Desde hace mucho tiempo me
vengo encontrando con Ignacio Sánchez Mejías. No sé por qué llegó a mis manos
una edición de sus “Artículos periodísticos”. Un fragmento de ellos lo incluí
en mi libro sobre Manolo Caracol, porque hablaba de Joselito el Gallo,
pariente, como sabemos, del cantaor. Me resultaba muy intrigante su figura, sus
múltiples facetas, su poliédrica personalidad, tan difícil, imposible, de
encasillar, tan independiente, tan rara (en el sentido de poco corriente) en la
España que le tocó vivir. Cuando estuve trabajando sobre el libro que he citado
y también al investigar y escribir sobre el flamenco y las artes plásticas
(sobre todo, en su relación con las vanguardias históricas), volvía a aparecer
la figura de Ignacio, siempre en un telón de fondo complejo y difícil de
definir. Su relación con La Argentinita, la excelente artista del baile y del
cante que ha dejado para la historia del flamenco algunos hitos indudables; su
parentesco con los Gallos (de la casa de los Ortega) por su matrimonio con Lola
Gómez Ortega, la hija de Gabriela; su presencia en las jornadas fundacionales
de la Generación del 27 en el Ateneo de Sevilla, todo ello se me ha antojado
siempre revelador, interesante, digno de profundizar y de conocer.
Sé que os parecerá mucho
entusiasmo por mi parte, pero os recomiendo que leáis este libro porque su
lectura nos reconcilia, al menos a mí me ha pasado, con la especie humana en
general: hay gente como Ignacio Sánchez Mejías y eso es ya suficiente. Ya lo
advirtió Federico: “tardará mucho tiempo en nacer/ si es que nace/ un andaluz
tan claro/ tan rico de aventura”.



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