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La decisión del señor Woodhouse


Hay una visión tradicional del señor Woodhouse, el padre de Emma e Isabella en "Emma", de Jane Austen, que lo presenta como un anciano hipocondríaco, muy preocupado por las corrientes de aire y las dietas a base del dulce inglés, enemigo del cambio de rutinas y amante del sosiego y las cosas inalterables. Sin embargo, una lectura más atenta, o, quizá, otro punto de vista, nos hará ver algunos aspectos de este personaje en los que quizá no hemos reparado. Y, para ello, resulta conveniente recordar que en "Emma", la novela más perfecta de cuantas escribió su autora, hay nada menos que cinco niños huérfanos. 

La orfandad era algo frecuente en la época georgiana. La materna, porque el número de madres que morían en el parto era elevado y la paterna porque prácticamente todo el tiempo los ingleses estuvieron en guerra, así que los hombres iban a la guerra y muchos no volvían. En la propia familia de Jane Austen se vivió la circunstancia de que el prometido de Cassandra, la hermana de Jane, no volvió de una expedición militar a la que acompañaba como capellán. La señora Austen, sin embargo, debió gozar de excelente salud porque ninguno de sus hijos (hasta ocho) murió en el parto ni de niño y ella misma sobrevivió a los alumbramientos sin mayor problema. 

Pero en "Emma", esos cinco niños son parte esencial de la estructura de la novela. Emma e Isabella Woodhouse perdieron a su madre cuando la pequeña nació. Jane Fairfax perdió a la suya y luego a su padre en la guerra. Frank Churchill perdió a su madre, quedando primero al cuidado de su padre, el señor Weston. Y Harriet Smith, la entrañable amiga de Emma, no conoció a sus padres sino que la llevaron al colegio de la señora Goddard para que fuera educada y atendida. En este último caso puede tratarse de uno de esos hijos naturales que no eran reconocidos por sus padres aunque, como aquí, a veces se pagaban sus necesidades. El caso de Frank Churchill era muy frecuente. Dado que el señor Weston parecía no disponer de las condiciones necesarias para quedarse con él fue adoptado por una hermana de su madre que había hecho un buen matrimonio, la señora Churchill y su marido, quienes exigieron el cambio de apellido. Por su parte, Jane Fairfax, ante su orfandad, se crió con un compañero de armas de su padre, ante la escasez de recursos de su familia directa, su abuela y su tía, la señora y la señorita Bates, madre y hermana de su madre. En ambos casos los niños fueron separados de su familia, alejados de su entorno geográfico y social y llevados a vivir una vida diferente a la que les hubiera tocado en suerte. 

En el caso de Jane Fairfax  esta crianza artificial terminó por surtir un efecto negativo. La muchacha poseía dones naturales dignos de alabanza y también una esmerada educación. Pero ambas cosas se quedaban en nada porque no disponía de medios de fortuna y estaba abocada, por lo tanto, a casarse bien (si es que encontraba a alguien dispuesto a no percibir ninguna dote) o, lo más probable, a colocarse como institutriz en alguna familia. Ya sabemos que a Jane Fairfax lo de ser institutriz le horrorizaba, quizá como espejo de lo que la propia Jane Austen sentía hacia esta ocupación: un rechazo frontal. Pero, quizá, si no hubiera sido por su dedicación a la literatura (que le proporcionaba algunos ingresos aunque mínimos) y sobre todo del gran número de hermanos que Jane tenía y que estaban bien situados, no habría sido posible escaparse a ese destino tan poco favorecedor a su criterio. Cuando Jane Fairfax, avanzada la novela, se da cuenta de que ese será su trabajo a poco que las cosas cambien, el desasosiego se apodera de ella y su actitud es pesarosa y triste. 

En todos estos casos, los padres decidieron o no tuvieron más remedio que admitir que sus hijos e hijas estaban mejor en manos de otros. Sin embargo, y aquí viene la actitud extraordinaria que asume el señor Woodhouse, él decide criar a sus hijas él mismo, no moverlas de su casa familiar y hacerse cargo de ellas en todos los aspectos. Eso sí, contando con la inestimable ayuda de una excelente institutriz, la señorita Taylor, cuyo enlace con el señor Weston da inicio a la novela. Pero otros hombres en su situación social y económica habrían actuado de forma muy diferente. Buscando una segunda pareja, en primer lugar, que los librara de los miles de detalles de la vida doméstica (es decir, suministrando a sus hijas una madrastra) o enviándolas con algún pariente cercano, con alguna tía o prima que se ocupara de ellas. Nada de esto hizo el señor Woodhouse y dedicó su vida a sus hijas. Se ocupó de ellas hasta el extremo que olvidó su vida propia y por eso, cuando el señor Knigthley propone matrimonio a Emma, esta no puede aceptar de inmediato. No sin antes tener muy claro y dejarlo claro a su vez al pretendiente que nunca va a abandonar a su padre, que no se va a ir a vivir ni siquiera a media milla de Hartfield, la casa familiar donde ha vivido siempre y donde su padre es el rey. 

Así, Emma, esa Emma supuestamente despreocupada y egoísta (apelativos que nunca he compartido) pone por delante el bienestar de su padre, agradeciendo así lo que él ha hecho por ella, de una forma altruista y desprovista de interés. Desde luego es una forma de corresponder a la decisión del señor Woodhouse de no separarse de sus hijas, de encargarse él de su crianza y de permanecer viudo para evitar que una madrastra equivocada pueda alterar la placidez de la existencia de las muchachas. Todo muy novedoso, todo muy moderno, en determinado sentido. Muy interesante. 



Ilustraciones: Arthur John Elsley, pintor británico (1860-1952), especializado en la pintura de niños.

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