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La ciudad sin alma

 


New York Corner (Corner Saloon), 1913, oil on canvas, Private Collection; Courtesy Fraenkel Gallery, San Francisco, and Martha Parrish & James Reinish, Inc., New York


No era de ningún sitio, de ninguna parte, no pertenecía a nada. Había nacido en un pueblo que se convirtió en ciudad gracias al turismo, un pueblo rural que también poseía una hermosa playa, llena de pinares que desaparecieron y una ermita en lo alto, blanca y milagrosa, adonde acudían las muchachas para buscar un novio todos los martes de todas las semanas del año. Su padre le contó en una ocasión que él mismo estuvo en esa ermita llevando una reliquia cuando se partió una pierna con nueve años y le pidieron a la santa que le ayudara a recuperarse. No encontró la reliquia, claro está, cuando visitó el interior y se asombró de ver tantos y tantos relicarios y tantas cosas en las vitrinas y tanta devoción. A los dos años había abandonado el pueblo con sus padres y su hermana de meses y los cuatro se fueron a vivir a la ciudad de al lado, que podía ser llamada así porque era radicalmente distinta y eso lo sintió siempre su madre, que se consideró desplazada, exiliada, lo mismo que ella, toda la vida. La ciudad era una fortaleza militar, los uniformes la llenaban y todo tenía aire marcial, aire marítimo, aire de banda de música. Primero vivieron en una casa alquilada del centro, pero era muy pequeña y no reunía condiciones, dirían sus padres. Fue una pena, porque era una plaza bonita, muy romántica incluso, que si hubiera habido niebla podía parecerse a la de Luz que agoniza. Pero ahí solo estuvieron un tiempo concreto que ella misma ni supo, lo suficiente para encariñarse con los vecinos, un dentista y su mujer, que no tenían hijos. Y ella era una niña muy graciosa, que hablaba desde chica y cantaba unas cosas que oía por ahí. Era una niña lista pero eso de poco sirve en determinadas circunstancias. La casa a la que se fueron a vivir fue siempre su casa, aunque sus padres la abandonaron y ella también porque se marchó a otra ciudad, esas cosas de la juventud, esas locuras de querer ser independiente, de vivir sola. Cuando piensa en aquello siempre le entra el arrepentimiento. Ahora no lo haría. No entiende cómo no volvió, cómo no regresó, cómo no recobró el aire del mar, el aire del océano, la limpidez de esa horizonte, el afecto de sus vecinas y de su familia. No lo sabe y no tiene respuestas. Si pudiera cambiar las cosas...La ciudad en la que se asentó es una de esas ciudades sin alma que borran todo vestigio de ardor y de humanidad, que tienen un espejo para mirarse y se ven guapas pero nunca, nunca, abren sus puertas ni entienden otro lenguaje que el suyo propio. En esa ciudad ella no es nada y la vida transcurre de espaldas al ardoroso río que no es un  mar aunque pueda parecerlo. No es un mar, es solo una línea de agua estancada, un paisaje extraño, un lugar extranjero, una soledad, la nada. No es de ningún sitio, de ninguna parte, no pertenece a nada. 

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