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Pétalos de rosas sobre el asfalto mojado


El amor se condensa en una carta. Las palabras cuentan lo que los labios callan. Los ojos en los ojos desnudos se han quedado. Nada hay que no sea sufrimiento después de tantos años. El tiempo que ha pasado no ha convertido en agua clara el sueño que viviste después de conocerlo tan de cerca. Él no ha entendido y tú no has sido capaz de olvidar. 

Que una adolescente soñadora se enamore de un joven músico, bello como un dios griego, no es raro. Más raro me parece que se pasen los años, se convierta en mujer y siga amándolo. Más raro es aún que él viva entre amores que no le satisfacen y olvide el único que, en verdad, podía haberlo salvado de tener el corazón desierto en vida. Morir antes de que llegue la muerte es algo parecido a esto. Ella, porque lo ama y no lo tiene. Él, porque no sabe que el amor existe. 

En 1948 Max Ophüls firmó la adaptación cinematográfica de una inquietante novela de Stefan Zweig. La obra de Zweig te produce una herida que difícilmente restañas con sencillez. Es una literatura compleja, llena de sentimientos y de pasiones ocultas, la vida misma, pero con una densidad narrativa que abruma. Hay algunas personas que sienten amenazada su plácida existencia con lecturas como esta. Hay gente para todo. 

Para protagonizar esta historia de amor inmenso, de desamor anunciado, eligió a dos intérpretes que, vistos por separado, ofrecían una química difícil. Por un lado, la muchacha sin nombre de “Rebecca”, Joan Fontaine, esa chica dulce y tímida que se paseaba por la Costa Azul con su prenda de punto y que enamoraba a un hombre desengañado de la vida, un viudo lleno de miedos y de odios. Por otro, Louis Jourdan, alguien que fue capaz de encender pasiones en el corazón de bellas mujeres del celuloide; alguien tan hermoso como un cisne, blanco, por supuesto. 

Estamos en Viena, año de 1900. La ciudad se aparece a través de decorados que la simulan. Un blanco y negro esplendoroso, que, en ocasiones, se enturbia. La música es el verdadero telón de fondo, un espacio airoso y lleno de vivacidad que se trasmuta en oda sentimental cuando llega el caso. Stefan Brand es un pianista al que una carta pondrá en la encrucijada de entenderse. Tantos años, tantos viajes, éxitos, aplausos, solo son un largo camino que lo ha conducido aquí, al momento en que abre, dudoso, una carta que revela un secreto. 

La carta la ha escrito alguien que emerge de muchos años atrás. Una niña, primero. Una mujer, después. Siempre, una voz enamorada. Las palabras saltan del papel y dibujan la historia. Una historia olvidada, una historia antigua que no había conmovido siquiera el corazón del músico. Agua pasada no debería mover molino. Pero la historia sigue narrándose y, a su conjuro, el músico recuerda. Sí, es verdad, ahora la veo. Lisa Berndle, una chica tan bonita, una mujer tan especial. Sus vestidos blancos relucen sobre el tono oscuro de Viena, sobre el fondo acharolado de los carruajes, sobre el suelo cubierto por la pátina de la lluvia recién caída. Lisa es una flor y Stefan un hombre que no sabe querer, que desconoce el sentido de la entrega, que deshoja una flor tras otra, dejándolas caer luego sobre el asfalto. 

La película es “Carta de una desconocida” y el veredicto de la situación puede variar. Habrá quien piense que la chica estaba mal de la cabeza y que debería haber acudido a un psicólogo. En Viena los había muy buenos. También se podrá opinar que el tipo es un sinvergüenza sin escrúpulos que no merecía ser amado. O que tanto amor cansa. O que el amor es una rueda vertiginosa de la que hay que zafarse lo antes posible. O que el desamor es más intenso que el amor y dura más tiempo. 

Cada uno de nosotros hará una lectura de la película. Eso es una de las cosas que me atraen de ella. Que puede leerse como una gavilla de hojas en blanco. Y que puede olerse, como esos pétalos de rosas deshojadas que caen al aire húmedo de la lluvia de otoño. 

Sinopsis: 

En la ciudad de Viena, en el año de 1900, el famoso pianista Stefan Brand, triunfador, guapo y mujeriego sin remedio, recibe la carta de una mujer, Lisa Berndle, desde un hospital. Esa mujer formó parte de su vida hace años pero no significó nada para él, ni siquiera la recuerda. En cambio, él fue para ella, y aún lo es, el amor de su vida. 

Algunos detalles de interés:

Con el título original de “Letter from an Unknown Woman”, en español "Carta de una desconocida", el director Max Ophüls, rodó esta bellísima película, en blanco y negro, en el año de 1948. Fue producida por Rampart Productions y la Universal Pictures. 

El guión es de Howard Koch, a partir de la novela homónima de Stefan Zweig. La mùsica, extraordinariamente adecuada, creando una atmósfera a veces asfixiante, barroca, extrema, es de Daniele Amfitheatrof y la fotografía, contrastada y poética, de Franz Planer. Pocas veces el blanco y negro sirve tan bien al desarrollo de una historia, creando un contrapunto eficaz y sobrio al dramatismo del relato. 

En el reparto encontramos a Joan Fontaine, Louis Jourdan, Mady Christians, Marcel Journet, Art Smith y Carol York. Fontaine hace un trabajo limpio, delicado, con el acento justo, al borde del melodrama pero sin caer en él. Su contenciónn y su fotogenia logran la emoción precisa, el sentido exacto del sentimiento que quiere transmitir. Por su parte, Louis Jourdan, un actor extraordinariamente guapo, con un aire trágico que los papeles que hacía en el cine acentuaban más, es el vividor que no es consciente, siquiera, de las heridas que va dejando a su paso, hasta que las palabras de una sencilla carta le ponen por delante el espejo de su vida. 

Max Ophüls es el nombre artístico que tomó Max Oppenheimer, alemán, que nació en 1902 y murió en 1957). Trabajó como director en Alemania, en Francia y en Estados Unidos. Fue primero un destacado director de teatro. El avance del nazismo lo llevó primero a Francia, luego a Suiza y luego a Italia, para terminar en Estados Unidos. El cine lo reclamó para realizar obras de imborrable recuerdo, como esta “Carta de una desconocida”, “Almas desnudas” y “Atrapados”. Los personajes que dibuja en sus películas son seres atormentados, captados en el momento final, ante una decisión importante o en medio de una vorágine de sentimientos. 

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