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El año en que fui Tamara

 


(Chipiona, Cádiz. Foto J.A.S.S.)

Estas cosas no suceden de pronto. Se anuncian. Otra cosa es que quieras verlas. Puede que mires hacia otro lado y que te convenzas a ti misma de que no sucede nada, porque no quieres ser egoísta, ni pesada, ni opresiva. Prefieres pensar que ese concepto tan bonito que es la libertad entre los que se aman se comprende igual en todos los casos. Pero no. 

El año en que fui Tamara Falcó yo tenía veintitrés años y llevaba tres con un novio fantástico. El mejor novio que una puede tener. No solo era guapo e inteligente, sino amable, cariñoso, listo, trabajador y generoso. Nos enamoramos a primera vista en el cumpleaños de una amiga. Hubo un pequeño escollo al principio porque él tenía novia y necesito varios viajes al pueblo y varias conversaciones para que aquello acabara. No pensé en ningún momento en que pudiera estar dándome coba. Estaba segura de que todo era transparente. Una vez libre de compromiso pudimos vivir la vida los dos y vive Dios que lo hicimos. Éramos felices. Todos los amigos nos felicitaban por esa afinidad, esa complicidad que había entre los dos, esa atracción, ese fuego, esa forma tan parecida de ver la vida. Aunque no en todo. Y aquí comenzó el problema.

Era un hombre con ideas muy machistas. Eran las ideas de su familia, la forma de comportarse de todo su clan. Consideraba que las mujeres, por ejemplo, tenían que quedarse a arreglar la casa y fregar los platos mientras ellos, los hombres, se iban al Puerto de Santa María a tomarse unas copas. Esto fue un hecho real y mi reacción marcharme de la casa de su hermana, en la que estábamos celebrando una primera comunión, y volverme a mi casa, andando de punta a punta del pueblo y cogiendo un autobús. Cuando llegué a mi casa mi madre me dio toda la razón. Esto fue solo un detalle pero explica muchas otras cosas. En su familia, los hombres eran los reyes de la casa y las mujeres debían estar prestar a atender sus necesidades. Yo no sé cocinar, entonces sabía aún menos, no me daba la gana de aprender y estaba estudiando la carrera con él, por lo que no tenía sentido que pensara que me iba a dedicar a ir de geisha. Yo tenía mis ideas políticas, mis propias aficiones y mi forma de ser. Y, aunque en la mayoría de las cosas coincidimos, estaba siempre ese escollo. 

El anuncio de que algo iba a marchar mal se concretó a los tres años de noviazgo porque un día alguien me contó, con su mejor intención, que el muchacho se iba a pasar un buen rato a la discoteca Los Ángeles después de dejarme a mí en casa los fines de semana por la noche. La niña buena se va a dormir y el chico malo se ocupa en hacer trastadas. Esa era, más o menos, su mentalidad. Por supuesto que su intención era casarse conmigo, yo era la novia oficial, pero no faltaban las amiguitas de baile, todas ellas encantadoras y él más encantador todavía con ellas. 

La noticia me destrozó. Sí, así fue. Lo quería tanto...Me largué una semana a llorar a casa de una de mis tías, donde mi prima podía consolarme sin que los mayores se fijaran mucho, sin dar disgustos a mis padres, que era mi principal objetivo. Al cabo de la semana, estando dentro de la ducha en esa casa de Jaén cercana a Sierra Morena, tuve una especie de revelación íntima: qué hago llorando aquí mientras él sigue yendo, seguramente, a la discoteca a bailar????? Me parecía injusto. Mucho más cuando él tenía ocho años más que yo y no era ningún niño, sabía muy bien lo que hacía y, lo que es peor, no creí que fuera a dejar de ser como era. Dejé atrás el llanto, abracé a mi querida prima, paño de lágrimas siempre, volví a mi casa, volví a clase a la universidad, aprobé todas las asignaturas del curso y eso que era ya mayo, terminé mi carrera en su momento. Por contra, él insistió durante meses para que volviéramos, dejó de estudiar y ahí acabó su incursión en la Historia con mayúsculas. 

Quizá Tamara pueda perdonar a Iñigo pero yo fui incapaz de perdonar. Y de olvidar. Lo curioso de todo es que rechacé sus peticiones estando todavía enamorada. Porque algo dentro de mí me decía que hay cosas que ni el amor puede borrar. Creo que Jane Austen estaría de acuerdo conmigo. Porque, aunque he pensado muchas veces en aquel muchacho, en sus ojos verdes y en el amor intensísimo que yo le tenía, no he podido separar de ese pensamiento las lágrimas que caían sobre mí en el momento de la ducha. Agua y lágrimas confundidas, sufrimiento vano. Vana sombra. 

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