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La luz de cada día



Vienen como bandadas de palomas por la calle Castilla. Sortean las obras, los baches y los andamios. Llegan a San Jorge y se desparraman por la esquina del Puente, por la capillita del Carmen, por Pureza, por la sufrida San Jacinto que ve cómo los comerciantes levantan los cerrojos de sus tiendas para esperar el día…  Vienen vestidos de azul, de rojo, de rayas grises; ellos llevan pantalones caídos, vaqueros y camisetas gastadas, sudaderas y gorras; ellas lucen largas melenas, mientras sus bolsos de bandolera se mueven al compás de su andar…Son los trianeros del presente y del futuro y van a inmortalizar con sus cámaras de fotos este rincón de Triana. Un profesor de una asignatura nueva, que se llama Proyecto Integrado, les ha dicho que en esa zona pueden desarrollar su imaginación, hallar el motivo fotográfico que les enseñe a mirar la realidad. El profesor, seguramente, ha venido de fuera, de Extremadura o de Galicia, pero, después de algunos años de enseñar en Triana, ha caído en la cuenta de que allí, allí mismo, muy cerca del Instituto, hay cosas que ver y que admirar.

Estos chavales y otros muchos son los que pueblan las aulas de los Institutos y los Colegios del barrio. Un barrio que, cuando en otros muchos lugares la palabra “instrucción” era una quimera, ya tenía escuelas de niños y de niñas, ya tenía bancos de madera y pupitres, pizarras verdes, batas azules de bedeles apresurados y punteros para señalar el mapa de España. Es Triana un barrio lleno de estudiantes de todas las edades y de toda condición. Abarrotan las tiendas en la hora de los recreos y al mediodía; encargan fotocopias en las pequeñas imprentas de López de Gomara o San Vicente de Paúl; compran libros en la Ronda o en la antigua avenida de Sánchez Arjona, ahora rotulada hermosamente como la reina de Triana, la Esperanza. Cuando llega el momento, suben a los autobuses y se alejan camino de la Universidad, dejando su sitio a nuevas generaciones que estudian en el barrio y que serán, andando los años, también ellos, universitarios. Aunque también, entonces, los universitarios venidos de fuera ocupan sus pisos de alquiler en el arrabal, igual que hacen los Erasmus, los auxiliares de inglés o francés que se acomodan en el barrio y parece que nunca hubieran salido de aquí. Es la Triana cosmopolita que se puede observar en las cafeterías, en los bares y tabernas, cada fin de semana.

No sabemos si los niños que estudian en Triana, en alguna ocasión, en una de esas clases que reciben, oyen hablar de su barrio, estudian su historia, aprecian sus personajes y sus costumbres, se familiarizan con su legado. No sabemos si los profesores que enseñan en Triana han entendido que no se puede romper el cristal sin mancharlo, que no se puede olvidar en qué suelo se enclava el Instituto o el Colegio en el que trabajan. Una de las premisas del aprendizaje escolar estriba en partir de lo común, de lo cercano y cotidiano al alumno; partir de lo que sabe y, diríamos más, de lo que ama y siente. Siendo así, ¿porqué nuestros estudiantes trianeros no dedican una parte de su tiempo a estudiar el barrio? Imaginaos miles de chavales que, a lo largo de su escolaridad, hayan aprendido la historia del barrio, sus orígenes, su poblamiento, sus vicisitudes históricas, su arte y su música, sus industrias y su devenir. Esos nuevos trianeros llevarían siempre a Triana en el corazón y en la mente, aunque la vida les deparara el exilio sentimental que a todos apena, así que pasen muchos años.

Pero no creáis que esto es tan fácil. El corsé de los contenidos nos asfixia en ocasiones. La presión de los estudios futuros, de la Selectividad, impide el sosiego del aprendizaje lento. Triana espera, abierta hacia la luz y hacia la vida, lo que Machado llamaría “otro milagro de la primavera”.

Por ello, esos paseos por Triana que hacen estos fotógrafos improvisados que estudian Proyecto Integrado en el Instituto Vicente Aleixandre, son una rara avis, el sueño de un profesor intrépido, que ha cruzado la barrera del sonido, del sonido que indica, con una voz burócrata, que dos y dos son cuatro… o quizá, no siempre.

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