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Perversas

La señorita Marple, hija de Dame Agatha, basaba sus averiguaciones detectivescas en los paralelismos entre gente de su pueblo, Saint Mary Mead y las personas a las que investigaba con ocasión de algún crimen doméstico. Porque ya se sabe que la existencia de tres o cuatro familias en un entorno determinado tiene como resultado inevitable una novela. 

Los paralelismos son juegos del pensamiento y de la literatura que ejercen una poderosa atracción sobre mí como lectora. He aquí uno de ellos, recién vislumbrado en esta tarde de supuesta primavera en la que el cielo se ha empeñado en parecer septembrino. 

En 1813 Jane Austen (1775-1817)  publica "Orgullo y Prejuicio" después de intentarlo en varias ocasiones. Como es sabido no firma con su nombre sino con el pseudónimo indeterminado de "A Lady", una dama. Esto debió resultarle a ella bastante jodido. 

Más de un siglo después su paisano D. H. Lawrence (1885-1930) lanza a la consideración de los lectores su obra maestra "Mujeres enamoradas" (1920), aunque cinco años antes había publicado ya una precuela en la que aparece la principal protagonista y sus antecedentes familiares. Se trata de "El Arcoiris" obra poco conocida pero imprescindible si se quiere atisbar el mundo literario y filosófico de este escritor. 

Dejemos de lado el paralelismo existente entre ellos, Austen y Lawrence, basado en la escasa consideración con la que su obra es recibida, los denuestos que soportan, el desconocimiento casi general de su significado y, por qué no decirlo, la lectura transversal que se ha venido realizando de los libros que escribieron. Ambos, sin embargo, han "sufrido" adaptaciones cinematográficas y televisivas de gran éxito y desigual resultado. Mucho mejores las de Austen, dónde va a parar. 

Hermione Roddice es una mujer rica, que viste elegantes vestidos, habla con soltura y educación, conoce el mundo y, ay, está enamorada de Rupert Birkin, el protagonista de "Mujeres enamoradas". Hermione trata a Birkin con esa familiaridad posesiva con que las mujeres ricas de principios del siglo XX trataban a los hombres con los que se relacionaban. Hermione tiene mucho más dinero que Birkin pero no puede conseguirlo, se le escapa. Y ella sufre en grado extremo esa huida, esa incapacidad de aprehenderlo. Hermione es muy egocéntrica y se considera a sí misma extremadamente importante, así que no puede usar la única arma que aliviaría su pena: el sentido del humor. Pero debería. 

Caroline Bingley es ("Orgullo y Prejuicio"), la hermana de Bingley, el amigo íntimo de Darcy, cuya llegada a Netherfield inicia la acción de la novela. Caroline pretende casarse con Darcy (aunque, como suele ocurrir, él no lo sabe) y lo considera un acto de legítima justicia. Ella es, también, educada, elegante y pertenece a la esfera en la que Darcy se mueve, a pesar de que su nivel económico es notablemente inferior puesto que en esta época, hablamos de principios del siglo XIX, la mujer recibía una parte muy escasa de la herencia familiar, salvo en casos excepcionales (por ejemplo, el de Georgina Darcy).

Salvando esa diferencia con Hermione, lo demás son paralelismos. La indiferencia de Darcy no desanima a Caroline, que utiliza todas las armas de mujer (yo las llamo sencillamente triquiñuelas) que tiene a su alcance. Esa mezcla de servilismo y despecho tienen un trasunto claro en el trato de Hermione con Birkin. Ambas se preguntan ¿cómo es posible que este tipo no se enamore de mí, con lo que yo lo valgo?.. Las dos olvidan la condición esencial del amor, esto es, la arbitrariedad. Enamorarse nunca es un acto de justicia. Nunca queremos a quien lo merece. 

Frente a estas dos mujeres poderosas, frías, ancladas en un convencionalismo que no las deja estirar los brazos, ni bostezar, ni andar sobre el barro, aparecen las mujeres de verdad, las de carne y hueso, llenas de defectos (Elizabeth ni siquiera es una buena amazona) que han decidido por sí mismas y sin considerar el amor un acto de posesión sino una elección personal. Ellas son Ursula Brangdwen y Elizabeth Bennet, distintas pero unidas por una misma realidad: son capaces de amar sin doblegarse porque se consideran iguales a los hombres, no inferiores ni deudoras. 

Como no puede ser de otra manera el contacto entre Elizabeth y Caroline y entre Ursula y Hermione hace saltar chispas.  En el caso de Austen, con situaciones muy divertidas como es normal en su literatura. Sonrisas y hasta risas cuando observas los ímprobos esfuerzos que hace Caroline Bingley por atraer a Darcy. Mucho más trascendente lo de Lawrence, que muestra el dolor íntimo de Hermione y su deseo de aplastar a Birkin si no puede tenerlo. Tenerlo, terrible palabra que no debería nunca ir unida a la pasión amorosa.

Sin embargo, no deja de resultar muy llamativo, mucho, que, siendo Elizabeth una mujer de principios del XIX, tenga mucha más libertad de pensamiento y mucha menos dependencia sentimental que su colega Ursula, de un avanzado ya siglo XX. Tengo para mí que esta divergencia no es tanto fruto de ellas, como personajes femeninos, sino de sus autores. Y es que la señorita Austen era bastante menos romántica que el señor Lawrence y dotó a sus "mujeres" de un donaire, un sentido del humor, una perspicacia inteligente que son todo menos antiguos. Que son modernísimos, vamos.

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