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Triana



Breve relato de una Velá de Santa Ana muy especial.

Si no eres de por aquí quizá te cueste entender el significado de las cosas de las que voy a hablar en esta entrada de mi blog. Pero eso suele ocurrir: cada lugar, cada espacio, guarda sus propios secretos y cultiva sus ritos. Esto de la Velá de Santa Ana está íntimamente unido a lo que el barrio de Triana significa y solo los iniciados en sus misterios pueden apreciar, de verdad, el significado que tienen estos días señalados que son historia e historia muy antigua. El motivo de la singularidad de esta fiesta está en que Triana es también singular. No existe un lugar como Triana en el mundo. Y no es exageración alguna. Se trata de un espacio físico reducido en el que se mantiene, por los siglos de los siglos, una forma de vivir que no ha podido destruirse por mucho que se haya intentado. Se han tirado edificios, se han modificado calles, ha sido invadido por foráneos y turistas, han desaparecido espacios de habitabilidad propios, ha muerto mucha gente que ayudó a crearla, pero nada de esto ha sido definitivo para lograr que el estilo trianero desaparezca. No soy sospechosa de mentir en esto. No he nacido en Triana y no cambiaría el lugar en que nací por ningún otro. Pero elegí Triana para vivir y lo hice cargada de razones. La principal razón es que su gente resultó ser tan encantadora y acogedora como aquella gente de mi calle que yo había dejado atrás tan joven. Mi amiga Paqui podría vivir en Triana y ser una vecina implicada perfectamente. Mi amiga Loli Carrasco tendría la capacidad de pasear por sus calles con toda la intención. Mi amiga Luci Cepero, lo mismo. Igual que Merceditas o Manoli Otero. Ellas son gaditanas de pura cepa y estoy segura de que se habrían aclimatado en Triana. Porque es imposible no sentirse parte de esto cuando una lo conoce. 


La Velá de Santa de este año ha llegado con sorpresa. Y este ha sido un año muy especial por diversos motivos. En abril se casó mi hijo en la Basílica del Cachorro. El Cachorro es nuestro vecino desde hace casi treinta años. Y ahora nos une un lazo especial con esa boda. Mi familia cruzó la distancia que nos separa para estar con nosotros ese día y para hacer menos visible la gran ausencia, la que nos viste desde hace casi once años. Los gaditanos somos de donde vivimos porque tenemos la suerte de poseer la capacidad de sentirnos libres, abiertos al mundo y dueños de nuestro destino. 


A Antonio le gustaba Triana. Le gustaban sus lugares de reunión, sus bares, sus restaurantes, sus plazas de abasto, sus rincones. Le gustaba su flamenco. Nos conocimos en los días previos a la Velá y allí se declaró, bajo los fuegos artificiales, en la calle Betis. Y declaramos que este territorio sería por siempre nuestro y sería por siempre bello, bondadoso y humano. Esta casa trianera en la que vivo, vecina del Cachorro, la compramos con el convencimiento de que nos haría feliz. Y así fue. El dolor nunca traspasó estas puertas y mientras estuvimos aquí, él fue libre y sin desgracias. Cuando se murió, la casa echó de menos su presencia, que se percibe en todas sus habitaciones, como una especie de hada buena, con el maravilloso eco que el amor asienta en la vida cotidiana. Triana era mi casa cuando lo conocí y a Triana se vino con el deseo doble, de ser feliz y hacerme feliz. Aquí nació nuestro hijo, que es trianero por los cuatro costados, aunque con una maravillosa ascendencia gaditana por parte de madre y jienense por parte de padre. El océano Atlántico y un mar de olivos por árbol genealógico. Y en medio, Triana. 


Cuando me dijeron que iba a ser nombrada hija adoptiva recordé a mi padre de inmediato, porque él se alegraba tanto de todo lo que yo iba logrando, que eso era su vida, los éxitos de sus hijos. Pensé en mi madre y en sus preguntas acerca de vestidos y peinados, la sal de la tierra. Pensé en Antonio. Y pensé en mis amigos de Triana, los que me abrieron las puertas de su corazón y de su sabiduría. La mayoría de mis amigos sevillanos son de Triana, viven en Triana y, en todo caso, también en Los Remedios, esa Triana que es un apéndice de la calle San Jacinto y no lo sabe. Ángel Vela, Emilio Jiménez, Rocío León, mi vecina Cristina, mi amiga Mercedes Álvarez, mi amigo Luis Fernández, mi amiga Ana del instituto de Utrera, todos ellos parte de estos años aquí y de estas vivencias. Recordé a mi amiga Estrella, con la que viví en Rodrigo de Triana cuando llegué a Sevilla y luego en la calle Maestro Arrieta, en un cuarto sin ascensor. Y recordé a Manuel y esa casa de Pagés del Corro en la que viví durante diez años, en la cava de los gitanos, a un paso de la plaza de Cuba. Y recordé también a mis amigas de la facultad, cuando cruzábamos el puente para ir a la fábrica de tabacos, Enriqueta y Ana. Y a las chicas de mi peluquería de la calle Niculoso Pisano, María José, Ana, Anabel, Mari. Y a María Maeso y su gracia. Y a los compañeros y a los niños del Vicente Aleixandre. Y mi año de prácticas en el Triana. Montones de recuerdos y de horas pasadas en charlas, encuentros, trabajos, reuniones, vida en suma. 


Desde que llegué a Triana, desde La Isla, mi hogar, he recorrido años de dicha, soledad, silencio, algarabía, búsqueda, lucha, satisfacciones, trabajo, amistad, traición, pérdida, duelo y felicidad. Lo que es la vida humana. Pero algo me ata a esta tierra y por eso mi terraza se abre a la gran plaza abierta que dijo Aleixandre y espera que reverdezca y que termine su sequedad y su silencio para que el verde vuelva a cubrirla. Triana me abrió sus puertas y yo le he devuelto a Triana todo el amor del que soy capaz. 

La noche de los premios fue muy curiosa. No conocía a nadie. Antes había hecho fotos y entrevistas con Antonio Casado, encantador y con una estupenda periodista Rocío Soler, del Correo, lista, guapa y espabilada. La noche de los premios allí estaba yo. Solita, como tantas veces desde hace once años, con la sola presencia de mi hijo, de Teresa y de Rocío, yo deambulaba entre políticos, premiados y gente importante de por aquí. Echaba de menos a Antonio. Él hubiera disfrutado más que yo. Su generosidad hacía que lo bueno que yo tuviera, para él fuera lo mejor. Las anécdotas de la noche se fueron sucediendo. Palabras, discursos, sillas incómodas, vecinos de silla que resultaron entrañables, gente divertida, gente seria, fotos que están llenas de políticos y donde los premiados no aparecemos apenas (cosa de la vida pública), exageraciones, comentarios, vaivén de personas que quieren ser importantes, el abrazo afectuoso y verdadero del alcalde y mi pregunta a Emilio Vara: ¿no viene Ángel Vela? Ángel, esa noche te eché de menos. 


Susana me dijo: tienes razón, lo mejor de Triana son sus gentes. Lo afirmo, eso será lo que permanezca, esa esencia única y perfecta entre vecindad, camaradería, solidaridad, curiosidad y gracia. La gente de Triana. Y ese hilo de plata que la conduce a la desembocadura, y esa huerta dulce que va al Aljarafe. Triana, agua, verde y su gente. 

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