurinos sino que me intentaré poner en el lugar de los que viven del toro, de los que tienen en el toro su afición y su vocación. He conocido a muchos de ellos. Soy de una tierra taurina, Chiclana de la Frontera, en la que los toreros tienen nombre de relumbrón. Incluso algunos son muy cercanos para mí, muy familiares. He trabajado en La Puebla del Río, la tierra de Morante, y he visto la afición de allí, música y toros. Y he visitado mucho Ronda, ese templo de la grandeza taurina y de la cultura y la piedra. Me pongo en el lugar de quienes se han visto perseguidos y acusados de asesinos porque se dedican al toreo. He ido un solo día en mi vida a la plaza de toros, fue en Sevilla, en la Maestranza, y fue a ver la ópera "Carmen", ni siquiera había toros. He pisado la plaza de toros de Ronda, en una de mis visitas a esa ciudad que adoro. La plaza de toros de mi pueblo, La Isla, estaba cerca de la casa de mi amiga Magdalena, y pasaba todos los días cerca. Fui una vez a un festejo, pero no recuerdo nada especial. Hay allí dos toreros muy admirados por el pueblo, Rafael Ortega y Francisco Ruiz Miguel. Mi padre hablaba muy bien de ellos. Y en Chiclana estaba Emilio Oliva, que tenía lazos de amistad con mi familia. Las crónicas de toros siempre me han pasado algo fabuloso, con esos colores tan especiales, con esas expresiones propias. Mi hermano David se iba detrás de las mulillas cuando pasaban por la puerta de mi casa, en la calle Carraca, 49, hoy sede de la Hermandad del Huerto. El niño se perdía cada vez que había toros o que había carnaval y andaba hasta casi la Bazán, mientras las hermanas corríamos buscándolo de casa en casa. Hacíamos lo que podíamos con la vida. No nos sentíamos cómplices de nada malo. Simplemente vivíamos. Vivimos. 


 

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