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Ripley

 


La excepcional Patricia Highsmith firmó dos novelas míticas para la historia del cine, El talento de Mr. Ripley y El juego de Ripley. No podía imaginar, o sí porque era persona intuitiva, que darían tanto juego en la pantalla. Porque creó un personaje de diez y una trama que sustenta cualquier estructura. De modo que, prestos a ello, los directores de cine le han sacado provecho. Hasta cuatro versiones hay para el cine y una serie, que es de la que hablo aquí, para poner delante de nuestros ojos a un personaje poliédrico, ambiguo, extraño y, a la vez, extraordinariamente atractivo. Tom Ripley

Andrew Scott es el último Ripley y no tiene nada que envidiarle a los anteriores, muy al contrario, está por encima de todos ellos. Ninguno  ha sabido darle ese tono entre desvalido y canalla que tiene aquí, en la serie de Netflix. Ya sé que decir serie de Netflix tiene anatema para muchos, pero hay que sacudirse los esquemas y dejarse de tonterías. Esta serie hay que verla porque, de lo contrario, te pierdes una obra maestra. 

El grandísimo Alain Delon fue el protagonista de A pleno sol, una versión muy francesa y muy de clima veraniego. También estaba en ese reparto un antagonista suyo de siempre, Maurice Ronet, y hacía la música nada menos que Nino Rota, creando un conjunto angustioso y perverso, aunque hermoso. Eso era en 1960. Diecisiete años después, en 1977, rueda El amigo americano y como protagonista el extraño Dennis Hopper, un Ripley atípico, menos refinado, menos impredecible. Después, en 1999, es Matt Damon el que se hace cargo del personaje y aquí Ripley pierde mucha fortaleza, tanto que pienso que hubiera sido mejor interpretado por su coprotagonista, Jude Law, con más matices y más misterio. La última versión antes de ahora, de 2002, sería la de John Malkovich, un tipo peligroso a rabiar y aquí hubo una trampa del productor al colocar la banda sonora de Ennio Morricone arrasándolo todo. 


La historia es conocida por los lectores de Highsmith. Un millonario americano contrata a Tom Ripley, que hasta entonces sobrevivía entre chapuzas, para que vaya a Italia y convenza a su hijo para que vuelva con su familia. De tan sencillo que es el arranque nos surge la duda de que haya gato encerrado. Y lo hay, pero no se ve a simple vista, porque la personalidad de Ripley, que nunca acaba de aparecer del todo, es la clave. Sigamos. Ripley llega a Italia y no le cuesta nada entablar amistad con el joven aspirante a pintor Dickie Greenleaf, que vive en una extraña casa rodeada de escaleras, frente al mar y con extraños lujos. Un Picasso convive allí con una nevera nueva. La novia de Dickie es una mujer joven, guapa y fascinante, una escritora en ciernes que se llama Marge Sherwood y que tiene un interesante papel en toda la trama. El trío no funciona demasiado bien y Ripley sabe que estorba. Pero se las apaña para dar un paseo en barca por el mar de San Remo con Dickie y, voilá, aquí empieza, en realidad, todo.


Lo que comienza es un vagabundeo organizado de Tom por toda Italia, con estancias en Palermo, Venecia, Roma, en hoteles importantes, en apartamentos lujosos, en sitios de mala muerte, en calles oscuras y en grandes avenidas, en playas y ferrys que hacen el recorrido de noche, en estaciones de tren, siempre con sus maletas a cuesta, su máquina de escribir, sus varios pasaportes, su atuendo sencillo, sus zapatos de marca, su reloj caro y su sortija aún más cara. En ese deambular que resulta penoso a veces te dan ganas de decirle a los otros que lo dejen en paz, que el hombre está cansado y ese cansancio se va poco a poco reflejando en el rostro del actor y ya no sabes si ese Ripley es de verdad o está actuando pero lo que sí sabes es que, pese a todo, estás de su parte, porque ese es uno de los logros de la escritora, que incluso llegues a compadecerte del mal. 



Las ciudades, los paisajes, los lugares, los detalles, todo aparece minuciosamente fotografiado, como si quisiera convertirse todo en una postal. El protagonista lo observa a su alrededor con una mirada intuitiva y también con una especie de desvelo perpetuo. El descanso no es para mí, parece decirnos. Y nos deja llenos de preguntas, arrasados de dudas, mientras sube y baja escaleras, mientras hace y deshace equipajes, mientras no tiene un solo momento de calma, en busca de no se sabe qué. O sí. Al final, todo parece encerrarse en un Picasso. 


Soy una lectora empedernida de Patricia Highsmith desde hace años. He devorado sus libros y seguido con detalle su trayectoria y la forma que tiene de implicarnos a todos en esas atrocidades que las novelas relatan. Porque lo hace con elegancia y discretamente pero tiene esa claridad de intenciones que no puede pasarse por alto. El guionista de la serie ha leído a Patricia detenidamente y se ha dado cuenta de su juego, de su ambigüedad y de la forma en que su bisturí nos alcanza a todos sus lectores. Y la directora de casting ha hecho un trabajo de orfebre, y la música, y la ambientación, y los actores... todo es como debe ser. No te la pierdas. Es una pieza de relojería que suena al compás de una música perfecta

Reparto

Andrew Scott, Johnny Flynn, Dakota Banning, Mauricio Lombardi, Margherita Buy, Eliot Sumner

Duración 8 episodios de 60 minutos

Guion y dirección de Steven Zaillian

Música Jeff Russo

Fotografía Robert Elswitt

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