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"Filosofía andante" de David Cerdá

 


Cuando encuentras al perfecto compañero y lo pierdes ya empiezas a entender de qué va esto de la vida. La conversación se queda hueca, se cae por falta de asiento, tú misma dejas de ser alguien para convertirte en invisible. La invisibilidad de las mujeres solas no es nada comparada con la invisibilidad de quienes han sido visibles y la pérdida te aparta a un lado. No hay diálogo ya, ni hay compañía. No hay abrazos ni hay miradas. Nadie te entenderá. Nadie sabrá de ti como él sabía. El fondo de las cosas se hará opaco. Y libros como este perderán esa oportunidad de convertirse en tema de conversación, lo más sagrado. El libro habla contigo pero tú no hablas con nadie. Diálogo roto, vida rota. 

Un buen libro siempre te sugiere cosas. Empiezas a leerlo y tienes que pararte. Algo ha surgido en ti, ha llegado hasta ti. Un viento leve, un vendaval, una conmoción, un recuerdo, un reto, algo. Los buenos libros contienen frases que haces tuyas, propósitos que asumirías, ventanas que lograrías abrir aun con esfuerzo, fuego que has de apagar sin demora. En ese sentido, este es un buen libro. Sin aprensiones. La palabra "filosofía" espanta un poco a la gente. Lo de "andante" suena muy musical y muy deportivo. Pero no hay deporte en estas páginas salvo la esgrima de las propias palabras. Música sí, música siempre, porque los renglones son notas del pentagrama y la música está en la cabeza de cada uno cuando lee, cuando camina, cuando es. 

Es un libro sencillo. Su estructura es fácil de seguir. Como si pudieras imaginártelo en forma de paseo, cada uno de sus temas tienen ramificaciones, porque no puede ser de otra manera. Cuando caminas, divagas. Cuando divagas, merodeas. Ese merodeo intelectual y emocional tiene mucho que ver con este libro. Es una manera de construirse sobre pequeñas piezas que se relacionan entre sí, sin que esa relación sea siempre evidente. Como sucede en otro de los libros del autor "Ética para valientes", clamoroso fenómeno editorial de 2022, también aquí hay una mirada muy personal que nos descubre tanto al que escribe como a los que nombra. Os conocemos mejor a todos vosotros, autor y gente que por ahí aparece, sin hacer demasiado esfuerzo. 

Es un libro acogedor. No te asusta ni te manifiesta su superioridad sobre ti, pobre lector que te anonadas al ver una ristra de nombres que quizá no te suenen. No. El libro tiene compasión, en el mejor sentido, de todos nosotros, y se pone de nuestro lado a la hora de enhebrar la larga conversación que, al fin y al cabo, representa su esencia mejor que cualquier otra cosa. Si esa conversación fuera posible con todos y cada uno de los lectores, el libro no se escribiría, pero escribir es, después de todo, hablar con el que está al otro lado del libro y que es desconocido pero no extraño. 

La imagen que he escogido para ilustrar el post significa mucho, tiene un aire simbólico, es una especie de muestrario: el libro (nuevo, recién llegado, aún sin leer, una atrevida incógnita); el bolígrafo, compañero perenne, mi Lamy, anotador de ideas, conductor de la frase y el verso; el ordenador, cerrado pero tan fácil de abrir, de poner en marcha; la muñeca, de la que solo se intuye un vestido de plumetti color rosa; la mesa, el lugar de trabajo, ese sitio en el que las horas del día transcurren con la mayor felicidad, con la mayor presteza; el sitio que te cubre, que te tapa, que te acoge que te ampara. Faltan, quizá, unas flores, que la imagen no recoge pero que están muy cerca. Y el lapicero, con los rotuladores de colores, los lapiceros, la muñeca-lápiz de vestido azul. Azul, azul, azul y lápices. Hay un universo en todo ello, hay una profunda convicción de que la escritura y la lectura forman un todo y ese todo es una manera de entender el mundo. Tu manera. Faltan solo los pies. 

David Cerdá se ha empeñado en hacernos andar. Como hacen las heroínas de Austen el paseo es un modo de plantear la vida. Quiere que recorramos la ciudad, el pueblo, el campo, la vereda, una acera junto a un carril-bici, la terraza, el patio, el jardín. Que sacudamos el pensamiento para que se desprendan las ideas que nos atan y avancen las que nos sostienen. Si esto fuera un libro de autoayuda, aviso, no estaría en mi mesa ni pasaría por este blog. Es todo lo contrario. La autoayuda está hecha para que no pienses, para que te atengas a la frase, para que la frase te conduzca y te ordene qué debes decir, hacer y pensar. Este libro, la filosofía en suma, quiere que te devanes los sesos buscando explicaciones, que rebusques hasta detrás del cubo de la basura y que no desperdicies energías en creer que lo sabes todo, que eres típicamente solvente o que no te queda nada que cambiar porque eres, dicho de otro modo, una persona guay. David no pasea solo por ese libro sino que en cada uno de sus capítulos lleva una compañía y a ella ofrece esas palabras y eso que la compañía al caminar solo debe servir para asentir o para mover la cabeza: no es eso, no es eso. Y basta. 

Podía decir que mi capítulo favorito es el de la duda, el dos. Porque Descartes es uno de mis faros desde que lo leí muy jovencita y me quedé pasmada. ¿Esto es Descartes? pensé. Porque una se cree que los grandes nombres que estudias en los libros son seres inanimados, gente rara, gente difícil, gente dura. Pero Descartes es un tipo cercano, que busca lo mismo que nosotros, una verdad tan cara y tan barata a la vez. Desde hace algún tiempo, no demasiado, yo misma he intentado encontrar razones para esa palabra, la Verdad, y he añadido otras búsquedas, la Bondad, la Belleza, como pequeñas piedras de colores que van sembrando un camino que Pulgarcito hallaría solo con las migas de pan. Así que ese capítulo es muy excitante y me he parado un rato en él, como si te sentaras a la vera del camino, en un banco de piedra y observaras el devenir del campo, el cambio de las estaciones, la lucha de los grillos porque dejarse oír. 

En un momento dado, he pensado en mi padre. Lo he visto sentado en su butaca, esperando la muerte sin quizá saberlo, con las manos firmemente aferradas al periódico del día, con su vista perfecta a los setenta años, absorbiendo lo que allí hay escrito, las noticias, los inventos, los avances, las mareas, los resultados del fútbol, la crónica de toros, las columnas de opinión, las esquelas. Lo lee todo y no quiere dejarse nada atrás sin leer y, cuando ya todo ha sido leído, entrecierra los ojos y se afirma para sí en que el saber posee todas las fuerzas necesarias y reza sin que nadie lo note porque haya más días para que pueda leer la prensa o ver una película del oeste. Más días, algún milagro, tiempo. 

En el libro hay cosas que no entiendo. Hay algunos debates a los que soy ajena. Y otros de tanta actualidad que nos obligan a pesar de todo. Definiciones que no me preocupan mucho. Pero hay también un aire cercano, un aire de familia en esos nombres que han poblado y que pueblan el tiempo de lecturas, los nombres que forman el telón de fondo, la clave de bóveda de tantos años de escuela, de libros y de reflexiones. Esa exaltación de la cotidianeidad es algo que comparto desde hace mucho tiempo. Lo cotidiano, la alegre rutina, la belleza del día a día, la hermosura de cada instante. Y es común a todos nosotros el sentir que la ciudad puede ser una flor abierta cuyo olor respiras y una máquina infernal que te atrapa. 

El último capítulo es estremecedor y podría con él componerse un tratado. No me siento aludida por él, sin embargo, como madre que soy de hijo sin móvil hasta la universidad, como madre de hijo que no vio dibujos animados hasta los seis años y que aprendió primero a leer que a jugar a la play. Estoy segura de que el autor algún día convertirá esas ideas, que ahí son torbellino, en una gran obra que tirará, con piedras de nácar, el edificio que se ha levantado en torno a ese mito del progreso digital. Todo llegará. Andando. 

Aunque tú no lo creas, parece decirme algo desde sus páginas, toda esta gente está lanzando respuestas a un invisible trivial que tú misma has creado con el paso del tiempo. Os creo, le contesto a las páginas del libro, y por eso me paro cuando hallo a un conocido, a alguien que me hace detenerme mientras con una mano limpio el polvo y con la otra señalo una frase. Todo es posible si alguien es capaz de pensarlo, es capaz de nombrarlo. Al fin y al cabo, se trata de andar. Y andar es tanto reflexionar como moverse de un lado a otro, sin considerar que poseemos el suelo que pisamos. No nos tenemos ni a nosotros mismos. 

Filosofía andante. David Cerdá

Ediciones Monóculo, 2023. Edición al cuidado de Julio Llorente. 208 páginas. 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
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