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Casarse en tiempos de Jane Austen

 


Fotografía: aurioles.es (imagen del Regency Ball, celebrado en Madrid en 2016)


La vida social de la gentry en los años en que vivió Jane Austen estaba orientada a crear buenos contactos para que, llegado el momento, se pudiera asegurar un futuro acomodado a los jóvenes. Las familias se implicaban activamente en ello. Y lo hacían de forma directa, aprobando o desaprobando las posibles elecciones de marido o de esposa. Hombres y mujeres tenían un papel diferente a la hora de abordar su matrimonio. Se trataba de una multiplicidad de factores que había que barajar. La situación familiar de los futuros cónyuges tenía gran influencia en su toma de decisiones. No era lo mismo ser el hijo primogénito que alguno de los segundones. No era lo mismo que la herencia estuviera vinculada que libre. También influía el hecho de que fueran primeros, segundos o terceros matrimonios. O la curiosa transacción títulos por dinero, muy frecuente. Todos estos condiciónanos y alguno más (posibles parentescos, diferencias de edad, hijos previos) formaban una espesa trama en torno al hecho, aparentemente personal, de contraer matrimonio. En realidad, el matrimonio era la gran empresa que terminaba definiendo el futuro inmediato y lejano de la persona contrayente. 

Se atribuye a Jane Austen una cierta y pertinaz insistencia para que los personajes de sus novelas se casen por amor. En realidad parece referirse más a las chicas que a los chicos, dando a veces la impresión de que son ellas las únicas obligadas a casarse por conveniencia. Y, por añadidura, también puede que dé la impresión de que los sentimientos están siempre del lado de las mujeres y el interés económico o social del lado de los hombres. Sin embargo, este análisis sería demasiado simple y está lejos de la realidad, mucho más compleja y que afectaba directamente a la vida de muchas personas. Las mujeres mantenían un relativo papel pasivo en todo esto. Esperaban la propuesta de casorio y contestaban a la misma. La aceptación no dependía de sus gustos, sino que se decidía en familia y en ella intervenían múltiples factores. Era importante no equivocarse. 

Se desconoce el porcentaje de negativas que se sucedían a esas peticiones. Pero es cierto que había condicionantes que obligaban a las mujeres a aceptar pretendientes no deseados y también, esto se olvida demasiado, que había hombres que estaban obligados a renunciar a sus propios gustos por motivos diversos y de interés, casándose con mujeres a las que no amaban para satisfacer parámetros ya establecidos. Sin embargo, no es solamente la intervención familiar, la conveniencia o el interés, la gavilla de elementos que condicionan las elecciones matrimoniales sino que solía ocurrir, salvo excepciones, que los jóvenes apenas se conocían cuando llegaban al compromiso. Bastaban un par de bailes, unas visitas, unos paseos para que las familias hicieran sus planes y llegara la boda. Se tenía claro que el amor llegaría después y, si no llegaba, eran gajes del oficio. No da la sensación de que en la gentry eso de tener amantes cuajara. Eran tradicionales en este tema y no se parecían en esto a la aristocracia, la nobleza de corte sobre todo. Pero la vida familiar sustituía enseguida la vida en pareja y del amor nunca más se supo. Creo que Jane Austen había observado continuamente que, incluso en los matrimonios mejor avenidos, lo frecuente era una camaradería llevadera y, desde luego, nada de la cómplice relación que caracteriza al amor pasados los años. 

Los sentimientos asociados a la convivencia, el amor, el respeto, la admiración, la ayuda mutua, quizá eran lo último que se tenía en cuenta y había demasiados matrimonios infelices. Incluso algunos que ni se dirigían la palabra. Por eso Austen insiste tanto en conceptos como la afinidad, la confluencia de intereses y la atracción entre las parejas. Y también, cómo no, en la importancia de la comunicación, de ahí el valor que le da a la conversación, al conocimiento mutuo y a la búsqueda de metas comunes. 

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