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Anocheceres

A veces el otoño es un cuadro de Hopper...



(Room in Brooklyn)


(Nighthawks)


(Western Hotel)


(Habitación de hotel)


(Gas Station)

Cuando los días se acortan y las noches se alargan vivimos una completa incertidumbre. El amanecer es tanto una amenaza como una promesa y la llegada de la noche se anticipa mostrando un largo atardecer, un crepúsculo que no se apaga. Por eso dudamos. No sabemos con certeza si entramos o salimos, si volvemos o estamos a punto de ir. Es el tiempo de las medias tintas, de las medias verdades. Resulta mucho más sencillo mentir en otoño. El verano impide la mentira porque descubre los cuerpos y cualquier señal ofrece las claves de lo que sentimos. En el invierno, la mentira estorba, nadie está dispuesto a indagar sin apenas luces y sin apenas respiro. Y ella, la primavera, tan sobrevalorada, extiende sobre nosotros la imposible esperanza de que algo se mueve incluso sin quererlo. Pero el misterio del otoño es tan acogedor que nadie se libra de su influjo. Se alargan las noches y se acortan los días. Y ese espacio intermedio tiene tanta fe en sí mismo que nos engaña sin que podamos escapar. Hasta la ciudad sabe que el otoño tiene un secreto, no en vano las hojas que caen forman ese tapiz de la verdad oculta que todos quisiéramos tocar alguna vez con nuestras manos. 

A veces el otoño es un cuadro de Hopper. Sus soledades, a modo de poemas de autor desconocido, no tienen horario fijo y se sitúan en el mapa de igual forma que los lazos en el cabello de las niñas. Descuidadamente en ocasiones, cuando las niñas vuelven de los juegos improvisados; otras veces, en un punto exacto e inamovible, allí donde las madres y su perseverancia han querido que estén. Son los primeros lazos de la vida, antes de que arriben los lazos del amor, esos que, según decía D. H. Lawrence, son tan difíciles de desatar. 

Las figuras de Hopper son todas ellas crepusculares, aunque vivan la mañana, aunque entornen sus puertas, y parece que están aguardando que el sol se oculte para que aparezcan las sombras, extrañas sombras azules y verdes, extraños paisajes envolventes, árboles que esconden la caída de la tarde y que devuelven imágenes que ni siquiera han sido pintadas. Imágenes de una ensoñación perpetua, de un querer ser que, en la mayoría de los casos, no se cumple. Las figuras de Hopper tienen todas una asignatura pendiente y podían haber aparecido en Garci y llevarse la sorpresa de que el mundo tiene atisbos de belleza en una cocina. En algunos de esos cuadros hay mujeres que miran a través de ventanas vacías, como si tuvieran la certeza de que nadie va a aparecer detrás de ellas. También hay hombres taciturnos, con manos ausentes y rostros sin perfilar, la muestra clara de que el anochecer los oculta y los disimula. La ausencia de las manos de los hombres es la perfecta estampa del desamor, de la huida. Ellas lo saben. 


(La autómata)

La mujer del sombrero amarillo parece entender el sentido del crepúsculo. Se ha sentado sola en una mesa demasiado grande, como nos ocurre tantas veces. Un hueco en la mesa, una silla de sobra te va a indicar que falta alguien y que ese alguien no vendrá. No espera una cita, ni tiene la expectativa de que alguien cruce la puerta (¿dónde está la puerta?) ni traspase las luces del exterior, sino que ha decidido que la nada es la nada y que no hay remedio. Por eso mira un punto indeterminado de la taza, o quizá del platillo o quizá del mármol de la mesa, un mármol blanco pero gastado, como el de las viejas cocinas de las abuelas, antes de que las cocinas americanas de Doris Day fueran el anhelo oculto de las mujeres casadas. La mujer del sombrero amarillo cruza las piernas sin indolencia alguna, sin provocación, y lleva el abrigo abierto pero no se lo ha quitado, porque el radiador que está junto a la puerta (un sitio extraño para un radiador) no funciona aún. Es otoño y no hay demasiado frío sino ese helor que anuncia los peores días que, seguro, están por llegar. 

(Pinturas de Edward Hopper) 

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