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"Apropiación indebida" de Lena Andersson


Lena Andersson es escritora, periodista y una analista política de primera categoría en su país, Suecia. También es una mujer. Y ha escrito un libro "sobre el amor", no un libro "de amor". La diferencia debería ser obvia. No es una novela romántica, sino una novela en la que alguien se enamora, alguien se deja querer y alguien sufre. Adivinen quién sufre, podríamos preguntar a estas alturas del post. 

Ester Nilsson tiene 31 años y es una poeta y ensayista de escaso renombre, aunque dotada de una gran inteligencia y futuro. Sus puntos de vista son originales, nada gregarios y tiene una cualidad que todo el mundo reconoce: la palabra. El arte de la conversación es el que ella domina, este es su territorio, el espacio en el que se encuentra más a gusto. Es una persona analítica, que sopesa los pros y los contras con sentido crítico, una persona muy informada, muy preocupada por el mundo y su devenir. Una mujer joven, que hace deporte, corre el maratón y tiene una relación estable con un joven de su edad, Per, con el que convive en la casa de este. 

Hugo Rask es un artista plástico conceptual, bastante mayor que Ester y que vive en una casa-estudio. Es un hombre con fama y con una corte de adoradores-aduladores permanente que lo sigue allá donde va. Su nombre está en los libros de texto. Vive solo, aunque mantiene relaciones esporádicas con mujeres de una forma discreta y tiene un affaire desde hace años con una profesora que vive a kilómetros de distancia y a quien ve cada quince días, con una rutina acordada y sistemática. Hugo Rask es un ególatra a quien le gusta que hablen de él, a quien no le molesta el murmullo inane de la adulación sin límites y a quien le encantan las mujeres. Hugo Rask no se enamora, no se ha enamorado nunca, salvo, quizá, de él mismo. 

Alguien propone a Ester Nilsson que imparta una conferencia sobre Hugo Rask. Así entra ella en el universo de él. Lo hace desde un punto de vista intelectual. Tiene que conocerlo para poder hablar sobre su obra y su pensamiento. Una larga entrevista por encargo de una prestigiosa revista de culto seguirá a esa conferencia y ambas sumarán lo suficiente como para que entre los dos se inicie una relación basada en él. Él es el objeto de conversación. Él es el admirado. Él es el importante. A Hugo Rask le maravilla que alguien lo conozca tan bien y hable tan acertadamente de él. Y a Ester Nilsson....Ester Nilsson se enamora sin más. Una relación asimétrica ¿es una relación? Por supuesto, Ester, casi de inmediato, abandonará a su novio y se irá a vivir sola. Por supuesto, Hugo Rask no cambiará un ápice de su vida ni de sus viajes quincenales. Aquí se inicia todo. 

Lena Andersson ha confesado que, al escribir su libro ha utilizado su propia experiencia personal, que Ester es su alter ego. Tampoco hacía falta que lo dijera, es obvio. Es imposible escribir esto sin haber estado muy de cerca de un proceso de enamoramiento, que no es único, pero que tiene connotaciones que hoy diríamos "tóxicas". Si te enamoras de una persona tóxica, el amor es tóxico. Y el problema está en que las personas tóxicas son gente encantadora. Buena gente tóxica, diríamos. Incluso puede que ellos no lo sepan o que, si lo saben, se acepten con una deliciosa naturalidad.

Los personajes del libro son reconocibles en la vida real. Existen y tienen nombres distintos cada vez. La mujer enamorada, que admira más allá de lo que merece al hombre y que se llega a obsesionar con ese sentimiento. El hombre que se deja querer, que no dice sí, pero que tampoco dice no, que juega con los elementos del tablero en un ajedrez en el que siempre lleva las de ganar, precisamente porque no arriesga, porque no pone sentimientos en la jugada. El novio abandonado debido a una relación sensata pero sin pasión. La madre, que acogerá fugazmente a Ester. El coro de amigas, tan importante en la vida femenina. El coro de amigas que irá pasando de una opinión a otra, confundiendo, intentando ayudar, comprendiendo y, por último, marchándose. Porque el coro de amigas termina harto de la obsesión de Ester Nilsson y dejará de oírla y de expresarle su opinión. Ester Nilsson no tiene a nadie que la salve, quizá únicamente ella misma. Y ver con claridad. Abandonar la ceguera que cubre los ojos de los enamorados y que no les hace apreciar con exactitud lo que pasa. O que les impide juzgar los hechos, prefiriendo quedarse en supuestos detalles, quizá señales, que no lo son en realidad. 

Ester Nilsson comete el error de todos los enamorados. Ve indicios de amor donde no los hay. Mejor dicho, están los indicios pero no responden al amor, sino al juego de un hombre que no sufre porque su forma de relacionarse es esta. Hugo Rask va derramando a su paso toda clase de detalles que no tendrían importancia si se mantuvieran en su justo término: cosas de un hombre que desea ser querido y admirado a toda costa. Es el amor el que introduce el elemento distorsionador. Si ella lo hubiese amado menos....Ester Nilsson lo sabe: Ellos lo adoran, dice, pero yo lo amo. Y en nada se parece una cosa y otra. Ella ve la persona, afirma, no al artista. Lo quiere a él, incluso con sus defectos. Pero ¿de verdad se da cuenta Ester del gran defecto, de esa imposibilidad absoluta de entrega, de generosidad amatoria que lo define a él? 

Durante un año entero ella disfrutará de una relación especial, se acostará con él tres o cuatro veces y luego, cuando llegue la indiferencia del otro, se preguntará atónita por qué las cosas han cambiado, se dolerá de su abandono, intentará saber, querrá preguntar, indagará sobre sí misma por ver si es ella la equivocada y comenzará la dolorosa labor de demolición de la figura del amado porque sabe que tiene los pies de barro y eso es lo que ella necesita para olvidarlo. Para intentarlo, al menos. Por último, será consciente con sus propios ojos de la verdadera personalidad de él y de que la ha sustituido en tiempo récord por alguien que, tarde o temprano, también será sustituida. Da igual una mujer, dan igual todas las mujeres.

En el final de todo, Ester buscará el asidero de la palabra. Al menos, explícame qué pasa, dime la verdad, sé sincero por una vez, dime que no me has amado, dime por qué me has abandonado. Ester no encontrará nada de eso. Hugo Rask no tiene nada que decir. Ni siquiera supone que exista alguna obligación por su parte en ello. 

...Ella debía saber mejor que nadie que el que abandona no siente dolor, el que abandona no necesita hablar porque para él no hay nada que hablar. El que abandona ha terminado. Ahí radica el gran dolor. Es la persona abandonada la que siente la necesidad de hablar sin parar en un intento de hacer ver al otro su error, de demostrarle que, si aprehendiera la verdadera naturaleza de las cosas, su elección sería distinta y la amaría a ella. Las palabras no pretenden-como sostiene el que quiere hablar-aclarar las cosas, sino convencer y persuadir. 
Hablar no sirve de nada. No se dan respuestas sinceras, por respeto y consideración. Abandonamos y nos abandonan y no hay nada que discutir, pues, alejada la voluntad, no se pueden pedir responsabilidades. Aquello que se hace por misericordia vale poco si el otro abriga la esperanza de que se haga por amor....

Esperanza es la palabra clave. Así lo afirma Andersson. Con mayúsculas. Es lo que impide ver con claridad que los hechos definen los sentimientos. Ester tenía que haber entendido que, si él no estaba a su lado, es que no estaba. Agarrarse a la Esperanza cierra las puertas del olvido. La Esperanza puede estar en pequeños detalles que no significan nada para uno y todo para otra. A él no le importa esparcir Esperanza, ni siquiera se da cuenta, porque no ama y no sufre. A ella, la Esperanza la condena al sufrimiento. Desechar toda Esperanza, esa es la cuestión final.  Decir no a las ilusiones equívocas, a las expectativas, a la destilación lenta de esas gotas de supuesta felicidad que él parece ir dejando a su paso, algunas veces.

Y la salvación comienza cuando ella, oyendo las opiniones políticas de Hugo Rask descubre que tienen poca base, poco fundamento. Cuando ve que la sustituta es una joven sin criterio y mucho menos valiosa que ella misma. Cuando intuye en él la cobardía de no tener nada que decir.  Cuando lo observa desde atrás, desde la otra mirada, una mirada que ve a un pobre hombre solo, amarrado a la adulación y que no sabe escuchar ni sabe sentir. Cuando comprende, al fin, que ese no es, probablemente, el hombre con el que quiere pasar toda su vida.

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